¿Devenir mujer en
Mrs. Caldwell habla con su hijo?
EL PLANO DISCURSIVO
Así que la ventriloquia es apenas una estrategia, dentro de una
intención más amplia. ¿Cual es? ¿Importa saberlo?
¿Afecta eso la lectura? Tal vez no. Pero podría ensayarse
la siguiente hipótesis: la estrategia de Cela que consiste en construir
un texto peligroso y subversivo (para el orden simbólico) y encubrirlo
a la vez, responde a la necesidad de evadir la censura que durante la
época en que fue escrito y publicado el texto aún permanecía
en la España del primer Franquismo.
En su artículo, El discurso prohibido por la censura durante
el primer franquismo, Manuel L. Abellán describe en forma documentada
y precisa, cuáles fueron las motivaciones y también los
mecanismos del aparato de censura montado por el gobierno de Franco, tras
su victoria. Según el autor, durante el primer Franquismo (años
cuarenta a sesenta), “se prohibe en España, la nueva España,
la circulación de obras antiespañolas, anticatólicas,
pornográficas y disolventes en general” (184). Se trata de crear
un nuevo sujeto ideológico, bajo la consigna de una españolidad,
un catolicismo y una moral que no podía ser vulnerada y menos por
una “literatura pornográfica” (que llegó a considerarse
como el arma más eficaz contra esos nuevos propósitos ideológicos),
de manera que se prohibieron explícitamente “toda clase de impresos
y grabados pornográficos o de literatura socialista, comunista,
libertaria y, en general, disolvente” (185). Por lo descrito por Abellán,
la censura se montó con eficiencia y sobre todo con la paranoia
propia de estos aparatos: no escaparon de sus garras, según Abellán,
ni enemigos políticos, ni epígonos del franquismo, ni clásicos,
ni modernos, de modo que no es aventurado afirmar que incluso autores
ya consagrados como el propio Cela tuvieran que enfrentar esta censura.
Afirma Abellán: “Ante la rotundidad y eficacia del control sobre
la venta y distribución de literatura en general, sería
innecesario consignar que toda la trasgresión del discurso ideológico
y moral resultaba a todas luces imposible” (193). Pero, a su vez, esto
generó un público ávido en lecturas sugeridoras (194)
y “la imposición exteriorizada de un discurso moralizante y moralizador
trajo consigo la aparición de sucedáneos”(195). Es bajo
este clima que se escribe y publica Mrs. Caldwell habla con su hijo, un
libro que perfectamente puede ofrecer una doble faz en el sentido de enmascarar
una crítica y a la vez llenar una expectativa de ese público
ávido. En ese orden, cobra interés la afirmación
de Jorge C. Trulock en el prólogo: “Allá en el año
53, cuando aún no existía el sexo (por efectos de la censura),
apareció de la mano de la poesía, y de qué manera:
una llamita, un rescoldo, el soplo de brisa y una explosión. Y
la risa de los pazguatos explotó, también, por los aires...
cuánto amor (incestuoso), cuánto sexo... (Prólogo
a Mrs. Caldwell, 19). Esa explosión de la que habla Trulock puede
explicarse por la apreciación de Abellán: “se estaba abriendo
cuando menos el apetito sensual, si no sexual, y se provocaba la agudeza
de los sentidos en la búsqueda de cualquier denotación orgiástica,
si la hubiere, en los textos” (197). Exigencia de una recepción
distorsionada que seguramente genera una expresión nueva, enmascarada,
del discurso prohibido. Y así como la dinámica recepción/producción
del discurso sexual encuentra una salida, posiblemente lo antiespañol
y anticatólico también lo haría.
Bajo esta perspectiva es posible plantear que Mrs. Caldwell constituye
una estrategia para evadir la censura, pues a la vez deconstruye el orden
imperante, y a la vez auto-reduce su peligrosidad: Cela construye los
papeles, que, como se ha visto, por su exposición, por su manera,
por la actitud que vehiculan, tienen un carácter subversivo (o,
al menos, insubordinado); y paralelamente, los arropa con el manto del
desvarío, los justifica y de ese modo reduce su poder. El riesgo
de esta estrategia está, precisamente, en que los lectores que
encuentre sean todos unos “pazguatos”, incapaces de comprenderla en su
dimensión contradiscursiva. Sin embargo, el solo peso extensivo
de los papeles podría garantizar cierta eficacia al momento de
su recepción. En realidad habría que emprender un estudio
de la recepción concreta de la obra y de la manera como se asimiló
(o no) su estrategia evasora, para aventurar conclusiones más sólidas.
Lo cierto es que no sólo en lo formal, sino en su contenido (re-leyendo
ahora los papeles desde esta perspectiva), podrían encontrarse
transgresiones tanto a la censura sobre lo sexual, como también
a la que controlaba el contradiscurso político. Así por
ejemplo el fragmento # 43: Las monarquías, es una declaración
más o menos explícita de defensa a la monarquía:
“Resulta entretenido pensar en las monarquías”, escribe Mrs. Caldwell
y más adelante, tras una vuelta aparentemente inconexa, declara:
“defendamos nuestra propia monarquía porque es el último
reducto de nuestro corazón... No defendamos, tercamente, el endurecido,
el encallecido Rey... pero la monarquía necesita un Rey: un Rey
que haga latir, con cierto objeto, nuestro insaciable corazón”.
En el fragmento # 65: los sucesos, hay también un tono de denuncia,
que luego se diluye con la estrategia de la insubordinación: “Hay
gentes muy importantes, Eliacim, gentes de una real y no fingida y tolerada
importancia, que se desviven por los sucesos, los atropellos, los descarrilamientos,
los raptos, los asesinatos”. En el fragmento # 73: El ganado en el establo,
se emplea otra estrategia: se aporta una imagen inicial y luego
se establece por analogía (una de esas analogías forzadas)
una descripción que también podría leerse como denuncia:
se habla de la mansedumbre del ganado en el establo y luego se declara:
“Lo mismo pasa con los niños y con los soldados en el cuartel.
Los mansos, hijo, los resignados, los silenciosos, guardan en el corazón
los intactos saquitos del odio.... El ganado en el establo, Eliacim, está
alineado como los hombres que esperan su fusilamiento”. Pero también
se utiliza la ironía como en el fragmento #131: Las más
tiernas praderas, donde se establece una sutil analogía: “Sobre
las praderas más tiernas, Eliacim, sobre las verdes praderas que
semejan trozos del dulce paraíso, hijo mío, pacen llenos
de mansedumbre, los ciervos, y juegan al golf los miembros de la Cámara
de Lores”.
En realidad no sólo podrían encontrarse las alusiones políticas
más o menos explícitas, sino que, aguzando la lectura, podría
hacerse de cada fragmento una denuncia y a la vez una trasgresión
a la censura y al orden establecido; de modo que los aspectos formales
del discurso de Mrs. Caldwell (justificados como características
estilísticas de una loca), podrían ser vistos también
como elementos encubridores de la denuncia.
Como reto literario, la trasgresión a la censura es un buen ejemplo
de lo que el lenguaje poético (y el literario en general, pero
sobre todo aquél que es potenciado conscientemente en su aliento
subversivo) es capaz de hacer, cuando de eregirse como contradiscurso
se trata. Gérard Genette en un artículo ya olvidado
que trata sobre lo verosímil y la literatura realista, asegura
que en la medida en que el autor accede al condicionamiento contextual,
pierde en capacidad de contestación política: no se trata
de exponer rabiosamente una situación de arbitrariedad (y menos
si se ha montado un aparato de censura), sino de ofrecer posibilidades
de desalienación. Genette propone tres mecanismos literarios para
llevar a cabo con eficiencia discursiva tal desalienación: la parodia,
lo fantástico y el lirismo. Si bien, estos mecanismos no están
presentes en una forma pura en la novela de Cela, podría afirmarse,
a cambio, que la estrategia general que se ha utilizado: construir el
discurso de un ser marginal al que se le puede perdonar su desvarío,
contiene trazas y cruces de los tres mecanismos. En últimas, el
discurso de un loco es paródico, irónico y hasta satírico
(y por lo tanto, puede pronunciar “verdades”, sin que se le sancione por
ello) y por su “desconexión” lógica, por su incoherencia,
suena fantástico e inquietante; pero sobre todo, está liberado
de toda integración y de toda justificación relativa: puede
aparecer en forma espontánea y provisoria, para interrumpirse sin
excusa; puede actuar en forma “impertinente” porque no está obligado
a ninguna subordinación: es autónomo y por eso in-conforme.
¿Pero es realmente subversivo? Un discurso así, ¿acaso
es capaz de modificar los acontecimientos? O, ¿sólo está
disponible para suplir esa necesidad de sucedáneos del discurso
directo, para satisfacer un público ávido de lecturas sugeridoras?
A la estrategia de Cela se le puede reprochar lo que a la teoría
de Kristeva de una potenciación de lo semiótico: que no
conduce más que a la ruptura de estructuras lingüísticas,
quizás a una perturbación de las bien establecidas categorías
del régimen, pero no a la acción revolucionaria propiamente
dicha, pues un texto que socava o debilita el significado no es necesariamente
revolucionario. Claro, este “reproche” se justifica sólo si se
acepta la motivación política del discurso, sólo
si se da por sentado que Cela ha creado el discurso de un loco para hacer
crítica política, evadiendo su aparato de censura. ¿En
qué sentido ese acto resulta inocuo? En la medida en que constituye
una estrategia aislada, casi que individualista (y que además promueve
un juego individualista). ¿Hasta qué punto la estrategia
de Cela no conduce más bien a un nuevo escepticismo, en el sentido
de que el mensaje final de su libro podría interpretarse como que
habría que estar loco sin duda, es decir, cruzar la frontera, para
enfrentar efectivamente el régimen opresivo? Mientras tanto
(mientras se alguien se decide a cruzar la frontera), ¿habría
que contentarse con “jugar” al niño malo que hace una pilatuna
al papá sin que este se entere; pilatuna, por lo demás inofensiva?
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