Tomado de: La jornada semanal, Nueva época, Num. 131, 15 de diciembre de 1991, pp. 18-21. Traducción de Juan Gabriel López Guiz

FICCIONES DE HIPERTEXTO - POR ROBERT COOVER

En el mundo real de hoy, es decir, en nuestro mundo de videoconferencias, teléfonos portátiles, fax y redes informáticas, y en particular en los zumbantes recintos habitados por los piratas informáticos y los entusiastas del hiperespacio textual, se oye decir con frecuencia que el medio impreso constituye una tecnología  caduca y condenada, una simple curiosidad de otros tiempos, que no tardará en quedar relegada a esos polvorientos y solitarios museos que hoy llamamos bibliotecas; una cultura estéril que gira alrededor de lo que un crítico ha llamado "la cada vez más vieja estrella de la tecnología Gutenberg".  Se afirma también que la proliferación de libros y otros medios impresos, tan emblemática de esta época de destrucción de bosques y despilfarro de papel, no es otra cosa que el signo de su febril agonía, el  último estertor de una forma en otro tiempo vital antes de abandonar para siempre la existencia; una forma más muerta que Dios.  Lo cual significa, por supuesto, que también la novela, tal como la conocemos, está acabada.  Y quienes notifican su defunción no se lamentan de ello.  A pesar de todo su encanto momentáneo, la novela tradicional, que alcanza su mayor fuerza al mismo tiempo que las democracias mercantiles industriales - Hegel la llamó "la épica del mundo de clase media" -, es percibida como virulenta portadora de valores opresores, patriarcales, coloniales, canónicos, propietarios y autoritarios de un pasado que ya no es el nuestro.

Gran parte del pretendido poder de la novela está en "la línea", ese movimiento autorial que nos lleva obligatoriamente desde el principio de la frase hasta el punto, desde la parte superior de la página hasta la inferior, desde la primera página hasta la última.  No cabe duda de que, a lo largo de la larga historia de la imprenta,  ha habido innumerables contraestrategias al poder de la línea:  desde las "marginalia" y las anotaciones a pie de página hasta las creativas innovaciones de escritores como Sterne, Joyce, Cortázar y Pavic, sin excluir al padre de la forma novelesca, el propio Cervantes; sin embargo, sólo ahora, con la llegada del "hipertexto" -donde, de hecho, la línea no existe hasta que uno la inventa y la implanta-, se percibe por fin como verdaderamente posible la auténtica liberación de la tiranía de la línea.

Aunque los campeones del hipertexto atacan con frecuencia la arrogancia de la novela y de otros medios impresos, sus propias pretensiones difícilmente pueden calificarse de modestas.  En los círculos mencionados más arriba, suele afirmarse, bastante en serio, que en la historia de la "literacidad" se han producido tres grandes acontecimientos:  la invención de la escritura, la invención de los tipos móviles y la invención del hipertexto.  Así, dentro de esta división tripartita de la historia que recuerda la del profeta medieval Joaquín de Fiore, nos encontraríamos viviendo en una época comparable a la de aquellos escribas sumerios que con caracteres cuneiformes grabaron en las primera tabletas de arcilla, desafiando así la cultura oral, las hazañas de Gilgamesh de Uruk; unos fragmentos de historias que aproximadamente un milenio más tarde se transformarían en el gran poema épico de Gilgamesh, nuestra primera narrativa ininterrumpida.  Una época comparable, también, a la de aquellos griegos cultos y tecnológicamente  innovadores del siglo VII o, quizá, del siglo VI a.C.  que trasladaran por primera vez papiro las recitaciones de los rapsodas homéricos.  O, avanzando en el tiempo hasta la segunda gran era histórica, en una época comparable a aquella en que creció y aprendió a leer el joven Fernando de Rojas, supuesto autor de La Celestina, aquella época mágica en la que los editores no ocupaban las posiciones zagueras de la historia, sino que estaban en su vanguardia , y constituían una fuerza de cambio radical en un periodo en que los libros y sus contenidos estaban escapando de las secretas bibliotecas de manuscritos de la élite dominante y se convertían en propiedades burguesas comunes; conformando de este modo un poder que se extendió por toda la sociedad humana hasta crear una clase  completamente nueva, de la cual todos nosotros, aquí, siglos después, seguimos tendiendo la tarjeta de socio.

El hipertexto, una palabra inventada hace un par de décadas por un gurú informático estadunidense llamado Ted Nelson, puede definirse como una clase de espacio no lineal y no secuencial de lectura y escritura, posible gracias al ordenador  y a su peculiar capacidad de crear múltiples cursos o pasos entre los bits de un texto o entre documentos y que, a diferencia de lo que ocurre en el viejo medio impreso basado en el girar de las páginas, no ofrece al lector una única línea de información, sino toda una red de caminos posibles.  Afirma ser una tecnología radicalmente divergente, interactiva y polifónica, favorecedora de la pluralidad de los discursos en detrimento de la enunciación definitiva y, por lo tanto, capaz de liberar al lector de la dominación del autor.  El lector y el escritor de hipertexto convierten, por tanto, en "coaprendices", como ha escrito uno de sus defensores, en "participantes que comparten el proceso  de establecer las relaciones entre los elementos del texto".

Utilizando en un principio básicamente como un instrumento de enseñanza  radicalmente nuevo  y organizado con ayuda de una serie de innovadores programas informáticos, el hiperespacio no tardará en atraer a los escritores hacia sus telarañas intrincadas, expansibles hasta el infinito e infinitamente seductoras, hacia sus verdes jardines de múltiples senderos que se bifurcan.

Descentramiento y espacialización

La experiencia central de escribir o leer narrativa en este espacio es el descentramiento y la espacialización del  orden temporal de la narrativa tradicional; en este nuevo formato, comienzos, mitades y finales ya no forman parte de la presentación inmediata, las redes organizadas sustituyen las secuencias lineales, las ventanas (que incluyen gráficos) desplazan a los párrafos, los capítulos y las demás divisiones convencionales del texto; la elegancia del diseño se vuelve tan importante como la elegancia de la prosa, la imaginación creativa está a menudo más preocupada por los procedimientos de navegación -enlaces, rutas, organización- que con la frase o el estilo, o con lo que llamamos "personajes" o "trama", dos elementos de la narrativa tradicional decididamente en declive.

Tal como afirman Carolyn Guyer y Martha Petry en las instrucciones iniciales o "Instrucciones" de su ficción hipertextual, Izme Pass:  "Esta es una nueva clase de narrativa, una nueva clase de lectura.  La forma del texto es rítmica, se enrosca sobre sí misma formando patrones y capas que dan lugar gradualmente al significado, del mismo modo que lo hace el paso del tiempo y de los acontecimientos en nuestras vidas.  Aventurarse por los puentes textuales integrados en la obra dotará a la narrativa de nuevas configuraciones, constelaciones fluidas formadas por el rumbo del interés del lector.  La diferencia entre leer hipernarrativa y leer narrativa impresa de modo tradicional equivale a la diferencia entre hacerse a la mar en pos de islas desconocidas y quedarse en la escollera contemplándolo.  Una cosa no es necesariamente mejor que otra".

Llegando a este punto, debo confesar que no soy un experto navegante del hiperespacio textual, ni tengo intención -a punto ya de entrar en la séptima década de mi vida  y más bien comprometido, para bien o para mal, con la anticuada tecnología de la imprenta-de crear grandes obras de ficción hipertextual.  Pero he sentido que algo estaba ocurriendo y he tenido que saber de qué se trataba.

Lentes sensibles

Hace un cuarto de siglo, mientras me interesaba por el extraño espacio sintáctico que existe entre el cine y el lenguaje y escribía lo que en aquella época llamé obras de "lentes sensibles", me di cuenta de que necesitaba un mayor dominio del medio cinematográfico y empecé a hacer películas, desde el principio hasta el final, si bien no me convertí en un cineasta profesional, ni pretendí serlo nunca.  LO que me interesaba era simplemente el lenguaje y la gramática.  De hecho, fue hace cinco o seis años, al juguetear con algunas técnicas cinemáticas aplicadas a la escritura y comentar con un amigo fanático de los procesadores una idea que había tenido para realizar una ficción-zoom, cuando oí hablar por primera vez del hipertexto.  Mi amigo me respondió que mi proyecto ya se estaba realizando.

Entonces, interesado como siempre en subvertir la novela tradicional y en escribir narrativa que desafiara la linealidad, decidí enterarme de lo que era el hipertexto:  aunque no fuera a zarpar en busca de islas, utilizando la metáfora de Guyer-Petry, al menos me acercaría a la playa.  ¿Y qué  mejor modo de aprender que dar un curso sobre el tema?

Así que esto es lo  que he hecho  este año en la Universidad Brown (Rhode Island), en un taller de narrativa  hipertextual, gracias a un programa llamado "Intermedia" desarrollado por la propia universidad.  Al principio hubo bastante resistencia, tanto por parte de los alumnos como también por la mía, aunque, al final, acabamos descubriendo que el hiperespacio era un medio estimulante y provocador, si bien con frecuencia frustrante, par la creación de nuevas narrativas; un espacio potencialmente revolucionario, capaz, tal como anuncia, de transformar el arte de la ficción, por más que ahora en estos primeros tiempos aún permanezca  un tanto en los remansos, alejando de la corriente principal.

Descubrimos que, como escritores y como lectores, nos centrábamos más en la estructura que en la prosa; que, de pronto, nos dábamos cuenta de las formas de las narrativas, unas formas a menudo ocultas en las historias impresas, pero situadas en primer plano en el hipertexto; y que el elemento nuevo más radical eran los sistemas de enlace multidimensionales, y con frecuencia laberínticos, que estábamos invitados u obligados a crear.  "Lo grande de esto -dijo un joven escritor- es la medida en que la narrativa queda completamente reducida a sus bits constituyentes.  Los bits de información transportan saber, pero la yuxtaposición de bits crea narrativa.    El énfasis de un hipertexto (una narrativa) debería estar en el grado de poder otorgarlo al lector, no para leer, sino para organizar los textos a los que accede.  Cualquiera puede leer, pero no todos tienen acceso a métodos sofisticados de organización."

Las obras creadas en el taller, que deben considerarse todavía como "obras en curso", abarcan desde panorámicas del estilo "Nuestra ciudad" y cuentos con diversas posibilidades tipo "Elige tu aventura", hasta parodias de los clásicos, narrativas engarzadas o manuales chinos sobre sexo.  El perspectivismo multivocal resultó ser popular, se incorporaron a las narrativas elementos gráficos, tanto dibujados como "escaneados", y se utilizaron de un modo muy efectivo documentos formales que no suelen aparecer en las obras de ficción:  cuadros estadísticos, artículos de periódico, guiones cinematográficos, listas, entradas de diccionario, predicciones astrológicas, informes médicos y policiales, así como documentos introductores o sumarios.  Se inventaron diversos recursos y procedimientos innovadores para facilitar la navegación, y nos sorprendió descubrir hasta qué punto la experiencia de la escritura y la lectura ocurría en los intersticios y las trayectorias "entre" los fragmentos del texto.  Los fragmentos de textos eran como pasaderas, piedras colocadas en una corriente de agua para cruzarla, puestas ahí para nuestra seguridad y entre las cuales pasaba la corriente real de las narrativas.

Además de todas las obras individuales, los miembros del taller también participaron de forma libre y a veces bastante anárquica en un espacio de ficción colectiva llamado "Hotel".  En él, tenían libertad para abrir nuevas habitaciones, nuevos pasillo, nuevas intrigas, desenlazar textos o crear nuevos enlaces, entrar o subvertir los textos de los demás, alterar trayectorias, manipular el tiempo y el espacio, entablar un diálogo por medio de personajes inventados, matar a continuación los personajes de los demás, sabotear el sistema de cañerías, etc.  Así, por ejemplo, era posible el caso de un hombre y una mujer que se conocen en el bar de un hotel, entablan cierta relación sexual y, cuando vuelven al mismo lugar unos pocos días más tarde, descubren que ambos han cambiado de sexo.  En un momento dado, empieza a aparecer más de un camarero, lo cual crea cierta confusión en el lector:  ¿se trata del mismo bar o no?  Uno de los estudiantes respondió uniendo a todos los camareros con la habitación 666, a la que llamó "centro de producción", en el que un monstruoso extraterreste prisionero da a luz a camareros a medida que se van necesitando.

Configuraciones frágiles y efímeras

Este espacio de fragmentos textuales esencialmente anónimos sigue estando ahí, y la primavera que viene, cuando vuelva a dar el taller, los nuevos alumnos se inscribirán en él y continuarán la historia del hotel hipertexto.  Me gustaría poder ver como se va desenvolviendo la trama en los próximos cien o doscientos años, a pesar de que ya hemos descubierto que, si bien la tecnología básica del hipertexto puede permanecer con nosotros durante siglos, quizá tantos como la tecnología del libro, sus configuraciones en soporte lógico y técnico parecen ser mucho más frágiles y efímeras:  nos llegan generaciones nuevas de equipos y programas antes de acabar de leer las instrucciones de las viejas.

El problema de las compatibilidades es sentido con especial acritud por los usuarios del hipertexto.  Los arroyos paralelos no forman ningún río.  Si la interacción tiene que ser el sello de esta nueva tecnología, debemos poseer un lenguaje común y coherente (y estar, todos, en condiciones de utilizarlo).  Hay otros problemas.  Los procedimientos de navegación:  ¿cómo moverse por el infinito sin perder el norte?  El factor del diseño, por sí solo, puede resultar tan exigente y difícil como para absorber  y neutralizar al narrador y agotar al lector.  Otro  problema, relacionado con el anterior, es el del filtrado; en especial, con un texto inestable en el que se entrometen otros autores lectores:  ¿cómo, atrapados en el laberinto, evitar lo trivial?  ¿cómo eludir la basura?  Los venerables valores de la novela (la unidad, la integridad, las coherencias, la visión, la voz) parecen estar en peligro.  La elocuencia está en vías de redefinición.  ¿Cómo juzgar o analizar un texto que no se lee dos veces de la misma manera?  ¿cómo escribir sobre él?

En cuanto a la "narrativa",  el movimiento sigue, pero en la infinidad adimensional del hiperespacio, se trata del movimiento de la expansión interminable.  Corre el riesgo de ser tan distendido y relajado que pueda perder su fuerza de atracción y dar lugar a una especie de lirismo estático de baja intensidad; el mismo sentimiento onírico de estar perdidos en un espacio sin gravedad, como el que nos transmiten las primeras  películas de ciencia ficción.

Porque ¿cuál puede ser la conclusión en un entorno semejante?  Si todo está en el medio ¿cómo sabemos cuándo hemos llegado al final, ya sea como lectores o como escritores?  Si el autor es libre de llevar una historia a cualquier sitio y a cualquier tiempo,  en todas las direcciones que desee ¿no se convierte dicha libertad en la obligación de actuar de esa manera?

No cabe duda de que éste será un tema importante para los artistas narradores del futuro, incluso para aquellos que permanezcan encerrados en las viejas tecnologías de la imprenta.  Aquí no hay nada nuevo.  El problema de la conclusión fue un tema principal en el poema épico de Gilgamesh mencionado más arriba.  En el fondo, a lo largo de las épocas históricas, hay una continuidad surcada por las cambiantes tecnologías.

Mucho de esto lo podría haber supuesto antes de penetrar en el mundo del hiperespacio textual y, en realidad, muchos de estos pensamientos fueron escritos antes de que cogiera un "ratón":  la experiencia con el espacio informático sólo los ha afilado.  Lo que sin embargo no había previsto en absoluto es que se trata de una tecnología que absorbe y, al mismo tiempo, desplaza totalmente.  Los documentos impresos pueden leerse en el hiperespacio, pero el hipertexto no puede traducirse a la impresión.  No es como el cine, que significa realmente el callejón sin  salida de la narrativa lineal, del mismo modo que la música dodecafónica fue el callejón sin salida de la música pentagramática.  El  hipertexto es un entorno verdaderamente nuevo y único, y los artistas que trabajan en él tienen que ser leídos en él.  Y, probablemente, juzgados en él:  también la crítica está abandonando la página para irse hasta el espacio virtual informático; también la crítica es susceptible de continuos cambios en la opinión y el texto.  Fluidez, contingencia,indeterminación, pluralidad de discursos, accidentes o discontinuidad son las palabras que más suenan hoy en el mundo del hipertexto, que parece estar virando de rumbo y abandonando los problemas por los principios; al igual que, no hace tanto tiempo, la relatividad desplazó de lugar una manzana que caía.  

 
Universidad Javeriana - El relato digital - Jaime Alejandro Rodríguez - Foro abierto