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Apéndice:
Una múltiple convergencia
(¿Hacia dónde?) |
Los límites del relativismoEn los capítulos relativos al hipertexto como arena ideológica, ya hemos mostrado cómo, además de una dimensión técnica, es posible encontrar en la definición y promoción del hipertexto que realiza Landow una dimensión claramente política. Si bien la exposición de Landow, en una primera fase, es puramente descriptiva, cuando insiste en la idea de que el hipertexto facilita la encarnación de los ideales de una nueva textualidad (anticipados por el posestructuralismo y la novela posmoderna) y cuando emprende la puntualización de la serie de reconfiguraciones que se deben emprender para conceptos tradicionales como el de autor y escritura, ya es posible detectar la dimensión política del discurso: lo que se quiere plantear es el fin de un era y el advenimiento de otra, en la que el deseo de librarse de la cultura de la imprenta ejemplifica la lucha para romper los condicionamientos inherentes a la escritura lineal y a la necesaria estabilidad del significado que impone el libro impreso. Finalmente, cuando Landow introduce la necesidad de reconfigurar, ya no unas prácticas, sino toda una institución (la educativa) y cuando plantea una “política” del hipertexto, explicita la intención de su discurso: poner a rodar en la practica social misma los ideales de un relativismo intelectual que, como lo afirma Kernan en su libro: La muerte de la literatura, afecta tardíamente la institución literaria. También hemos mostrado en los capítulos introductorios del trabajo cómo nuestro propio método de observación del discurso alrededor del hipertexto es esencialmente relativista: implica (tanto como la intención de extender la idea de una hipertextualidad en el ámbito de lo social) un modelo difuso y descentrado, atento a la heterogeneidad y no a las homogenizaciones, ajeno a lo autoritario y secuencial, movido por una lógica de red, más que por una de linealidad, plural antes que individual, etc., etc. Pues bien, ha llegado la hora para que esta nueva convergencia, ahora al interior mismo de la investigación, sea acometida. Y para ello resulta útil uno de los autores abordados en el primer capítulo del trabajo: Alejandro Castillejo. En su libro: Antropología, posmodernidad y diferencia, Castillejo ofrece varias objeciones al método “relativista” de observación: de un lado, en la lucha por mostrar sus bondades, termina volviéndose “absolutista”, es decir imponiendo una hegemonía como la que no querrían sus principios más prístinos. Otra es la pérdida de su distancia crítica, gracias a las dinámicas de la moda que han convertido el discurso de la diferencia en una mercancía más. Finalmente, por esta misma razón, la banalización es el otro peligro que acecha al discurso relativista. Castillejo afirma que el culto a la diversidad y a la diferencia (al otro, etc.) antes que liberar criticando los problemas de la representación y del poder ligado a una cultura de las jerarquías y las homogenizaciones, invierte sus signos y a fuerza de su propia imposibilidad termina por radicalizarse y excluir a todo aquello cuya validez particular no comulgue con sus principios, es decir, que tiende cada vez más al discenso, provocando un efecto contrario a sus intenciones originales. De otro lado, Castillejo observa graves contradicciones entre lo que podría llamarse la utopía relativista (abrir los ojos hacia modelos distintos de comunicación y conocimiento) y su practica, pues ésta se contamina enseguida con el uso “comercial” y publicitario del discurso, cuyo poder empieza a depender de un mercado de audiencia en extensión. Finalmente, al poner en relación relativismo y medios, resulta terrible, pero cierto, que toda esa diversidad, todo ese deseo porque el arte se funde en la vida, por hacer que todas las temporalidades y las espacialidades convivan juntas, porque se extienda el cruce de ideas e informaciones, que se expone en el discurso emancipatorio del relativismo, se da en la pantalla de la televisión, de modo que termina, irónicamente, configurándose un fenómeno de “eclosión” de la diferencia tanto en su posibilidad real de expresión y emancipación, como en su uso comercial o publicitario, como mercado en potencia (Castillejo, 192). Así es como se banaliza la “eclosión”: La convergencia entre antropología, filosofía y medios (y la convergencia, hemos visto, se puede ampliar), ha producido este fenómeno que hemos llamado “eclosión”, y aun cuando era necesario e inminente, puede confundirse con un pluralismo de corte populista. Esta es la otra cara de la eclosión: por un lado, paradójicamente emancipadora, por el otro, tristemente banal y naive (Castillejo, 155). |