Novela y posmodernidad
La narrativa colombiana de fin de siglo
INTRODUCCIÓN
La relación entre literatura y posmodernidad no sólo obedece
a una moda o a una discusión de orden pasajero: constituye
toda una perspectiva crítica capaz de alumbrar la creación
contemporánea. El debate, sin embargo, se presenta sesgado
de modo tal que cualquier aproximación a un modelo que sea capaz
de dar cuenta de esta relación resulta siempre confuso o contradictorio.
La dificultad radica, sobretodo, en el hecho de que la discusión
sobre posmodernidad implica un discurso que no es homogéneo, un
discurso que ni siquiera es integrable, y cualquier intento de determinación
o definición está destinado a la fragmentación, a
la inconsistencia o a la dispersión.
Una revisión de señales, terminologías y escrituras
de la posmodernidad, permitirá, no obstante, llamar la atención
sobre algunas de las características de la discusión y plantear
algunas de las actividades que serían necesarias y/o que conducirían
a una mejor comprensión de la relación entre literatura
y posmodernidad.
En general, sería posible afirmar que la literatura posmoderna
asume como punto de partida que la escritura es el modelo del mundo, su
realidad; es consciente de que si bien lo real está más
allá de los textos y de las escrituras, sólo es accesible
por textos y escrituras. Ahora bien, la literatura posmoderna opera
bajo las consecuencias de una "estética de las fuerzas", según
la cual, la obra literaria la hace el lector. Un panorama de esta
estética de las fuerzas en la novela posmoderna, obliga a reconocer
críticamente fenómenos tales como la exigencia de nuevas
competencias en el lector: doble productividad, capacidad de determinación
de la indeterminación, relaciones no ligadas al sentido o a la
idea, grado cero de la interpretación , etc.
La novela posmoderna estaría así, demandando nuevas competencias
comunicativas. Sobretodo una lectura no ligada a un contar seguro
y orgánico, a un narrador homogéneo; una lectura comprometida
menos con lo externo y representativo que con lo realmente incomunicable:
las fuerzas mismas de la narración. Una lectura, por tanto,
capaz de asumir y absorver lo fragmentario, la energía significante
en su estado puro; una lectura capaz de convivir con la inestabilidad
y presenciar la catástrofe.
Ahora, la novela posmoderna sabe que la estética de la presentación
ha recortado la comunicación de estas fuerzas, ha falseado el "contínum"
y ha generado un lector pasivo, tal vez temeroso. Sabe que debe
combatir estos hábitos, que debe zafarse y zafar al "lector de
compulsiones performativas y que, aun en el caso de recurrir al ornamento
como operación, todo esto ocasiona resistencias.
Así que, de un lado, la capacidad de la obra se amplia potencialmente,
pero, de otro, la competencia del lector se afecta irremediablemente;
y esta dinámica puede generar, en contra de lo que pretende, ya
no el mutismo (de un lector pasivo) como la sordera (de un lector indiferente),
ya no la creatividad (que exigen las nuevas competencias) como el esquematismo
(de la nueva superficialidad), ya no la comprensión (profunda)
como la nostalgia neurótica.
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