Algunos ideales posmodernos: relativismo y virtualidad

Una manera de definir el posmodernismo es considerándolo como el triunfo del relativismo. Primero en la esfera de las ciencias duras y luego en la de las ciencias suaves, el relativismo ha sido un proyecto intelectual que busca demostrar y derivar consecuencias de un socavamiento de formas de pensar y conocer ligadas a la razón, la lógica y el argumento. Según el relativismo, la razón es simplemente un sistema de persuasión, la lógica es pura retórica y la verdad apenas una ilusión producida por los efectos de la argumentación. Manifestaciones de este relativismo se han dado desde las teorías científicas de la relatividad, la incertidumbre y la probabilidad a la antropología cultural y la historia de las ideas, hasta el existencialismo y la lingüística estructural. Pero quizás ha sido Lyotard, quien mejor ha compilado esta trayectoria, afirmando primero que el saber no es la ciencia y luego que el saber es diverso.

Efectivamente, siguiendo a Lyotard (especialmente en su libro: La condición posmoderna), es posible afirmar que existe, no uno, sino muchos saberes, de los cuales dos han sido claves en occidente: el que Lyotard llama saber narrativo (o popular, vinculado a la oralidad) y el saber científico (vinculado a la escritura). Pero el corolario más importante de esta posición relativista de Lyotard es precisamente el reconocimiento de la diversidad, esto es, la atención y el respeto que pide Lyotard a las particularidades culturales y locales de todo saber (de nuevo aquí el pluralismo epistemológico). Pero admitir la diversidad es también admitir la alteridad (reconocimiento del otro, diferencia) y el disenso (la posibilidad que se abre de que el conocimiento no sea necesariamente consensual). Todas estas ideas, nacen de una desestabilización de la “capacidad de explicar” que habían tenido casi exclusivamente los saberes narrativo y científico, y que se manifiesta en la promulgación de nuevas normas de inteligencia y nuevas reglas para el juego del lenguaje. Nueva inteligencia y nuevos juegos del lenguaje que exigen su expresión y a la vez condicionan la tecnología de la expresión de modo que puedan hacerse, ambas: la expresión y la tecnología, compatibles.

Pero otra manera de definir el posmodernismo es asignándole el carácter de “cultura de producción de presencia”. Según Hans Ulrich Gumbrecht, se ha efectuado una reordenación cultural que ha implicado pasar de una cultura de producción de sentido (cultura de la re-presentación) a una cultura de producción de presencia. Esta reorientación ha significado también un desplazamiento de los instrumentos para acceder al conocimiento y específicamente una “reacción a leerlo todo a interpretarlo todo”, esto es, a seguir aceptando la pretensión universal de la hermenéutica, en la medida en que la cultura contemporánea, en su afán de producir presencia, ha hecho de la estabilidad y de la permanencia de los textos (condición para el ejercicio hermenéutico) algo poco funcional.

Pero la presencia de la cultura contemporánea no es una presencia plena, sino una presencia apoyada en la virtualidad, y ésta en los sistemas de presentación perceptual (que van en contravía de los sistemas de representación).  Así, el conflicto entre cultura de la representación y cultura de la producción de presencia puede verse como el conflicto entre sistemas de representación simbólica (dentro de los cuales, la escritura es el más imponente) y sistemas de presentación perceptual. Y la tecnología electrónica parece haber expuesto no sólo la fuerza de ese conflicto sino su irresolubilidad. Según Bolter, la  deseable convergencia entre tecnologías de la impresión y tecnologías electrónicas parece cada vez lejana, y esto por dos razones correlacionadas: porque  la imagen tiene hoy más probabilidad de imponerse como forma de acceso al conocimiento y la realidad, y porque el medio electrónico parece más proclive a la presentación perceptual. El deseo de ver el mundo en la palabra, según Bolter, ha sido sustituido gradualmente por el deseo más fácilmente obtenible de ver el mundo mediante las tecnologías de la ilusión perceptual (270). Facilidad que hace pensar en otro conflicto de fondo: el que se da entre signos arbitrarios y signos naturales. En efecto, las facilidades tecnológicas de hoy han generado el despertar de un deseo reprimido por la cultura y el orden del libro: el deseo por el signo natural, por pasar directamente del signo a la cosa sin mediaciones simbólicas, lo que implica, en su extremo, la disolución de los sistemas de representación que no son capaces de competir con sistemas de inmediatez y transparencia como la realidad virtual. Promoción de la visualización y de la interacción, desvalorización de una conciencia del signo, parecen ser las nuevas condiciones de una cultura de la producción de presencia.

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