Pájaros, bandoleros y sicarios
Para una historia de la violencia en la narrativa colombiana
(Un enfoque desde la Historia de las Mentalidades)
CRÍNICAS DE LA VIOLENCIA DE LOS AÑOS 50:
EL PÁJARO
Se seleccionó para este ejercicio, la novela del autor vallecaucano
Gustavo Alvarez Gardeazábal: Cóndores no entierran todos
los días, donde el protagonista es una traslación
más o menos directa del más famoso de los pájaros
-conocido por eso como "El Cóndor"-: León María
Lozano.
Procedimiento novelístico
La novela está escrita en, lo que el propio autor llama,
una prosa no dialogada, y su estructura narrativa se acerca mucho a la
de una crónica periodística: recoge distintos testimonios
de los hechos, pero los entreteje bajo el signo de lo que podríamos
llamar el rumor. Introduce, además, el mito y las creencias
populares (evidentemente exacerbadas por los hechos), no sólo como
fuente sino como elemento en la estructura misma de la historia. Esos
dos elementos: el rumor y el mito, garantizan que su estatus genérico
esté del lado de la ficción.
El imaginario colectivo
La novela comienza con la siguiente expresión: "Tuluá
jamás ha podido darse cuenta de cuándo comenzó todo".
Tuluá es el nombre del pueblo donde ocurren los hechos, pero es
también un personaje más que representa la conciencia colectiva.
Es descrito como un lugar maldito, pero también como un ser incapaz
de tener conciencia de su historia o, más bien, aturdido por una
conciencia mítica tan arraigada que le impide percibir los hechos
desde una distancia histórica y por eso tiende a re-mitificarlos
de nuevo. Así por ejemplo se afirma que ese nueve de abril en que
todo comenzó , "Tuluá no quiso grabarse ningún
acto de depravación ni las caras de quienes encabezaban la turba,
pero si elogió y convirtió en una leyenda la descabellada
acción de León María Lozano cuando se opuso con tres
hombres... un taco de dinamita y una noción de poder, que nunca
más volvió a perder, a que la turba... hiciera lo que en
otras ciudades y poblados hicieron ese día..." (Alvarez, 13).
Ese "ellos": los habitantes de Tuluá, que representa
la conciencia (o inconsciencia) colectiva, le sirve al narrador para ejercer
su función de historiador, es decir, para mostrar (y de este modo
contrastar) una visión privilegiada desde una conciencia histórica
(ya no mítica) de los hechos. Por eso, al tono mítico de
la narración (que se va generando por el uso de fuentes orales
y por la inclusión de mitos y creencias populares) se alterna un
registro de fechas exactas; una precisión cronológica que
es apenas una de las estrategias de deslinde que desea realizar el autor
de la obra entre los dos tipos de conciencia puestos en juego en la novela.
Existe así, un narrador personaje privilegiado, un individuo,
un héroe, que rescata del olvido, o del embrollo mítico,
los hechos, paralelo a ese otro personaje que vive y crece por efecto
de la inconsciencia (o conciencia mítica) del pueblo.
A Tuluá, pues, como colectivo (y como símbolo del pueblo
colombiano) se le puede reprochar su mala memoria, su percepción
equivocada de los hechos, sus sobresaltos inútiles, su miedo, y
finalmente su resignación; es decir, su enredo en el mito, que
le impide hacer su propia historia.
El personaje abyecto
De mensajero a dueño del puesto de quesos de la plaza pública
de mercado y luego a líder de los asesinos de su región
durante la violencia guerrillera, León María Londoño,
apodado El cóndor, fue un hombre contradictorio. En la novela se
le presenta como un hombre piadoso y fanático del partido conservador,
machista y celoso pero buen padre, vanidoso pero reservado, cumplidor
de su deber y vengativo, calculador pero supersticioso, desinteresado
pero rencoroso. Atacado por un asma terrible, siempre anduvo esperando
el momento en que se cumpliera la predicción del médico
que diagnosticó su muerte por asfixia.
Bajo su responsabilidad aparece un prontuario de miedo y
de terror, y aunque sólo una vez usó las armas, fue el autor
intelectual de masacres y múltiples asesinatos y hasta de la única
"sangría fina" que se llevó acabo en Tuluá
(y posiblemente en Colombia, según se afirma en la novela), cuando
dio la orden de asesinar a siete de los "señores" del
pueblo, que habían redactado una carta abierta repudiando sus actividades.
Pero es en realidad la doble narración (la del historiador que
precisa detalles y la de la fuente popular y la leyenda que los mitifica),
la que deja al final un sabor a ambigüedad con relación a
su personalidad. ¿Héroe o asesino? Aquí las dos percepciones
se cruzan: las del mito y la del historiador, el rumor y la reflexión.
Esa es la causa de la ambigüedad, esa también la estrategia
del desenmascaramiento que utiliza Alvarez frente al personaje, porque
ante el peligro de quedarse con la percepción mítica y popular,
contrapone la visión distanciada del historiador: escondida bajo
la convicción política y religiosa está la hybris.
Aún sí la convicción política y religiosa
de León María (que no es más que una manifestación
del sincretismo sui géneris con que se han comportado nuestros
procesos de modernización) explicara sus actos, no los justifica,
en la medida en que terminaron siendo actos vandálicos que
sólo alimentaban su poder y el engrandecimiento de su imagen.
Incluso, un hecho tan extraño como el de mandar asesinar a los
"señores" a los que servía (que se habían
cansado de su imagen), puede ser visto de nuevo desde las dos ópticas
contradictorias: como un acto de heroísmo -o de autonomía-,
o como un manifestación más de su hybris, de su deseo de
poder. En el primer caso, la perspectiva es mítica, en el segundo,
histórica. La ambigüedad es efecto de la estrategia narrativa,
pero también es la expresión de nuestro sincretismo sui
géneris.
Actitudes ante la muerte
Concordante con la estrategia narrativa, se pueden rastrear en la obra
al menos dos tipos de actitud ante la muerte: la que sostiene el pueblo
y su visión mítica de los hechos y la que denuncia el historiador:
el modus operandi de los pájaros.
Llegaban antes del anochecer, tocaban la puerta, preguntaban por el dueño
de la casa, lo hacían salir como se encontrara y sin permitirle
siquiera un beso para su mujer o para sus hijos, lo montaban en uno de
los carros azules que hacían las noches del Valle del Cauca. Al
día siguiente, la mujer y sus hijos tenían que ir al anfiteatro
a reclamar el cadáver que casi siempre encontraban unos pescadores
del río Cauca o los barrenderos del municipio en la avenida del
río Tuluá. No llevaban otra marca distinta que la de los
balazos en la nuca o la de las cabuyas con que los amarraban de pies y
manos para tirarlos al río (Alvarez, 99).
El sistema se fue perfeccionando tanto en los mecanismos de selección
de las víctimas y en su anuncio como en la misma manera de asesinar.
León María Lozano llegó a tener bajos sus órdenes
varias bandas que se repartían el territorio para asesinar liberales.
"Viajaban en carros azules, sin placas, o en volquetas de la secretaría
de obras públicas. Para ellos no regía el toque de queda..."
(Alvarez, 95).
Y pronto empezaría la sevicia y el descontrol: los muertos ya
no sólo aparecían agujereados, sino que los remataban y
los desmembraban; los muertos ya no sólo eran liberales: "los
pájaros ya no respetaban recinto. Los escondites no eran válidos
ni para liberales ni para conservadores. Si (alguien) no les caía
bien, pues lo mataban" (Alvarez, 127). La muerte ya no se hacía
solamente en la noche: "Las bandas de León María empezaron
a matar no solamente en sus rondas nocturna, sino a pleno día"
(Alvarez, 137). El asunto se salió de cauce: "Los muertos
siguieron creciendo y el sadismo empezó a aparecer en las
matanzas... los muertos ya no solamente fueron hombres.." (Alvarez,
139).
Hasta que ese mismo descontrol (que se manifestó con el surgimiento
de jefes que ya no respetaban la autoridad del Cóndor) llevó
al cansancio, al enfrentamiento y al miedo de los mismos pájaros:
"Los pájaros ya empezaban a tener miedo. La sangre de
tantos muertos, aunque les había hecho costra, ya les estaba pesando"
(Alvarez, 146).
En contraste con esta visón "histórica" de
la muerte, está la visión mítica que se niega a creer
que pueda ocurrir a manos de los coterráneos o que mitifica los
hechos contundentes, atribuyéndolos a fuerzas sobrenaturales. Tuluá,
portador de la conciencia colectiva, siempre evadió los hechos
patentes o los reelaboró. En todo caso, aún frente a la
evidencia, los habitantes de Tuluá "no pusieron bolas, continuaron
con sus versiones fantásticas, comenzaron a ver el Jinete del Apocalipsis
y olvidaron la noche de los muertos" (Alvarez, 86).
Esta visión no sólo contrasta con la de denuncia del narrador,
sino con la actitud de los orientadores políticos de la guerra
que habían armado la rebelión, dotando a las bandas de toda
la infraestructura paramilitar.
La otra actitud ante la muerte reseñada es la del propio León
María, que oscila entre la superstición, la rutina y el
cinismo. León María está convencido de que su propia
muerte está predeterminada, de que sólo tiene una manera
de morir: la que le vaticina el curandero que le trataba el asma. Pero
ante la muerte masiva de la que es responsable se comporta con cinismo.
Autor-personaje
Hemos aclarado ya que la estrategia narrativa de Cóndores, consiste
en contrastar la visión mítica con la visión histórica
y crítica de los hechos. La novela es relatada por un narrador
omnisciente capaz de balancear ambas visiones, un narrador que constantemente
enjuicia la visión mítica y actúa como enunciador
de la verdad de los hechos y de sus complejas interrelaciones. De modo
que la relación entre autor y personaje, se daría en la
medida en que aceptemos que el narrador-historiador es, a la vez, portador
de la visión de mundo del autor, quien se propone denunciar no
sólo los hechos violentos, sino la inmutabilidad de las propias
víctimas, en un esfuerzo por crear una conciencia histórica
del grave fenómeno de la violencia. Pero recordemos que los dos
personajes principales de la novela son El cóndor, a la vez protagonista
real de los hechos y leyenda popular; y Tuluá, que se ha antropomorfizado
para representar la conciencia colectiva que, si bien avanza, no evoluciona
en últimas.
Quizás la mejor metáfora para establecer esta doble relación,
sea la que propone el propio autor cuando, al final de su prologo, afirma
que el origen de la novela está en la visión del niño
que ahora ha crecido, es decir que ha tomado conciencia de los hechos.
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