TOMADO DE: KERNAN, ALVIN. La muerte de la Literatura. Caracas: Monte Ávila, 1996. Pgs. 9-17

INTRODUCCIÓN: LA MUERTE DE LA LITERATURA

Si algún joven pudiera encontrar una sociedad
donde la gente dijese sólo lo que piensa
y hablase sólo de lo que sabe —con las primeras palabras que se le ocurre— eso sería, por fin, una escuela de literatura.
Pero, por supuesto, tenemos que seguir adelante.

Los profetas no sirven de nada: encuentran discípulos e imitadores e inician modas tontas. ¡Que Dios nos perdone a todos! Sí se me acusa el día del juicio de haber enseñado literatura, diré en mi descargo que nunca creí en eso y que tenía mujer e hijos que mantener. No sé, qué van a decir el viejo Bradley y G. Murray, pero me encantaría oírlo.

Sir Walter Raleigh, primer profesor de literatura inglesa, Universidad de Oxford, carta a George Gordon,

enero 11, 1921

LA LITERATURA EN los últimos treinta años, más o menos, ha vivido una época de disturbios radicales que han puesto de cabeza a la institución y sus valores más fundamentales. En la década del sesenta se empezó a hablar de la muerte de la literatura, con una clara alusión al anuncio nietzscheano de la muerte de Dios, y ya en 1982 Leslie Fiedler, un defensor de la literatura pop al que no le pesa nada la desaparición de la literatura de la alta cultura, podía titular alegremente un libro What Was Literature? (Qué era la literatura?).

Internamente, los valores literarios tradicionales del romanticismo y el modernismo han sido completamente trastocados. Al autor, cuya imaginación creadora se tenía como fuente de la literatura, se le declara muerto o un simple ensamblador de diversos retazos de lenguaje y de cultura que se constituyen en escritos, los cuales ya no son obras de arte sino simplemente collages culturales o 'textos'. A la gran tradición histórica que va desde Homero hasta el presente se la ha descompuesto de diversas maneras. Ahora se sostiene que la influencia de los poetas anteriores en sus sucesores no es benéfica sino más bien una fuente de angustia y debilidad. Se analiza y desintegra el canon literario, en tanto que la propia historia literaria queda descartada como ilusión diacrónica, y se le reemplaza con sin paradigma sincrónico. Las piezas de Shakespeare o las novelas de Flaubert, otrora obras maestras de la literatura, carecen ahora de sentido o, lo que es lo mismo, están plagadas de una infinidad de sentidos, y su lenguaje es indeterminado, contradictorio, sin fundamento; sus estructuras organizativas, su gramática, su lógica y su retórica son puros malabarismos. Cualquier sentido que puedan tener resulta meramente provisional y conferido por el lector, no inherente al texto o establecido de una vez por todas por la destreza verbal del escritor. En lugar de ser mitos casi sagrados de la experiencia humana del mundo y del yo, las más preciadas posesiones de la cultura, proposiciones universales sobre una naturaleza humana esencial y fija, a la literatura se le trata cada vez más como autoritaria y destructivo de la libertad humana, como la ideología de un patriarcado cuyo propósito es establecer la hegemonía del hombre blanco sobre las mujeres y 'las razas menores'. La crítica, antes desdeñada y tenida por sirvienta de la literatura, ha declarado su independencia e insiste en que ella también es literatura. No todo el mundo acepta estas nuevas concepciones, pero su realidad ya se toma como un hecho, y como un hecho, no como un juicio de lo ocurrido, van a ser descritas aquí en la forma más neutra posible.

Desde afuera, los políticos radicales, viejos y jóvenes, de Herbert Marcuse hasta Terry Eagleton, han atacado a la literatura acusándola de elitesca y represiva. Cada vez más la televisión y otras formas de comunicación electrónica han venido a reemplazar al libro impreso y, especialmente, su forma idealizada, la literatura, como fuentes más autorizadas y atractivas de conocimiento. El alfabetismo, del que dependen los textos literarios, ha disminuido hasta el punto en que es un lugar común hablar de 'la crisis del analfabetismo'. Progresivamente, los cursos de composición han reemplazado a los cursos de literatura en las universidades de este país y las inscripciones en los departamentos de literatura siguen decreciendo. La novela se ha vuelto intrincada y crítica, la poesía más opaca, tenebrosa y ensimismada y el teatro más histérico, burdo y vulgar, debido a intentos contraproducentes de afirmar que siguen teniendo importancia. Lo que una vez se llamó 'la literatura seria' ya no tiene por público más que una camarilla, y casi ninguna presencia fuera del mundo de los departamentos de literatura de las universidades. Dentro del ámbito universitario, la crítica literaria, ya en la década del sesenta, bizantina por su complejidad, impresionante por su volumen e increíble en su totalidad, ha arremetido contra la literatura y ha deconstruido sus principios básicos, declarando que la literatura es una categoría ilusoria, que el poeta ha muerto, que la obra de arte es sólo un 'texto' flotante, el lenguaje indeterminado e incapaz de crear el sentido, y la interpretación un asunto de elección personal. Muchos de nuestros mejores autores -Nabokov, Mader y Bellow son los casos que estudié en un libro anterior, The Imagínary Library- han sufrido una crisis ' de confianza respecto a los valores tradicionales de la literatura y su importancia para la humanidad, de la que nunca se recobraron.

La desintegración de la literatura se ha vuelto lo bastante escandalosa como para producir titulares de prensa y bestsellers. En 1988, la Universidad de Stanford, por ejemplo, apareció en la primera página de los periódicos y en las noticias de la televisión debido a un debate sobre la conveniencia de eliminar de su curso obligatorio sobre grandes obras, entre las que hay muchas obras de literatura, algunos de los clásicos, escritos todos por 'hombres blancos muertos', para poder incluir libros de escritores mujeres, negros, y del Tercer Mundo. A los grandes libros que hasta entonces habían constituido la base de una educación ilustrada, se les denuncia por elitescos, eurocentrados, y como instrumentos del imperialismo. Ante semejante presión, el profesorado y la administración de Stanford accedieron a reemplazar a escritores como Homero y Dickens con libros como El segundo sexo de Simone de Beauvoir. El entonces ministro de Educación conservador, William Bennet, tuvo un debate con el rector de Stanford, transmitido a toda la nación por la televisión, en el que se trató el dilema social que forma el meollo del asunto: la oposición entre la importancia relativa para la sociedad en general de las cualidades tradicionales intelectuales representadas por los clásicos de la literatura y los valores sociales de la igualdad entre las razas y los sexos representados por obras de menor prestigio.

Este debate en particular no constituye más que una parte de un debate cultural más amplio sobre el deterioro de la educación y en especial de la educación literaria, planteada por libros que sorpresivamente se convirtieron en bestsellers, Cultural Literacy de E. Donald Hirsch y The Closing of the American Mind de Allan Bloom. Hirsch, profesor de literatura inglesa en la Universidad de Virginia, sostiene que los norteamericanos se están volviendo culturalmente iletrados por no leer lo mejor que se ha escrito, y ofrece un cuestionario sobre las grandes ideas -Darwín, Freud, Marx, por ejemplo- que puede hacerse en casa para diagnosticar la gravedad de la deficiencia. Un libro ulterior suministra de forma cómoda los medios para remediar la deficiencia, en caso de descubrirla, como se detecta gas en el sótano.

Bloom, de la Universidad de Chicago, es profesor de ciencias políticas con una inclinación hacia la literatura, y un seguidor de Leo Strauss Y su concepción de ciertos textos clásicos, Platón en particular, como repositorios de verdades arcanas. Bloom acusa al profesorado de las universidades de un cómodo relativismo derivado de Nietzsche y otros filósofos alemanes, que ha desviado a la educación de los textos clásicos y de su busca socrático de lo bueno y lo verdadero. El estudiante moderno, inoculado de relativismo, cree que todo valor es meramente una opinión y que todas las opiniones son equivalentes, y por ello, según Bloom, ha abandonado enteramente los grandes libros y la busca en ellos del mejor curso para la creencia o la acción, para vivir en un estupor de tolerancia universal, apatía e ignorancia.

Aun si no se toma del todo en serio a Bennett, Hirsch y Bloom, el interés muy difundido por sus concepciones es una demostración de la preocupación general de que la cultura del libro, de la que la literatura es una parte central, está desapareciendo, y con ella mucho de los valores esenciales de nuestra sociedad. Nada tiene de extraño que los marxistas luchen contra las feministas por el derecho a identificar los olores que despide el cadáver literario. ¿Mala fe o falocentrismo? ¿Hegemonía o genocidio? Se ha llegado tan lejos que el líder religioso de Irán, el infame Ayatollah, sin temerle a las represalias, pudo ponerle precio a la vida del autor de una novela considerada ofensiva para el Islam. Apenas un mes más tarde, las editoriales occidentales ya habían organizado una feria del libro en irán.

Si la literatura ha muerto, la actividad literaria sigue adelante con un vigor incólume si no mayor, aunque cada vez más confinada a la universidad. Se escriben y se leen relatos y poesía, se montan piezas de teatro y se hacen grandes esfuerzos por escribir bien. Las editoriales pagan grandes sumas por adelantado a los novelistas, se otorgan premios literarios con más y más frecuencia y por sumas mayores, y la literatura impresa, sea cual fuere su calidad, sigue aumentando. Una crítica y una erudición literarias muy industriosas, Oirás que todo en el ámbito académico, ofrecen una sobreproducción tanto de teoría literaria como de crítica práctica. Hay muchos optimistas que vislumbran un sistema literario nuevo y mejor alzándose como el ave Fénix de las cenizas de lo viejo, ya no el depositario de verdades conocidas y valores aceptados.(Levine) sino "una poética que se esfuerza por definir condiciones del sentido... qué hacemos para que los textos tengan sentido. (Culler). Esta reorientación de la literatura es vista por sus partidarios como un paso gigante para la humanidad, y Levine y sus colegas en una conferencia sobre las humanidades hablan a favor de la crítica más avanzada criando afirman que pareciera —particularmente irónico que las humanidades estén recibiendo las más severas críticas en un momento en que para muchos de nosotros su significación y fuerza nunca habían sido mayores

Lo que es pasado o se está volviendo pasado es la literatura romántica y la modernista, la de Wordsworth y Goethe, Valéry y Joyce, que florecieron en la sociedad capitalista en la edad álgida de la imprenta, entre mediados de¡ siglo XVIII y mediados del XX. La muerte de la vieja literatura en el sentido augusto, la legislación tácita del mundo de Shelley, la atemporalidad invocada por Arnold de lo mejor que se ha pensado y escrito, los monumentos inalterables del espíritu europeo, desde los dibujos de Lascaux hasta La montaña mágica en Eliot, parece para la gente que maduró intelectualmente en el ancíen régime poco menos que el ocaso de la imaginación humana en las tierras crepusculares de la civilización occidental. No hay defensa más elocuente del antiguo orden literario que una colección de ensayos de Maynard Mack, Prose and Cons, ni denuncia más amarga de las nuevas maneras que uno de sus ensayos, —The Life of Learning. (La vida de la enseñanza): —Estamos estrechando nuestros horizontes, no ampliándolos, evadiendo nuestras responsabilidades, no asumiéndolas. Y nos comunicamos cada vez con menos y menos gente porque resulta más fácil disparatar en una jerga que explicar un asunto complicado en el lenguaje real de los hombres. ¿Por cuánto tiempo podrá una nación democrática darse el lujo de mantener a una minoría narcisista arrebolada por su propia imagen?- Muchos otros, como Mack, recuerdan que apenas ayer F. R. Lewis rechazaba el argumento expuesto por C. P. Snow en The two Cultures, que los humanistas se mantienen en una peligrosa ignorancia de la ciencia, con la altiva observación de que un entrenamiento humano basado en la literatura es la única educación digna de tenerse. Cleanth Brooks y W. K. Wimsatt hace unos pocos años reclamaban para sí la infalibilidad crítica, como si sus concepciones formalistas de la literatura fueran verdades reveladas, acusando a la heterodoxia de —falacia intencional y «herejía de la paráfrasis". Y no hace mucho no parecía haber nada absurdo en el argumento de Northop Frye, en Anatomía de la crítica, que considera que la totalidad e la literatura forma un extenso sistema, místico en su simbolismo pero ordenado en su estructura, que tiene su origen en los miedos y deseos constitutivos del alma humana y que se mueve a través de la historia en forma de grandes mitos literarios que corresponden nada menos que a los ciclos de las estaciones del año.

Al echar una mirada atrás parece increíble que a estas concepciones se les haya tomado tan en serio hasta hace tan poco tiempo. Pero ahora han desaparecido, y para los sobrevivientes del viejo orden, a menudo desconcertados, refunfuñones y furiosos, el cambio no es más que otra traición de los escribanos, a los cuales se identifica a menudo como un grupo de críticos radicales que practican, por lo regular en las universidades, eso que Paul Ricoeur llama con acierto —la hermenéutica de la sospecha.. La fenomenología, el estructuralismo, el desconstruccionismo, el freudismo, el marxismo y el feminismo han sido, en estos últimos años, las voces más clamorosas que anuncian la muerte de la vieja literatura. El estructuralismo y el desconstruccionismo, por un tiempo los principales acusadores del engaño de las concepciones literarias tradicionales, constituyen poéticas militantes que atacan a la sociedad burguesa socavando su ideología y denunciando toda autoridad, aun toda autoridad literaria, como ilegítima y represiva. El feminismo acusa a la vieja literatura de ser un instrumento del dominio masculino. Los marxistas, los seguidores de Foucault y los nuevos historicistas tratan a la literatura como una institución capitalista y como instrumento disfrazado de su hegemonía, que debe ser expuesta como simple propaganda del establishment. Para los nuevos freudianos, la literatura es otra forma de la represión del instinto y de los impulsos revolucionarios, que debe tratarse y curarse con un análisis más profundo.

La tendencia anglo-sajona había sido siempre mantener lo más separadas posibles la literatura y la política, pero estos tipos recientes de crítica radical se han asociado, como ocurre en el continente europeo y en particular París, con la política y la teoría social de la nueva izquierda. A la literatura se le ha visto como un área blanda de la sociedad burguesa, un lugar donde se puede alcanzar y desacreditar la ideología capitalista, defender las causas feminista, minoritarias y tercermundistas y abogar por la permisividad, la apertura y la libertad en todos los terrenos, el sexual, el interpretativo, el ambiental.

Sin embargo, el escenario social en el que ha florecido la hermenéutica de la sospecha es mucho más amplio que el limitado ámbito de las universidades, las conferencias de los especialistas y los salones políticos de los literatos de la subcultura. Estos, y la propia literatura, han sido sólo una pequeña porción de un cambio cultural mucho más profundo y extenso. No sólo las artes sino también todas nuestras instituciones tradicionales, la familia y la ley, la religión y el Estado, han descompuesto de maneras sorpresivas en los últimos años. familia es probablemente el campo de batalla más desesperado de es cambio social masivo: la píldora, el incremento vertiginoso del divorcio, los pleitos por la patria potestad, las familias pobres encabeza por madres solteras, la Iucha entre los adversarios y los partidarios d aborto, las familias en las que tanto el padre como la madre trabajan, alquiler de vientres, los derechos de la mujer, las esposas maltratadas las familias asesinadas, la desaparición de los esquemas tradicional de la diferenciación sexual, la fertilización in vitro, la actitud desenfadada ante el sexo, la aparición de nuevas enfermedades venéreas. Ha cosas buenas y cosas malas en este catálogo, como también -propósito malentendidos / que caen sobre la cabeza de sus inventores. pero todo ello ejerce una inmensa presión sobre una vieja institución. Los estertores agónicos de la familia, junto con los cambios en otras instituciones sociales básicas, hacen que la muerte de la literatura romántica parezca baladí. Observar qué le ha ocurrido a la literatura como parte de revolución social llamada laxamente posindustrialismo que ha venido formando la vida moderna en Occidente, y en menor grado en e Segundo y Tercer mundos también, proporciona a la vez un marco histórico para entender el cambio literario y una escala que mide con precisión el papel interesante pero limitado que ha desempeñado en lo que está ocurriendo. En efecto, para el mundo en general la muerte de la literatura podría resultar sobre todo interesante sólo por la manera esquemática y precisa en que representa cambios que suceden en otras partes, la familia por ejemplo, en formas más complicadas y menos obvias. La inversión exacta de los valores literarios 0151por ejemplo, el Poeta es un genio creador/ el poeta ha muerto, los textos literarios están sobresaturados de sentido/ los textos literarios carecen de sentido- ofrece casi un ejemplo de laboratorio del modelo de cambio institucional revolucionario, opuesto aquí a evolucionario, que Thomas Kuhn llama 'viraje paradigmático'.

La poesía y la literatura siempre han preferido que se les tome en términos metafísicos y no sociológicos, quizá con la intención de ocultar su persistente marginalidad social. Al fin y al cabo, la literatura no ha desempeñado un papel muy grande en los juegos del poder de nuestra sociedad, y es poco probable que lo desempeñe en el futuro. Las teorías cósmicas sobre el arte y la literatura van y vienen con la misma facilidad que las filosofías en Cándido, pero aun cuando son nominalmente materialistas, como la historia literaria de Taine que depende del clima o las concepciones marxistas de la superestructura cultural, tienden a evadir las condiciones ordinarias que constituyen su marco social. Sin embargo, la historia de la literatura siempre ha estado relacionada estrechamente con cosas tan mundanales como las cortes de los reyes, los mecenas, los derechos de autor, el ocio de la burguesía, el nacionalismo, el sistema educativo democrático, las rotativas a vapor, la libertad del mercado y el linotipo.

El escenario de la escritura y la lectura en estos últimos años no ha sido menos ampliamente social, y la desintegración de la literatura romántica-modernista a fines del siglo XX forma parte no sólo de una revolución cultural general sino más específicamente de una revolución tecnológica que está transformando rápidamente una cultura de la imprenta en una cultura electrónica. De manera que analicé en un libro anterior, Samuel Johnson and the Impact of Print, la vieja literatura del romanticismo y el modernismo que se funda desde el inicio en un concepto del libro impreso que institucionaliza e idealiza el potencial de la imprenta para crear autores, fija textos exactos, mantiene en su lugar el más mínimo detalle de estilo de forma permanente y ensambla y cataloga la biblioteca imaginaria de la literatura universal. La literatura empezó a perder su autoridad, y en consecuencia su realidad, cuando decreció la habilidad de leer el libro, es decir, el alfabetismo; cuando las imágenes audiovisuales, el film, la televisión y la pantalla de la computadora reemplazan al libro impreso como fuente más eficiente y preferida de entretenimiento y conocimiento. La televisión, la computadora, la Xerox, el procesador de palabras, la cinta de grabación y el reproductor de videos no tienen, como la imprenta, una relación simbiótica con la literatura y sus valores, y las nuevas formas de adquirir, almacenar y transmitir la información están marcando el fin de una concepción de la escritura y la lectura orientada hacia el libro impreso e institucionalizada como literatura. Cada vez que la literatura aparece en uno de estos nuevos contextos se topa con el Mundo y siente sus presiones sobre el pensamiento y la acción.

La obsolescencia cultural, al menos en lo que toca al Gótterdámmerung, se ha apoderado de la vieja literatura en un mundo donde la televisión está transformando todo lo que toca —la política, las noticias, la religión—, donde un número creciente de ciudadanos encuentra muchas dificultades para leer aun los textos más sencillos, donde la creación y el plagio son cada vez más difíciles de definir, donde la publicidad y la creación de la imagen han capturado el lenguaje. La presión de estas nuevas formas de hacer las cosas y de pensar sobre las cosas, se siente en los diversos puntos en que la literatura y su poética interactúan en la actividad diaria con el mundo social: casos de copyright, el patrocinio político de las artes, los libros impresos e papel ácido que se desintegran en las bibliotecas, los casos de pornografía en los que profesores distinguidos y especialistas a la moda tratan de definir la literatura en un tribunal, las aulas donde los niños que ven ocho horas de televisión diarias no saben leer, las decisiones sobre quién define las palabras incluidas en el diccionario, las pele entre los profesores universitarios por establecer nuevas categorías estudio y nuevos departamentos, las leyes impositivas respecto a lo inventarlos de las editoriales, las acusaciones de plagio, los asesino que escriben sobre sus crímenes.

Estos ámbitos, y algunos otros, donde la vieja literatura está dejando de ser plausible o útil por las presiones de las nuevas circunstancias de fines del siglo XX constituyen los escenarios de los capítulos que siguen. En ellos los acontecimientos recientes de la literatura lucen sorpresivamente diferentes que vistos a la luz de la lámpara. La crítica desconstructiva, por ejemplo, que tiene una presencia tan grande en el escenario puramente literario, figurando o bien como una revolución heroica o bien como una traición de los escribanos, vista en el contexto social de la crisis del alfabetismo o de la batalla por el control del lenguaje, empieza a parecer mucho menos melodramática y más como una crítica que ejerce su función tradicional de preservar lo que puede salvarse en una época de cuestionamiento radical de los valores y las creencias institucionales básicas. La muerte de la literatura aparece como el crepúsculo de los dioses para los conservadores y como la caída de la Bastilla de la alta literatura para los radicales, pero yo arguyo, para decirlo sencillamente, que estamos presenciando las transformaciones complejas de una institución social en una época de cambios radicales en la política, la tecnología y la sociedad.

 
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