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Itinerario
de una sospecha
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Un segundo encuentro decisivo: la crítica dialógicaEs en ese momento cuando ocurre un segundo hallazgo imprevisto: en busca de referencias sobre lo lúdico, lo festivo y lo carnavalesco, acudí a un autor inevitable: Bajtín. Alguien me sugirió entonces leer a Iris Zavala y así me encontré con su libro: Escuchando a Bajtín, donde propone una metodología de lectura de textos que incorpora los conceptos de Bajtín y que ella llama CRÍTICA DIALÓGICA. Ahora, para Zavala el concepto de texto (y esto resultaba muy importante para mi proyecto) no se reduce al de obras ficcionales, sino que incluye toda práctica discursiva, en la medida en que lo importante es la revelación de un imaginario social detrás de esas prácticas (aunque el “género literario” sigue siendo para ella un corpus privilegiado de observación). Zavala me permitió afinar el instrumento metodológico al legitimar la posibilidad de aplicar una lectura dialógica al discurso sobre el hipertexto. También me permitió ampliar el panorama de la discusión: ya no sólo mostrar el hipertexto como persistencia de un imaginario, sino como arena ideológica, a donde confluyen, por su carácter de acontecimiento, eso sí, distintas posturas, distintos universos semánticos: una lucha por la hegemonía del signo que se abre a distintos campos. ¿Qué es lo que me pareció importante, y a la vez
útil, del texto de Iris Zavala para el proyecto que me había
propuesto? Pues su síntesis de una posible y necesaria crítica
dialógica, entendida como el modo de “leer textos a lo Bajtín”.
Y no tanto como una réplica de sus ejercicios de lectura, sino
como inferencias metódicas a partir de lo que ella entiende que
ha de ser la lectura de textos, respetando el espíritu bajtiniano
y aprovechando sus conceptos. Como crítica atenta al sujeto, a su diversidad, a la oposición entre lo oficial y las experiencias individuales, la crítica dialógica busca hacer dialogar y entremezclar discursos. Se trataría de abandonar actitudes que hipostasian el sujeto trascendental, sujeto “confinado a la abstracción y cuya experiencia de sí es concebible como centro total del conocimiento” (Zavala, 82). Se trataría de “pensar en fronteras e intersecciones y no en totalidades” (Zavala, 83). Y es que para Iris Zavala el sentido o el significado no está cerrado para siempre, de modo que habría que estar atento, más que a totalizar, estructurar o sistematizar, a escuchar nuevas valoraciones y reacentuaciones de los discursos, es decir, a pensar lo heterogéneo (observar la intertextualidad y la interdiscursividad), las “voces” que absorben, modifican, refunden y reacentúan ciertos tópicos. Esta perspectiva facilitaba así mi tarea, en cuanto legitimaba como fuente el discurso en torno al hipertexto, pese a su fragmentación y heterogeneidad. Además, en la medida en que este modo de leer exige el examen de las interacciones del objeto de estudio con el ámbito de la cultura, obliga a ese diálogo con los tiempos que requiere una mirada de tiempo largo, propio de la historia de las mentalidades. En este mismo sentido, la afirmación de Zavala de que el programa de Bajtín se ha hecho indispensable para “hacer dialogar todas las voces teóricas” (Zavala, 87), resultaba fundamental: de alguna manera, lo que me interesaba era, precisamente, ese diálogo, la observación de esa polifonía, de esa “multiplicidad de voces interactuando mutuamente, luchando por ganar un lugar en la significación” (Zavala, 88), cosa evidente en las posiciones que expresan las bondades, expectativas o rechazos del hipertexto. Zavala considera el discurso en dos dimensiones: como sistema de circulación que a la vez vehicula una lucha ideológica “por la hegemonía semántica... por legitimar el propio significado y proyecto” (Zavala, 89); y, como observatorio de “pasiones, formas, experiencias y luchas del pasado social y cultural encarnadas en nuestro presente” (Zavala, 90). Zavala advierte que para poder realizar una lectura adecuada del discurso se hace necesario reconocer en primer lugar que el universo cultural está interrelacionado. En confluencias, reprocidades, simultaneidades, fronteras sin divisiones; y que el discurso está superpoblado de usos anteriores, saturado de luchas y de usos que cada grupo le confiere al signo. La lectura dialógica facilita el desenmascaramiento, o desmitificación de los conflictos, las disyunciones, las especificidades, las luchas de los signos que forman el sustrato de eso que llamamos “textos de la cultura” o “artefactos culturales” (Zavala, 91) Desde esta perspectiva, resulta por eso importante indagar por lo imaginario social, es decir por el valor cognitivo y la función ideológica del discurso o del texto, en tanto acto socialmente simbólico (Zavala, 91). Esto implica también reconocer la compleja red de posiciones que el sujeto tiene a su disposición para actuar y para identificarse, siempre en diálogo, abandonando todo esencialismo que haga ver al sujeto del discurso como “si fuera de una sola pieza”. En últimas, se requiere reconocer el diálogo de ideologías presentes en el discurso, es decir, el conjunto de valoraciones y de representaciones que no son ni individuales ni universales; la heteroglosia o lucha en la arena social: “los textos están cubiertos y penetrados por ideas, tienen miles de hilos dialogales” (Zavala, 95), revelan, por eso, “una dimensión de nuestro proyecto colectivo y de nuestras proyecciones —imaginarios sociales— sobre la historia... Se trata de insertar el texto en el conjunto de las practicas sociales”. En definitiva, el estudio “dialógico” de “lo imaginario social” que propone Zavala, significa fundamentalmente “el compromiso de un nudo de interacciones en el cual el sujeto de conocimiento y el sujeto de la comprensión se proponen un dominio político de comprensión para hablar del “presente” (Zavala, 98) y entender “cómo el pasado habló su presente, y cómo este “presente” del pasado ha construido, reconstruido o deconstruido sujetos para crear imágenes oficiales, identificaciones étnicas, de género sexual o de clase... para convertir lo heterogéneo y conflictivo en homogéneo... inventar “realidades”, narrar por el Otro, violar, violentar, agredir, mentir” (Zavala, 98). Según Zavala, El lenguaje o el signo no puede separarse de su dimensión ideológica. Ahora, si el enunciado y el sujeto del discurso son dialógicos, todo texto es fundamentalmente dialógico (porque está abierto a valoraciones e interpretaciones en el futuro), aunque no tenga necesariamente estructura dialógica (algunos textos son monológicos). De tal manera, que el modo dialógico de acercarse a los textos consiste en leerlos a varias voces, reactualizando ese pasado del texto en nuestro presente. Esta posibilidad de lectura tiene como fundamento una filosofía del lenguaje que lo considera intrínsecamente heteroglósico y al sujeto como inserto en relación de Otredad. Es por eso que el texto requiere comprensión activa (responsividad, en términos de Zavala) o respuesta activa (Zavala, 104). Para Zavala, lo que distingue la crítica dialógica de una tradicional es la consideración del discurso como inacabado, la imposibilidad de fijar un significado. De modo que el análisis del discurso se convierte en una observación participante de un “campo discursivo” (Zavala, 106), de una “arena”, en la que más bien se lucha por esa significación inalcanzable, por la “hegemonía semántica y su utopía monológica”, que se manifiesta posteriormente como gran relato o como código maestro, pero que sólo tiene un significado relativo y parcial pese a su aparente solidez. Así que la labor dialógica exige también poner en duda la cadena significante, leer el reverso de la cultura, perseguir los actos fallidos, los intereses de los sujetos de enunciación, sus valoraciones (ideologías) y al mismo tiempo los juegos y conflictos que terminan configurando fórmulas; hasta ofrecer un sentido. Hacer el debate de los enunciados y mostrar cómo estos no son entes abstractos, sino “eventos en el tiempo y el espacio” que manifiestan antagonismos entre sistemas discursivos. Ahora, resulta fundamental caer en la cuenta de que estos conflictos y antagonismos no se expresan de manera directa, sino mediada, en cuanto todo texto es representación, es decir, elaboración del nivel de la referencia al nivel del valor; paso del mundo de la cultura al mundo simbólico, al mundo de las ideologías, al mundo de las mitologizaciones o de las ficciones (Zavala, 116). Y la posibilidad de dar ese paso es la que “contiene” el mundo axiológico o de valores que proyectan los textos. O, de otro modo: es la necesidad de exponer ese mundo axiológico, de convertirlo en proyecto, de lanzar al mundo real el imaginario social, la que posibilita el texto. Es ahí donde resulta útil el concepto bajtiniano del ideologema, en cuanto que la crítica dialógica implica el análisis de ideologemas, es decir, los supuestos discursivos, los antagonismos ideológicos, las luchas, las proyecciones del imaginario social en el texto, sus reactualizaciones, sus revalorizaciones. Los ideologemas se pueden leer como inscripciones de los discursos antagónicos, de los universos semánticos (el subrayado es nuestro), que luchan y polemizan en un momento histórico preciso. Pueden leerse como formas ideológicas, imaginarios sociales que nos transmiten los signos (Zavala, 117). Todos estos pasos constituyen, según Zavala, el camino para una lectura de los signos culturales “como un vasto universo donde se organizan los diferentes discursos (micro-discursos) y representaciones que nos determinan, que nos interpelan, que nos imaginan, que nos identifican. Lo heterogéneo nos conduce a todo un mundo heurístico: las representaciones colectivas, las ideologías, las mentalidades, la historia cultural... las voces, los discursos... a la vida social de la palabra (Zavala, 120)”. En síntesis: “una critica dialógica nos permite reconocer las versiones que compiten o luchan por legitimar su propio imaginario social o proyecto de futuro... Bajtín es un instrumento que permite descubrir el diálogo y la lucha por el signo, por lo simbólico y hasta por lo icónico” (Zavala, 122). Pero esta crítica dialógica, además, es consciente de que ninguna lectura es neutra. Para Zavala no sólo los textos en cuanto concreciones de discurso están impregnados de ideología, también los usos, recepciones. De ahí la necesidad de estar atento al texto como intertexto, pero también a nuestra propia intertextualidad, es decir a nuestra propia “no neutralidad”, a nuestro interés ideológico. Esto es, que habría como dos elementos simultáneos en toda crítica dialógica: de un lado la “escucha de las voces” del discurso (sus marcas, el proceso de reacentuaciones), pero a su vez, nuestra propia apropiación, NUESTRO USO PARTICULAR, nuestra propia escritura, también marcada e impregnada de intereses (marcada de acuerdo a nuestra propia situación en el mundo). Dice Zavala: Las preguntas que debemos hacerle a los textos son los usos y las funciones que han mediado para asentar identidades, o las réplicas... es justamente la posición o contexto situacional del texto en el proceso social lo que debiera constituirse como objeto crítico (Zavala, 197). Y también lo ideológico, entendido como el sistema de valores puesto en juego y definible como conflicto, lucha, simultaneidades, brechas, discontinuidades. De ahí que una labor fundamental consista en el “desenmascaramiento de mentiras, falsedades, inconsecuencias lógicas, generalizaciones, contextualizaciones situacionales, reciclajes, usos, imaginarios sociales, deseos de legitimación, utopías latentes...” Entender el discurso como vínculo social y los textos como manifestaciones de imaginarios sociales proyectados y de sistemas axiológicos en conflicto, era posibilitar de manera efectiva una lectura de esa lucha por la hegemonía del signo que puede entreverse en la discusión alrededor del hipertexto. Eso era, pues, lo que debía realizar: ponerme en la tarea de examinar el debate sobre el hipertexto y rastrear las distintas posiciones: la de una resistencia al cambio, la de una alergia a lo tecnológico, la de un ideal en decadencia, pero también la de una propuesta de ruptura, la de una invitación a la fiesta. Tenía que demostrar que en la discusión sobre el hipertexto se ponía en escena toda una batalla ideológica y que eso resultaba evidente por ser el hipertexto un verdadero acontecimiento fundador, un verdadero “trauma” para la institución literaria. Bastaba poner en juego algunos “universos semánticos” involucrados en la discusión alrededor del hipertexto, para mostrar cómo este debate se constituye en un observatorio privilegiado de la lucha más reciente por la imposición de contenidos, formas y figuras: unas que se resisten a morir, otras que asumen el futuro. La crítica dialógica me permitía, pues, llevar a cabo la triple lectura del acontecimiento que sugería Vovelle. Ahora: en el trasfondo epistemológico de una critica dialógica, está presente la consideración del texto como punto de llegada y a la vez de partida: de llegada para el autor y de partida par el lector. El autor estaría “resolviendo” su propia lucha ideológica y presentando al lector su resultado con la escritura de su obra; pero el lector hace un uso particular del texto propuesto, acomodándolo a su propio imaginario (a su propio sistema axiológico), de modo que la obra se abre y deja de predeterminar un sentido único. Reconocer esos puntos de llegada y partida y a la vez jugar con los nuestros es lo que propone una crítica dialógica en su fase hermenéutica. Pero la crítica dialógica propone también ir más allá: responsabilizarse políticamente de la lectura de un texto, advirtiendo y denunciando sus pretensiones performativas; es decir, poner en la mira toda intención homogenizante y universalizante del texto. La crítica dialógica tiene sentido, según Zavala, si se emprende con el ánimo de desmontar los mecanismos de exclusión de las prácticas significantes no oficiales que puedan estar formulados al interior del mismo. Es decir, que la tarea consiste en rastrear ideologías (o imaginarios sociales, para Zavala, son términos equivalentes), a partir de la consideración del texto como práctica significante, es decir, como lugar de lucha y de cruce de distintos procesos de significación que no estarían completamente controlados por el autor (individuo), sino que resultarían del ejercicio e inmersión de ese autor en una situación particular que lo habría llevado a resolver, en la escritura misma del texto, su propia respuesta ideológica. |