Primera parte: Posmodernidad  

Crítica literaria y posmodernidad

ENCRUCIJADA DEL SENTIDO

En primer lugar, revisaré algunas de las consecuencias del cuestionamiento mismo de la diada literatura/realidad (que puede ser ampliado al de la diada ficción/realidad). El cuestionamiento de la diferencia literatura-realidad debe considerarse como uno de los puntos de irradiación de la actitud anti-discursiva de los escritores posmodernos, en cuanto conciencia de que todo discurso es construcción de una realidad, es decir, en cuanto conciencia de que toda realidad es formulación, escritura verosímil, verdad arbitraria, literatura. Una disolución de la diada implica, por tanto, un tipo de postontología, implica aceptar que la realidad sólo es el resultado de considerar lo real como texto, es decir, que la realidad es solo símbolo de lo real.

En este sentido (dado que no tenemos acceso a lo real, dado que debemos contentarnos con formulaciones, símbolos, escrituras) las tareas del artista y del crítico se reducen a una misma función: producir la realidad, el hecho.  Si el evento, el ser, es imposible de "atrapar" y lo único que puede conocerse de él es su transformación en escritura y su divulgación, su estructuración, su interpretación, la realidad (toda realidad) sería ficción.  La literatura, por tanto, no sólo es un reflejo de lo real, en cuanto sería, al menos,  parte de la única realidad posible para nosotros: la realidad simbólica, sino que la literatura sería el modelo de lo real, sería la única realidad.

Quién hace critica literaria, quién interpreta esa parte de la realidad, qué es la obra literaria, estaría a su vez haciendo literatura; no habría una diferencia real entre literatura y crítica, habría una especie de continum literario en el que se disuelve toda diferencia y en el que la crítica literaria como tal sólo permanece como parte de ese ejercicio (problemático) que es la literatura.

Ahora, una critica literaria "diferenciada" sólo es el espejismo que resulta al considerar que la verdad posee un carácter metafísico (olvidando que, sobre todo, es un evento abierto en todo el horizonte del ser).

En este sentido, la propuesta de Janke, sobre la necesidad de un pensamiento postontológico, puede guiarnos hacia una salida de esta encrucijada.  En síntesis, Janke propone pensar el ser conservando su complejidad, lo que obliga a replantear las categorías del discurso ontológico tradicional.

Al trasladar ésta nueva mirada ontológica al pensamiento del ser de la obra literaria nos  enfrentamos a una doble exigencia: reconocer el ser de la obra en sus propias determinaciones (lenguaje, verdad y existencia), superando los modelos preestablecidos de conocimiento, de "precisión" reductiva y objetivizante; y, además, renovar la relación de estas determinaciones con las categorías fundamentales del Ser (que se mantienen por ser, justamente, "fundamentales" pero que restauran su significación en la complejidad y la pluridimensionalidad).

A partir de la relación con las expresiones que rompen con la lógica unilateral tradicional, es posible, por ejemplo, reformular el significado de las categorías de tiempo y espacio.

El tiempo se abre a la tridimensionalidad, a la sincronía, al instante y la simultaneidad:  "...la ruptura de la temporalidad libera súbitamente este presente temporal de todas las actividades e intencionalidades que lo llenan y hacen de él un espacio para la praxis."  (Jameson, p.66).  Las grandes temáticas modernistas del tiempo y la temporalidad, la "durée" y la memoria son abandonadas.  Esto se traduce en una liberación del espacio —tradicionalmente sometido a la temporalidad—, que se convierte en la categoría fundamental de la expresión estética y cultural: "...nuestra vida cotidiana, nuestra experiencia psíquica y nuestros lenguajes culturales están actualmente dominados por categorías más espaciales que temporales, habiendo sido estas últimas las que predominaron en el período precedente del modernismo propiamente dicho." (Jameson, p. 72).

El tejido trazado por el lenguaje es ahora espacial: fragmentos discontinuos, recortes, módulos.  Esta lógica del espacio se muestra en un rasgo expresivo fundamental: el juego, porque es en la combinación de relaciones espaciales donde el juego se configura a sí mismo.  Como anota Gadamer:  "el movimiento del juego como tal carece en realidad de sustrato.  Es el juego el que se juega o desarrolla; no se retiene aquí ningún sujeto que sea el que juegue.  Es juego la pura realización del movimiento"  (Gadamer, Verdad y Método, p.146).   Y más adelante: "El juego se limita realmente a representarse.  Su modo de ser es, pues, la autorrepresentación". (Ib, p.151).  En consecuencia, el juego elimina la escisión entre sujeto y objeto, sólo admite jugadores no espectadores.  El lector se transforma en jugador y la lectura en juego =por esto, el concepto de "doble productividad" es fundante tanto en la expresión como en la crítica).  Además, el juego no se relata y así anula la crítica como "relato".

Así como el espacio urbano, también el espacio literario ha sufrido una transformación.  Este nuevo "hiperespacio" aparece "como un imperativo que ordena el nacimiento de órganos nuevos, la ampliación de nuestra sensibilidad y de nuestro cuerpo hasta unas dimensiones nuevas..."(Jameson, P.88).  Aunque las teorías de análisis dan cuenta de una gran parte de posibilidades expresivas, sus esquemas son cada vez más limitados.  Si bien no se pretende la sustitución de los modelos críticos por otros, debe reconocerse la necesidad de una nueva lectura. Si las categorías del ser de la obra se han renovado, la lectura crítica debe ser consecuente y apuntar al "cultivo" de la complejidad y no a la "precisión" simplificadora de los modelos impuestos .

© Jaime Alejandro Rodríguez
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