Tomado de: Estar Ahí. Cerebro, cuerpo y mundo en la nueva ciencia cognitiva. Andy Clark. Bracelona: Paidós, 1999. Traducción de Génis Sánchez Berberán. pp. 267-286

La idea de Clark de que la mente está ligada a su entorno corporal y embebida en el medio ambiente y que eso la hace adaptable y plástica es una idea muy próxima a la de una supuesta plasticidad del hipertexto, plasticidad que le permitiría ofrecer una simulación más natural de nuestras operaciones mentales

LA MENTE PLÁSTICA
La adaptación del lenguaje al cerebro

Consideremos un artefacto mal diseñado como, por ejemplo, uno de los primeros programas para procesar textos que era extraordinariamente difícil de aprender y muy incómodo y frustrante de utilizar. ¡Un ser mutante imaginario que encontrara fácil un programa como éste seguramente hubiera necesitado unos recursos nerviosos diseñados especialmente para adquirir esta competencia con rapidez!

Ahora consideremos un artefacto diseñado a la perfección: el clip para sujetar papeles.  Para aprender a utilizar los clips con rapidez y habilidad no es necesario ser un mutante con un cerebro diseñado especialmente, porque el mismo clip está adaptado para facilitar una utilización sencilla por parte de seres como nosotros (pero no por parte de ratas o palomas) en nuestros entornos de oficina.

Supongamos (y sólo supongamos) que el lenguaje es así.  Es decir, que es un artefacto que ha evolucionado, en parte, para que seres como nosotros lo puedan adquirir y utilizar con facilidad.  Por ejemplo, puede presentar estructuras fonéticas o gramaticales que exploten determinadas predisposiciones naturales del cerebro y del sistema perceptivo del ser humano.  De ser esto así, podría parecer que nuestros cerebros están especialmente adaptados para adquirir un lenguaje natural, pero de hecho sería el lenguaje natural el que estaría especialmente adaptado para ser adquirido por nosotros, a pesar de todas las imperfecciones cognitivas.

Sin duda, la verdad se encuentra a medio camino.  Recientes conjeturas de varios científicos cognitivos (véase, por ejemplo, Newport, 1990) indican que ciertas características de los lenguajes naturales (como la estructura morfológica) pueden estar orientadas a explotar efectos «de ventana» proporcionados por las limitaciones de la memoria y la atención típicas de los seres humanos jóvenes.  Y Christiansen (1994) ha argumentado explícitamente, desde el punto de vista de la investigación conexionista, que la adquisición de un lenguaje está potenciada por una especie de relación simbiótica entre el lenguaje y sus usuarios, de manera que un lenguaje sólo puede persistir y prosperar si es aprendido y utilizado con facilidad por sus anfitriones humanos.  Esta relación simbiótica fuerza al lenguaje a cambiar y a adaptarse de maneras que fomenten el aprendizaje.

Esta adaptación inversa, donde el lenguaje natural está adaptado en cierta medida al cerebro humano, puede ser importante para evaluar la medida en que nuestra capacidad para aprender y emplear el lenguaje público se debería tomar, en sí mísma, como prueba de que cognitivamente somos muy diferentes de otros animales.  Porque ocurre que, al parecer, los seres humanos son los únicos animales capaces de adquirir y explotar plenamente los sistemas simbólicos complejos, abstractos y abiertos del lenguaje público.  Sin embargo, no hace falta suponer que esto requiera unas diferencias neurológicas y computacionales esenciales y aplastantes entre nosotros y otros animales.  Unos cambios neuronales relativamente secundarios pueden haber posibilitado el aprendizaje básico del lenguaje por parte de nuestros antepasados y, de ahí en adelante, el proceso de adaptación inversa puede haber conducido a formas lingüistícas que exploten mejor las predisposiciones cognitivas preexistentes e independientes del lenguaje (especialmente en los seres humanos jóvenes).   Según este modelo, el cerebro humano no tiene porqué diferir profundamente del cerebro de los animales superiores.  En cambio, los seres humanos normales se benefician de una pequeña innovación neurológica que, junto con un entorno increíblemente potenciador de un lenguaje público cada vez más adaptado a la inversa, ha conducido a las explosiones cognitivas de la ciencia, la cultura y el aprendizaje humanos.

A la vaga y sugerente noción de la adaptación inversa se le puede dar un poco de cuerpo cuantitativo y computacional (aunque de una manera claramente simplista).  Hare y Elman (1995) han utilizado una «fílogenia cultural» de redes conexionistas para construir un modelo, con cierto detalle de la serie de cambios que caracterizaron la evolución desde el pretérito del inglés antiguo (hacia el año 870) hasta el pretérito del inglés moderno.  Mostraron que esta evolución histórica se puede modelar, con cierto detalle, mediante una serie de redes neuronales donde las salidas de una generación se utilizan como datos de entrenamiento para la próxima.  Este proceso produce cambios en el mismo lenguaje a medida que éste se altera para reflejar los perfiles de aprendizaje de sus usuarios.  En pocas palabras, esto es lo que sucede: una red original es adiestrada en las formas del inglés antiguo.  Luego se adiestra otra red (aunque no a la perfección) a partir de las formas producidas por la primera.  A continuación se utiliza esta salida para adiestrar otra red, y así sucesivamente.  Lo crucial es que cualquier error que cometa una red cuando aprende a establecer correspondencias, pasan a formar parte del conjunto de datos de la siguiente red.  Los patrones difíciles de aprender y los elementos que se parecen a otros con inflexiones diferentes, tienden a desaparecer.  Como dicen Hare y Elman (ibíd., pág. 61): «Al principio, las clases [de verbos] difieren en su coherencia fonológico y en el tamaño de su clase. Las pautas que inicialmente son menos comunes o están menos definidas son las más difíciles de aprender y tienden a perderse tras varias generaciones de aprendizaje.  Este proceso va en aumento a medida que la clase dominante capta nuevos miembros y se convierte en un atractor cada vez más poderoso».  Al estudiar así la interacción entre un conjunto de datos externos y los procesos de aprendizaje individual, Hare y Elman pudieron hacer algunas predicciones bastante precisas (confirmadas por los hechos lingüísticos) sobre la evolución histórica del inglés antiguo al inglés moderno.  La consecuencia más importante para nuestros fines es que, en estos casos, los andamiajes mismos externos de la cognición se adaptan para prosperar mejor en el nicho proporcionado por los cerebros humanos.  Por tanto, la complementariedad entre el cerebro biológico y sus accesorios y apoyos artificiales está impuesta por unas fuerzas coevolutivas que unen a usuarios y artefactos en un bucle virtuoso de mutua modulación.

¿Dónde acaba la mente y empieza el resto del mundo?

Las complejidades de la dinámica usuario-artefacto nos invitan a reflexionar sobre un tema más general: cómo concebir la frontera entre un sistema inteligente y el mundo.  Como vimos en capítulos anteriores, esta frontera parece ser más plástica de lo que se había supuesto anteriormente: en muchos casos, unos recursos extracorporales seleccionados son parte importante de unos procesos computacionales y cognitivos extendidos.  Llevada hasta el extremo, esta fuga de la mente hacia el mundo amenaza con reconfigurar la imagen fundamental que tenemos de nosotros mismos, ampliando nuestra visión de las personas para incluir, en ocasiones, características del entorno local.  Probablemente, esta ampliación es más verosímil en casos donde intervienen como accesorios externos el texto escrito y la palabra hablada, porque las interacciones con estos accesorios son omnipresentes (en las sociedades cultas modernas), fiables y evolutivamente básicas.  En estas culturas, los cerebros humanos dan por sentados estos soportes de texto y discurso con la misma seguridad con que dan por sentado que actúan en un mundo de peso, fuerza, fricción y gravedad.  El lenguaje es una constante y, como tal, se puede confiar en él con toda seguridad como telón de fondo contra el cual se desarrollan los procesos en línea de la computación neuronal.  De la misma manera que un controlador de red neuronal diseñado para mover un brazo hacia un objetivo en el espacio definirá sus órdenes para tener en cuenta la elasticidad de los músculos y los efectos de la gravedad, los procesos del razonamiento pueden aprender a tener en cuenta las aportaciones potenciales de la reorganización y la descarga textual, y de la repetición y el intercambio vocal.  Por tanto, las capacidades cognitivas maduras que identificamos como mente e intelecto se pueden parecer más a la navegación en barco (véase el capítulo 3) que a las capacidades del cerebro biológico aislado.  La navegación en barco emerge de la adecuada orquestación de un sistema extenso y complejo que comprende personas, instrumentos y prácticas.  De la misma manera, sospecho que gran parte de lo que identificamos como nuestras capacidades mentales en realidad pueden ser propiedades de los sistemas más amplios, y extendidos en el entorno, de los que los cerebros humanos mismos son sólo una parte (importante). -

Esto es mucho decir y no espero convencer aquí a los escépticos.  Pero creo que no es tan descabellado como puede parecer a primera vista.  Después de todo, en general es bastante difícil trazar una línea divisoria clara entre un instrumento y su usuario.   Cuando tomamos una piedra para cascar una nuez, es evidente que esa piedra es un instrumento.  Pero si un pájaro suelta una nuez en pleno vuelo para que se rompa al chocar contra el suelo, ¿es el suelo un instrumento?  Algunas aves tragan piedras pequeñas para facilitar la digestión: ¿son instrumentos estas piedras? ¿O quizá una vez tragadas simplemente pasan a formar parte del ave? ¿Es un instrumento el árbol al que trepamos para escapar de un depredador? ¿Y la tela de una araña?

Propongo que el lenguaje público y sus apoyos en el texto y la notación simbólica no son diferentes de las piedras tragadas por las aves.  En ambos casos, la respuesta a la pregunta «¿Dónde acaba el usuario y empieza el instrumento?» es muy delicada.  A la luz del conjunto global de nuestras discusiones anteriores, como mínimo estoy convencido de dos afirmaciones.  La primera es que algunas acciones humanas se asemejan más a pensamientos de lo que parece a primera vista.  Se trata de las acciones cuyo verdadero objetivo es alterar las tareas computacionales a las que se enfrenta el cerebro cuando trata de resolver un problema: lo que Kirsh y Maglio llaman «acciones epistémicas».  La segunda afirmación es que ciertos daños causados al entorno pueden tener la misma relevancia moral que los daños causados a personas: al decir esto pienso especialmente en las personas con lesiones neurológicas (véanse los casos del capítulo 3 anterior) que consiguen salir adelante añadiendo a su entorno cotidiano unas capas especialmente densas de accesorios y apoyos externos.  Me parece que alterar estos apoyos se parecería más a un delito contra las personas que a un delito contra la propiedad.  Por ejemplo, Clark y Chalmers (1998) describen el caso de una persona con lesiones neurológicas que depende en grado extremo de un cuaderno que siempre lleva consigo y a cuyos contenidos se remite en numerosas situaciones cotidianas.  En este caso, la destrucción gratuita del cuaderno tendría un aspecto moral especialmente inquietante: es indudable que dañaría a la persona en el sentido más literal que se pueda imaginar.

A la luz de estas inquietudes y del evidente valor metodológíco (véanse los capítulos 3, 4, 6 y 8 anteriores) de estudiar los sistemas extendidos cerebro-cuerpo-munclo corno totalidades computacionales y dinámicas integradas, estoy convencido de que (en ocasiones) es valioso tratar los procesos cognitivos como si se extendieran más allá de los estrechos confines de la piel y del cráneo.  Y me pregunto si también se debería ampliar la noción intuitiva de la mente misma para abarcar una variedad de accesorios y apoyos externos; es decir, me pregunto si el sistema que solemos denominar «mente», en realidad es mucho más amplio que el que denominarnos «cerebro».  A primera vista, esta conclusión tan general puede parecer difícil de digerir.  Creo que una razón de ello es que tendemos a confundir lo mental con lo consciente.  Y aunque no pretendo afirmar en absoluto que la conciencia individual se extienda más allá de la cabeza, parece evidente que no todo lo que ocurre en el cerebro y constituye un proceso mental o cognitivo (en el sentido científico actual) está vinculado con un procesamiento consciente.

Quizá sea más verosímil suponer que lo que mantiene los verdaderos procesos mentales y cognitivos en la cabeza es una especie de transportabilidad.  Es decir, nos inclinarnos hacia una visión de lo que podría llamarse «la mente desnuda»: una visión de los recursos y operaciones que siempre podernos hacer intervenir en una tarea cognitiva, independientemente de cualquier otra oportunidad que el entorno local nos pueda facilitar o no.

Comprendo bien este reparo.  Parece evidente que el cerebro (o quizá, desde este punto de vista, el conjunto cerebro-cuerpo) es un objeto de estudio y de interés definido y genuino.  Y lo que hace que sea así es, precisamente, el hecho de que abarque un conjunto central, básico, y transportable de recursos cognitivos.  Estos recursos pueden incorporar acciones corporales como partes integrales de ciertos procesos cognitivos (como cuando, durante un cálculo difícil, utilizamos los dedos para descargar la memoria de trabajo).  Pero no abarcarán los aspectos más contingentes de nuestro entorno externo que pueden estar presentes o no, como una calculadora de bolsillo.  En última instancia, no creo que la transportabilidad pueda tener un peso conceptual suficiente, y por dos razones.  En primer lugar, existe el riesgo de incurrir en una petición de principio.  Si nos preguntarnos por qué tendría que ser importante la transportabilidad para la constitución de ciertos procesos mentales o cognitivos, parece que la única respuesta es que deseamos que estos procesos vengan en un paquete separado y transportable individualmente.  Pero esto sería volver a invocar el límite entre la piel y/o el cráneo cuando lo que se discute es, precisamente, la legitimidad de este límite en sí.  En segundo lugar, sería fácil (aunque un poco tedioso para el lector) concebir varios casos problemáticos. ¿Qué ocurriría si alguien siempre llevara encima una calculadora de bolsillo? ¿Qué pasaría si algún día lleváramos estos dispositivos implantados en el cerebro? ¿Qué pasaría sí tuviéramos «acoplamientos corporales» para una variedad de dispositivos como éstos y nos «preparáramos» cada día añadiendo dispositivos adecuados para la actividad de resolución de problemas prescrita para ese día?  Tampoco la vulnerabilidad de estos dispositivos adicionales a ciertos desperfectos o daños concretos sirve para distinguirlos, porque el cerebro biológico también corre el riesgo de perder capacidades específicas para la resolución de problemas a causa de lesiones o traumas.

Pero, en el fondo, quizá la causa más profunda de nuestras inquietudes sea esa entidad extraordinariamente enigmática a la que llamamos yo  La supuesta extensión de los procesos cognitivos y mentales hacia el mundo, ¿implica una especie de «fuga» correlativa (ciertamente inquietante) del yo hacia el entorno local?  Ahora parece (¡lo siento!) que la respuesta es «Sí y No».  No, porque (como ya se ha admitido) los contenidos conscientes sobrevienen a los cerebros individuales.  Pero Sí, porque estos episodios conscientes son, como mucho, instantáneas del yo considerado como un perfil psicológico en desarrollo.

Estoy dispuesto a admitir que los pensamientos, considerados únicamente como instantáneas de nuestra actividad mental consciente, se pueden explicar totalmente mediante el estado del cerebro en cada momento.  Pero el flujo del razonamiento y el pensamiento, y la evolución en el tiempo de las ideas y las actitudes, están determinados y explicados por la interacción íntima, compleja y continua entre cerebro, cuerpo y mundo.  Nada me impide decir que el hecho de que escriba un libro como éste responde a una característica genuina de mí perfil psicológico, a pesar de que el flujo y la forma de las ideas expresadas dependerá profundamente de una variedad de interacciones repetidas entre mi cerebro biológico y un pequeño arsenal de codificaciones, recodificaciones y recursos estructuradores externos.

Naturalmente, esta perspectiva liberal de los procesos y los perfiles cognitivos se debe equilibrar mediante una buena dosís de sentido común.  No se puede extender la mente hacia el mundo por las buenas.  Un análisis que me atribuyera el conocimiento de todos los datos de la Encyclopaedia Britannica sólo porque he pagado los plazos y le he encontrado espacio en el garaje, carecería de valor.  Y tampoco deberíamos dejar que desapareciera la distinción entre mi mente y la del lector sólo porque se nos vea charlando en el autobús.  Entonces, ¿qué distingue los casos más convincentes de la existencia de una sólida extensión cognitiva de los otros casos?

Algunas características importantes de los casos convincentes se pueden aislar con facilidad, como ocurre con el cuaderno antes mencionado de la persona con una lesión cerebral.  El cuaderno siempre está ahí: no está encerrado en el garaje ni se consulta de vez en cuando.  La información que contiene es fácil de encontrar y utilizar.  Esta información se acepta automáticamente: no se somete a un examen crítico a diferencia de las reflexiones de un compañero en el autobús.  Por último, la información ha sido recopilada y corroborada por el propio usuario (a diferencia de las entradas de una enciclopedia).  Puede que no todas estas condiciones sean esenciales.  Y puede que haya pasado por alto otras.  Pero la imagen general es la de una relación usuario-artefacto bastante especial donde el artefacto siempre está presente, se utiliza con frecuencia, está hecho «a medida» del usuario y éste tiene una profunda confianza en él.  Como hemos visto en numerosas ocasiones en capítulos anteriores, los agentes humanos pueden extraer todo tipo de beneficios cognitivos y computacionales fundamentales a partir de interacciones con artefactos que apenas tienen alguna -o ninguna- de estas características.  Pero, probablemente, sólo podremos argumentar la extensión de las nociones moralmente resonantes de yo, mente y agente para que incluyan aspectos del mundo más allá de la piel, si se cumple algo parecido a estas condiciones.  Por tanto, los límites del yo -y no sólo los de computación y del proceso cognitivo general sólo amenazan con extenderse hacia el mundo cuando la relación entre el usuario y el artefacto es casi tan estrecha e íntima como la que existe entre la araña y su tela.

En el caso de la persona y el cuaderno, el aspecto crucial es que las entradas del cuaderno desempeñan, en la conducta de la persona como agente, la misma función explicativa   que una información codificada en la memoria a largo plazo.  Las condiciones especiales mencionadas (accesibilidad, refrendo automático, etc.) son necesarias para garantizar este tipo de isomorfismo funcional.  Sin embargo, aunque admitamos que este isomorfismo existe (algo que muchos no harán), puede que sea posible evitar la conclusión radical del agente distribuido.  Una conclusión alternativa (que considero igualmente aceptable) sería que el agente continúa encerrado dentro del envoltorio de la piel y el cráneo, pero que sus creencias, sus conocimientos y quizá otros estados mentales, ahora dependen de vehículos físicos que (en ocasiones) se pueden extender para incluir unas características seleccionadas del entorno local.  Esta imagen mantiene la noción del agente como combinación de cuerpo y cerebro biológico y, en consecuencia, nos permite decir -como seguramente deberíamos hacer- que el agente, en ocasiones, manipula y estructura esos mismos recursos externos con el fin de reforzar, descargar o transformar aún más sus propias actividades básicas de resolución de problemas.  Pero también permite que, a veces, este «alcanzar» el mundo suponga la creación de redes cognitivas y computacionales más amplias: redes cuya comprensión y análisis requiere aplicar los instrumentos y conceptos de la ciencia cognitiva a entidades híbridas más amplias que comprenden cerebros, cuerpos y una amplia variedad de procesos y estructuras externas.

En resumen, me conformo con dejar que las nociones de yo y de agencia encajen donde sea.  A fin de cuentas sólo afirmo que, como mínimo, tenemos buenas razones explicativas y metodológicas para aceptar (en ocasiones) una noción bastante liberal del alcance de los procesos cognitivos y computacionales que permita explícitamente la diseminación de estos procesos por el cerebro, el cuerpo, el mundo y los artefactos.  Entre estos artefactos destacan las diversas manifestaciones del lenguaje público.  El lenguaje es, en muchos aspectos, el artefacto definitivo: es tan omnipresente que casi es invisible y su carácter es tan íntimo que no está claro si es un instrumento o una dimensión del usuario.  Cualesquiera que sean los límites, como mínimo nos enfrentamos a una economía estrechamente vinculada donde el cerebro bíológico está increíblemente potenciado por algunas de sus creaciones más extrañas y recientes: palabras en el aire, símbolos en páginas impresas.

MENTES, CEREBROS Y ATUNES: UN RESUMEN EN SALMUERA

La capacidad para nadar de muchos peces y animales acuáticos, Como los atunes Y los delfines, es asombrosa.  Estos seres superan de largo cualquier producto que la ciencia náutica haya podido producir.  No sólo son magos de la maniobrabilidad: al parecer, su propulsión es totalmente paradójica.  Por ejemplo, se estima que el delfín carece de la fuerza suficiente1 para propulsarse a las velocidades que llega a alcanzar.  En un intento de desenmarañar este misterio, dos expertos en dinámica de fluidos, los hermanos Michael y George Triantafyllou, se han visto conducidos a una interesante hipótesis: que la extraordinaria eficiencia natatoria de ciertos animales se debe a la evolución de una capacidad para explotar y crear fuentes adicionales de energía cinética en un entorno acuoso.  Al parecer, estos animales explotan los remolinos, torbellinos y vórtices del agua para «turboalimentar» su propulsión y ampliar su capacidad de maniobra.  En ocasiones, estos fenómenos aparecen en los fluidos de manera natural (por ejemplo, cuando una corriente de agua choca contra una roca).  Pero la explotación de estas ayudas externas por parte de estos animales no se acaba aquí.  Por ejemplo, también pueden crear activamente una variedad de vórtices y gradientes de presión (sacudiendo la cola) que después utilizan para dar velocidad y agilidad a una conducta posterior.  Controlando y explotando de esta manera la estructura de su entorno local, estos animales pueden arrancar y girar con tal rapidez que, en comparación, nuestros transatlánticos parecen torpes, pesados y lentos. «Con la ayuda de un desfile continuo de estos vórtices» , dicen Tríantafyllou y Triantafyllou (1995, pág. 69), «es posible que la eficiencia natatoria de un pez llegue incluso a superar el cien por cien.» Los buques y los submarinos no obtienen estas ventajas: tratan el entorno acuático comoun obstáculo que hay que superar y no buscan transformarlo para sus propios fines controlando y manipulando la dinámica de los fluidos que rodean el casco.

Este relato sobre los atunes nos recuerda que los sistemas biológicos se benefician profundamente de la estructura de su entorno local.  La mejor manera de concebir el entorno no es viéndolo únicamente como un ámbito de problemas a superar.  El entorno también es, en un sentido fundamental, un rcurso que cabe tener en cuenta en las soluciones.  Como hemos visto, esta simple observación tiene algunas consecuencias de gran alcance.

Antes que  nada, debemos reconocer el cerebro peor de lo que es.  No es el cerebro de  un espíritu incorpóreo convenientemente anclado a un  armazón ambulante de carne y sangre.  Al contrario, en esencia es el cerebro de un agente corpóreo capaz de crear y explotar estructuras  en el mundo.  Si concebimos el cerebro como controlador de la acción corpórea, en ocasiones veremos que dedica una considerable cantidad de energía a controlar y explotar estructuras del entorno y no a solucionar un problema directamente y de una vez.  Estas estructuras, moldeadas mediante una secuencia repetida de interacciones cerebro-mundo, pueden alterar y transformar el problema original hasta que adopte una forma manejable para los recursos limitados de una cognición orientada a la compleción de patrones, al estilo de las redes neuronales.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, no deberíamos confundir el perfil de resolución de problemas de la mente corpórea y em bebida en el entorno físico y social, con el perfil de resolución de problemas del cerebro básico.  El hecho de que los seres humanos pueden hacer-lógica y  ciencia no implica que el cerebro contenga un auténtico instrumento lógico o que codifique teorías científicas con un formato similar a su expresión habitual mediante  palabras y frases.3En realidad, tanto la lógica como la ciencia se basan en gran medida en el empleo y la manipulación de medios externos, especialmente los formalismos del lenguaje y la lógica, y las capacidades de almacenamiento, transmisión y refinamiento proporcionadas por las instituciones culturales y el empleo de textos escritos y hablados.  Como he argumentado, es mejor ver estos recursos como ajenos pero complementarios al estilo de almacenamiento y computación del cerebro.  El cerebro no necesita malgastar su tiempo duplicando estas capacidades.  En cambio. Debe aprender a conectar4  con los medios externos para aprovechar al máximo sus virtudes características.

En tercer lugar, ya es hora de que empecemos a encarar algunas cuestiones bastante desconcertantes (¿o debería decir metafísicas?).  Para empezar, naturaleza y los límites del agente inteligente parecen ser más borrosos cada vez.  En el cerebro ya no existe un ejecutivo central: 5 un verdadero jefe que organice e integre las actividades de múltiples subsistemas especializados.  Y tampoco existe ya un límite nítido entre el Pensador (el i ingenio intelectual incorpóreo) y su mundo.  En lugar de esta reconfortante imagen de la mente, nos encontramos con una especie de caja de sorpresas repleta de agencias internas, cuyos papeles computacionales se suelen describir mejor incluyendo características de] entorno local (tanto en los complejos bucles de control como en una amplía variedad de manipulaciones y transformaciones de información). En vista de todo esto, en algunos casos quizá sea conveniente considerar el sistema inteligente como un proceso extendido en elespacio y en el tiempo que no está limitado por el tenue envoltorio de la piel y el cráneo.6  Desde una perspectiva menos radical, las divisiones tradicionales entre percepción, cognición y acción 7 parecen ser cada vez menos útiles.  Con la desaparición del ejecutivo central, la percepción y la cognición parecen más difíciles de distinguir en el cerebro.  Y la división entre pensamiento y acción se hace añicos en cuanto reconocemos que las acciones en el mundo real suelen desempeñar, precisamente, los tipos de funciones que más se suelen asociar con los procesos de cognición y computación.

En cuarto (y último) lugar, e independientemente de cualesquiera sutilezas metafísicas, todo esto implica unas consecuencias metodológicas urgentes e inmediatas.  En la medida en que la perspectiva corpórea y embebida esté bien encaminada, la ciencia cognitiva ya no se podrá permitir los sesgos individualistas y aislacionistas que caracterizaron los primeros decenios de su andadura.  Ahora necesitamos una visión más amplia que incorpore múltiples enfoques culturales y ecológicos además del núcleo tradicional de la neurociencia, la lingüística y la inteligencia artificial.  Y necesitamos instrumentos nuevos con los que investigar efectos que abarcan múltiples escalas temporales, implican a múltiples individuos e incorporan complejas interacciones ambientales.  Es probable que, hoy por hoy, lo mejor sea combinar hábilmente enfoques basados en los sistemas  dinámicos, la robótica en  mundo real y simulaciones a gran escala (de efectos evolutivos y colectivos).Pero he argumentado que estas investigaciones se deben entrelazar cuidadosamente con la investigación neurocientífica en curso y anclarse, siempre que sea posible, en el conocimiento del cerebro biológico.  En la búsqueda de este entrelazamiento, sería una insensatez echar por la borda el núcleo de la comprensión científica cognitiva -que tanto esfuerzo ha costado construir- basada en las nociones de representación interna y de computación.  La verdadera lección de nuestras investigaciones sobre la cognición corpórea y embebida no es que tengamos éxito sin representación (o, peor aún, sin computación), sino que los tipos de representación interna y de computación que empleamos han sido seleccionados para complementar los complejos entornos sociales y ecológicos en los que debemos actuar.  Así pues, será conveniente que no ignoremos ni minimicemos la importancia de estos entornos más amplios.

Y aquí estamos.  Al final de un viaje largo y seguramente inacabado.  Hemos encontrado curvas, desvíos y -admitámoslo- uno o dos escollos que no hemos podido demoler y nos hemos limitado a rodear.  Aún queda mucho por hacer, pero espero haber atado algunos cabos, haber tendido algunos puentes y haber destacado algunas cuestiones apremiantes.  Y aunque puede ser que -como Humpty Dumpty en la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas, Alicia a través del espejo- cerebro, cuerpo y mundo tarden un montón de tiempo en reunirse otra vez, creo que  vale la pena perseverar en este empeño porque hasta que estas piezas no encajen en su sitio, no nos podremos ver tal como somos ni podremos apreciar la compleja confabulación que subyace al éxito adaptativo

 EPÍLOGO: HABLA UN CEREBRO

Soy el cerebro de Juan. Físicamente no soy más que una masa de células de color grisáceo y de aspecto más bien mediocre.  Mi superficie tiene un relieve muy intrincado y poseo una estructura interna bastante diferenciada.  Juan y yo mantenemos una relación muy íntima; de hecho, en ocasiones es difícil distinguirnos.  Pero, a veces, Juan lleva esta intimidad demasiado lejos y se siente muy confundido acerca de mí papel y mi funcionamiento.  Imaqina que organizo y proceso información de maneras que reflejan su propia perspectiva del mundo.  En resumen: piensa que sus pensamientos son, en un sentido muy directo, mis pensamientos.  Pero aunque en esto hay algo de verdad, en realidad las cosas son bastante más complicadas de lo que Juan sospecha, como trataré de demostrar.

En primer lugar, Juan es ciego por naturaleza a la mayor parte de mis actividades cotidianas.  Como mucho, capta algunos detalles ocasionales y sombras deformadas de mi verdadero trabajo.  Hablando en general, estos efímeros detalles sólo representan los productos  de mi vasta actividad subterránea y no los procesos que los originan.  Estos productos incluyen el juego de las imágenes mentales y los pasos en una serie lógica de pensamientos o ideas.

Además, Juan accede a estos productos de una manera bastante improvisada.  Lo que filtra hacia su consciencia es algo parecido a lo que aparece  en la pantalla de un ordenador.  En los dos casos, lo que se muestra es un resumen, hecho a medida, de los resultados de ciertos episodios de actividad interna:  resultados que tienen una utilidad concreta  para el usuario.  Después de todo, la evolución no derrocharía tiempo y dinero (búsqueda y energía) en mostrar a Juan un registro fiel de ese funcionamiento interno, a menos que pudiera  ayudar a Juan a cazar, sobrevivir y reproducirse.  Así que, a Juan se le hace saber lo mínimo acerca de mis actividades internas. Todo lo que necesita saber es el significado global del resultado final de algunas actividades selectas:   que parte de mí se encuentra en un estado asociado con la presencia de un depredador peligroso y que lo más oportuno es huir, y otras cosas por el estilo.  Por tanto, lo que Juan (el agente consciente) obtiene de mí se parece bastante a lo que obtiene un conductor de los indicadores del Salpicadero: información sobre unos cuantos parámetros internos y externos que pueden influir productivamente en su actividad de conducción.

Existe  un conjunto de importantes malentendidos en torno a la cuestión de la procedencia de los pensamientos.  Juan me concibe como la fuente de los  productos intelectuales que identifica como sus pensamientos.  Pero, hablando en plata, yo no tengo pensamientos de Juan.  Juan sí tiene pensamientos de Juan y yo no soy más que un elemento en el  conjunto de procesos y sucesos físicos que permiten que se produzca el pensar.  Juan es un agente cuya naturaleza se concreta mediante una compleja interacción en la que intervienen incontables sucesos internos (incluyendo mi actividad), una corporeización física particular y una manera de encajar (enbeberse) en el mundo.  La combinación de la corporeización y el encaje origina unos acoplamientos informativos y físicos persistentes entre Juan y su mundo: estos acoplamientos dejan gran parte del «conocimiento» de Juan en el mundo exterior, disponible para ser recuperado, transformado y utilizado como y cuando sea necesario.

Tomemos este sencillo ejemplo: hace unos días, Juan estuvo sentado en su escritorio durante mucho tiempo y trabajando muy duro.  Al final se  levantó y salió del despacho, satisfecho con el trabajo del día, "Mi cerebro", reflexionaba (porque se precia de su fiscalismo), "ha trabajado muy bien.  Se le han ocurrido varias buenas ideas." En la imagen que tenía Juan de los sucesos del día, yo era la fuente de esas ideas: ideas que él creía haber plasmado en papel por mera conveniencia y para evitar el olvido.  Naturalmente, agradezco que Juan me dé tanto mérito.  Me atribuye directamente los productos intelectuales terminados.  Pero, al menos en este caso, el mérito se debería repartir un poco más.  Sin duda, mi papel en el origen de estos productos intelectuales es vital:  ¡destruidme y -ciertamente- esta productividad intelectual se acabará!.   Pero mi función está constituida de una manera más delicada de lo que sugiere la sencilla imagen que tenía Juan.  Esas ideas de las que tan orgulloso se sentía no surgieron totalmente formadas a partir de mi actividad.  La verdad sea dicha, actué más bien como un factor mediador en algunos bucles complejos de retroalimentación que abarcaban a Juan y a partes seleccionadas de su entorno local.  Dicho claramente, me pasé el día en una variedad de interacciones íntimas y complejas con varios aditamentos externos. Sin ellos, los productos intelectuales terminadas nunca hubieran tomado forma. Si mal no recuerdo, mi papel fue acompañar a Juan mientras repasaba un montón de anotaciones y materiales antiguos, y reaccionar a estos materiales produciendo unas cuantas críticas e ideas fragmentarias.  Estas pequeñas respuestas se fueron almacenando en forma de más anotaciones en papeles y márgenes de hojas.  Más adelante, intervine en la reorganización de estas anotaciones al ponerlas en limpio, añadiendo nuevas reacciones sobre la marcha a esas ideas fragmentarias.  Este ciclo de lectura, respuesta y reorganización externa se repitió una y otra vez.   Al final de la jornada, las «buenas ideas» cuyo mérito me había  adjudicado Juan con tanta rapidez habían surgido como fruto de esas interacciones pequeñas y repetidas entre los diversos medios externos y yo.  Por tanto, el mérito no fue tanto mío  como del proceso extendido en el espacio y en el tiempo en el que yo había cumplido una función.

Si lo pensara bien, es probable que Juan estuviera de acuerdo con esta descripción de mí papel aquel día.  Pero yo le advertiría que hasta esto puede ser ilusorio.  Hasta ahora me he permitido hablar como si fuera un recurso interno unificado que contribuye a estos episodios interactivos .  Esto es una ilusión reforzada por el presente dispositivo literario y que Juán parece compartir.  Pero, una vez más, y en honor a la verdad, yo no soy  una voz interna sino muchas.  De hecho, soy tantas voces internas a la vez, que la metáfora misma de la voz interna debe ser ilusoria, porque sugiere la existencia de unas subgancias internas  bastante sofisticadas y que quizá poseen una conciencia rudimentaria de sí mismas.  En realidad, yo sólo estoy formado por múltiples corrientes sin conciencia de procesos computacionales que se ejecutan en paralelo y que suelen ser relativamente independientes.  Más que una masa  de agentes minúsculos, soy una masa de "no agentes" sintonizados  y sensibles a unas entradas concretas, hábilmente orquestados por la evolución para producir una conducta intencional con éxito en la mayoría de las entornos cotidianos. Por tanto, mi voz única sólo es un artificio literario.

En el fondo, todos los errores que comete Juan son variaciones del mismo tema.  Cree que veo el mundo como él, que empaqueto las cosas como él y que pienso de la misma manera que él comunicaría sus pensamientos,.  Nada de eso es cierto.  No soy el eco interno de las conceptualizaciones de Juan.  Más bien soy la fuente, algo extraña, de las mismas.  Para ver lo extraño que puedo llegar a ser, basta con que Juan reflexione en las consecuencias extraordinarias e inesperadas que pueden tener mis lesiones en los perfiles cognitivos de seres como él.  Por ejemplo, si me lesionara podría provocar un deterioro selectivo de la capacidad de Juan para recordar los nombres de objetos manipulables pequeños y, sin embargo, dejar intacta su capacidad para nombrar  objetos grandes.  Y es que almaceno y recupero de una manera diferente la información con una gran carga visual y la información que tiene una gran carga funcional; el primer método ayuda a distinguir objetos grandes y el segundo objetos pequeños.  La cuestión es que esta faceta de mi organización interna es totalmente ajena a Juan:   respeta necesidades, principios y oportunidades de las que Juan es totalmente inconsciente.  Por desgracia, en vez de tratar de comprender mis maneras de almacenar información tal como son, Juan prefiere imaginar que organizo mi conocimiento de la misma manera que él organiza el suyo, muy influido por las particulares de su lenguaje  Así, supone que almaceno información en grupos que corresponden a lo que él denomina «conceptos» (en general, nombres que figuran en sus clasificaciones lingüísticas de sucesos, estados y procesos del mundo).  Aquí, corno de costumbre, Juan se da demasiada prisa en identificar mí organización con su propia perspectiva.  Es indudable que almaceno y accedo a grupos de información que juntos, y siempre y cuando yo funcione normalmente, apoyan una amplia gama de empleos productivos de las palabras y una gran variedad de interacciones con los mundos físico y social.  Pero los «conceptos» que tanto ocupan la imaginación de Juan, no son más  que los nombres públicos de unas cajas de sorpresas que contienen unos conocimientos y unas aptitudes con unas bases neuronales múltiples y diversas.  En lo que a mí respecta, los «conceptos» de Juan no se corresponden con nada especialmente unificado. ¿Y por situación se parece a la de una persona que sabe qué deberían hacerlo?  Esta situación se parece a la de una persona que sabe construir barcos. Hablar de la capacidad de construir un barco es emplear una frase sencilla para denotar un conjunto de aptitudes cuyas bases cognitivas y físicas varían enormemente.  Esta unidad sólo existirá en la medida en que ese conjunto concreto de aptitudes físicas y cognitivas tenga un significado especial para una comunidad de agentes (marineros).  Me parece que los "conceptos» de Juan son precisamente eso: nombres para complejos de aptitudes cuya unidad no se basa en hechos sobre mí, sino en hechos sobre el modo de vida de Juan.

La tendencia de Juan a proyectar ilusoriamente su propia perspectiva en mí, se extiende a su concepción de mí conocimiento del mundo externo.  Cuando Juan da un paseo, se siente poseedor de una imagen tridimensional estable de su entorno inmediato.  A pesar de las sensaciones de John, yo no dispongo de nada semejante.  Yo me limito a detectar pequeñas regiones de detalle en rápida sucesión, pasando de un aspecto de la escena visual a otro.  Y no me molesto en almacenar todos esos detalles en un modelo interno que requiera un mantenimiento y una actualización constantes , porque soy experto en repasar partes de la escena y volver a crear un conocimiento detallado siempre que sea necesario.  Como resultado de este truco y de otros parecidos, la capacidad de Juan para desenvolverse en su entorno local es tan fluida que se cree poseedor de una visión interna constante de los detalles de ese entorno.  La verdad es que lo que Juan ve está  más relacionado con las capacidades que yo le  confiero para interaccionar constantemente, en tiempo real, con abundantes fuentes externas de información, que con el registro pasivo y permanente de información en función del cual él concibe su visión

La verdad, triste pero cierta, es que no tengo casi nada que ver con lo que Juan cree que soy.  Seguimos siendo unos extraños a pesar de nuestra intimidad (o quizá a causa de ella).  El lenguaje de Juan, sus introspecciones y su fiscalismo, lo inclinan a identificar en exceso mi organización con su propia perspectiva limitada y así no puede ver mi naturaleza fragmentaria, , oportunista y, en general, extraña.  Se olvida de que en gran medida ,  soy un dispositivo orientado hacia la supervivencia muy anterior a la emergencia de la capacidad lingüística, y así que mi. función de promover la cognición consciente y linguaforme no es más que una reciente actividad suplementaria.  Naturalmente, , esta actividad es una raíz básica de sus falsas ideas.  Al poseer un vehículo tan magnífico para la manipulación y la expresión compacta y comunicable del conocimiento, Juan tiende a confundir las formas y convenciones de ese vehículo lingüístico con la estructura misma de la actividad neuronal.
Pero mientras hay vida hay (más o menos) esperanza. últimamente me siento animado por la aparición de nuevas técnicas de investigación, como la obtención no invasiva de imágenes del cerebro, el estudio de redes neuronales artificiales y la investigación de la robótica en mundo real.  Estos estudios y técnicas auguran una mejor comprensión de las complejas relaciones existentes entre mi actividad, el entorno local y la construcción del mosaico que constituye la sensación de yo.  Mientras tanto no olvidemos que, a pesar de nuestra intimidad, Juan sabe realmente muy poco sobre mí.  Imaginadme como un marciano dentro de su cabeza.

 
Universidad Javeriana - El relato digital - Jaime Alejandro Rodríguez - Foro abierto