Primera parte: Posmodernidad  

Escrituras sobre la posmodernidad

ESCRITURAS DE LA CRISIS

Ya sea entendida como resistencia, como esperanza, como espacio-tiempo de la creatividad o de la inercia, como era de la maquinización hipermoderna o como extensión del pensamiento estético, hasta aquí se han examinado esas escrituras de la posmodernidad que parten de un inevitable fin de la modernidad.  Existe, sin embargo una perspectiva de estudio más: ¿es la posmodernidad fin o mutación de la modernidad?

Para Marshall Berman, por ejemplo, lo que existen son formas polarizadas (afirmativas o negativas) o abiertas de experimentar la modernidad, y la posmodernidad sería tan sólo una forma polarizada, generalmente negativa (antimodernidad) de sentir y vivir la modernidad.

Según Berman, el debate modernidad/posmodernidad no es más que un indicio de la pérdida de nuestro control de las contradicciones (esenciales y naturales en la modernidad), lo que ha implicado la pérdida del espíritu moderno, entendido como esa visión que aceptaba con entusiasmo las ambigüedades (el "esto y aquello") y se ha reducido a la visión estrecha del "esto o aquello".

Igualmente, Habermas, desde su invitación al debate en 1.981, fija unas coordenadas frente al problema,  proponiendo reducir el cuestionamiento de la modernidad a tres formas de conservatismo:

  • Los conservadores jóvenes, quienes, en el extremo, proclaman un antimodernismo irreconocible y consideran no solo tiránico, sino agotado el proyecto moderno.  En una posición más moderada, no obstante, se ubican quienes anuncian la condición posmoderna como expresión de tolerancia, pluralismo y multiplicidad de formas de vida.
  • Los conservadores viejos: quienes proponen una vuelta a la tradiciones premodernas y ni siquiera consideran el debate.

  • Los Neoconservadores:  quienes afirman sin vacilar los triunfos del espíritu moderno y se consideran sus nuevos promotores. Coinciden con los posmodernos en considerar agotado el discurso de la ilustración, pero estiman que lo que ahora queda por hacer es asumir el desarrollo del fruto más valioso de la modernidad:  la ciencia y la tecnología.

Otros Autores como Octavio Paz, Emil Volek, Norbert Lechner y Néstor Canclini se orientan igualmente a ver los signos de la actualidad como una mutación de y dentro de la modernidad.

Según Paz, indudablemente hay una "crisis de la modernidad". La idea de modernidad, en oposición y comparación con la doctrina cristiana, se define sobre tres rasgos fundamentales: una concepción lineal, sucesiva, irreversible e inacabada de la historia y del tiempo en continuo progreso hacia el futuro; una concepción del género humano como sujeto histórico y la exaltación del cambio (manifiesta en la evolución y en la revolución) como motor del progreso, expresado en la acción de la ciencia y la técnica, como voluntad de dominio.

Así como estas ideas sustituyeron a otras, ahora comienzan  a decaer. Asistimos a la crisis de la modernidad,  crisis que se expresaría en cuatro aspectos paralelos a los anteriores: debilitamiento de la idea de progreso continuo e infinito unido al debilitamiento de la ciencia y la técnica, convertidos ahora en instrumentos destrucción; cuestionamiento de la suerte del sujeto histórico, de la humanidad abocada a la guerra y al exterminio sin precedentes; disolución de la idea del progreso necesario y de la racionalidad de la historia ante el resurgimiento de la noción de accidente y catástrofe; y, finalmente, la ruina de las teorías metahistóricas que pretendían conocer las leyes del desarrollo histórico, para dar paso a la imprevisibilidad de la historia.

Fin o mutación, la crisis de la edad moderna y los vacíos que deja son un hecho ineludible.  Pero llamar a esta crisis y sus vacíos "posmodernidad" sería, según Paz, emplear una denominación dudosa: "¿Pero que es la posmodernidad sino una modernidad aún más moderna?" (Paz, p. 9).

Dentro de este mismo orden encontramos las tesis de Volek, para quien la crítica entra en la dimensión positiva-renovadora de la misma modernidad.  Esta crítica buscaría entonces, no el fin de la modernidad sino el fin de la ideologías por medio de una metacrítica que las someta bajo una mirada reflexiva y auto-reflexiva.

Desde una perspectiva política, Lechner también se interroga sobre el fin de la modernidad: a la pregunta sobre si se ha agotado el impulso reformador de la modernidad, responde que el "desencanto posmoderno" podría renovar el impulso crítico y reformador de la modernidad, ya que este desencanto (frente a todo discurso omnicomprensivo, a la razón totalizante, al progreso homogéneo hacia la felicidad de la humanidad, al Estado y su racionalidad tecnocrática), no se opone al proyecto de modernidad como tal, sino  a determinada modalidad, esto es, a la modernización y a la concepción del futuro como redención. De esta forma, el desencanto cumple una función crítica que conduce no a la ruptura radical con la establecido sino a su reforma, a su renovación, porque la ruptura radical conllevaría contradicciones insalvables que anularían la posibilidad de pensar soluciones a la crisis (Lechner, p. 34)

Por otra parte, desde una mirada antropológica y examinado el problema específico del debate entre tradición y modernidad, García Canclini considera pertinente la reflexión posmoderna —que permite identificar rasgos de nuestra cultura (pastiche, bricolage, mestizaje) que muestran nuestra contradictoria ubicación entre tradición y modernidad—, pero "...con la condición de no concebirla como el camino para deshacerse de la modernidad sino.... como una forma nueva de iluminar sus relaciones con la tradición, los límites y las crisis de ambas" (García Canclini, p. 38).

La otra cara del problema —el fin de la Modernidad— es iluminada desde una perspectiva eminentemente filosófica por tres autores:  Danilo Cruz Vélez, Teresa Oñate y Gianni Vattimo.

Cruz Vélez asume una posición clara y tajante.  La salida para la crisis actual es el fin de la modernidad ya sea porque la humanidad se destruye junto con ella en una catástrofe cósmica, o porque se establece una nueva relación del hombre con el mundo diferente a la que sostiene a la Epoca Moderna, es decir, diferente a una "relación centrada radicalmente en el hombre y marcada por su voluntad de dominio (Cruz Vélez, p. 65).  El fin de la modernidad es, según Cruz Vélez, una exigencia de nuestro tiempo si se quiere asegurar su continuidad.

Según Oñate, como ya se ha indicado, aunque no estamos en la posmodernidad si estamos al "final de la modernidad", esto es, al final del pensar-vivir de la Identidad y del Fundamento absoluto que ha posibilitado la cultura occidental hasta hoy, y se estaría  dando un pensar-vivir de la Diferencia, de una "posmodernidad auténtica", cuya total realización exige una nueva época y una nueva historia.

Finalmente, como también ya se mencionó, Vattimo establece una escisión irreversible ente el "sujeto tradicional premoderno y moderno" que oponía o creía oponer "resistencias" a la presiones y condicionamientos sociales, y el "sujeto europeo-occidental-industrial tardío" (el sujeto "consumido") incapaz de ofrecer "resistencia", de criticar y transformar el presente porque ha perdido la noción de Fundamento.

En definitiva, como anota Lechner, "para unos se ha agotado la modernidad, dando inicio a una nueva época.  Para otros...se trata más bien de una crítica al interior de un proyecto inconcluso de modernidad" (Lechner, p. 38).  En todo caso, el sentido de la pregunta como reflexión sobre nuestro tiempo permanece.

Ahora, considerada desde una lógica totalizante de la Modernidad (que, como época y concepto, abarca en su misma definición toda crítica, contradicción, cambio, crisis o novedad posible), la cuestión del fin o mutación de la modernidad no tendría sentido:  la Modernidad simplemente presupone, justifica y absorbe todo movimiento, sin importar su sentido, asegurando así su permanencia.

Pero debe admitirse también que esa lógica no impide pensar la ruptura irreversible que proyecta un nuevo horizonte para la reflexión.  Volver al Fundamento, a la apuesta por el ideal de la Trascendencia, parece ya imposible.  El "desencanto", el nihilismo tienen también una "lógica", un sentido profundo al ponernos siempre frente a lo "irreparable" .

 

© Jaime Alejandro Rodríguez
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