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Hipertexto
y anarquismo
(Hierarco vs. Anarco) |
SEGUNDA PARTE.—Hasta aquí lo que podríamos llamar las anticipaciones de la estética anarquista que convergen en las propiedades del hipertexto. Propiedades que según Landow reivindican sus tendencias democráticas e incluso anarquistas, y que podríamos resumir así: 1. Las facilidades del hipertexto: lexias, enlaces, etc., posibilitan el acceso no lineal a la información, así como la construcción no lineal y autónoma de formas narrativas a partir de opciones preexistentes. 2. Estas facilidades ayudan en la generación del pensamiento no lineal (asociado a la creatividad), y en la suspensión de un pensamiento jerárquico, lineal y logocéntrico, en favor de un proceder no lineal y nómada. Pero veamos ahora, los ensayos que se han dedicado a ofrecer sus miradas específicas alrededor de una política del hipertexto. Me referiré a los textos que recoge la segunda parte del libro Teoría del hipertexto que compila George Landow. En primer lugar, el interesante artículo de Charles Ess: El ordenador político. Hipertexto, democracia y Habermas, en el cual el autor demuestra cómo la teoría de la acción comunicativa de Habermas y su propuesta de un discurso ideal, garantizan teóricamente la reivindicación del potencial democratizador del hipertexto. En efecto, Ess parte de la observación de varios problemas al momento de confrontar los discursos de partidarios y escépticos de la reivindicación democratizante del hipertexto. Uno es la doble acusación de los escépticos acerca del carácter utópico (irrealizable) de dicha reivindicación, por un lado, y de su carácter ideológico, por otro. Es decir, la inconveniencia de saber si esa democratización que promete la práctica hipertextual es cuestión de preferencia, es deseable o puede imponerse como valor. Otro de los problemas que observa Ess, consiste en la poca atención que tanto apologistas como detractores han prestado al término y realidad misma de democracia, lo que hace que cualquier reflexión en torno a la conveniencia o no del potencial democratizador del hipertexto se convierta en especulación. Esta especulación se consolida aún más por la escasez de análisis empíricos o por los resultados más bien ambiguos que ofrecen los pocos estudios en cuanto a la correlación entre el sistema hipertextual y sus efectos democratizantes en situaciones específicas. Finalmente, Ess observa cómo una relación demasiado estrecha entre posestructuralismo y posmodernismo, como base teórica del hipertexto puede llevar a contradicciones tan fuertes que conduzcan a la conclusión de una tendencia antidemocrática en el uso de la tecnología del hipertexto. Acudiendo a la Escuela de Francfort y específicamente a Habermas, Ess promete ofrecer una garantía teórica para los defensores de la reivindicación democrática del hipertexto, punto por punto. Y es que el programa de Habermas de defensa de la democracia parte precisamente en el momento en que enfrenta la dificultad de demostrar que el impulso democrático es algo más que utopía o preferencia ideológica. Pero además, termina oponiéndose a sus predecesores en la Escuela de Francfort al mostrar que la razón e incluso la tecnología, cumplidas ciertas condiciones, pueden constituirse en agentes de democratización. La aplicación de esas dos especificidades del programa de Habermas, sumadas a la criticas que hace del posestructuralismo y el posmodernismo, le permiten a Ess prometer una intersección entre acción comunicativa e hipertexto favorable a los intereses de reivindicación del potencial democratizante del hipertexto. Ess hace un recuento de las distintas fases del trabajo de Habermas. Las dos primeras: la identificación de los supuestos básicos del discurso y la defensa de la condición universal de las afirmaciones universales en determinados tipos de discurso, le permiten a Habermas, en contra de una posición relativista, refutar las imputaciones del carácter ideológico de la democracia y afirmar su carácter deseable. Ess prosigue con el examen que hace de la noción de racionalidad comunicativa y finalmente revisa las condiciones ideales para el discurso y las normas de razón que se proponen, con lo cual Habermas esboza una razón comunicativa capaz de eludir las críticas dirigidas contra el paradigma cartesiano y la tecnología moderna, que además le permite contrarrestar la crítica del carácter utópico de la democracia, en la medida en que ofrece, a la par con un modelo “casi universal” de discurso, un espacio para sus realizaciones contextuales y específicas. Una de los aspectos más útiles y favorables a la reivindicación del potencial democratizante del hipertexto es el cumplimiento de las normas de razón del discurso que Ess resume así: 1 Todo sujeto con capacidad para hablar y actuar está autorizado
a participar en un discurso. Todo esto constituye una ética del discurso que, entre otras cosas, al partir de una relación con otros, evita la jerarquización y subordinación propias de la lógica dualista en el paradigma cartesiano. Pero también permite superar el aislacionismo del paradigma de Descartes, al autorizar el flujo de lo emocional y de la expresión individual. En la medida en que los teóricos del hipertexto puedan demostrar que la práctica hipertextual cumple estas normas de razón están garantizando, de un lado, la legitimidad de la preferencia por la democracia, de otro, su realización y hasta su comprobación. Y en la medida en que se garantice que la práctica no está viciada por coacciones, se estaría también ofreciendo un aval a las nuevas tecnologías, evitando así la tendencia al totalitarismo que preconizaban otros críticos. Finalmente, se ofrecería la posibilidad al hipertexto de superar la crítica de un carácter utópico, en cuanto es posible afirmar que la practica hipertextual es más que un ideal teórico y se aproxima a la praxis humana. Ess insiste en que la teoría de la razón comunicativa de Habermas es la que mejor puede avalar la reivindicación democratizante del hipertexto, y que su dependencia de teorías posestructuralistas o posmodernistas puede, en cambio, llevar esa reivindicación a contradicciones muy fuertes: Restringida al posestructuralismo y al posmodernismo, semejante teoría (la del hipertexto que respalde la reivindicación de democratización) se encontraría además con dos contradicciones internas, ya que respaldaría el relativismo que no hace sino reiterar la acusación de ideológica y llevaría a efectos antidemocráticos (Ess, 285). En primer lugar, porque no importaría la democratización sino cualquier opción, en la medida en que, desde este relativismo propio del posestructuralismo y el posmodernismo, no existen ideales universalmente válidos; y, en segundo lugar, porque la relativización de todas las distinciones e identidades, genera una pérdida del sentido de resistencia política, contraria a las acciones de defensa de la democracia. Pero también existe una tercera contradicción que parte de la critica que hace Lyotard de la tecnología moderna. Según Lyotard esta tecnología, y específicamente la tecnología informática, es un instrumento de totalitarismo. Así: Una teoría del hipertexto que recoja la reivindicación de democratización pero que dependa en exceso de ese tipo de posmodernismo (el de Lyotard) se enfrenta a una fuerte contradicción entre su apoyo fundamental al régimen democrático como valor justificativo del hipertexto y el ataque posmodernista contra las tecnologías mismas del hipertexto por terrorista (Ess, 287). En síntesis, Ess afirma que, en tanto es posible, de un lado, comprobar la observancia de la ética del discurso de Habermas en la practica hipertextual (especialmente por la convergencia del soporte mismo con las redes informáticas, y porque la organización del hipertexto en bloques y enlaces garantiza las normas de razón del discurso), y, de otro, exigir su cumplimiento a cabalidad, Habermas aporta una poderosa defensa teórica de la reivindicación de democratización del hipertexto. Otro de los artículos que ayuda a comprender la manera como se relacionan hipertexto y poder político es Rizoma y resistencia. El hipertexto y el soñar con una nueva cultura, en el cual su autor, Stuart Moulthrop, se vale de las propuestas de Deleuze y Guattari, para plantear las posibilidades y también las limitaciones del hipertexto en el horizonte político. Antes que nada, Moulthrop, proclama su confianza en que los cambios tecnológicos actuales posibiliten la reformulación del sujeto y una revisión realmente radical de la identidad y de las relaciones sociales. Establece, enseguida, una primera relación entre rizoma e hipertexto, asociando las propiedades del hipertexto a lo que Deleuze y Guattari han definido como espacios culturales lisos, en contraposición con los espacios culturales estriados. Los espacios estriados están dominados por la rutina, la secuencia y la causalidad. El espacio liso, en cambio, se define dinámicamente en función de la transformación. En la medida en que el hipertexto constituye un espacio para la improvisación y el descubrimiento, donde los usuarios pueden seguir múltiples líneas de asociación o causalidad, en lugar de tener que seguir las prescripciones de una lógica exclusiva, se acerca mucho más a la imagen de un espacio liso (que, por lo demás, corresponde a las características de una estética anarquista, en cuanto se opone al universo de hierarco: jerarquizado linealizado y prescrito). Esta vinculación entre hipertexto y espacio liso, hace que Moulthrop exprese de nuevo su entusiasmo: Así pues, puede que el hipertexto y los hipermedios representen la expresión del rizoma en el espacio social de la escritura. Si es así, podrían muy bien pertenecer a nuestros sueños de una nueva cultura. Podría resultar interesante, sobre todo si se quieren formular radicales reivindicaciones sociales, argumentar que el hipertexto proporciona un laboratorio o lugar de origen para una alternativa nómada de estructura lisa al espacio discursivo de finales del capitalismo (Moulthrop, 344). Y refuerza esa esperanza con la mención de otras reivindicaciones similares: la de Ted Nelson, por ejemplo, quien sugiere que los medios interactivos fomentarán el popularismo y la diseminación del conocimiento especializado por redes no convencionales o no oficiales. La de Jay David Bolter, quien señala la erosión gradual de las jerarquías absolutas en occidente y sugiere que las redes y los hipermedios asestarán el golpe de gracia. O la del propio Landow, quien sostiene que la exigencia de elección articulada en el hipertexto producirá un respondedor ilustrado y de por sí capacitado. Sin embargo, entra enseguida en un extraño escepticismo: ¿(Es posible) que el carácter obviamente liso de los nuevos sistemas de escritura sea más un engaño que un concepto al estilo Deleuze? (Moulthrop, 347). Escepticismo que surge por la lectura del artículo de un autor mucho más teórico que él (Moulthrop, en realidad es un escritor que ha incursionado en la escritura de novelas hipertextuales), que le produce una especie de sentimiento de culpa, de resaca, tras el arrebato. Me refiero al artículo, Física e hipertexto. Liberación y complicidad en arte y pedagogía, de Martin E. Rosenberg, incluida en la misma compilación de Landow. La extraña actitud de Moulthrop es, sin embargo, comprensible, pues el articulo en mención asegura, ni más ni menos, que la promesa de liberación que plantean los teóricos del hipertexto está contaminada por una secreta complicidad con el sistema que pretenden atacar: el logocentrismo, y que por eso es un vehículo inadecuado para las reivindicaciones sociales que pretende extrapolar. Para demostrarlo, Rosenberg se vale de una critica a la retórica que utilizan estos teóricos, que su vez ha sido tomada de la teoría critica posestructuralista y del posmodernismo. Rosenberg muestra, en primer lugar, cómo, si se siguieran al pie de la letra los tropos que estos teóricos han tomado prestados de la ciencia física, estos resultan no sólo imprecisos al interior del discurso, sino conducentes, por eso, a contradicciones muy fuertes. En efecto, la geometría a la cual se vincula el hipertexto es tan poco contingente como el propio cálculo diferencial, pues en realidad no hay una gran diferencia entre física antigua y física nueva: su lógica y sus objetivos siguen siendo los de precisar, de la manera más determinística posible, los fenómenos. Sólo cambia el corpus de observación: la física nueva se encarga ahora de reducir los fenómenos complejos a una ecuación. Para Rosenberg, el hipertexto sigue atrapado por la geometría que determina los marcos de nuestra consciencia logocéntrica, a diferencia de lo que podía haberse esperado de la vanguardia artística (de la que hereda, según Rosenberg, su programa), que se proponía poner en escena una geometría distinta y un modo de pensar diferente. Pero al hipertexto le pasa lo que a las obras de Duchamp: resulta un vehículo inadecuado para esa deseable transgresión. Y por más que lo proclame, estará unido, por complicidad, a un poder: el poder de la ciencia. De esta manera, Rosenberg denuncia esa complicidad: Lo que he descubierto es que estas nuevas estrategias de pensamiento, que imitan procesos de contingencia y se deben al diseño de las pautas de bifurcación de las lexias hipertextuales, no hacen sino representar de nuevo los mismos patrones logocéntricos y geométricos que el programa informático intenta subvertir (Rosenberg, 330) El hipertexto y sus aplicaciones en arte y tecnología terminan,
para Rosenberg, encarcelados en el logos que combatían: la no linealidad
no conduce a la liberación, porque pasa por una linealidad necesaria,
y porque la propuesta misma está vinculada epsitemológicamente
con la perspectiva geométrica de la física y con el “estasis
del logocentrismo” (Rosenberg, 332). Frente a este riesgo, Moulthrop propone arriesgarse con el medio. Y es en el trabajo con el medio, con el soporte hipertextual, como realiza un descubrimiento fundamental: al invadir el espacio nómada se realiza necesariamente un trabajo de estriamiento de ese espacio. Al fin y al cabo, son los propios Deleuze y Guattari, quienes lo habían previsto: espacios lisos y estriados solo existen mezclados: el espacio liso es constantemente traducido, transcrito en espacio estriado; y el espacio estriado es constantemente invertido, convertido en nuevo espacio liso: Nuestro trabajo en hipertexto implicará una alternancia constante entre nomos y logos. Crearemos estructuras que se deconstruirán o se desterritorializarán y que remplazaremos con nuevas estructuras, volviendo a pasar del espacio liso al estriado y empezando de nuevo el proceso (Moulthrop, 359). Es una especie de lección de la inutilidad de la resistencia, que corrige la imagen de las culturas soñadas anteriormente (incluida la del paraíso anarquista): El hipertexto —y sus primos por el momento todavía lejanos: la realidad virtual y el ciberespacio— no producirán enclaves anarquistas ni utopías piratas. Rosenberg tiene razón: con nuestras disculpas a todos los teóricos utopistas, el hipertexto no nos liberará de la geometría, ni del método racionalista, ni de los demás efectos secundarios y rutinarios del pensamiento alfanumérico (Moulthrop, 358). Moulthrop adquiere así, ejemplarmente, la conciencia de que el hipertexto es menos una ruptura que una transición y como tal es, por ahora, un objeto híbrido, intersectado por operaciones jerárquicas y deseos anárquicos; incumbe al dominio de lo liso-estriado, al espacio de la hibridez. |