¿Devenir mujer en
Mrs. Caldwell habla con su hijo?
EL PLANO DE LA REPRESENTACIÓN
¿Cuál es el imperativo estilístico de lo que, por
ahora, se llamará, siguiendo el juego de Cela, los papeles de Mrs.,
Caldwell? ¿A qué “situación comunicativa” responden?
¿Bajo qué estructuras retóricas se organiza?
Los papeles constan de un total de 212 fragmentos, cuya intitulación
individual manifiesta ya una cierta intención de autonomía
. Cada uno obedecería, pues, a una situación distintiva
y el análisis debería emprenderse en forma particular. Sin
embargo, es posible encontrar rasgos generales de su variación
estilística, acudiendo a lo que Van Dijk denomina: las condiciones
del hablante (en este caso la propia Mrs. Caldwell) y que están
documentadas a través de las tres estrategias narrativas de la
novela: las “advertencias” del supuesto editor de los papeles, donde se
ofrecen datos sobre el contexto de Mrs. Caldwell; el decurso mismo de
los papeles, a través del cual es posible obtener información
sobre algunos factores situacionales que estarían determinando
el estilo en el discurso de Mrs. Caldwell; y, finalmente, las llamadas
(por el “editor”) “Cartas desde el real Hospital de Lunáticos”
(los últimos cuatro fragmentos), que testimonian sobre todo el
deterioro mental del hablante.
Una primera condición situacional (condición ad-hoc, según
Van Dijk) es la que se llamó provisionalmente “la franqueza en
el discurso de Mrs. Caldwell”. Esta condición (que se ratifica
de muy diversas maneras en los papeles, no sólo por lo que se “atreve”
a confesar o a denunciar Mrs. Caldwell, sino —como se verá más
adelante—, por la manera como lo hace) corresponde a su vez a una actitud
más general, que podría definirse como de un “escepticismo
liberador”. Las propias palabras que Mrs. Caldwell va tejiendo lo confirman,
como cuando afirma: “ahora que no tengo miedo” (p. 35) o “nada me importa”
(p. 89) o “ahora que estoy tan sola” (p. 63); palabras que si bien denotan
en principio una disposición negativa, en realidad están
preparando la posibilidad de una expresión de lo que ella misma
va a llamar la verdad, es decir, la liberación de sus deberes
para con la moral o para con la reglas de comportamiento que se esperarían
de su rol social: “Debes creer que en esto, como en todo, te digo la verdad
y nada más que la verdad” (56), afirma Mrs. Caldwell como para
dejar en claro esta condición.
El escepticismo de Mrs. Caldwell se explica en la medida en que se comprueba
(mediante la información que ofrecen las tres estrategias narrativas
mencionadas con anterioridad ) que ella se ha liberado de los lazos sociales:
no sólo es una mujer viuda, sino que ha perdido a su único
hijo, Eliacim, muerto en la guerra. Es decir, que Mrs. Caldwell ya no
es, en términos de Althuser , un sujeto ideológico, pues
ya no cumple con las mínimas funciones que la integrarían
a la sociedad: esposa y madre (y también es consciente de ello);
además está vieja y enferma (¡mentalmente para colmo
de todo!). Y si ya no es un sujeto, si está libre de la estructuración
ideológica, puede permitirse el lujo, a cambio, de exponer crudamente
su propia subjetividad; puede, siguiendo a Patricia Violi, exponer su
individualidad libremente . Estando afuera de la estructura, al discurso
de Mrs. Caldwell no se le puede exigir, cordura, sensatez o lógica,
que serían las condiciones de una comunicación entre sujetos
hablantes racionales, adscritos a la estructura ideológica. Su
organización, entonces, responderá a parámetros propios
de una situación muy particular (como se verá, cuando intentemos
desentrañar, ya no la variación estilística del discurso,
sino su estructura retórica).
Con relación al oyente, también se presenta una situación
de extrañamiento: el destinatario de los papeles de Mrs. Caldwell
es su hijo ya muerto. Si bien la correspondencia con “el ausente” es una
situación comunicativamente plausible (la carta es el medio más
natural para vehicular este tipo de comunicación en “diferido”,
pero en general la escritura lo es), la ausencia definitiva implica una
aberración de esa situación en la medida en que el
carácter pragmático de la comunicabilidad: la posibilidad
de respuesta, se pierde por completo. Pero no es tanto esta aberración
comunicativa la que hace de los papeles un discurso sui géneris;
es la manifestación de una actitud frente al destinatario de un
“como si estuviera vivo”, la que hace que el estilo de los papeles tienda
hacia una ambigüedad generalizada. Muchos de los fragmentos tienen
la forma de consejos, reproches o felicitaciones, que son expresiones
“integradas” (es decir, poseedoras de una función y, por lo tanto,
basadas en la eficacia del eje destinador/destinatario), pero resultan
evidentemente inútiles, no sólo por el anacronismo de la
situación, sino por la falta de una consecuencia perlocutoria.
Así, la variedad estilística de los papeles se acota entre
la franqueza de un “ahora puedo decirlo” y el escepticismo de un “ya para
qué”. Sin embargo, estas son apenas las cotas de una variedad discursiva
que pasa por la exposición (siempre franca, siempre escéptica)
de estructuras como la confesión, la advertencia, la evocación,
el reproche, el consejo, la felicitación, la denuncia; y por un,
también amplio, espectro de expresiones como la rabia o el desprecio,
el deseo o la tristeza; siempre en un tono cotidiano de conversación.
También en este plano estilístico se puede ofrecer otra
característica general del discurso de Mrs. Caldwell, que podría
reflejar lo que Patricia Violi denomina la conexión entre experiencia,
lenguaje y pensamiento (Violi, p.139). Se trata de lo que se llamará
la insubordinación del discurso de Mrs. Caldwell, que se manifiesta
de diversas maneras. Al menos tres de estas maneras de insubordinación
del discurso de Mrs. Caldwell serían: una violación de la
lógica convencional, una violación de las reglas sintácticas,
una puesta en escena de criterios de selección impertinentes; todo
lo cual tiende a generar en los papeles una estructura retórica
muy eficiente en cuanto a manifestación y reflejo de esa liberación
descrita arriba.
La insubordinación lógica se da en la manera como los fragmentos
estructuran la exposición de las ideas, pues no corresponden a
una organización normal de argumento o de narración canónicos.
Así por ejemplo, el fragmento #8: El Coñac y el ron, se
abre con la expectativa de presentar la relación entre la juventud
y su afición a lo sinóptico. El desarrollo del fragmento
toma un rumbo diferente: el reproche y luego el consejo. Y se cierra con
una conclusión impertinente, que sin embargo remite al título;
es decir, que el fragmento se abre para luego cerrarse sobre sí
mismo. Esta “falta de lógica” de los fragmentos puede tener varios
matices, aunque casi siempre tiene que ver con un falso cierre. Así
en el fragmento #13: En la piscina, se presenta una historia (extraña
por lo demás) acerca del comportamiento de unas señoras
en la piscina, que invita más a una crítica a los estereotipos.
Pero la conclusión es inesperada, porque sólo se refiere
a un elemento marginal del desarrollo del párrafo, con lo que se
produce una sensación de inutilidad del argumento. Esa misma situación
de impertinencia se presenta en el fragmento #18: El tren de cremallera,
donde la conclusión o cierre se refiere sólo a la última
frase del párrafo. A veces el cierre de los párrafos abre
hacia espacios inesperados o contradictorios, como en el párrafo
# 24 La trucha, donde, tras una evocación muy positiva de los momentos
que Mrs. Caldwell y su hijo compartían en el campo (y que concluye
en forma lógica con un “¡Qué bien la pasábamos!”),
se extiende una frase más: “A la ciudad volvíamos mustios
y cariacontecidos, ¿te acuerdas?, con el alma pálida y la
cabeza debajo del ala”, con lo que la estructura lógica de la exposición
se invierte, generando la ambigüedad (la pregunta: “¿por qué?”
queda flotando en el ambiente, tras la lectura de muchas de esas falsas
conclusiones de los párrafos).
Un ejemplo claro de insubordinación sintáctica son las
digresiones impertinentes de algunos de los párrafos, que a veces
llegan a extremos delirantes como el siguiente (primer párrafo
del fragmento #27: la moneda falsa):
Con tu moneda falsa en el bolsillo, hijo mío, tenías un
gracioso aire de monedero falso. Los monederos falsos, hijo, mío,
son suspicaces y taimados, como alacranes o como segundas doncellas, y
en las reuniones de familia, nadie los defiende, ni siquiera Tío
Alberto que, como tu sabes muy bien, es un disoluto que tuvo una novia
mulata y que tiene, todavía muchos amigos en el Continente.
En un sólo párrafo, se suceden al menos cinco ideas cuya
conexión hay que forzar o simplemente olvidar: la moneda falsa
en el bolsillo de Eliacim, su parecido a un monedero falso (¿existen?,
¿tienen la importancia de una moneda falsa?), las características
de los monederos falsos y su “posición social” y luego la aparición
de Tío Alberto cuya disolutez podría articularse a una sanción
social de los monederos falsos, pero que en realidad resulta vinculado
de una manera forzada a una idea que sólo se podrá resolver
después (y eso en forma parcial). La ideas corren como las de los
fatrias del carnaval medioeval: sin orden, ni subordinación, asociadas
en forma libre, sin ninguna jerarquización.
Algo que podría vincularse a la insubordinación es la selección
de los temas tratados. No sólo es la falta de homogeneidad
en los temas que son expuestos a lo largo de los 212 fragmentos, sino
la ausencia de un enlace narrativo o argumental. No hay ideas principales
que requieran de un desarrollo a través de ideas secundarias, no
hay una trama narrativa que asocie lo distintos temas, no hay, en apariencia,
ninguna intención por ofrecer un todo coherente. Pero si hay por
momentos una conciencia de esta actitud de insubordinación, como
en el fragmento # 29: La sopa, en el que Mrs. Caldwell se queja: “¡Ay,
hijo mío qué ignorancia la de los hombres ante la sopa!
A muchos grandes hombres quisiera yo ver, a muchos grandes hombres que
han pasado a la historia en letra de regular tamaño, pensando ante
esto que yo ahora”. Y luego concluye afirmando: “Pues bien, a pesar de
todo, nada útil puedo decirte sobre la sopa”. El fragmento # 41:
Los muertos y otros pensamientos igualmente vanos, es especialmente clarificador
de este tipo de actitud: “Pensamientos vanos pueden albergarse varios
al cabo del día; es tan sólo preciso prestar cierta atención...
¡Multitud, multitud de ellos!”. Esta frase ofrece lo que podríamos
llamar la explicitación del plan de composición de los papeles:
frente a una ausencia de organización hay, a cambio, una lógica
de composición: exponer los pensamientos vanos, que tienen tanta
importancia como lo profundos, precisamente por su inutilidad.
Esta insubordinación, unida a la franqueza y a la aparente inutilidad
del discurso, podría llevar a pensar que la escritura de Mrs. Caldwell
es incoherente (al fin y al cabo sería la de una demente), pero
en realidad está ofreciendo una paraconsistencia, es decir una
coherencia o una lógica que no necesariamente sigue los patrones
formales. Esta paraconsistencia es la que permite hablar de cierta organización
retórica en los papeles y que básicamente consiste en la
intervención sobre la estructuras sintácticas y semánticas
del texto que conforman un patrón, así:
? Elipsis sintácticas, especialmente en las exposiciones que se
esperarían como argumentales (ausencia de conectores lógicos
o de contextos referenciales).
? Repeticiones o paralelismos y estructuras cíclicas
? Anticlímax o inversiones en los componentes semánticos
? Quebrantamientos de orden lógico y/o narrativo
? Quebrantamiento de conexiones y coherencia.
? Digresiones frecuentes
? Información superflua (redundancia)
? Omisión de consecuencias esperadas
? Uso de discurso analógico
? Expresión irónica
La cuestión que viene ahora se refiere a la elucidación
de las posibles funciones de estas estructuras estilísticas y retóricas
de los papeles.
Una primera posibilidad es la ventriloquía, es decir la afirmación
de que el autor ha utilizado en forma consciente estas estrategias con
el fin de dar verosimilitud a la voz que ha creado: la voz de una mujer
escéptica, franca y posiblemente demente. ¿Es la estructura
estilística de los papeles: fragmentación, insubordinación,
escepticismo, inutilidad, incoherencia, etc., un reflejo del estilo discursivo
de una mujer (vieja, escéptica, demente)? La dificultad para responder
esta pregunta tiene dos caras: una es el hecho de que afirmar que existe
una forma de expresarse de la mujer básicamente diferente de la
del hombre exige, a la hora de decidir, convertirse en ese tipo de esencialista
que sólo acepta que (como en el caso que nos ocupa) cuando un hombre
crea la voz de una mujer produce un expresión estereotipada; la
otra es que aceptar que no hay diferencias esenciales en las expresiones
del hombre o de la mujer convierte la pregunta en una cuestión
sin sentido.
No obstante esta dificultad, se podría partir (para hacer
un recorrido posible y necesario de la respuesta) de lo que afirma Toril
Moi (Moi, 47 y ss.) cuando reseña la obra de Mary Ellman en relación
con lo que es para ella la opción de una escritura femenina: el
derrocamiento del estilo autoritario propio de los hombres (que, por lo
demás, habría relegado el lenguaje de las mujeres al de
la sensibilidad). Para ello habría dos posibilidades: una es la
rabia y la otra, la risa. En el primer caso, el estilo femenino tendería
a moverse entre la denuncia explícita y la prosa satírica
e irónica (e incluso evasiva), en la cual, con ingenio refinado,
se exhiben, yuxtaponiéndolas, las contradicciones. En el segundo
caso se haría uso del humor, capaz de relativizar lo “legítimo”
(lo que los hombres han legitimado), exhibiendo “el revés las viejas
jerarquías, borrando las antiguas diferencias y creando otras nuevas
e inestables” (p.52). En cualquier caso, lo que determinaría el
estilo femenino sería la necesidad de socavar el tono autoritario
del escritor, su actitud performativa , cosa que, en principio, los papeles
hacen, en la medida de que no imponen un discurso, no defienden una idea
a ultranza y tampoco gestan una historia.
Cuando Toril Moi (70 y ss.) reseña la obra de Gilbert y Gubar,
ofrece otra pista: “La estrategia literaria de las mujeres (según
Gilbert y Gubar) consiste en «asaltar y revisar, destruir y reconstruir
las imágenes de la mujer que hemos heredado de la literatura masculina,
especialmente... las polaridades paradigmáticas del ángel
y el monstruo». Y aquí es donde el epónimo de loca
aparece por primera vez en su explicación” (70). La figura de la
loca es el factor común de todas las novelas del siglo XIX estudiadas
en el libro de Gilbert y Gubar. La figura de la loca está asociada
a imágenes binarias: confinamiento/escape, salud/enfermedad, fragmentación/totalidad.
La pregunta que se abre ante esta evidencia y en relación con el
caso presente sería: ¿Conoce Cela esta tradición
literaria feminista que utiliza la figura de la loca para expresarse?
Si es así, lo que habría hecho el autor de Mrs. Caldwell
habría sido copiar ese modelo de expresión femenina (ahora:
¿con qué fin?).
El asunto parece complicarse cuando Toril Moi glosa las obras de las
teóricas feministas francesas (101 y ss.), para quienes, en general,
no es el sexo del autor lo que verdaderamente cuenta, sino el estilo.
Así por ejemplo, para Hélen Cixóus “los textos femeninos
son textos que tratan de la diferencia” (118) en el sentido derridiano,
es decir, considerada la “escritura como desplazamiento interminable del
significado” que lo sitúa fuera del alcance de un conocimiento
estable. Esta escritura femenina (independiente de quien la haga: un hombre
o una mujer) se distingue porque da una primacía a la voz: “la
mujer que habla es enteramente su voz..., está presente total y
físicamente en su voz —y su obra no es más que una extensión
del acto de hablar, reflejo de su propia identidad” (Moi, 123). Pero esa
voz es la Voz de la Madre, a la que se ha vuelto a encontrar. De ahí
que para Cixóus la literatura femenina esté situada en el
terreno de las imágenes lacanianas de la fase preedípica,
donde todavía no hay diferenciación sexual y donde tampoco
ha entrado el orden simbólico de la autoridad; donde es, pues,
posible destacar, “bajo el signo de la voz, tanto la franqueza como la
generosidad” (124), dos actitudes que se hanaAA detectado ya como presentes
en los papeles. Esta escritura femenina es de algún modo también
violación de la autoridad, en el sentido de que se libera de la
necesidad de expresarse según lo establecido por el orden autoritario
del falo (lacaniano).
Para Luce Irigaray (otra de la teóricas feministas revisadas por
Toril Moi), aunque existiría un habla distintiva de la mujer “que
surge espontáneamente cuando las mujeres hablan entre ellas”, no
se puede decir nada de esa habla específica. Sin embargo se puede
definir un estilo de la mujer que consistiría —en conexión
con la sexualidad femenina, que es más táctil que visual—
en rechazar la mirada y centrarse en lo táctil (153). Las características
de este estilo serían la simultaneidad y la fluidez, la imposibilidad
de “formarse”: “Su estilo resiste y ataca todas las formas, figuras, ideas
y conceptos establecidos”, sería por tanto subversivo (insubordinado)
y desorganizado (en el sentido de resistirse a organizarse bajo estructuras
canónicas), aspectos que también se han observado en los
papeles.
Finalmente, Julia Kristeva (la última teórica estudiada
por Toril Moi), reafirma una posición antiesencialista y en lugar
de dedicarse a encontrar las especificidades del lenguaje masculino o
femenino, propone el estudio de las estructuras lingüísticas
específicas en situaciones especificas, es decir, un estudio del
discurso más que de la lengua, e inaugura la teoría textual,
que sobre todo observa el comportamiento de la lengua en su contexto y
en todas sus implicaciones ideológicas, políticas y psicoanalíticas.
Desde esta perspectiva, el sexismo del lenguaje es también un efecto
del contexto y más específicamente una cuestión de
las relaciones de poder. Es decir, que se marca como femenina o masculina
una expresión en la medida en que obedece a una interpretación
y a unos intereses y así se explicaría, que en algunos casos,
la expresión de las mujeres se valore positivamente y en otros
casos negativamente y viceversa, dependiendo del contexto del análisis.
Esta relativización del problema del sexismo en el lenguaje
permite más fácilmente comprender la necesidad de anular
las posiciones esencialistas. Para el caso presente ocupa, la cuestión,
desde este punto de vista, debería plantearse así: ¿tiene
algún sentido establecer si los papeles están estructurados
bajo una visión masculina o femenina? ¿O interesa más
bien bajo qué contexto se formula la pregunta, es decir, con qué
interés se plantea la cuestión?
Hay, sin embargo, una propuesta de Kristeva que permitiría llevar
la cuestión hacia una visión más productiva, y es
la que plantea cuando propone que, si bien el lenguaje se legitima en
la medida en la que el sujeto entra en el orden simbólico lacaniano
(y abandona el orden imaginario), existen siempre rezagos de las experiencias
preedípicas, es decir, anteriores a ese orden autoritario que se
manifestarían en el lenguaje en forma de contradicciones, sinsentidos,
rupturas, silencios y ausencias del lenguaje simbólico. Es más,
como el proceso de significación se daría como interacción
de esos dos ordenes, sería posible definir una posibilidad subversiva
del lenguaje que consistiría en potenciar al máximo esos
impulsos rítmicos propios del orden de lo imaginario. Eso es precisamente
lo que habrían hecho los grandes poetas: introducir la subversión
al lenguaje, mediante el paso o afloración de esas pulsiones preedípicas.
Y aunque en teoría esa posibilidad se da tanto para hombres como
para mujeres (pues en el orden imaginario aún no hay diferenciación
sexual), habría una predisposición más fuerte en
la mujeres que en los hombres: “No hay nada en las publicaciones pasadas
o actuales de mujeres que nos permitan afirmar que exista un modo de escribir
femenino... aunque sea posible descubrir peculiaridades estilísticas
o temáticas” (Moi, p. 171). ¿En qué medida, podría
hablarse de una escritura femenina en los papeles? ¿Hasta dónde,
la ventriloquía de Cela le ha permitido encontrar estos caminos
de la semiótica?
Más que de femineidad en un sentido esencialista, Kristeva propone
hablar de marginalidad, en la medida en que lo semiótico es marginal
al orden simbólico. Es decir, habría, más que expresiones
femeninas, expresiones marginales, o marginadas, del orden autoritario
y desde el punto de vista de un orden imperante, la expresión marginal
del orden imaginario (insubordinada, inútil, contradictoria) se
percibe como una frontera en un doble sentido: como lo que está
des-ordenado, es decir más allá; pero también como
lo incontaminado, como lo que se debe proteger y re-integrar desde acá
(Moi, p. 174).
¿Cómo es la expresión semiótica? Según
Kristeva (Moi, p. 177), como lo semiótico no puede desplazar lo
simbólico, se expresa en forma negativa, es decir como ausencias,
lagunas, rupturas, como subversión de los esquemas autoritarios
de expresión. ¿No es esta negatividad la que está
presente en los papeles, no es esta negatividad una indicación
de la manera de rechazar un orden dominante? ¿No se debería
entonces trascender la expectativa de una simple ventriloquía de
Cela y preguntar si los papeles son más bien una estrategia de
expulsión y rechazo del orden simbólico y que, pese a que
ese mismo orden va a percibirla como inocua, su estrategia puede mostrar
que es posible violarlo, que es posible insubordinarse desde el margen?
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