Hipertexto y literatura  

El derrumbe de la vieja literatura

Hasta aquí el panorama de lo que podríamos llamar la decadencia del concepto y realidades de la literatura romántico-modernista. Pero, ¿es posible referenciar alguna reacción, alguna dinámica al interior de la institución literaria que hubiera buscado superar todas estas limitaciones de la estética romántica?

Si seguimos a Kernan, tendríamos que afirmar que, efectivamente, algo así sucedió: al “viejo orden literario” lo desmanteló una revolución intelectual. ¿Cómo fue ese proceso? Veamos:
La critica literaria tradicionalmente ha aspirado a ser la ciencia del discurso. Al comienzo, se usó para multitud de tareas mundanas: reseñas, publicidad, mejorar el gusto, proporcionar juicios expertos, es decir, proveer diversos servicios institucionales. Los poetas, entretanto, se mantuvieron como los aristócratas de la literatura: siempre se había admitido la inherente superioridad del esfuerzo creador del espíritu humano sobre el esfuerzo crítico.

Los críticos, según Kernan, han sido siempre hombres orgullosos y ambiciosos, resueltos a ascender socialmente y, también, siempre ha habido intentos por hacerse parecer como necesarios e importantes: así por ejemplo, al elevar su oficio al nivel de profesión, y luego su paso a la docencia universitaria y a la investigación. Con todo, se seguía admitiendo que “quienes no pueden crear, enseñan”.

Pero se presentó una especial coyuntura durante los años sesenta de  nuestro siglo que permitió a la crítica asumir posiciones más seguras. Así fue como, inesperadamente (en el sentido de que la critica no asumió su papel natural: la defensa de la tradición, sino que se pasó del lado de quienes querían desprestigiarla y desmontarla), la deconstrucción (y en general, el movimiento posestructuralista) se volvió contra la literatura y la acusó de haber sido engañosa, ilógica y dañina. Para ellos (los posestructuralistas), la literatura no era más que el brazo armado de la ideología capitalista. El humanismo se convirtió en un término de desprecio y la obra literaria en una ilusión. Estos críticos radicales, reformulando la posición marxista, empiezan afirmar que la literatura no refleja tanto las condiciones materiales sino que también las crea. Según este punto, la dominación, el imperialismo, el racismo y el sexismo son potenciados por su descripción en los libros que patrocina la “elite blanca masculina”.

Por este camino, muy pronto se mostró que la literatura es un mare magnum compuesto de poesía, prosa, ficción, hechos, historias, piezas de teatro, biografías, filosofía e historia. Las ideas de tradición, género, estilo, forma y estructura, perdieron sustancia. Hasta recursos “sagrados” como la metáfora y otros perdieron su honra:

La imagen, el símbolo, la ironía, la ambigüedad y demás figuras de las que se pensaba antes que distinguían la literatura de otras formas de discurso ya no son ahora más que tropos o artefactos retóricos, maniobras del lenguaje usados para crear ilusiones de verdad o de realidad (Kernan, 74).

Los posestructuralistas asignan al lector común el papel del proletariado oprimido, en tanto el escritor tradicional y la obra literaria clásica se convierten en explotadores culturales del viejo orden social, que usan su autoridad para controlar y limitar el sentido (Kernan, 74).  Diversos tipos de crítica, basada en la respuesta del lector (como la estética de la recepción), muestran a los lectores que son libres de interpretar como se les ocurra unos textos que en sí no tienen sentido. A los creadores de obras literarias del pasado se les despoja de la propiedad literaria al quedar reducidos a escritores que no crean sino que explotan el depósito de ideas comunes de su lengua y épocas. Pero sobre todo el autor sufre el más grave golpe:

El autor, ese pilar de la literatura romántica y moderna, cuya imaginación creadora se le consideraba otrora la fuente de validez de todo arte, es enviado finalmente a la guillotina. la escritura en esta concepción es una lucha por el poder entre generaciones (Kernan, 75).
A la critica se la despacha como inútil o sospechosa, o se ve obligada a reformular su función, ya sea integrándose a la lucha de clases o liberándose de su función positiva y ofreciendo mas bien una critica creadora:

La rebelión de los lectores críticos contra la vieja literatura requería no sólo de la muerte de los autores y de sus lacayos, los críticos del viejo orden, que controlaban la interpretación y atemorizaban a los lectores, sino también la demolición de la autoridad de la obra de arte monumental... Las bastillas de la vieja literatura a saber: la realidad de la literatura, la creatividad del autor, la superioridad de los autores y de las obras literarias respecto de los críticos y los lectores y la integridad de la obra literaria, ya han sido tomadas por asalto. Los atacantes llevan muchas banderas, pero todos estaban relacionados con el radicalismo político de las décadas anteriores. Y todos sacaban su autoridad en diversos grados y maneras de dos escepticismos estrechamente vinculados: el estructuralismo y el posestructuralismo (Kernan, 76).

Las concepciones humanistas más viejas: la integridad de la obra de arte, la confianza en la imaginación creadora y en la perfección del artefacto creado, la existencia de una tradición de sana influencia, han desaparecido. Solo quedan textos abiertos a la interpretación: “La deconstrucción barrió con la vieja literatura y es muy improbable el retorno  de los presupuestos humanistas y positivistas que antes sustentaron la literatura romántica y modernista” (Kernan, 81).

Y viene algo muy importante en este panorama que ofrece Kernan: si bien la devastación ha sido contundente y eficaz, en realidad hace parte de una tarea intelectual ya vieja: la del relativismo, que, según advierte Kernan, parte de la conciencia de que la realidad y la verdad no se basan en otra cosa que en la parcialidad del observador. Kernan cita  a Rian Rotman, para recordar que todo esto hace parte de:

La tarea de desenmascarar. Lo que debe hacer (se) es mostrar cómo todo el aparato de la razón construido desde la lógica no es nada más que un vasto sistema de persuasión: la lógica es retórica, la verdad una ilusión producida por el argumento; y toda diferencia como esencia/apariencia, racional/irracional, falso/verdadero; al carecer sus términos de todo fundamento absoluto fuera de ellos, no tienen otra autoridad que la del lenguaje y la cultura que los produce (Kernan, 82).

Si bien la deconstrucción es una aplicación tardía de este proyecto intelectual (contra las creencias “primorosas” y arcaicas del genio creador, la obra de arte icónica, los mitos y los sentidos eternos, que vistos desde esta perspectiva, ¡sobrevivieron demasiado!), logró penetrar con tanta fuerza en la institución literaria por circunstancias coyunturales. Kernan menciona dos: la crisis de la alfabetización y el desplazamiento de los profesores de sus cursos de literatura a los de composición, es decir, el desaprovechamiento de su formación intelectual, que hizo que el desencanto cundiera y actuara como caldo de cultivo de la radicalización, la cual realizó su tarea de manera demoledora. Qué mejor resultado que una “nueva democracia” en la que  todos los críticos se igualan y todas la interpretaciones son validas. Lo complicado es que esa sensibilidad relativista se tomó también a los estudiantes y a la enseñanza que también entró en crisis.

Así queda configurado un claro panorama de lucha entre un viejo orden romántico y humanista y otro desenmascarador y relativista. Y si hacemos una primera conexión (por un lado, humanistas acogidos al ludismo, dispuestos a resistir; del otro, críticos posestructuralistas dispuestos a escuchar lo nuevo, todo aquello que ayude a consolidar su tarea deconstructiva), no resulta difícil entender por qué Landow y otros impulsores del hipertexto en literatura acuden a un llamado a la crítica posestructuralista para llevar  a cabo su promoción: nada tienen que hacer del lado de los humanistas, quienes confían todavía en los ideales románticos de la literatura y no están capacitados para escuchar sus planteami

© Jaime Alejandro Rodríguez
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