Protesis

Mi vida está vinculada a las prótesis tecnológicas. La primera que me fue implantada a los cinco años: unos lentes potentes de muchas dioptrías cada uno que aliviaron la hipermetropía, pero que nunca pudieron corregir la ambliopía de mi ojo izquierdo, una disfunción tan grave que prácticamente me condenó a una vida de pirata tuerto sin parche. Más de diez años después, los lentes de contacto reemplazaron esta primera prótesis, pero el alivio fue apenas estético.

La incapacidad física de mis ojos, mi dificultad para ver, para detectar con precisión lo visible, produjo como compensación una especie de gusto y habilidad por lo abstracto, por lo invisible, si se quiere, que me llevó de las matemáticas a la creación poética, a la programación y al diseño.

Las prótesis cambiaron entonces. Primero fue la memoria portable, la USB, que me daba el poder de llevar conmigo la información que acababa de actualizar en mi computador. Después fue el teléfono celular que me garantizaba comunicación inmediata y ubicua y que ahora me permite muchas más cosas y acciones y virtuales. La última es la nube de datos, esa tecnología que permite almacenar y procesar datos desde cualquier dispositivo, bajo la condición de estar conectado a Internet.

El signo más claro de esta condición protésica es el ritual de vestimenta que se ha vuelto cada vez más complejo. Ya no sólo se trata de incluir las gafas y su estuche, las llaves, las tarjetas electrónicas y la billetera. sino que es necesario verificar que el celular está cargado, vinculado a la red y en el bolsillo correspondiente, que los auriculares se llevan consigo, que la suscripción al Goggle Drive y al Dropbox estén al día. Si uno sale sin algunos de esos cacharros, se siente menos, desvalido, discapacitado, incapaz...