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Itinerario
de una sospecha
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Una primera reacción: la réplicaPero —me preguntaba yo a medida que escuchaba aquella interesante propuesta—, ¿acaso no es demasiado apresurado descalificar “lo tecnológico” como posibilidad creativa y estética? ¿Samperio había interpretado correctamente la afirmación de Heidegger? ¿No hay en la descalificación de lo light y en el terror a la tecnología una posición neoconservadora? ¿No son: el pensamiento de red, lo virtual, lo interactivo, la cibercultura (por mencionar algunos rasgos del “pensamiento” tecnológico de hoy), signos de un nuevo paradigma en formación a los que no se les puede invalidar a la ligera con el calificativo de simples? ¿Cómo dar continuidad a las propuestas vanguardistas y posmodernas, ahora que la tecnología (especialmente con la posibilidad del hipertexto) pone al alcance de la mano la encarnación de muchas de sus expectativas? Esta pregunta condujo a un primer examen de las propuestas sobre lo que una autora española ha llamado “las posibilidades de la narrativa hipertextual” , es decir, a la observación de las potencialidades estéticas (y literarias) que habría del lado de “lo tecnológico”, específicamente cuando se atiende la escritura electrónica en computador y todas su facilidades (autoedción, multimedia, enlace de fragmentos, accesabilidad a textos, etc.). Un libro clave en este sentido: "Hipertexto" de George P. Landow, ofrece una visión muy amplia de estas posibilidades. Describe el tipo de reconfiguraciones a que da lugar el uso potenciado de esta herramienta y sus consecuencias sobre lo que, acudiendo a otro autor español, puede llamarse el “sistema literario” . Landow también ofrece una interesante observación: el hipertexto no es más que la convergencia entre lo que la crítica posestructuralista había propuesto como salida teórica para una escritura agotada, y la tecnología, que ofrece ahora el instrumento práctico para concretarla. En efecto, según Landow, conceptos acuñados por la crítica posestructuralista y por la teoría de la recepción, como texto abierto o lector activo, apenas visualizados idealmente, tienen ahora la posibilidad de ser puestos en escena de manera práctica, gracias a las facilidades del hipertexto, por el cual es posible efectivamente construir un texto predispuesto a multitud de enlaces y conexiones con otros textos y donde el trayecto o recorrido de lectura está igualmente liberado a los propios intereses del lector de turno. Este lector de hipertexto, además de contar con una libertad de itinerario, puede convertirse también en un coautor de la obra, en la medida en que tiene la posibilidad de hacer sus propias relaciones y de realizar sus propios enlaces, ampliando “a su gusto” el campo contextual de la obra. La “obra”, así entendida, ahora requiere diseñarse más como un mapa, como una instrucción de uso, que como un libro en la forma tradicional de concebirlo: cerrado, vinculable sólo a posteriori, definido y formateado “de antemano”. Estas apreciaciones de Landow, y el entusiasmo con que se presentan todas las descripciones y defensas de las posibilidades del hipertexto (entusiasmo que incluye la necesidad de construir no sólo nuevos tipos de obra, sino nuevas mentes capaces de emprender, de un lado, la tarea de diseño, producción y montaje de estos artefactos y, de otro, la del consumo, esta vez, activo, creativo, de los mismos), me produjo varias resonancias: en primer lugar, lo que se ha escrito en relación con la narrativa posmoderna, caracterizada por la fragmentación, la intertextualidad, la autoconciencia y la promoción de un lector activo, como fundamento de su estética. Pero también me recordó los ideales de una “estética anarquista”, según los cuales, el arte sólo es válido en la medida en que incluya al lector activamente, en la medida en que promocione su libertad y su creatividad; un arte que debiera ser “vivido por todos”; un arte-juego que debería deconstruir las fronteras mismas entre el arte y la vida (lo que a su vez coincide con uno de los argumentos explicitados por los entusiastas del hipertexto: que éste es similar a la vida: aleatorio, arbitrario y repetitivo; y que, por lo tanto, resuelve muchas de las fracturas entre comunicación y expresión que, en cambio, sí posee el libro ). En otro ámbito, Omar Calabrese, en su estudio acerca del gusto de nuestro tiempo: la era neobarroca, llega a la conclusión de que las formas y figuras que se producen en la circulación simbólica de hoy, responden al efecto de un “mecanismo de turbulencia” cultural que sería responsable de un cambio de mentalidad. A las formas estables y ordenadas, regulares, simétricas se las estaría sustituyendo por formas inestables, desordenadas, irregulares, asimétricas; y todo porque el sistema tradicional de valores se ve embestido por fluctuaciones que lo desestabilizan, generando rupturas en el interior de los diversos órdenes. Algunas de esas figuras y formas inestables como la fragmentación, el laberinto, la repetición, el caos, coinciden con características tanto del hipertexto, como con ideales posestructuralistas, anárquicos y/o posmodernos. La convergencia resulta, pues, mucho más amplia de lo que propone Landow . Habría que incluir en ella también las observaciones de la cultura que realiza Alvin Kernan, quien muestra cómo se están dando estas sustituciones y reconfiguraciones de las que hablan Calabrese y Landow en el interior mismo de la institución literaria, generando una impresión de muerte de la literatura; es decir, la posibilidad real de hablar de una superación de la concepción tradicional de la literatura. |