Examen de la metaficción en algunas
novelas colombianas recientes
EQUIVALENCIAS ENTRE REALIDAD Y FICCIÓN
La escritura como tema y como problema, como posibilidad y como proyecto,
como preocupación o como salida, recorre cada uno de estos textos,
les da consistencia, les permite respirar a su ritmo. Ese rasgo
de autoconciencia les es común. El otro que parece estar
presente más o menos en forma explícita es la equivalencia
entre realidad y ficción. La muerte de Alec, por ejemplo,
comienza planteando que aunque "La vida no tiene argumentos" y aunque
en "La literatura todo suele ocurrir ordenadamente" de repente "como por
casualidad, el acontecer cotidiano abandona su desorden vulgar y se desenvuelve
con una simetría aterradora [... ] por su exactitud y por su artificioso
fidelidad a la literatura. (p. 11). Queda planteada así una
equivalencia entre vida y literatura como origen y motor de la escritura.
Sólo cuando se percíbe lo "literario" de la vida se es escritor.
Pero para ello se debe reconocer que lo real es lenguaje, que la realidad
es un tejido de signos: "Estoy hecho de libros", confiesa el narrador
(p. 80): un adicto a "la droga literaria" (p.66).
Vida y literatura son la misma cosa (por eso el escritor no es más
que un lector de signos y la división escritura - lectura desaparece):
aquélla es objeto, ésta, un segundo espejo (el primero es
la memoria) que devuelve la imagen pura del objeto.
Vida y literatura son una misma cosa también para Ramos en Mujeres
amadas. Aquí la equivalencia se generaliza: lenguaje igual
realidad y se problematiza en la división teoría -práctica
o en la contigüidad entre palabra y comportamiento. Una equivalencia
que puede llegar a ser un problema:
Las zonas sagradas sólo deben visitarse cuando el rito pueda cumplise
hasta sus últimas consecuencias-dijiste.
Estov de acuerdo- respondí-. Pero debes entender que hay
quienes viven en el rito perpetuo.
Literatura- dijiste lapidaria
Vida- respondí-. Tal vez sea lo mismo...
Yo estaba definitivamente confundido. Creía ser el emisario
de la vida y resultaba ser lo contrario. Para mí tu eras
literatura. Uno de los dos mentía, aunque fuera inconscientemente
(p. 212).
Una eqivalencia que se manifiesta como contiguidad en el Reptil en el
tiempo cuando la cuando la mujer que escribe encuentra que la conversación,
entre la mujer que no escribe y la monja que suele visitarla a la celda,
acerca del sacerdocio puede ser retomada para hacer surgir desde allí
la novela: Vida que alimenta la literatura o, como en La otra selva, equivalencia
relato-vida. Aquí, el narrador escritor se describe a sí
mismo como un hombre cuya vida sólo puede interesar en esta narración
por un inesperado cruce del destino: por haberse mezclado en un relato
(o varios relatos, para ser precisos) que él aún está
tratando de descifrar, un relato que lo unió a la vida de otro
hombre y lo llevó a escribir su propia versión de lo ocurrido
(p. 23).
Sin embargo, la vida no colabora a veces con el relato. El hilo
narrativo no coincide con los hechos: ¿que hacer?, ¿lamentarse
por este obstáculo? o, como en el lector protagonista de El Visitante,
protestar precisamente porque lo hace: ¿qué puede ser más
trágico para Luis: haber vivido la tragedia de la muerte de su
hijo en came propia o verla repetida en la literatura?: -Estúpido
-grité-, tú has podido cambiar el desenlace. Has podido
salvarlo. Si el arte puede más que la ciencia y la historia!.
(p.95). La equivalencia aquí es dolorosa, no salva, no refugia,
no exorciza.
Así como para el narrador de La muerte de Alec, la realidad de
Ramón (Transplante a Nueva York) es también criptográfica
(p. 58): debe interpretarse, es signo. El asunto aquí es
que la equivalencia realidad-escritura (equivalencia entre signos) es
insuficiente para responder a las necesidades existenciales: el tiempo
introduce una sensación de irrealidad, se convierte en aporía
y cualquier intento por re-presentarlo está condenado al artificio,
a la simple convención, al simulacro. De ahí que la
equivalencia cambie su centro de gravedad, de ahí que el realismo
(es decir, ese intento por atrapar la realidad) se busque en otras dimensiones
distintas a las de la representación de la palabra. La necesidad
literaria de recurrir a referencias no ostensibles convierte la escritura
en una ilusión más, en un frágil poder incapaz de
perpetuar o de conjurar los recuerdos. Ramón acude a los
objetos simbólicos y los empieza a coleccionar como sustitutos
del tiempo. Acudir al objeto simbólico, a la cosa, en vez
de a la palabra para evocar los recuerdos, para condensar el tiempo, es
asumir una equivalencia que trasciende la relación realidad - ficción
y la integra en el símbolo.
En La Ceniza del Libertador la equivalencia lenguaje - realidad está
más allá, se manifiesta como equivalencia historia-ficción
o documento-vida:
Eso que llaman Historia ¿qué podría ser sino lo imaginario
mismo, lo soñado andando por los caminos, derramando como la leche
en los hogares del fuego Una, dos, tres obsesiones juntas en el espejo
Y un poco de polvo de realidad encima?[ ... ]
¿Qué clase de documento es esta vida que llevo?
Otros vendrán a buscar papeles entre el polvo [...]
A procurar archivos donde sólo hay palabras [...] Pero más
allá de ellos, los historiadores sacralizarán el archivo,
dirán que es allí donde está la verdad objetiva [...]
y lo que algún día fue voz, sueño, imaginación,
pasión desbordada, pasaría a ser sólo documento [...]
(p.240).
Por eso la novela misma, no el documento sino la recuperaci6n de esas
voces, sueños y pasiones que una "realidad" histórica es
incapaz de recuperar. Lo real es lenguaje, entonces el lenguaje debe hacer
real eso que la historia abandona.
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