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Ritmo e hipertexto
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Calabrese observa que, en contravía del idealismo y de la estética de la vanguardia (que establece como valor lo irrepetible y original), existe hoy toda una estética de la repetición y de la variación, que supera esa idealización de la singularidad . Que haya conciencia de que nada es irrepetible, que lo importante (estéticamente) no es la originalidad de la obra sino su fruición, se toca con esa naturaleza del hipertexto que busca sobre todo poner al lector a jugar. Habría incluso una consecuencia adicional: si el hipertexto está exigiendo, en su momento creativo, el diseño y, en su recepción, el juego, estamos vinculando de alguna manera la estética posmoderna con la neobarroca. Esta estética de la repetición pone en juego varias modalidades: la estandarización, es decir la posibilidad de una producción en serie (las series televisivas, por ejemplo); la variación estructural, como las continuaciones de las aventuras de los personajes, los recorridos de historias análogas (guiones tipo), la repetición de fragmentos estándar, etc. Calabrese también enumera algunas las fórmulas de la repetición: variaciones de un prototipo, acumulación de episodios que no comprometen el tiempo total de la serie y prosecución: avance, lentísimo hacia un final esperado. Finalmente, el semiólogo italiano describe los modos de la repetición: el modo icónico, que respeta la imagen (por ejemplo del protagonista), el modo temático y el modo narrativo (variaciones de estructura: el guión tipo, los motivos recurrentes, etc.). La pregunta que surge frente a esta descripción es: ¿qué tanto resulta el hipertexto comprometido con una estética de la repetición? ¿Hasta dónde su diseño y su recepción sólo pueden estar modelados por estas estrategias y maneras de la repetición barroca? En últimas, lo que pone en evidencia esta estética de la repetición es que la originalidad no es más que la capacidad de variar, descentrar o deformar, fórmulas preestablecidas. Es la minúscula variante la que producirá, por lo tanto, el placer del texto, y es por eso que la capacidad para ejecutar variantes, termina siendo sobrevalorada. Calabrese pone como ejemplo la novela de Eco, El Nombre de la rosa, donde todo es cita, donde no hay nada nuevo, donde la mano del autor sólo sobrevive por su capacidad de combinar e insertar sistemas de variantes adecuadas a los diversos tipos de lector-modelo previstos por la novela. Claro, las competencias exigidas al “diseñador” de la obra (cuya labor consiste en la construcción de modelos para armar, en la propuesta de estructuras flexibles a dónde cargar narrativas prefabricadas), el virtuosismo que se le pide, residen ahora en el rebuscamiento de efectos variados, lo que termina empobreciendo una competencia anterior ligada a la estética de la singularidad: el virtuosismo de crear verdaderas historias, llenas de tramas y de intrigas, cargadas de simbolismo y lecciones. Calabrese ofrece una explicación filosófica a este empobrecimiento aceptado por creadores y receptores de la nueva estética: la repetición surge por una especie de reacción al exceso de historia, al exceso de lo dicho, el exceso de prescripción y performatividad. Ese saturamiento de la historia destruye la idea de armonía y de secuencialidad y nos lleva a reconocer y desear el carácter corpuscular y granular (fragmentario), tanto en las secuencias de los acontecimientos, como en la de los productos de ficción. No más historia, no más narrativa lineal y cerrada, ¿no es eso lo que propone Landow cuando plantea la necesidad de reconfigurar la narrativa? Dispersión del autor, estética del diseño, ¿no están ligadas estas otras reconfiguraciones a las estéticas que, como la de la repetición, descreen de la originalidad, de la personalidad, es decir, de la autoría? Temas relacionados Escrituras de la posmodernidad - Reconfiguraciones del texto |