Abril. Tenía diez años, pero en el colegio donde cursaba el cuarto grado de primaria, había niños mayores. Uno incluso, Villamil, acababa de cumplir los trece. Cada semana, para el sábado en la mañana correspondiente, se asignaba un grupo de cuatro estudiantes del curso, según estricto orden alfabético, para hacer el aseo del salón y preparar los materiales didácticos de la semana siguiente. Era una labor algo ingrata, pero estaba dentro de las reglas de juego aceptadas por todos, así que los cuatros chicos esta vez encargados, incluido Villamil, nos reunimos en el colegio a las 9 am de ese sábado de abril, bajo la coordinación de una profesora de nombre Alicia (a quien le habíamos inventado el mote de la-que-me-lo-acaricia), quien nos dio las órdenes respectivas y nos avisó que volvería en una hora para revisar la tarea.
En un poco más de media hora ya habíamos terminado el oficio, gracias al seguimiento juicioso de las instrucciones que Villamil (cuya mayor edad le confería el rol de líder natural), impartió. La idea era salir antes de la hora límite que nos habían fijado: las once de la mañana, y todos estábamos contentos de casi haberlo logrado.
Solo faltaba colocar la tranca de la gran ventana del salón, para lo cual era necesaria la fuerza coordinada de los cuatro. Villamil entonces dio una orden salida del protocolo. Una orden que los tres nos vimos obligados a cumplir imperativamente, dada la actitud del muchacho, quien se tornó imprevistamente violento.
Sacó una navaja y me la puso sobre el cuello mientras su cuerpo se pegaba al mio por detrás. Los otros sólo podían mirar, estaban amenazados, silenciados. Villamil, quien se había bajado sus pantalones empezó a rozar su pene contra mi trasero hasta que terminó en la eyaculación. Simultáneamente soltó la navaja y con su mano izquierda recogió parte del semen y nos obligó a los tres a verlo y a olerlo.
Esto es mi derrame, dijo antes de soltar una carcajada que nos estremeció.
Se levantó los pantalones y me ordenó, junto con otro de los chicos, poner la tranca. Yo estaba totalmente aturdido, así que cuando intenté empalmar en el soporte el pesado tronco de madera, éste cayó sobre mi mano izquierda, causándome una profunda herida, justo en la terminación del pulgar hacia la muñeca.
Los otros chicos terminaron de colocar la tranca, mientras Villamil, limpiaba mi herida con agua y un pañuelo que sacó de su pantalón
- No ha pasado nada-, me dijo en un tono que mezclaba la compasión, la ternura y la advertencia a la vez
Tres de la tarde. Hora de las radionovelas. Mi mamá nos lleva a Oscar y a mi al cuarto de plancha. Debemos estar "quietos y juiciosos", según la tajante orden de mamá. Pero Oscar empieza a jugar, primero con una de las bolas de lana que han caído al piso, después con uno de sus zapatos, enseguida con las agujas de crochet, luego con cualquier cosa.
Yo, expectante, nervioso, miro el rostro de mamá que al principio parece inmutable, concentrada ella en sus novelas, pero que poco a poco se torna tenso, debido a la indisciplina de mi hermano. Hay una pausa publicitaria, mamá toma la bola de lana que poco antes había sido balón de fútbol, agarra a mi hermano del brazo y con brusquedad lo sienta en la silla y le amarra las manos por detrás del espaldar y le pone una cinta en la boca. Yo sigo quieto y juicioso en mi asiento.
La pequeña catástrofe ha dejado el piso lleno de los objetos que han caído por efecto del ímpetu de las maniobras de mamá. Pasan los minutos, largos minutos. Apenas se escuchan las voces de los actores de la radio y de vez en cuando un suspiro que mamá desgaja, que yo a veces confundo con la respiración de la planch. entro en un sopor agradable, calentito que me sumerge en un mundo de ensoñaciones extrañas. Soy de pronto un gran jugador de fútbol, aplaudido por mi público, después un bombero que lucha contra el fuego, luego un aviador de bombarderos, enseguida un atleta de clavados que una y otra vez se lanza desde alturas cada vez más osadas, hasta que en uno de mis lanzamiento estrello mi frente contra el piso. Siento un breve calor rodar por mi cara y entonces me descubro bañado en sangre. Una aguja de crochet pende de mi frente. Mamá grita:
- ¡Jaimito, niño, que hizo!
Lo que sigue es el farmaceuta curando mi rostro herido y su sentencia inequívoca,
- Le va a a quedar una cicatriz al niño
La cicatriz está en mi pierna derecha, a medio camino entre la rodilla y el pie. Todavía hoy duele y puede medirse en centímetros. El golpe que la ocasionó abrió una herida en verdad grande, que produjo mucha sangre y que empapó la manga de mi pantalón de color beige que llevaba puesto aquella tarde. Decir la verdad en este caso habría sido no sólo ridículo sino vergonzoso. Así que inventé la siguiente historia.
Llegué hacia las dos de la tarde a la Universidad y vi que la entrada estaba bloqueada por tanquetas de la policía, cuyos miembros reprimían con fuerza desproporcionada la protesta de varios estudiantes que se encontraban al interior del recinto. Afuera, al principio como simples espectadores, había unos cien estudiantes que como yo habían quedado varados. Hacía las 2 y media, un grupo de jóvenes encapuchados atacó con piedras a los policías, desde una posición cercana, lo que originó una persecución de otro grupo de policías que apareció fantasmalmente, a todos los que estábamos observando los acontecimientos; persecución que se desarrolló por las calles del barrio vecino y que produjo la captura de estudiantes inocentes o por lo menos no involucrados en la segunda acción estudiantil. Yo me uní a un grupo que parecía conocer lo recovecos del barrio y así me mantuve inmune un tiempo, hasta que sucedió lo inevitable: quedamos atrapados en una calle sin salida. Cuando los policías nos acosaron, nos defendimos con puños, patadas, uñas. Si tuviéramos la mala suerte de ser capturados podríamos caer en la desgracia de una legislación perversa que el mandatario de turno había llamado con el pleonasmo de estatuto de seguridad y que en realidad solo encubría impunidad para los desmanes de la fuerza pública que se sentía con licencia para agredir y para juzgar.
Recibí varios golpes con los bastones de los policías, uno de los cuales llegó con furia a la sensible piel que recubre el peroné y produjo esa herida que sangró y dolió tanto, pese a lo cual, los policías no lograron capturarme. Como toda herida de guerra, ésta tuvo que ser curada con medios artesanales, lo que impidió una sanación completa, que explica la cicatriz y el dolor que todavía hoy son evidentes.