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El hipertexto y la matriz mesiánica
de la imaginación
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Afirma Laplantine que el mesianismo es una auténtica categoría antropológica universal de la esperanza, susceptible, por eso, de reactualización. En particular, el mesianismo sería ese proyecto de la imaginación tendida hacia la espera de la realización de un reino, que supone la convergencia y la puesta en correlación de diferentes factores: una situación de desequilibrio económico y político (o sólo político), una serie de frustraciones que tienen por origen un traumatismo de aculturación que causan desconcierto y que obligan a producir un discurso relacionado con la redención colectiva, la salvación del mundo, nucleado el rededor de un mito. El mesianismo está vinculado también con la aparición de un líder carismático, precedido por profetas (Laplantine, 98). Y esta es la formulación de Laplantine de una ley antropológica de la aparición mesiánica: Cuando toda una sociedad —o un determinado grupo étnico— se halla brutalmente desintegrada en los aspectos más cotidianos de su existencia (económico, alimentario, político, cultural, etc.); cuando siente ese desequilibro como frustración y amenaza; cuando dispone, por lo demás, de una mitología apropiada que le permite transformar su régimen de desesperación en régimen de esperanza; cuando, en fin, cristaliza su atención en una personalidad carismática, que canaliza el desorden social hacia una salida fastuosa hay grandes posibilidades de que surja un movimiento mesiánico (111). La trayectoria de lo imaginario que conduce de la efervescencia profética, al acontecimiento mesiánico y de éste a la realización milenarista (y revolucionaria), siempre encuentra su fuerza inspiradora en un tiempo terrible: sólo en situación de alienación se produce el deseo de liberación, en este caso de liberación total. Esa es una primera fase de la respuesta mesiánica. Enseguida viene el tiempo de la resistencia. El tiempo en que el grupo se organiza, toma las armas y sale a la calle. El tiempo de la exaltación colectiva, en el que pueden aparecer los lideres, que anuncian El Gran Día, el de la revolución realizada. Finalmente viene el tiempo de la institucionalización: una vez llegada la cima gloriosa, el movimiento se transforma en organización (utópica), y ocurre, por lo general, una involución. El tiempo del mesianismo es también el del retorno a un tiempo anterior, el retorno al tiempo mejor del antes, y con ello también es un deseo de anulación del tiempo (del tiempo lineal). Todo movimiento mesiánico es la esperanza de un mundo perfecto al que sólo se le puede pensar con referencia a un mito del tiempo primordial, la edad de oro. Si bien las texturas semánticas del mesianismo son míticas, esto no reduce la posibilidad del mesianismo a las sociedades rurales, inmersas en la religión, pues en las sociedades modernas también es posible percibirse como mítica la acción de los hombres lúcidos que buscan la liberación. La ambigüedad política del mesianismo consiste en que por un lado tiene sed de infinito y por otro de inserción social; recuerda que la revolución no se hace de una vez, sino que se dilata infinitamente. De otro lado, las comunidades mesiánicas dividen el mundo en creyentes y los otros. Los creyentes son hermanos, son una comunidad de base igualitaria, de solidaridad y sacrificio mutuo cuyas miradas convergen sobre la personalidad indiscutible del líder. Los creyentes ya no pertenecen a este mundo, sino que están con un pie en el de mañana. Admitiendo que es posible visualizar en el seno de nuestra sociedad contemporánea estructuras de comportamiento “mesiánico”, se pueden resaltar entonces varios factores qu permitirán identificar lo “mesiánico” del discurso “positivo” sobre el hipertexto. En primer lugar, el tiempo terrible de fluctuaciones y turbulencias que hoy vivimos y que hemos descrito ya en otros apartes . Tiempo de transiciones, de mutación de un modo de producción a otro, de una cultura a otra, de un sistema de valores a otro, que estaría configurando la crisis “propicia” a la aparición de propuestas milenaristas, y más específicamente a la del milenarismo tecnológico. De otro lado, la promoción del hipertexto se basa en la convergencia de propuestas como la del posestructuralismo y la tecnología. Desde ambos discursos, se habrían formulado anticipaciones, es decir profecías. Landow, al recurrir a Barthes, Derrida, Vannevar, Bush, Nelson y otros teóricos como anticipadores de las potencialidades del hipertexto, en realidad está acudiendo a una legitimación por vía profética. Es interesante el caso de Ted Nelson, quien, a partir de su proyecto de extensión del hipertexto (proyecto Xanadú: un paraíso interactivo), prácticamente se arroga el papel de profeta de la nueva era digital interactiva. En esa justificación de la potencialidad hipertextual, también es posible observar los tiempos del mesianismo: de un lado, el tiempo de la resistencia, correspondería al de la formulación y solidificación del discurso promocional. El tiempo de la institucionalización es el que surge con la extensión de la práctica en universidades y otros ámbitos institucionales. Pero también es posible hablar de un tiempo de “retorno”. No sólo del barroco, sino de la oralidad, manifiesta ahora en una “segunda” oralidad: esa que permite la interacción más o menos “espontánea” en el hipertexto. La ambigüedad mesiánica también está presente. De un lado, el discurso sobre hipertexto propone reconfiguraciones radicales de la institución literaria, de otro, propone su propia institucionalización. Finalmente, algunos textos críticos radicales son proclives a la partición entre “creyentes” y no creyentes; entre optimistas y pesimistas. Temas Relacionados |