¿Devenir mujer en
Mrs. Caldwell habla con su hijo?
EL PLANO NARRATIVO
Una vez superado el plano de la representación se puede avanzar
hacia un análisis del plano de la organización narrativa.
Aquí también es necesario establecer dos fases: en una se
considera los papeles como estrategia narrativa autónoma (y aquí
sólo se incluyen los fragmentos que van desde el primero hasta
más o menos el número 200, pues de ahí en adelante
se produce lo que se llamará la intromisión de la mano del
autor); y, en otra, todo el conjunto de la obra. Se verá cómo,
en la segunda fase, todo retorna al orden simbólico y entonces
lo que habría podido ser subversivo termina subordinado.
Considerados como expresión autónoma, los papeles cumplen
muchas de la características que Biruté Ciplijauskaité
ha encontrado en su estudio para la novela femenina contemporánea.
Así por ejemplo, Ciplijauskaité informa que, en su búsqueda
de identidad, lo que ella llama la nueva novela, descarta “lo apolíneo,
el logocentrismo, el procedimiento ordenado, prefiriendo la asociación
libre de inspiración dionisiaca”(17), aspectos que ya fueron detectados
para los papeles. Igualmente esta nueva novela no desarrolla estructuras
lineales, sino más bien fragmentarias y promueve la ambigüedad,
así como también se aparta de una coherencia o continuidad
narrativa, todo lo cual, de nuevo, corresponde a la expresión determinada
para los papeles. De igual modo, en los papeles, se puede apreciar lo
que Ciplijauskaité llama innovaciones estilísticas: “transformación
de la sintaxis, lenguaje casi incoherente y orientación hacia el
símbolo" (25). En una modalidad especial de la llamada por Ciplijauskaité
novela actual, se reportan actitudes igualmente coincidentes, como el
uso de un interlocutor o escucha que desencadena el flujo de la confesión
y del espejo en relación con el deseo (26). En general se ofrece
como actitud generalizada el rechazo a un lenguaje y a un discurso heredados
y una inclinación a lo informe que se vincula con lo oral y espontáneo
o con lo improvisado (29), aspectos que también están presentes
en los papeles. Sin embargo, también se afirma la dificultad de
precisar lo que es el estilo femenino (29), cuestión a la que se
volverá aquí, cuando se revise lo expuesto por Rita Felsky
en torno a una supuesta estética feminista.
En el capítulo, Procedimientos narrativos, Biruté Cipliajaukaité,
afirma que los procedimientos más comunes en la novela femenina
contemporánea son, por un lado, la subversión (205), entendida
como deconstrucción manifiesta en todos los niveles: “temas, tradiciones
literarias, modelos estilísticos y lingüísticos”, y,
por otro, la prioridad del yo, es decir, la subjetividad; procedimientos
con los que “cada autora procede a liberar la novela de un modo particular”(206).
Esta liberación por lo general se manifiesta en la renuncia a una
trama lineal, en la no admisión de principio y final, en el rechazo
por la secuencia lógica y en una promoción del silencio
y de la ambigüedad que va a generar, como efecto retórico,
un hacer sentir el mensaje, es decir, un acercamiento a lo lírico
(207).
Siendo la fragmentación también uno de los rasgos de esta
novela contemporánea, se percibe como plan de composición
un tipo mosaico, es decir unidades autónomas con grandes blancos
que unen unas piezas a otras (211), situación que está presente
también en los papeles, donde la sensación que da su lectura
es la de estar ante un álbum de imágenes, recursos, expresiones
y deseos. En relación con esa misma “des-organización”,
se observa que el discurso mismo es un discurso que se hace, que no está
subordinado de antemano, es espontáneo e inconcluso. Se trata de
“decirlo todo, sin seleccionar, ni construir”, como cuando se está
frente al psicoanalista (212). De ahí la sensación de vacío,
de asociación libre, de ruptura de la sintaxis y de los silencios;
como si el poder de lo irracional y del eros hubiera desplazado el orden
de lo racional y entonces se estuviera frente a una expresión de
lo prelógico, es decir, en los términos de Kristeva arriba
anotados, de lo semiótico.
Pero Ciplijauskaité también expone la dificultad de que
todas estas características de la novela femenina contemporánea
se puedan atribuir exclusivamente a la creación de mujeres:
incluso aspectos como el gusto por lo inconcluso, la fragmentación
y la escritura experimental en general, que bien pueden definirse como
estrategias de socavamiento del orden establecido, no necesariamente son
exclusivas de las mujeres escritoras. Pero aún más allá:
el léxico, las imágenes recurrentes, los temas que estadísticamente
podrían atribuirse a mujeres (al “criterio” de selección
de las mujeres), se pueden encontrar en obras de hombres escritores: “Al
llegar la hora de pronunciarse sobre si existe un estilo decididamente
femenino... hay que admitir con humildad que la cuestión queda
abierta” (224)
De hecho, toda esta cercanía comprobada de los papeles a las características
tanto del habla, como de la escritura “femenina” y, en particular, de
la novela femenina contemporánea, podría llevar a: 1, la
cuestión de determinar quién ha sido el autor de los papeles
(ya no, tal vez, el autor real, como individuo, sino algún sujeto,
como categoría filosófica, ¡lo que resultaría
ya delirante! ) o, desde otra perspectiva, 2, a preguntar si realmente
importa reconocer tal autoría. Por lo menos en lo que tiene que
ver con el plano de la representación del personaje y de su acto:
la escritura, puede afirmarse, por ahora, que los papeles constituyen
ese tipo de texto “femenino”, definido en los términos en que Cixóus,
Irigaray, Kristeva y Ciplijauskaité lo han planteado. Sin embargo,
quedan dos cuestiones por discutir: una es si es posible ser tan radicales
al momento de definir una escritura femenina. Al menos siguiendo a Rita
Felsky, no. En su artículo: Más allá de la estética
femenina, esta autora logra demostrar que no existe un fundamento legítimo
para clasificar un estilo particular de escritura como exclusiva o específicamente
femenino y que, “por lo tanto, no es posible justificar la clasificación
de las formas literarias en función del género ni el estudio
de la escritura de mujeres como un corpus estético autónomo
e independiente” (68).
Felsky, revisa las dos categorías predominantes de la teoría
literaria feminista (al igual que Toril Moi): la corriente anglosajona,
con su énfasis en una conciencia y en una experiencia específicamente
femenina como legitimación de una estética feminista, y
la corriente francesa, antihumanista, que recurre a una noción
de lo femenino entendida como trasgresión de un orden simbólico
falocéntrico, más que como una característica de
la psicología femenina; y llega a la conclusión de
que no parece posible defender un lenguaje literario específico
de un género. Lo que la corriente francesa ha destacado como escritura
femenina: la experimentalidad radical, “el juego lingüístico
y la sintaxis no lineal, no son en absoluto exclusivos o específicos
de las mujeres, sino que corresponden a un cambio cultural más
general que se aleja de las modalidades analíticas y discursivas
y borra la distinción entre literatura y teoría” (83), y
cuyo efecto final: la recuperación del goce y la valoración
de las pulsiones eróticas en la literatura, se ha venido preparando
desde la aparición del modernismo y ahora se extiende en la era
posmoderna. Pero hay algo igualmente dramático que denuncia Rita
Felsky: “al sostener que la escritura de mujeres debe ser radicalmente
otra que cualquier cosa que se haya producido antes, el feminismo se propone
la desesperanzada tarea de generar una nueva estética a partir
de la negación de la totalidad de las tradiciones culturales y
literarias vigentes” (90) y con ello, se codifican las diferencias hasta
extremos inverosímiles. En general, para Felsky, el problema radica
en la falta de visión contextual de estas definiciones diferenciadoras,
en la medida en que se tiende a olvidar “la distinción entre marginalidad
lingüística y marginación social y cultural ejemplificada
por el estatus de la mujer” (94). Esta absolutización de lo femenino
es incapaz, según Felsky, de dar cuenta de los numerosos y variados
ejemplos de producción cultural feminista. Propone entonces una
recontextualización de la escritura de mujeres, es decir un examen
más profundo de la relación entre el género y las
esferas de la cultura, “relacionando las diversas formas de escritura
de mujeres con los procesos culturales e ideológicos que modelan
los efectos y los límites potenciales de la producción literaria
en contextos históricos específicos’ (95). De este modo,
es posible superar no sólo una noción crítica tan
gastada como la intencionalidad del autor, sino la misma creencia de que
existe una distinción necesaria o absoluta entre la escritura de
hombres y mujeres: “Está claro que una variedad de posiciones textuales
está disponible para ambos sexos, y que a menudo es imposible construir
una relación de determinación directa entre el género
del sujeto que escribe y los rasgos formales y temáticos distintivos
de una obra literaria” (96), dificultad que, precisamente, se ha venido
teniendo a lo largo de este análisis.
Atención a la heterogeneidad (no sólo a la diferencia)
y a la apertura misma del texto literario en cuanto éste está
sujeto siempre a nuevas interpretaciones (por el hecho de que las condiciones
sociales e ideológicas de su producción desempeñan
un papel importante en la determinación de lo que puede o no puede
decirse del texto individual) es lo que finalmente sugiere Felsky para
superar los impredecibles asaltos del esencialismo feminista. Un planteamiento
similar expone Patricia Violi, cuando propone corporeizar el pensamiento
y “desmontar” la categoría cartesiana de sujeto racional para darle
cabida a la subjetividad femenina en una teoría de la expresión
que reivindique la diferencia y la diversidad, de manera que el sujeto
del lenguaje ahora debe anclarse al individuo real “con todas sus determinaciones
biológicas, físicas, psíquicas y con todo el peso
de su historia y de su experiencia” (Viole, 130).
En este sentido la antropología feminista de Henrrieta L Moore,
constituye un aporte muy interesante, en cuanto se propone desmontar el
esencialismo feminista y dar cabida a la diversidad y no sólo a
la diferencia radical: “Las mujeres de todo el mundo tienen problemas
y experiencias similares... (pero), las diferencias entre mujeres son
importantes y es preciso aceptarlas, ya que la política feminista
no puede girar en torno a un grupo de mujeres que habla en nombre de otro
(Moore, 228).
Habría que atender entonces a una evaluación crítica
de los intereses ideológicos que articula el texto y a las necesidades
culturales que intenta satisfacer (98). ¿No es esto lo que tendría
que examinarse en la novela de Cela?
La otra cuestión es afrontar las consecuencias que para el análisis
del plano narrativo tiene considerar ahora la obra de Cela en su conjunto
completo, es decir como un todo, incluyendo no sólo los papeles,
sino también los marcos y el epílogo (las “Cartas desde
el Real Hospital de Lunáticos”) e incluso los prólogos,
pues de esa manera se encuentra que eso que a primera vista es incoherente,
insubordinado, etc., alcanza una homogeneidad precisamente con la participación
de esos elementos en apariencia marginales. Y esa homogeneidad que se
da por la intervención de “la mano del hombre”, es la que devuelve
la novela a su cauce falogocéntrico, en la medida en que restituye
un orden simbólico más claro, una coherencia y hasta una
linealidad cuya subordinación ya no está solamente definida
por estrategias intrínsecas, sino que obedecería a eso que
atrás se ha llamado intereses ideológicos, es decir, discursivos.
En efecto, tal y como se ha visto, los papeles han cumplido con una función
representativa de un personaje y sobre todo de su voz (o mejor aún
de su acto comunicativo específico: la escritura). Sin embargo,
las características que anotadas sobre su “composición”,
tales como la insubordinación, la fragmentación, la incoherencia,
la no linealidad, la no admisión de principio/fin, etc., son válidas
sólo para una parte de los fragmentos. Pero a partir aproximadamente
del fragmento 200 y sobre todo en la parte titulada “Cartas desde el Real
Hospital de Lunáticos”, empieza a presentarse lo que puede considerarse
como un desenlace, un cierre de la historia o de la anécdota que
antes se presentaba precaria.
No parece gratuito que los últimos fragmentos hayan sido editados
como una sección aparte, tampoco que, tras la apariencia de una
voz marginal (la del editor de los papeles), se informe sobre el contexto
de Mrs. Caldwell; son esas intervenciones “marginales” las que devuelven
los papeles a un orden simbólico: toda esa incoherencia, toda esa
fragmentación, corresponde ahora en forma perfecta a una situación
muy clara: la locura. La mujer no sólo está sola y vieja,
está demente: de ahí que pueda entenderse por qué
su expresión es tan “loca”. Es pues, un alivio. Un alivio no sólo
que esté loca, ¡sino que además lo admita! ¿No
estaba ya un poco loca cuando la conoció el “editor”? Esa
es precisamente la función del marco “Advertencia” (y que se reafirma
en la “Otra Advertencia”, cuando el editor se refiere a Mrs. Caldwell
como “infortunada”). Los papeles de Mrs. Caldwell son peligrosos, si están
en la frontera: si estuvieran del lado de allá, a lo mejor no podrían
soportarse, pero están, gracias a las intervenciones del autor
y del “editor”, del lado de acá. Así se puede exclamar:
«¡Ah! Es una pobre loca, con razón». Como para
tranquilizar a todo el mundo, el autor en sus “Algunas palabras al que
leyere”, minimiza aún más la posibilidad del peligro, reduciendo
la “forma” de los papeles a una simple técnica narrativa (26),
a un ejercicio que esconde, sin embargo, una clave (28), es decir un sentido
trascendente que sólo el autor conoce, es decir un misterio que
sólo el Padre podrá develar, es decir a un control de la
autoridad. Casi imperceptiblemente, el texto vuelve a su “normalidad”,
ahora se puede leer sin peligro: al fin y al cabo la etiqueta de “loca”
tiene la doble función de mitigar la peligrosidad y la carga subversiva
de los papeles de Mrs. Caldwell en tanto se los explica en términos
de desvarío
¿Pero esta intervención del autor es simplemente eso: una
restauración del orden que permite leer sin traumatismos un texto
incoherente o esconde alguna actitud más profunda? ¿Por
qué tomarse el trabajo de construir un texto peligroso y subversivo
para luego encubrirlo?
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