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Novela Colombiana

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Como ocurría
con el de Leonardo,
el secreto de Silva está en sus obras
y es allí donde hay que ir a buscarlo.
Ricardo Cano Gaviria
Como lectores de De Sobremesa,
nos enfrentamos a un hecho singular: José Fernández, el
protagonista de la novela, autor de un diario que lee a sus amigos (y
que por la magia de la escritura podemos nosotros conocer simultáneamente),
autor también de varios libros de poesía (aunque inmerecedor,
a su propio juicio, del calificativo de poeta), es un enigma: ¿cómo
llegó a ser lo que es?, ¿por qué dejó de escribir
poesía?
El suspenso de una respuesta
satisfactoria se mantendrá hasta el final. Ni siquiera el diario
-en el que, ingenuos, ponemos todas nuestras esperanzas- nos la podrá
ofrecer, no sólo porque es apenas una promesa, sino sobre todo
porque los hechos registrados en él son ambiguos y, pese a los
detalles, extravagantes (¿qué más se podría
esperar de las memorias de un joven proclive a los delirios y de una narración
tan íntima, tan llena de simbolismos; una narración que
por otro lado, no nos pertenece?. Sólo que, a esa altura, ya no
reclamamos ninguna veracidad: hemos sido conducidos (a través de
los giros de la historia -entre casuales e inverosímiles-, de la
visión intimista y hermética del mundo que posee el autor
del diario, pero sobre todo por los efectos de su escritura) a la irrealidad.
¿Cómo ha sucedido?
¿Qué significa? ¿Qué sentido tiene este artificio?
Intentaremos aquí ofrecer una respuesta.
Partiendo del concepto de fantasía
propuesto por Friedrich para definir la estrategia de desrealización
de la realidad que lleva a cabo la estética modemista de Baudelaire,
examinaremos las maniobras particulares con que De Sobremesa -novela del
llamado modernismo hispanoamericano- consigue ese desplazamiento de lo
real. Luego mencionaremos la presencia de éstas y otras estrategias
similares en novelas colombianas posteriores y finalmente anunciaremos
la tesis, según la cual De Sobremesa constituye un antecedente
de la escritura posmodema en Colombia que exige el replanteamiento de
la historiografía y de la lectura (crítica) de la novela.
***
¿Tiene sentido la poesía
en una sociedad altamente tecnificada y mercantilista? La respuesta afirmativa
a esta pregunta -que bien podría formularse hoy con toda vigencia-
constituye la base de lo que se ha llamado la estética modernista,
cuya primera manifestación consistente es la obra (tanto estética
como reflexiva) del poeta francés Charles Baudelalre. Tres teóricos
del modernismo (Hugo Friedrich, Marshall Berman y Matei Calinescu) así
lo confírman
En efecto, apartándose
conscientemente de la reacción negativa a este cuestionamiento
ofrecida por los románticos -y pese a la condena a muerte para
el arte en sus funciones sociales que desde el ideario burgués
proferido por Hegel se había dictaminado unos años antes-,
Baudelaire logra formular una réplica afirmativa, cuyas principales
tesis pueden agruparse en estas cinco condiciones.
1. A diferencia del romántico,
el poeta modemo no se apoya en su yo empírico (en sus vivencias
personales), sino en un yo abstracto, alejado de lo autobiográfico;
su poesía descansa sobre una sensibilidad creada ficticiamente
a donde fluyen, con cierta supraperspectiva, los sentimientos del hombre
que se sabe víctima de la modernidad y presa de un mundo que, pretendiendo
ser un nuevo cosmos, ha convertido su habitat en un auténtico caos.
2. Una alta conciencia formal.
No es suficiente la expresión espontánea del horror que
pueda causar para el poeta esa visión consolidada de la prosaización
del mundo , es necesario ahora contraponer al caos real un cosmos formal,
una arquitectura. El poema se separa así del corazón
y la forma del contenido. Aquél se concentra en la denuncia de
lo caótico, de lo tenebroso y lo anormal; ésta expresa
la urgencia del orden. La respuesta afirmativa de Baudelaire, acerca del
sentido de la poesía, se puede comprender desde una perspectiva
filosófica cuando se atiende al impacto provocado por el cierre
que, la formulación hegeliana de "lo real es lo racional", hace
de las funciones sociales del arte. Desde una visión clásica,
el arte tiene sentido en cuanto constituye una vía de acceso no
racional a los misterios de la vida. Pero si la sociedad ya no cree en
el misterio (pues la razón sería potencialmente capaz de
explicarlo todo), entonces el arte queda relegado a una actividad ancilar.
Ahora: ¿es tan cierto que el misterio ha desaparecido?
Baudelaire encuentra que no;
que la pretendida racionalización del mundo produce efectos negativos,
anticuerpos. Específicamente en el habitat moderno: la ciudad (cuyo
ideal es el modelo hausnianniano), el proyecto de una racionalización
de la vida conduce a paradojas insalvables: los ojos de los pobres
, la irremediable radicalización del conflicto entre clases sociales,
la vida clandestina -manifiesta en la proliferación de los bajos
fondos a dónde no llega el orden ciudadano-, la locura, la neurosis,
en fin el spleen. Estas paradojas sociales, morales y personales son el
nuevo misterio, el material poético moderno.
Pero, "lo feo" como materia constituye
ahora el reto del poeta, pues este material debe alcanzar un estatuto
estético, exige operaciones muy conscientes de formalización,
su organización matemática, su ordenación cósmica.
3. Una estrategia de choque para
la conciencia del lector .El efecto "estético" de la nueva poesía
debe ser la apertura del discernimiento del lector, la posibilidad
de que haga conciencia de estas paradojas; lo cual distanciará
al poeta moderno del ideal romántico de la solidaridad. No se trata
ya de "lloremos todos juntos, alejémonos de la ciudad y reconstruyamos
el mundo", sino de un "aceptemos nuestro tiempo, pero con conciencia crítica",
una conciencia que sea capaz de revelar que todos estamos embarcados en
el horror de la deshumanización, en el caos de la descomposición
social, en la progresiva decadencia del alma y en el progresivo dominio
de la materia. Desagradar, provocar el ataque de nervios, distanciar,
esas son las motivaciones estratégicas de una poesía que
se hace a sí misma poesía crítica y que para ello
en fila todas sus baterías, tanto materiales como formales.
4. Una conciencia del lenguaje
poético como instrumento mágico capaz de abrir la recepción
más allá de lo que la racionalidad permite. Si lenguaje
y cultura estructuran (construyen) la realidad en el sentido de que le
dan forma a un proceso de percepción, a "un algo inconmensurablemente
misterioso e infinito", cuya organización depende del tipo de lenguaje,
podríamos, desde esta perspectiva, explicar el hecho de que el
lenguaje poético exija una visión poética del mundo.
A la lengua normal le corresponde una conciencia normal o vigilante, a
la lengua poética corresponderá una conciencia no sólo
estética, sino visionaria o incluso mística; le corresponde
en últimas una "apertura de las puertas de la percepción"
y la adquisición de otros tipos de conciencia, distantes del que
ofrece la estrecha visión racional y científica (y qué
decir de la visión mercantilista) del mundo. Su capacidad de sugestión,
su natural desviación de la norma, su precaria vinculación
con lo objetivo, su alta necesidad autorreferencial, su esfuerzo
centrípeto, garantizan que pueda constituirse en el vehículo
perfecto de esas otras percepciones y conciencias. Y todo esto es lo que
el poeta moderno, en solidaridad con su alta autoconciencia formal y su
necesidad crítica, promueve.
5. Así como existe
una consecuencia estética, también existe una consecuencia
ontológica: la desobjetivación y la recuperación
de la misteriosidad del mundo, nacida de esa fuerza del lenguaje poético,
pero sobre todo de la puesta en marcha de una fantasía creadora,
entendida por Baudelaire como esa facultad humana capaz de desatar las
fuerzas de la imaginación hasta abrir dimensiones inéditas
desde la estrecha realidad racional. La poesía moderna no es realista,
es crítica de la realidad inmediata, es asco de esa realidad, es
exploración.de lo "irreal", es descomposición y deformación,
más que imitación de lo real. La fantasía descompone
y deforma esa realidad y con los materiales que resultan de ese proceso
crea un nuevo mundo, esta vez desestructurado y por lo tanto, libre de
las consecuencias fenomenológicas de la racionalidad.
***
Casi cuarenta años después
de que Baudelaire formulara la pregunta sobre el sentido de la poesía
en el mundo desentrañado y tecnificado de la modernidad, en un
lugar inesperado , un oscuro poeta replantea similares interrogantes,
esta vez mediante una novela . Pero la formulación del interrogante
ha evolucionado, Ya no es: ¿tiene vigencia la poesía? Ahora
es: ¿por qué un poeta deja de escribir? Una pregunta que
devela cuán largo habría de ser el camino emprendido por
Baudelaire, cuán compleja se habría de tomar la conflictiva
relación entre una modernidad histórica y una modernidad
estética . Una pregunta cuya respuesta ya no podrá ser tan
clara, pero que, por su simple planteamiento, está ya demostrando
la presencia de una conciencia moderna en nuestro medio.
Pero es examinando los rasgos
de modernidad que posee De Sobremesa como podemos entender de qué
manera la pregunta con la cual parte la novela -su desarrollo, su dramatización
y finalmente el fracaso de una respuesta- constituye un avance y a la
vez una anticipación de las posibilidades del arte y la poesía
en una sociedad embarcada en la modernización. Estos rasgos de
la modernidad literaria de De Sobremesa podrían sintetizarse en
cuatro características.
El poeta como figura protagonista
del relato. Tal como lo advierte Gutiérrez Girardot , ahora (en
medio de la sociedad burguesa moderna), la vida de los artistas -en cuanto
excepción, en cuanto desvío, en cuanto marginalidad- se
hace novelable, aparece la "novela de artistas" como reacción consciente
(y como gesto romántico) del poeta a su exclusión: ... fueron
dos autores románticos..., Wilhelm Heinse... y Friedrich Schiegel...
quienes en sus novelas Ardinghello y las islas bienaventuradas (1787)
y Lucinde (1799) trazaron los perfiles del artista como "genio" o como
marginado rebelde y afirmación consciente de esa marginación,
y al mismo tiempo convirtieron al artista en objeto novelable, es decir,
crearon la "novela de artistas" (Gutiérrez Girardot, Modernismo,
pág. 37).
Una novela que desarrolla ahora
la pregunta sobre el sentido del arte y de la poesía y que dramatiza
este cuestionamiento y esta reacción contra el nuevo orden haciendo
de los artistas sus protagonistas, quienes se afirman mediante la
negación de la sociedad y del tiempo en que vivieron y en la búsqueda
de una utopía Ardinghello), de una plenitud (Lucinde) o de mundos
lejanos y pasados (Gutiérrez Girardot, Modernismo, pág,
39).
A medida que se afianza, la novela
de artistas deviene como la expresión análoga en prosa de
la poesía modemista (que el mismo Baudelaire había anticipado
como posibilidad en sus pequeños poemas en prosa), no sólo
en cuanto reacción contra los valores impuestos por la modernización
de la sociedad burguesa; sino en la medida en que esa estela romántica
de los contenidos (búsqueda de utopías y de mundo lejanos)
se hace cada vez más compleja (por su propia evolución)
a servir mejor -incluso que la poesía misma- para expresar la cada
vez más irresoluble relación entre la modernidad histórica
o técnica y la modernidad estética.
Y es precisamente la pregunta,
ya no por la poesía, sino por el poeta, la que va a caracterizar
estas novelas de artistas, tal como sucede con De Sobremesa, cuando José
Femández advierte:
Publiqué un tomo de malos
versos a los veinte años ... ; otro de versos regulares a los veintiocho...
Me llamaron poeta desde el primero, después del segundo no he vuelto
a escribir ni una sola línea y de hecho nueve oficios diferentes,
y a pesar de eso llevo el tiquete pegado.... (Silva, pág. 33) .
Y, a renglón seguido,
confiesa:
... la razón íntima
de mi esterilidad que me echas en cara, tú sabes bien cuál
es: es que como me fascina y me atrae la poesía, así me
atrae y me fascina todo, irresistiblemente: todas las artes, todas las
ciencias... ¿Qué quieres, con todas esas ambiciones
puede uno ponerse a cincelar sonetos? (Silva, pág. 34).
También en el orden de
los contenidos, surge una segunda característica de modernidad
en De Sobremesa: su capacidad de crítica social. Y esto, de una
manera natural: si el artista es, no solamente el marginado, sino quién
mejor está dotado para esclarecer qué clase de exclusión
practica el sistema burgués, es a través de él, de
su rol protagónico, como mejor se puede vehicular una crítica
social, que, recordemos, es uno de los efectos deseables en una estética,
modemista, empeñada en demostrar las paradojas de la racionalización.
La capacidad de crítica del artista proviene de esa tensión
de la doble vida de la que nos habla Gutiérrez Girardot, según
la cual se es un antiburgués, pero se tiene que nadar en las aguas
de la burguesía (Gutiérrez Girardot, Modernismo, pág,.
41). Por esa razón, vemos a Fernández, en sus momentos de
lucidez, elaborando una visión crítica del decadente estado
de cosas de la Colombia de su época e incluso atreviéndose
a formular un plan de reforma y toda una estrategia político-económica
para salvarla. Gutiérrez Girardot, nos recomienda por eso una lectura
"política" de De Sobremesa, en cuanto que Fernández-Silva
no hace una crítica temática y detallada a la sociedad tradicional
e incipientemente burguesa de Bogotá. Hace una crítica
indirecta a su estado actual, a la política que ella engendra.
La marginalización del poeta y del artista en la sociedad burguesa
provocó no sólo la reacción de los marginados esto
es las novelas de artistas... sino la transformación del dandy
heroico en una nueva visión del rey filósofo de Platón
(Gutiérrez Girardot, "Prólogo" , pág. 20).
Pero -a nuestro juicio- es a
nivel de su tratamiento formal, donde De Sobremesa se hace -por decirlo
así- más moderna. Y ya no sólo porque en lo formal
ponga en práctica otro tipo de "reacción contra el orden"
(incluyendo ahora una insólita heterogeneidad de elementos en su
composición: diálogo, diario, ensayo, testimonio, etc.),
sino porque a través de su práctica discursiva surge el
efecto realmente modernista: la fantasía, la apertura de la estrecha
calidad racional, la desrealización.
Dos elementos constituyen el
eje de ese alcance: la intertextualidad y la puesta en abismo. De Sobremesa,
como veremos, no hace más que potenciar la naturaleza estructural
de la novela; un género que, como ningún otro, exige el
proceso de escritura-lectura en la base de su comunicación. En
efecto, el desplazamiento de la "realidad" (que en la poesía se
lograba mediante la trashumancia del lenguaje poético por los caminos
de la analogía y de la sonoridad hermética), en esta novela
se alcanza más propiamente mediante la yuxtaposición de
los dos planos de su comunicación: de un lado, la escritura de
las lecturas (intertextualidad), de otro la fractura y deconstrucción
de las fronteras entre ficción y realidad (puesta en abismo). Recordemos:
De Sobremesa comienza con una invitación a leer un diario. Dentro
del diario que el protagonista lee a sus amigos -y que simultáneamente,
corno lectores finales, leemos también- hay inicialmente la referencia
a unas lecturas que recientemente ha hecho Femández. De modo, que
muy pronto, estamos inrnersos en la lectura de una lectura. Este sólo
hecho rompe ya los marcos tradicionales y nos envía a ese espacio
de lo irreal, donde todo es autorreferencia, donde ya será imposible
distinguir qué es ficción y qué es realidad, es decir
al espacio baudeleriano de la fantasía, donde todo es lenguaje:
hemos sido desplazados por su fuerza centrípeta.
De otro lado, un simple análisis
de la intertextualidad de la novela nos confirmará que el texto
no pretende en realidad dar cuenta de una referencia real, sino volcarse
sobre sí mismo y ofrecer ese desplazamiento que ha hecho del mundo
una escritura, es decir que postula una ontología distinta a la
que ofrece el esquema racional realista del ideario burgués.
En efecto, afirmábamos
que el diario de la novela comienza con la consignación que Femández
hace de las lecturas de dos textos: el Diario de mi vida de María
Bashkirtseff y Degeneración de Max Nordau. Cada uno de estos textos,
no sólo prefigura los acontecimientos "reales" que se registran
en el diario de Femández, sino que son su modelo y posiblemente
su única referencia.
Se registra así el comienzo
del diario (3 de junio de 189 ... ): "La lectura de dos libros que son
como una perfecta antítesis de comprensión intuitiva y de
incomprensión sistemática del arte y de la vida, me han
absorbido en estos días..." (pág. 43). La lectura del diario
de mi vida pronto induce a Femández a la invención, a la
transcreación, a la paráfrasis, a la exaltación.
La lectura del texto de Nordau, en cambio, le produce asco y temor. Y
serán esas dos actitudes: la del romántico -que cree en
lo sublime y en la comprensión intuitiva- y la del pragmatismo
. -que requiere de lo sistemático- las que se alternarán
en adelante en lo que, debemos creer, han sido las aventuras de José
Femández por Europa.
En realidad esta parte del diario
de Femández (la narración del viaje), si bien nos pone en
contacto con la "realidad", está plagada de contradicciones y de
ambigüedades: ¿Cómo es posible, por ejemplo, que se
afirme el 30 de junio (es decir, poco menos de un mes después del
comienzo del diario en el que Femández confiesa estar imbuido en
la lectura) que "hace meses no he abierto un libro y he abandonado el
griego..." (pág, 68)? ¿No resulta demasiado truculento y
abrupto el registro del crimen de la Orloff, apenas unos días después
de la lectura de los textos de Nordau y Barrés? (págs. 62
y ss.). ¿No nos confiesa el mismo Femández que exagera al
escribir (pág. 60) o que debió estar loco cuando escribió
todo eso (pág. 84)? ¿No está Femández, durante
la escritura del viaje narrado, constantemente enfermo o delirante o todavía
bajo los efectos del opio? ¿Cómo dar crédito a lo
allí consignado? ¿No ha sido todo una fantasía, a
juzgar por lo que se consigna al cierre del diario?
¿Muerta tu Helena?...
Tu no puedes morir. Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo
un sueño luminoso de mi espíritu; pero eres un sueño
más real que eso que los hombres llaman la realidad. Lo que ellos
llaman así es sólo una máscara oscura tras de la
cual se asoman y miran los ojos de sombra del misterio, y tu eres el misterio
mismo (p. 223).
Más que para desmantelar
la estructura o para criticarla, estas "objeciones" a la verosimilitud
de la novela, se han hecho para corroborar que la verdad referencia3 no
tiene aquí mayor sentido: es la verdad autorreferencial (la que
surge de la escritura misma, la que brota de haber desplazado la realidad,
de haberle abierto) la que tiene significado. Quizás Helena (y
todo el mundo que gira alrededor de ella) no existió en la "realidad",
pero, ¿acaso importa?
Al código referencias
se ha yuxtapuesto así un código de escritura: no la mímesis
de la realidad, sino la palabra a secas, es decir, el lenguaje, única
solidez erigida en un universo conjetural donde el oficio de nombrar no
queda respaldado por realidad ni identidad alguna: el imperio de la palabra
se sostiene a sí mismo y da cuenta de sí mismo. Allí,
Femández y Helena -y las aventuras y las referencias- son lenguaje.
Nosotros mismos (lectores involucrados inevitablemente en la estrategia),
más acá de toda afirmación presuntuosa de existencia,
somos lenguaje. La literatura se postula a sí misma como modelo
de vida, la escritura se vuelve más rica que la vida (¡Oh!
Qué delicia la de escribir después de instalar un gobierno
de fuerza" -pág. 77-, nos confiesa Femández): la literatura,
es decir, el lenguaje, es decir, la invención, es decir la fantasía
creadora, equivalen a la única realidad, a la realidad -frente
a la indefinición de todos lo demás- indiscutible. Se ha
abierto pues, una puerta ontológica, contrapuesta a la que ofrece
el realismo. Un resultado que puede equipararse al del Nocturno, cuando
también lo irreal irrumpe con todo su derecho, cuando el misterio
recupera su posición y deja de rendirle cuentas a la racionalidad
burguesa.
Es desde ahí desde donde
debería hacerse la lectura política de De Sobremesa, porque
lo realmente subversivo es la afirmación implícita de que
todo es escritura, de que el mundo es una escritura, es decir una ficción.
Este programa, así entendido, subvierte, con su cuestionamiento
(¿qué eso que los hombres llaman realidad?), cualquier esquema
cultura3 al que se enfrente, cualquier esquema de valores y creencias,
es decir, cualquier esquema pretendidamente racionalista, es decir cualquier
esquema burgués.
***
Y las consecuencias son impresionantes.
En primer lugar para la escritura (tensionada aquí en Colombia,
como en toda Hispanoamérica, por dos líneas de desarrollo:
la novela de observación y la novela conscientemente artística
). Es lo que en otro lugar he llamado: antecedentes de una escritura metaficcional
posmodema en Colombia y cuyo conjunto constituye algo así
como el vehículo de una tradición subrepticia que hace del
lenguaje el tópico fundamental de la escritura novelesca.
Pero me interesa más reivindicar
aquí las consecuencias para una lectura (es decir, para una crítica),
en cuanto resulta mucho más lenta como instrumento de visualización
del fenómeno que acabamos de exponer. Dos ejemplos ilustran este
hecho: de un lado la recepción tardía y siempre mal entendida
de la novela de la que nos ocupamos. De otro, la lectura "realista" de
La Vorágine, novela de José Eustasio Rivera, valorada por
lo ceneral más como documento que como estrategia desobjetivadora.
Lo que importa en este tipo de lectura realista-.aún en el caso
de una lectura política (seguramente provechosa) como la propuesta
por Gutiérrez Girardot- es la relación de diferenciación
del texto con una realidad, con una referencia (se pretende así
relacionar la realidad y la ficción, la verdad histórica
y la imaginación literaria, pero siempre convencidos de que se
pueden diferenciar).
Sin querer descalificar esta
lectura "moderna" del texto, deseo proponer la posibilidad -a partir de
la lectura "posmodema" de De Sobremesa- de replantear las genealogías
de la novela en Colombia, de modo que a una atención a las condiciones
culturales y sociopolíticas de surgimiento de la novela se sume
una atención y una construcción de las coordenadas que den
cuenta de la vinculación de un juego de afinidades creativas (atención
a los procedimientos técnicos, estructuras narrativas, relaciones
intertextuales, etc.), de modo que se pueda contar con un instrumento
capaz de iluminar nuevos aspectos de las relaciones literarias en el horizonte
de un panorama cultural más intemacionalizado. No en vano Rama
expone como uno de los rasgos del modernismo hispanoamericano precisamente
la intemacionalización.
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