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Primera
parte: Posmodernidad
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Escrituras sobre la posmodernidadINTRODUCCIÓNHablar de posmodernidad es todo un lío, como si el término por sí solo poseyera esa extraña capacidad de convocar atavismos, como si su sola pronunciación provocase irremediables polarizaciones. Al menos eso sucede cada vez que hablo de posmodernidad: las caras se fruncen o se alivian los gestos; a veces los labios se tensan o se recogen para expresar, en una mueca, el sarcasmo. Uno mismo empieza a sentirse acorralado y como estigmatizado, hasta el punto de que no sólo llega a justificar la necesidad de refugiarse en el grupo (en ése, el de los entendidos, el de los elegidos, el de los visionarios que saben, a diferencia de los demás, de lo que se trata), sino que comienza a contaminar inconscientemente su discurso con emociones Las cátedras terminan convertidas, literalmente, en agonía (es decir, en batallas agonísticas con todas la marcas de la oralidad: juego de sobreentendidos, recurso a la experiencia vital, incluso vituperación a alabanza ampulosa, pero sobre todo ENCORNIO). Uno mismo se sorprende inmerso en esta lógica afectiva que anega la discusión sobre posmodernidad. Tal vez, quienes califican como "moda" esta discusión o quienes la consideran una estrategia neoconservadora y foránea, pecan en igual medida que quienes creen y justifican la necesidad de plantearla abiertamente. Tal vez el camino consista en exponer TODAS las referencias y todos los cuestionamientos que rodean el asunto, PERMANENTEMENTE, hasta lograr cierta claridad mínima; en todo caso, continuar el proceso de debate que ya ha comenzado. Lo cierto es que el término en sí mismo no tiene la culpa: no puede achacársele al puro significante todo el peso del problema, porque terminaríamos enredados en una discusión terminológica infértil, en un nuevo nominalismo. No hay duda: el término se presta maravillosamente para agrupar más allá (o más acá) de conceptos o ideas claras, cierto subsuelo emocional, cierto estado de ánimo, cierto rango de experiencias vitales, pero la verdad es que a la palabra posmodernidad (entendida como unidad) no se le pueden atribuir los privilegios (o desviaciones) de significado que se le quieran dar. Es el discurso (o mejor aún), la escritura que la acompaña lo que le determina su propia carga. Toda expresión del tipo "Posmodernidad es X" o "Posmodernidad no es Y", carece de pertinencia, incluso es falsa. La palabra Posmodernidad no posee más valor que el que le confiere su inscripción en una cadena de sustituciones posibles, en lo que suele llamarse un "contexto"; no tiene interés más que dentro de un contexto en donde sustituye o se deja determinar por otras palabras, por ejemplo, Hipermodernidad, Antimodernidad, No—modernidad, Tardomodernidad, Pseudomodernidad, Supramodernidad, Neovanguardia , que a su vez deberían estar descritas por otras cadenas de sustitución, frases e incluso textos. La dificultad radica, pues, en el hecho de que la discusión sobre posmodernidad implica un discurso (mejor aún, una escritura) y éste no es homogéneo, ni siquiera es integrable y cualquier intento de determinación o definición obliga necesariamente a la fragmentación (y, por tanto, a la complementariedad), es decir, a la ideologización. Así por ejemplo, para algunos (entre ellos para el Filósofo español Jesús Ballesteros), posmodernidad debe ser entendida como "resistencia"; cualquier otra acepción caería en el calificativo opuesto de "decadencia" . Sin embargo, este discurso va en contravía de otro (y específicamente del de Vattimo) que identifica la posmodernidad precisamente con la pérdida de resistencias . |