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Artículo
tomado de: Revista Quimera #150, Septiembre de 1996.
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DEL CODICE A LA PANTALLA: TRAYECTORIAS DE LO ESCRITO "El libro ya no ejerce el poder que ha sido suyo, ya
no es el amo de nuestros razonamientos o de nuestros sentimientos frente
a los nuevos medios de información y comunicación de que
a partir de ahora disponemos": esta observación de Henri Jean
Martin constituirá el punto de partida de mi reflexión.
En ella quisiera señalar y nombrar los efectos de una revolución
temida por unos y aplaudida por otros, dada como ineluctable o simplemente
designada como posible: a saber, la transformación radical de
las modalidades de producción, de transmisión y de recepción
de lo escrito. Disociados de los soportes en los que tenemos la costumbre
de encontrarnos (el libro, el periódico ), los textos estarían
de ahora en adelante consagrados a una existencia electrónica:
compuestos en el ordenador o digitalizados, escoltados por procedimientos
telemáticos, llegan a un lector que los aprehende en una pantalla. Para abordar ese futuro (tal vez es un presente) en
el que los textos serán separados de la forma del libro que se
impuso en Occidente hace dieciséis siglos, mi punto de vista
será doble. Será el de un historiador de la cultura escrita,
particularmente atento al unir en una misma historia el estudio de los
textos (canónicos u ordinarios, literarios o sin calidad), el
de los soportes de su transmisión y diseminación, el de
sus lecturas, sus usos, sus interpretaciones. Será, igualmente,
el resultado de una participación (en un nivel modesto) en el
proyecto de la Biblioteca nacional de Francia. Uno de los ejes esenciales
de este proyecto es, efectivamente, la constitución de un importante
fondo de textos electrónicos que la biblioteca podrá trasmitir
a distancia y que podrán ser objeto de un nuevo tipo de lectura,
posibilitado por el correo de lectura computarizado. Mi primera pregunta será esta: ¿cómo
situar en la historia larga del libro, de la lectura y de las relaciones
con lo escrito la revolución anunciada, de hecho ya empezada,
que nos hace pasar del libro (o del objeto escrito) tal como nosotros
lo conocemos, con sus cuadernos, sus hojas, sus páginas, al texto
electrónico y a la lectura sobre la pantalla? Para responder
a esta pregunta hay que distinguir muy bien tres registros de mutación
cuyas relaciones quedan aún por establecer. La primera revolución
es técnica: ella transformó a mediados del siglo XV los
modos de reproducción de los textos y de la producción
del libro. Con los caracteres móviles y la prensa para imprimir,
la copia manuscrita dejó de ser el único recurso disponible
para asegurar la multiplicación y la circulación de textos.
De ahí la importancia otorgada a ese momento esencial de la historia
de Occidente, considerado como el que marca la Aparición del
libro (ese es el título del libro pionero de Lucien Febvre y
Henri-Jean Martin publicado en 19568). O caracterizado como una Printing
revolution (así se llama la obra de Elizabeth Eisentein aparecida
en 1983). Hoy en día, la atención se ha desplazado
un poco, insistiendo en los límites de esta primera revolución.
En principio queda claro que, en sus estructuras esenciales, el libro
no se modificó por la invención de Gutenberg. Por otra
parte, por lo menos hasta cerca de 1500, el libro impreso sigue dependiendo
en gran medida del manuscrito: imita de él su compaginación,
su escritura, su apariencia y, sobre todo, se considera algo que debe
terminarse a mano: la mano del iluminador que pinta iniciales adornadas
o historiadas y miniaturas, la mano del corrector, o enmendador, que
añade signos de puntuación, rúbricas y títulos;
la mano del lector que inscribe sobre la página notas e indicaciones
marginales. Por otra parte, y de modo más fundamental, tanto
antes como después de Gutenberg el libro es un objeto compuesto
de hojas dobladas y reunidas en cuadernos que se amarran unos con otros.
En ese sentido, la revolución de la imprenta no es en absoluto
una "aparición del libro". En efecto, doce o trece siglos antes
de la aparición de la nueva técnica, el libro occidental
encontró la forma que seguiría siendo la suya en la cultura
de lo impreso. Mirar hacia el Oriente, del lado de China, de Corea,
de Japón, nos proporciona una segunda razón para evaluar
la revolución de la imprenta. Efectivamente, ésta nos
muestra que la utilización de la técnica propia de Occidente
no es una condición necesaria para que exista, no solamente una
cultura escrita, sino todavía más, una cultura impresa
de profundos cimientos. Ciertamente, en Oriente son conocidos los caracteres
móviles: ahí fueron incluso inventados y utilizados antes
de Gutenberg: en el siglo XI son utilizados caracteres de tierra cocida
en China y en el siglo XIII se imprimieron textos con caracteres metálicos
en Corea. Pero, a diferencia de Occidente después de Gutenberg,
el recurso de los caracteres móviles en Oriente permanece limitado,
discontinuado, confiscado por el emperador o por los monasterios. Eso
no significa la ausencia de una cultura de lo impreso de gran envergadura,
hecha posible gracias a otra técnica: la xilografía, es
decir, el grabado en planchas de madera de textos impresos mediante
frotamiento. Con presencia desde mediados del siglo VIII en Corea, y
a finales de siglo IX en China, la xilografía lleva en la China
de los Ming y de los Quing, así como en el Japón de los
Tukogawa, a una muy amplia circulación de lo escrito impreso,
con empresas de edición comerciales independientes de los poderes,
una densa red de librerías y de gabinetes de lectura, y géneros
populares ampliamente difundidos. No hay entonces que medir la cultura impresa de las
civilizaciones orientales con el único rasero de la técnica
occidental, como si aquélla fuera imperfecta o inferior. La xilografía
tiene sus propias ventajas: se adapta mejor que los caracteres móviles
a las lenguas que se caracterizan por tener un gran número de
caracteres o, como en el Japón, por la pluralidad de escrituras;
mantiene notablemente vinculadas a la escritura manuscrita y a la impresión,
ya que las planchas se graban a partir de modelos caligrafiados; permite,
gracias a la resistencia de las maderas que se conservan mucho tiempo,
el ajuste del tiraje a la demanda. Esta constatación debe conducir
a una apreciación La revolución actual es mayor que la de Gutenberg.
No sólo modifica a la técnica de reproducción del
texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte
que transmite a sus lectores Más justa del invento de Gutenberg. Ciertamente
éste es fundamental, pero no es la única técnica
capaz de asegurar una muy amplia diseminación del libro impreso. La revolución de nuestro presente es, evidentemente,
mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica la técnica
de reproducción del texto, sino también las estructuras
y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores. EL libro
impreso, hasta nuestros días, ha sido el heredero directo del
manuscrito por la organización en cuadernos, por la jerarquía
de los formatos del folio al libellus, por las ayudas a
la lectura: concordancias, índice, cuadros, etc. Con la pantalla
como sustituto del códice, la revolución es mucho más
radical, ya que son los modos de organización, estructuración,
consulta de lo escrito los que se hallan modificados. Una revolución
así requiere entonces de otros términos de comparación.
La larga historia de la lectura nos proporciona los
esenciales. Su cronología se organiza a partir del señalamiento
de las dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una
transformación de la modalidad física, corporal, del acto
de la lectura, e insiste en la importancia decisiva del paso de una
lectura necesariamente oralizada, indispensable al lector para la comprensión
del sentido, a una lectura posiblemente silenciosa y visual. Esta revolución
atañe a una larga edad media, ya que la lectura silenciosa, al
principio restringida a los sriptoria monásticos entre los siglos
VII y XI, ganaría el mundo de las escuelas y de las universidades
en el XII, después el de los aristócratas laicos dos siglos
más tarde. Su condición de posibilidad es la introducción
de la separación entre las palabras por parte de los escribas
irlandeses y anglosajones de la alta edad media, y sus efectos son totalmente
considerables al abrir la posibilidad de leer más rápidamente
y por tanto de leer más textos, y textos más complejos. Una perspectiva así sugiere dos señalamientos.
EN principio el hecho de que el Occidente medieval haya debido conquistar
la habilidad de la lectura en silencio con los ojos no debe hacernos
concluir su inexistencia en la antigüedad griega y romana. En las
civilizaciones antiguas, en poblaciones para las cuales le lengua escrita
es la misma que la lengua vernácula, la ausencia de separación
entre las palabras no impide de ninguna manera la lectura silenciosa.
La práctica común en la antigüedad de la lectura
en voz alta, para los otros o para sí, no debe atribuirse a la
ausencia de dominio de la lectura sólo con los ojos (ésta
fue sin duda practicada en el mundo griego desde el siglo VI a.C). Más
bien hay que atribuirla a una convención cultural que asocia
vigorosamente el texto y la voz, la lectura, la declamación y
la escucha. Este rasgo subsiste además en la época moderna,
entre los siglos XVI y XVIII, cuando leer en silencio se convirtió
en una práctica ordinaria de los lectores letrados. La lectura
en voz alta siguió siendo entonces la base fundamental de las
diversas formas de sociabilidad, familiares, cultas, mundanas o públicas,
y el lector que busca muchos géneros literarios es un lector
que lee par los otros o un "lector" que escucha leer. En la Castilla
del Siglo de Oro, leer y oír, ver y escuchar son así casi
sinónimos, y la lectura en voz alta es la lectura implícita
de géneros muy diversos: todos los géneros poéticos,
la comedia humanista (pensemos en La Celestina), la novela en todas
sus formas, hasta el Quijote, la historia en sí. Segunda observación en forma de pregunta: ¿no
habrá que otorgar mayor importancia a las funciones de lo escrito
que a su modo de lectura? Si tal es el caso, hay que colocar una cesura
esencial en el siglo XII, cuando lo escrito no está ya sólo
investido de una función de conservación y de memorización,
sino que se compone y copia con fines de lectura, entendida como un
trabajo intelectual. A un modelo monástico de la escritura sucede,
en las escuelas y universidades, el modelo escolástico de la
lectura. En el monasterio, el libro no se copia para ser leído,
compendia el saber como un bien patrimonial de la comunidad y comporta
usos ante todo religiosos: la ruminatio del texto, verdaderamente incorporada
por el fiel, la meditación, el rezo. Con las escuelas urbanas
todo cambia: el lugar de la producción del libro, que pasa del
scriptorium a la tienda del librero estacionario; las formas del libro,
con la multiplicación de abreviaturas, señales, glosas
y comentarios, y el método mismo de lectura, ya que no es la
participación en el misterio de la palabra sagrada, sino un desciframiento
regulado y jerarquizado por la letra (littera), del sentido (sensus)
y de la doctrina (sententia). Las conquistas de la lectura silenciosa
no pueden pues separase de la mutación principal que transforma
la función misma de la escritura. Otra "revolución de la lectura" se refiere,
por su parte, al estilo de lectura. En la segunda mitad del siglo XVIII,
a la lectura "intensiva" sucedería otra, calificada como "extensiva"
. El lector "intensivo" es confrontado con un corpus limitado y cerrado
de textos, leídos y releídos, memorizados y recitados,
escuchados y conocidos de memoria, transmitidos de generación
en generación. Los textos religiosos, y en primer lugar la Biblia
en los países de la reforma, con los alimentos privilegiados
de esta lectura notablemente marcada por la sacralidad y la autoridad.
El lector "extensivo", el de la Leseanet, de la rabia por leer que surge
en Alemania en tiempos de Goethe, es un lector totalmente diferente:
consume impresos numerosos y diversos, los lee con rapidez y avidez,
ejerce a su respecto una actividad crítica que ya no sustrae
ningún dominio a la duda metódica. Un diagnóstico parecido ha podido ser discutido. En efecto,
son numerosos los lectores "extensivos" en la época de la lectura
"intensiva": pensemos en los letrados humanistas que acumulan lecturas
para componer sus cuadernos de lugares comunes. Y el caso contrario
es aún más cierto: es efectivamente en el momento mismo
de la "revolución de la lectura" cuando, con Rousseau, Goethe
o Richardson se despliega la más "intensiva" de las lecturas,
por medio de la cual la novela se apodera de su lector, lo ata y gobierna
como antes hizo el texto religioso. Además, para los lectores
más numerosos y más humildes los de los chapbooks,
de la Biblioteca azul, o de la literatura de cordel, la lectura
conserva durante mucho tiempo los rasgos de una rara, difícil
práctica que supone memorizar y recitar textos que se vuelven
familiares porque son pocos y, de hecho, son reconocidos más
que descubiertos. Estas precauciones necesarias que conducen a abandonar una oposición
demasiado contrastante entre los dos estilos de lectura, no invalida
sin embargo la constatación que sitúa en la segunda mitad
del siglo XVIII una "revolución de la lectura". Sus bases están
bien señaladas en Inglaterra, en Alemania y en Francia: el crecimiento
de la producción del libro, la multiplicación y la transformación
de los periódicos, el éxito de los formatos pequeños,
el descenso del precio del libro gracias a las ediciones piratas, la
multiplicación de las sociedades de lectura (Book-clubs, Lesegesellschaften,
cámaras de lectura). Descrito como un peligro para el orden público,
como un narcótico (según palabras de Fichte), o como un
desarreglo de la imaginación y de los sentidos, este "furor por
leer" golpea a los observadores contemporáneos. Jugó indudablemente
un papel esencial en desprendimientos críticos que, por toda
Europa y particularmente en Francia, alejaron a los súbditos
de su príncipe y a los cristianos de sus iglesias. La revolución del texto electrónico es y será
también una revolución de la lectura. Leer sobre una pantalla
no es leer en un códice. La representación electrónica
de los textos modifica totalmente su condición: sustituye la
materialidad del libro con la inmaterialidad de textos sin lugar propio;
opone a las relaciones de contigüidad, establecidas en el objeto
impreso, la libre composición de fragmentos manipulables indefinidamente;
a la aprehensión inmediata de la totalidad de la obra, hecha
visible por el objeto que la contiene, hace que le suceda la navegación
en el largo curso de archipiélagos textuales en ríos movientes.
Estas mutaciones ordenan, inevitablemente, imperativamente, nuevas maneras
de leer, nuevas relaciones con lo escrito, nuevas técnicas intelectuales.
Sin las revoluciones precedentes de la lectura sobrevinieron cuando
no cambiaban las estructuras fundamentales del libro, no sucede lo mismo
en nuestro mundo contemporáneo. La revolución iniciada
es, ante todo, una revolución de los soportes y las formas que
transmiten lo escrito. En esto el mundo occidental no tiene más
que un solo precedente: la sustitución del volumen por el códice,
por el libro compuesto de cuadernos reunidos en lugar del libro en forma
de rollo, ocurrida en los primeros siglos de la era cristiana. A propósito de esta primera revolución, que inventa el
libro que es aún el nuestro, deben ser planteadas tres preguntas.
En principio, la de su fecha. Los hechos arqueológicos disponibles
proporcionados por las excavaciones llevadas a cabo en Egipto permiten
sacar varias conclusiones. Por una parte, es en las comunidades cristianas
donde el códice reemplaza con mayor precocidad y más masivamente
al rollo: desde el siglo II, todos los manuscritos hallados de la Biblia
que datan del siglo II son de códices escritos en papiro, y,
entre los siglos II y IV, 90% de los textos bíblicos y 70% de
los textos litúrgicos y hagiográficos que nos han llegado
están en forma de códice. Por otra parte, es con un notable
desfase que los textos griegos, literarios o científicos adoptan
la nueva forma del libro: es solamente en los siglos III y IV cuando
el número de códices iguala al siglo III, permanece notable
el número de códices iguales al de rollos. Incluso si
el cálculo de la fecha de los textos bíblicos en papiro
ha podido ser discutido, y a veces retrasado, hasta el siglo III, permanece
notable el vínculo entre la preferencia otorgada al códice
y los cenáculos cristianos. Una segunda pregunta se refiere a las razones de la adopción
de esta nueva forma de libro. Los motivos clásicamente esgrimidos
conservan su pertinencia, incluso si hay que matizarlos un poco. La
utilización de los dos lados del soporte reduce sin duda el costo
de fabricación del libro, pero este uso no ha venido acompañado
de otras economías posibles: disminución del módulo
de escritura, retraimiento de los márgenes, etc. Por lo demás,
el códice permite sin duda reunir una gran cantidad de texto
en un volumen mínimo, aunque esta ventaja fue poco explotada
de manera inmediata: en los primeros siglos de su existencia, los códices
siguieron siendo de talla modesta y contenían menos de ciento
cincuenta pliegos (es decir, trescientas páginas). Es a partir
del siglo IV, incluso del V, cuando engrosan los códices y absorben
el contenido de varios rollos. Finalmente, es innegable que el códice
permite una marcación más fácil y un manejo más
sencillo del texto: hace posible la paginación, el establecimiento
del índice y de las concordancias, la comparación de un
pasaje con otro, o incluso el hecho de que el lector, al hojearlo, recorra
todo el libro. De ahí la adaptación de la forma nueva
del libro a las necesidades textuales propias del cristianismo, a saber:
la confrontación de los Evangelios y la movilidad, con fines
de predicación, del culto o del rezo, de las citas de la palabra
sagrada. Pero fuera de los medios cristianos, el dominio y utilización
de las posibilidades ofrecidas por el códice se imponen sólo
lentamente. Su adopción parece hecha por lectores que no pertenecen
a la elite letrada ésta permanece por mucho tiempo fiel
a los modelos griegos, y por tanto al volumen, y en principio
abarca textos que se encuentran situados fuera del canon literario:
textos escolares, obras técnicas, relatos, etc. Entre los efectos del paso del rollo al códice,
dos de ellos merecen una atención particular. Por una parte,
si el códice imponen su materialidad, no borra las designaciones
o representaciones antiguas del libro. En la ciudad de Dios de San Agustín,
por ejemplo, si el término "códice" nombra al libro en
cuanto objeto físico, la palabra liber se emplea para marcar
las divisiones de la obra, y esto guardando memoria de la forma antigua,
ya que el "libro", devenido aquí unidad del discurso (La ciudad
de Dios abarca 22), corresponde a la cantidad de texto que podía
contener un rollo. De igual manera, las representaciones del libro en
las monedas y en los monumentos, en la pintura y en la escultura, permanecen
por mucho tiempo ligadas al volumen, símbolo de saber y de autoridad,
aun cuando el códice ha impuesto ya su nueva materialidad y obligado
a nuevas prácticas de lectura. Por otra parte, para ser leído,
y por tanto desenrollado, un rollo debe ser sostenido con las dos manos:
de ahí, como nos lo muestran los frescos y los bajorrelieves,
la imposibilidad para el lector de escribir al mismo tiempo que lee
y, de golpe, la importancia del dictado en voz alta. Con el códice
el lector conquista la libertad colocando sobre una mesa o un pupitre,
el libro en cuadernos ya no exige un movimiento del cuerpo similar.
En relación con él, el lector puede tomar sus distancias,
leer y escribir al mismo tiempo, ir de una página a otra, a su
gusto, o de un libro a otro. Con el códice, igualmente, se inventa
la tipología formal que asocia formatos y géneros, así
como tipos de libros y categorías de discurso, y se establece
por tanto el sistema de clasificación y de marcación de
textos que la imprenta heredará y que es todavía el nuestro. ¿Por qué estas miradas hacia atrás, por
qué, en particular, llevar la atención hacia el nacimiento
del códice? Sin duda, porque la comprensión y el dominio
de la revolución electrónica del mañana (o del
hoy) dependen en gran medida de su correcta inscripción en una
historia de larga duración. Ello permite tomar plena medida de
las posibilidades inéditas abiertas por la digitalización
de los textos, su transmisión electrónica y su recepción
en ordenador. En el mundo de los textos, dos limitaciones, consideradas
hasta ahora como imperativas, pueden señalarse. Primera limitación:
la que reduce estrechamente las posibles intervenciones del lector en
el libro impreso. Desde el siglo XVI, es decir, desde la época
en que el impresor tomó a su cargo los signos, las marcas y los
títulos, títulos de capítulos o títulos
corrientes que, en tiempo de los incunables, se añadían
a mano sobre la página impresa por el corrector o el poseedor
del libro, el lector no puede insinuar su escritura sino en los espacios
vírgenes del libro. El objeto impreso le impone su forma, su
estructura, sus disposiciones, y no supone de ninguna manera su participación.
Si el lector pretende, de todos modos, inscribir su presencia en el
objeto, sólo puede hacerlo ocupando subrepticia, clandestinamente,
los lugares del libro que deja la escritura impresa: interiores de la
encuadernación, folios dejados en blanco, márgenes del
texto, etcétera. Con el texto electrónico ya no pasa lo mismo.
El lector no sólo puede someter los textos a múltiples
operaciones (puede hacer su índice, anotarlo, copiarlo, desmembrarlo,
recomponerlo, moverlo, etc.), sino, más aún, puede convertirse
en su coautor. La distinción, muy visible en el libro impreso,
entre la escritura y la lectura, entre el autor del texto y el lector
del libro, se borra en provecho de una realidad distinta: el lector
se convierte en uno de los actores de una escritura a varias manos o,
al menos, se halla en posición de constituir un texto nuevo a
partir de fragmentos libremente recortados y ensamblados. Como el lector
del manuscrito que podía reunir en un solo libro, por su sola
voluntad, obras de naturalezas muy diversas, unirlas en un mismo compendio,
en un mimo libro-Zbaldone, el lector de la era electrónica puede
construir a su placer conjuntos textuales originales cuya existencia,
organización e incluso apariencia sólo dependen de él.
Pero, además, puede en todo momento intervenir en los textos,
modificarlos, reescribirlos, hacerlos suyos. A partir de esta circunstancia
se comprende que tal posibilidad pone en tela de juicio y en peligro
nuestras categorías para describir las obras, referidas desde
el siglo XVIII a un acto creador individual, singular y original, y
que fundan el derecho en materia de propiedad de un autor sobre una
obra original, producida por su genio creador (la primera vez que se
usó el término fue en 1701) se ajusta muy mal al mundo
de los textos electrónicos. Así, el Tribunal Supremo de
Estados Unidos le ha negado toda pertinencia a esta noción en
el caso de la publicación de la guía telefónica. Por otra parte, el texto electrónico permite,
por primera vez, remontar una contradicción que ha obsesionado
a los occidentales: la que opone, de un lado, el sueño de una
biblioteca universal que reúne todos los libros jamás
publicados, todos los textos jamás escritos, incluso, como escribió
Borges, todos los libros que es posible escribir agotando todas las
combinaciones de las letras del alfabeto y, del otro, la realidad, forzosamente
decepcionante, de las colecciones que, cualquiera que sea su tamaño,
no pueden proporcionar más que una imagen parcial, con lagunas,
mutilada, del saber universal. Occidente ha otorgado una figura ejemplar
y mítica a esta nostalgia de la exhaustiva perdida: la biblioteca
de Alejandría. La comunicación de textos a distancia que
anula la distinción, hasta ahora irremediable, entre el lugar
del texto y el lugar del lector, vuelve concebible, accesible, este
antiguo sueño. Desprendido de su materialidad y de sus antiguas
localizaciones, el texto y su representación electrónica
pueden ya alcanzar a cualquier lector dotado del material necesario
para recibirlo. Suponiendo que todos los textos existentes, manuscritos
o impresos, sean digitalizados o, dicho de otra manera, hayan sido convertidos
en textos electrónicos, la universal disponibilidad del patrimonio
escrito se vuelve posible. Todo lector, allí donde se encuentre,
con la condición de que esté conectado frente a un puesto
de lectura con la red informática que asegura la distribución
de los documentos, podrá consultar, leer o estudiar cualquier
texto, cualesquiera que hayan sido su forma y su localización
originales. "Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos
los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad":
esta felicidad "extravagante" de la que habla Borges no es prometida
por las bibliotecas sin muros, e incluso carentes de lugar, que serán
sin duda las del futuro. Felicidad extravagante, pero tal vez no sin riesgo.
En efecto, cada forma, cada soporte, cada estructura de la transmisión
y de la recepción de lo escrito afecta profundamente sus posibles
usos e interpretaciones. En estos últimos años, la historia
del libro se ha interesado en señalar, en diversos niveles, estos
efectos de sentido de las formas. Son numerosos los ejemplos que muestran
transformaciones propiamente "tipográficas" (en un sentido amplio
del término) que modifican profundamente los usos, las circulaciones,
las comprensiones de un "mismo" texto. Así sucedió con
las variaciones en las partes del texto bíblico, en particular
a partir de las ediciones de Robert Estienne y sus versículos
numerados. Así ocurrió con la imposición de dispositivos
propios del libro impreso (título y página del título,
separación en capítulos, grabados en madera) a obras cuya
forma original, unida a una circulación únicamente manuscrita,
les era totalmente extraña: ahí está, por ejemplo
la suerte del Lazarillo de Tormes, letra apócrifa, sin título,
sin capítulos, sin ilustración destinado a un público
letrado y transformado por sus primeros editores en un libro cercano,
por su presentación, a las vidas de santos o a los occasionneis,
en ese entonces los géneros de mayor circulación en la
España del Siglo de Oro. Así, en Inglaterra, para las
obras teatrales, el paso de las ediciones isabelinas, rudimentarias
y compactas, alas ediciones que a comienzos del siglo XVIII, adoptando
las convenciones clásicas francesas, vuelve visible el corte
en actos y en escenas y restituye, mediante la indicación de
los juegos de escena, algo de la acción teatral en el texto impreso.
De manera que, más todavía, las formas nuevas que se aplican
a todo un conjunto de textos ya publicados, más generalmente
de origen culto, es con el fin de que puedan alcanzar a los lectores
"populares" y constituir así el repertorio de las librerías
ambulantes en Castilla, Inglaterra o Francia. Cada vez es idéntica
la constatación: el significado, o más bien los significados,
histórica y socialmente diferenciados de un texto, cualquiera
que éste sea, no pueden separarse de las modalidades materiales
en que se dan a leer a sus lectores. De ahí viene, para nuestro presente, una gran
lección: la posible transferencia del patrimonio escrito de un
soporte a otro, del códice a la pantalla, abre posibilidades
inmensas pero también representará una violencia ejercida
en los textos al separarlos de las formas que han contribuido a construir
sus significaciones históricas,. Suponiendo que, en un futuro
más o menos cercano, las obras de nuestra tradición no
se transmitan ni se descifren ya sino en una representación electrónica,
sería grande el riesgo al ver perdida la inteligibilidad de una
cultura textual en la que se llevó a cabo una unión antigua,
esencial, entre el concepto mismo de texto y una forma particular del
libro: el códice. Nada muestra mejor la fuerza de esta unión
que las metáforas que, en la tradición occidental, hacen
del libro una figura posible del destino, del cosmos o del cuerpo humano.
El libro que ellas manejan, de Dante a Shakespeare, de Ramón
Llull a Galileo, no es cualquier libro: está compuesto de cuadernos,
formado en folios y páginas, protegido por una encuadernación.
La metáfora del libro del mundo, del libro de la naturaleza,
tan poderosa en la edad moderna se encuentra como dispuesta en las representaciones
inmediatas y arraigadas que asocian naturalmente el texto escrito al
códice. El universo de los textos electrónicos significará
entonces necesariamente un alejamiento de las representaciones mentales
y las operaciones intelectuales que están específicamente
ligadas a las formas que ha tenido el libro den Occidente desde hace
diecisiete o dieciocho siglos. Ningún orden de los discursos
es, en efecto, separable del orden de los libros que le es contemporáneo. Me parece entonces necesario, hoy en día, mantener
juntas dos exigencia. Por un lado, necesitamos acompañar de una
reflexión histórica, jurídica, filosófica,
la mutación considerable que está revolucionando los modos
de comunicación y de recepción de lo escrito. Una revolución
técnica no se decreta. Tampoco se suprime. El códice la
llevó a cabo y suplantó al rollo, incluso si éste,
con otra forma y para otros usos (en particular archivísticos)
atravesó toda la edad media. Y la imprenta sustituyó al
manuscrito como forma masiva de reproducción y de difusión
de los textos incluso si los escritos copiados a mano conservaron
su papel en la era de la imprenta para la circulación de numerosos
tipos de textos surgidos de la escritura del fuero privado, de las prácticas
literarias aristocráticas dirigidas por la figura del gentleman
writer, o de las necesidades de comunidades particulares consideradas
heréticas, unidas por el secreto de los gremios de la francmasonería,
o simplemente cimentadas en el intercambio de los textos manuscritos.
Se puede entonces pensar que en el siglo XXV, en el año 2440
que Louis Sebastien Mercier ha imaginado en su utopía publicada
en 1771, la Biblioteca del Rey (o de Francia) no será ese "pequeño
gabinete" que sólo contiene pequeños libros en duodécimos
que concentran únicamente el saber útil, sino un punto
en una red, extendida a todo el planeta, que asegure la disponibilidad
universal de su patrimonio textual accesible en todas partes gracias
a su forma electrónica. Ha llegado el momento de observar mejor
y de comprender mejor los efectos de esa mutación y, considerando
que los textos no son necesariamente libros, ni siquiera periódicos
o revistas (derivados ellos también del códice), de redefinir
todas las nociones jurídicas (propiedad literaria, derechos de
autor, copyright) y reglamentarias (depósito legal, biblioteca
nacional) y biblioteconómicas (catalogación, clasificación,
descripción bibliográfica, etc) que han sido pensadas
y construidas en relación con otra modalidad de la producción,
la conservación y la comunicación de lo escrito. Pero existe para nosotros una segunda exigencia, indisociable
de la precedente. La biblioteca del futuro debe ser también el
lugar en que se pueda mantener el conocimiento y la comprensión
de la cultura escrita en las formas que han sido y son todavía
mayoritariamente las suyas hoy en día. La representación
electrónica de todos los textos cuya existencia no comienza con
la informática no debe significar de ninguna manera la relegación,
el olvido, o peor, la destrucción de los objetos que los han
portado. Más que nunca, tal vez, una de las tareas esenciales
de las grandes bibliotecas es recolectar, proteger, censar (por ejemplo
bajo la forma de catálogos colectivos nacionales, los primeros
pasos hacia las bibliografías nacionales retrospectivas), los
objetos escritos del pasado y, así, hacer accesible el orden
de los libros que todavía es el nuestro y que fue el de los hombres
y las mujeres que leyeron desde los primeros libros de nuestra era cristiana.
Solamente si es preservada la inteligencia de la cultura del códice
podrá existir, sin matices, la "extravagante felicidad" que promete
la pantalla. |