Don Abundio, el bibliotecario, es un hombre pequeño, perfectamente peinado y vestido con su traje oscuro, con su corbata impecable, con sus gafas de carey y con sus mangas protectoras de polvo. Saber de dónde sale o en qué momento llega a tu puesto en la biblioteca del colegio es todo un misterio. Tiene ese poder de aparecer y desaparecer a su antojo que le da un carácter mágico y a la vez terrorífico. De su mirada no escapa el más mínimo movimiento, ni la mano que busca mutilar algún libro o dañarlo con tachaduras. Siempre que vamos a la biblioteca sentimos un miedo intenso, una especie de congestión interior que nos impide movernos con fluidez. Vamos siempre tiesos y majos y casi nunca solos. No, eso no, ir solo es exponerse al terror. Se oyen historias, se comentan sucesos de vieja data y todo ello hace de la biblioteca un lugar indeseado pero inevitable a la vez.
Pero si la vista de Don Abundio se ha afinado para percibir el más mínimo movimiento de nuestras manos, su oído es realmente poderoso. Basta un suspiro, una articulación de los labios y qué decir de un susurro o un comentario en voz baja para que aparezca súbita e inexorablemente detrás de nuestras espaldas y nos diga con su voz chillona y autoritaria:
¡Deje la guachafita, señor Rodríguez!
Mi amigo Ramón Olvera. Mexicano, que nos visitó en su año sabático, tuvo que aprender rápidamente los giros lingüísticos del español que usamos en estas tierras. Un día llegó hondamente preocupado porque no había entendido lo que un joven amigo suyo le había dicho después de que hablaron de un problema en el que el muchacho se había involucrado. Tras de hacer una detallada descripción del embrollo en que estaba metido, el amigo de Ramón culminó su monólogo con esta expresión:
Así, Ramón: paila.
Y llevo su mano derecha al costado izquierdo de su cuello imitando un golpe de hacha.
Embrollo fue el que tuve que pasar para explicarle esa expresión lingüístico-motora
Claro, Ramón, lo que pasa es que tu amigo quiso decir que su situación se puede asemejar a la de alguien que está en una olla para ser cocinado. Es decir, tiene un carácter por lo menos dramático de sin salida, de muerte. Por eso el golpe en el cuello. Y la palabra “paila” es, tal vez no lo sabes, un sinónimo de olla. Por tanto, tu amigo quiso decir: Estoy en la olla, estoy en una situación similar a la de estar en una olla, estoy en un embrollo sin salida…