|
El hipertexto y la caverna posmoderna
|
|
Acudiendo a una curiosa alegoría, Juan José Martínez nos ofrece una interesante revisión de lo que él mismo llama “el nacimiento de la conciencia informada”, es decir, el proceso por el cual es alienada la conciencia del hombre a través de las imágenes televisivas y de la información generalizada. Martínez reactuliza el mito de la caverna de Platón para presentarlo como modelo de lo que denomina “la cautividad posmoderna”. Siguiendo las ideas de la sociedad del simulacro, el autor español nos ofrece una visión de la sociedad contemporánea atrapada por el discurso de las imágenes, como si se tratara de una caverna, al interior de la cual los hombres han estado amarrados a sus sillas mirando la parte del frente donde observan todo el tiempo sombras y escuchan ecos que algunos tramoyistas (situados, sin ser vistos, detrás de ellos y delante del fuego que está a la entrada de la caverna) proyectan. Estas sombras-ecos que los hombres observan constituyen para Martínez una perfecta alegoría de las imágenes televisivas y de la información reticular extendida. Martínez propone la distinción de tres estados de conciencia en este escenario: el estado A que corresponde al de los hombres amarrados y obligados a percibir las sombras-eco; el estado B que corresponde al de los tramoyistas, manipuladores de la imagen; y el estado C que corresponde al de quienes logran salir de la caverna, apreciar el conjunto de la escena y además ver el sol. Los espectadores del estado A, también llamados por Martínez “el distinguido público”, poseen una conciencia "informada". La descripción de esta conciencia es el punto central de su libro y aquí haremos una breve reseña de esa descripción. A Martínez, al igual que a Virilio, le preocupa que el hombre cautivo de las imágenes se convierta en objeto de manipulación, y por eso emprende la tarea, como hombre situado en esa posición privilegiada, y a la vez marginal, que ofrece el estado C, de denunciar la manera como los tramoyistas y los medios de comunicación asaltan la conciencia del hombre para robar su atención, distraerlo desde afuera e imponer la única legitimidad del discurso de la imagen. De este modo lo atrapan en una visión de mundo y en una red de valores que lo hacen maleable a los intereses comerciales de la sociedad de consumo. Pareciera que los tramoyistas (así llama Martínez a los responsables del diseño de ese discurso cautivante de la imagen: publicistas, técnicos de la imagen, pero también empresarios, artistas y políticos comprometidos con el nuevo orden) hubieran madurado todo un sistema proselitista, perverso y calculado, capaz de preconfigurar comportamientos, a través de un proceso que comenzaría con el “robo” de la atención, continuaría con la imposición de una visión de mundo y culminaría con la aceptación acrítica de los valores de la sociedad de consumo. Martínez afirma que las imágenes actúan como antes lo hacían las ideologías y las religiones, con el fin de captar la atención sobre ciertos comportamientos “legales” que integran a los individuos bajo determinados estereotipos. Este robo de la atención es fundamental para las siguientes etapas del proceso: prepara la pasividad e infantiliza la conciencia, de modo que también afecta procesos mentales como el pensar y la elaboración personal de imágenes e ideas. La cultura de la imagen, con toda su parafernalia (simultaneidad, velocidad, repetición) bloquea, según Martínez, procesos naturales como la síntesis de transición, es decir el paso que va de la conexión de la imagen con la realidad, y degrada entonces el único mecanismo que posee el hombre para elaborar la diferencia entre la realidad y la ficción: la intencionalidad, el deseo de verificar si existe o no un sustrato real de la imagen, todo lo cual no conlleva sino a preparar la conciencia del individuo para llenarla de información, cerrando así las posibilidades a una formación de la conciencia, en cuanto no le ofrece herramientas de auto-reflexión y critica frente a lo así percibido. Al no tener tiempo para que su atención se detenga en algún tipo de síntesis de transición o de intencionalidad, el ser humano se queda sin una unidad interpretativa y pierde la posibilidad de captar la unidad de las cosas o su comprensión, y queda insatisfecho y expectante, es decir dispuesto a aceptar sucedáneos de esa unidad perdida. Esa falsa conciencia atentual es el primer paso. El segundo, consiste en deformar la percepción: reducir la posibilidad de distinguir entre ficción y realidad y sustituir los criterios tradicionales de verdad, basados en la intencionalidad y/o comprobación, por una especie de inmanentismo idealista; con lo que se llega a un tercer tipo de conciencia que Martínez llama imagenizante. La conciencia imagenizante es ya la conciencia informada, conciencia prisionera, vacía de imágenes de objetos reales, pero llena, a cambio, de imágenes mentales, de recuerdos de imágenes tramoyistas. Conciencia que se alimenta de palabras prestadas, oídas en los media; conciencia que degrada así la comunicación humana y, con ella, el pensar y el ser. Todo se convierte en juego: juego de palabras, juego de imágenes; lo privado se sustituye por lo publico y con ello se pierden las capacidades de reflexión, critica y trascendencia. Se configura, pues la situación de “cautiverio” que también denunciara Virilio: El discurso globalizador y totalizador le tapona (al individuo) las posibles salidas críticas. La conciencia in-formada es incapaz de rebelarse o desobedecer, incapaz de decir “no, basta”. Desenraizada y debilitada es “convencida” fácilmente por todo lo que se presenta con la etiqueta de “nuevo” (135). Ahora, en relación con las dificultades de auto-reflexión y critica, Martínez advierte otro síntoma de la conciencia informada: su disposición al juego y a la distracción, es decir a una desatención, que si bien sería deseable en el caso de que ésta no dependiera de lo puramente externo, se convierte en un peligro, cuando sólo depende del exterior: Si la conciencia informada está acostumbrada a ser divertida desde el exterior, no acude o viaja a su interior. Bien porque nunca estuvo, bien porque ya no recuerda el camino... Tanto está la conciencia fuera de sí que olvida de atenderse y fortalecerse (137). Por esta razón, cuando a la conciencia informada se le corta el suministro de imágenes, se siente mal. Y esa distracción interna queda debilitada, primero porque no existe el hábito para emprender el camino, segundo porque la voluntad de la conciencia informada está exhausta: Hasta el buscar las propias distracciones es trabajoso para la conciencia informada. Ha probado la “comodidad” de ser espectadora y cliente y no le apetece crearse sus propias diversiones (138). Una vez cumplida esta parte del proceso, la conciencia informada asume que el mundo es así, tal como lo percibe, y se despreocupa por la posibilidad de mejorarlo. Los viejos valores dejan de tener sentido, y los conceptos legitimadores como Dios, Razón, Espíritu, Historia, lucha de clases, etc., pierden funcionalidad. La legitimidad de la nueva visión de mundo no se alcanza por la vía axiológica antigua (fraternidad, igualdad, legalidad), ni gracias a eso que Lyotard llama los metarrelatos, dadores del lazo social. El discurso alrededor de la imagen y de la información se legitima por lo que Martínez anuncia como tres bloques. El primero, se asimila a las funciones de la religión: por un lado, reunir, es decir integrar. Las imágenes integran, ofrecen cierta identidad, la identidad de la moda y el clisé. De otro lado, las creencias. Las imágenes pueden asimilarse a las creencias religiosas, en la medida en que las preguntas acerca de su verdad/falsedad no son pertinentes. La certeza se basa en un “lo he visto por la televisión”, o “esto dijeron los noticieros”, etc. Un segundo bloque es de carácter psicológico-terapéutico. La misma costumbre de ver imágenes origina la necesidad psicológica de la información. Pero la información también puede ser utilizada como un modo para evadir la realidad, para purgar los malos instintos, y también para integrarse “sanamente” al colectivo. Desde esta perspectiva de integración, los media ofrecen estabilidad emocional, compañía y distracción. Un tercer bloque de elementos legitimadores lo constituye la misma técnica. La capacidad que tienen los mitos y carreras tecnológicas para instalarse en la conciencia informada y exigirle consumo y actualidad en las tecnologías: cuanto más avanzada sea la técnica, más progreso, más legitimación, mas verdad y bondad para la conciencia informada. Pero, ¿qué es lo que ganan los media con ese ofrecimiento continuo de material de imágenes? ¿Cuál es el misterio de su gratuidad?, se pregunta Martínez. El autor ofrece tres horizontes de respuesta: uno (el que se ha comercializado y extendido más), se basa en la idea de que los media satisfacen uno de los deseos históricamente más perseguidos por la humanidad: la democratización de la asistencia (a los eventos, a los espectáculos, etc.). El otro asume que el trabajo de percepción y procesamiento continuo de materiales visuales es “remunerado” al espectador con más imágenes, con un “capital” de imágenes que está a su disposición para intercambiar a su gusto. Finalmente, Martínez plantea un tercer horizonte: el de la indemnización. El juego tramoyista está causando un insospechado e incalculable daño al ser humano. La conciencia ha sido raptada y permanece cautiva de lo que se le proyecta o dice. Si existe el daño, debería existir la indemnización, pero los medios no pueden llevarla a cabo, porque están, a su vez, atrapados por el juego. La tarea del intelectual (del hombre situado en el estado C), debería ser la de denunciar el mito de la gratuidad. Nada es gratis. Los medios no proyectan las imágenes en forma gratis como aparentemente se da. En realidad nos pasan las facturas y nosotros no nos damos cuenta. Y las pagamos de varias maneras: antes que nada, dejándonos robar la atención, entregándola. Pero también reduciendo nuestra percepción y nuestra capacidad de solidaridad, así como las formas de concepción y distribución del tiempo. Pero quizá lo más grave: aceptando como visión de mundo lo que Martínez llama: “la configuración de un estado de opinión”, dejando que otros decidan por mí: El triunfo de la tramoya platónica es, en definitiva, el triunfo del sacerdote, del profeta, del soberano, del poder que mantiene a los individuos en sus manos, a su “servicio” y dispuestos siempre a cualquier “sacrificio” (151). Ahora, Martínez contrapone a esta conciencia in-formada, pasiva y servil, una conciencia formada, capaz de crítica y de pensamiento: la conciencia que se forma en la lectura. En el Proemio de su libro, el autor español realiza toda una apología de la lectura, del rescate de lo que él llama la palabra muerta: la palabra registrada en los libros. Incluso llega a llamar “formados” a quienes cultivan la lectura, a quienes se alimentan de sus propias imágenes, en una clara intención de demarcación del terreno ideológico. Compara a estos “formados” (de los cuales él hace parte, por supuesto) con “seres marginados, locos, francotiradores, originales trasnochados, críticos pasados de moda, es decir, sujetos no integrados” (Martínez, 146). Esa es, en últimas, la intención de Martínez: contraponer dos tipos de conciencia, dos tipos de visión de mundo, dos actitudes. Y aunque se pone del lado “marginal”, valora de manera positiva esa marginalidad, proponiéndola como salida a la crisis que expone, al daño “irreparable” de las imágenes posmodernas. Es la lectura, según Martínez, la que despierta el logos del profundo sueño y lo pone en movimiento; especialmente ese tipo de lectura que es a la vez lectura y pensamiento, puesta en dinámica de resonancias y referencias librescas, lectura con responsabilidad, lectura de confrontación y develamiento de significados: (Leer) es como deshilvanar lo pensado... es un acto creador... Al leer se comprende, se interpreta, se critica, se valora, se actualiza... (13). Es decir, se logra eso que la conciencia apenas informada no puede ni soñar: la auto-reflexión y la decisión. Además, Martínez insiste en que la historia, la tradición y el pensamiento sólo pueden ser salvaguardados a través del circuito escritura/lectura; gracias al hombre que piensa y escribe y al hombre que luego lee y piensa: El pensar derivado del leer y el escribir, es la manera de almacenamiento y conservación de las ideas a través del paso del tiempo. (14). Esa conservación de la tradición como reserva cultural es lo que finalmente preocupa a autores como Martínez y Virilio, que ven amenazados los tesoros culturales propios de la era de la imprenta. De ahí que pueda describirse la resistencia al hipertexto como una especie de resquemor por todo lo que pueda afectar esa reserva; aún más, si se le vincula con lo visual (con la máquina de visión) y con las estrategias “tramoyistas” de la información generalizada, aunque en realidad puede también considerarse al hipertexto como una herramienta potente para el proceso lectura/escritura Propongo que el hipertexto sea considerado más que una ruptura radical con otros procedimientos de lectura y escritura, un objeto híbrido de transición entre un modo de conocer y otro aún no-formado, en el que tanto la palabra como la imagen y la información de tipo reticular aportarán sus funciones y sus posibilidades. El hipertexto es, por ahora, un híbrido de ciencia y arte, de palabra e imagen, de imprenta y electrónica, de rizoma y máquina, que anuncia nuevos tiempos, pero que debe ser observado en función de la tensión que significa habitar en medio de un estado de transición y mutación. Probablemente la herramienta resultante de esta tensión no sea el hipertexto tal como lo conocemos hasta ahora; posiblemente el libro no desaparecerá, pero lo que si podemos afirmar es que la lectura tendrá que reconfigurar sus condiciones y sus premisas a otros tipos de manejo de la información, y que esto puede valorarse en forma positiva o negativa, según se observe desde el sitio desde donde nos hemos acostumbrado a vivir. Temas relacionados Máquina de visión de Virilio - La racionalidad del hipertexto |