Historia de la literatura moderna

Durante el renacimiento y la ilustración, las cortes y la aristocracia patrocinan las artes, y la poesía se define según la conveniencia de los intereses y los valores de la clase dirigente. Los escritores eran en su mayoría hombres de buen gusto y con recursos, y hasta aspiraban al gentilicio (Kernan). Pero la poesía cortesana decayó en el siglo XVIII con la revolución francesa: las sociedades autoritarias y aristocráticas se convierten en  parlamentarias y liberales, las economías agrícolas en capitalistas; la ciencia reemplaza la religión y se impone una fe en el futuro y el progreso. La cultura deja, con la imprenta, de ser oral y se transforma en cultura de letra impresa. La imprenta, mecánica y democrática, abre la poesía a otros ámbitos distintos a la corte; crea un mercado abierto para los libros y las ideas, vuelve antieconómicos a los mecenas y a la censura y transfiere el poder literario a un público cada vez más amplio de lectores comunes y fomenta un nuevo tipo de escritores profesionales. Llega a su fin, pues, el viejo orden cortesano de las belles letres:

También es el comienzo de lo que en el futuro romántico habría de convertirse en literatura, cuando autores y hombres de letras establecen una manera diferente de pensar sobre las cosas literarias (Kernan, 20).

El término literatura empezó a usarse en su sentido moderno sólo en la segunda mitad del siglo XVIII (ya no en sentidos anteriores como los escritos serios o la habilidad para leer):  empezó a incluir tanto la poesía como la escritura imaginativa, sin importar el género. Surge así la verdadera oposición: ya no entre poesía y prosa, sino entre ciencia y literatura.

Pero la transformación de la vieja poesía hace parte del cambio general de las artes y de la cultura. Kant suministra la legitimidad  social a las artes al incluir la belleza, junto a la verdad y el bien, entre las categorías a priori del entendimiento humano. El arte se convierte así en una parte importante de la cultura occidental (aunque sin llegar al nivel de otras instituciones como la religión, la familia, el estado o la ley).

Se genera la urgencia de institucionalizar (objetivar) el orden ideal de la literatura (Kernan, 22): surge la necesidad de conformar un corpus oficial de obras, constituido  por todos los escritos creados por la imaginación (que se empezó a considerar como categoría universal). Se construye una historia literaria continua y se asegura un lugar importante para literatura en las grandes eras históricas. Los personajes de la literatura se estudian y se detallan  las vidas de los autores:

Lo que para los románticos era simplemente un concepto se solidifica en los siglos XIX y XX y conforma una institución social de dimensiones y firmeza considerables (Kernan, 22).

Las colecciones de literatura de las grandes bibliotecas  ayudan a objetivar aún más ese concepto. La inclusión de la literatura  como materia de estudio en las escuelas y las universidades le dan el status de conocimiento. Así mismo, alcanzan prestigio todas las actividades eruditas, desde la enseñanza, hasta la teorización, pasando por las labores históricas, y otras de apoyo como la elaboración de poéticas, antologías, biografías, bibliografías, etc.

Desde el punto de vista ideológico se presenta una situación muy curiosa: si bien la literatura, en consonancia con su origen, adoptó los mismos ideales “revolucionarios” que terminaron derrocando reyes y barriendo los impedimentos de la libertad (Kernan, 23), cuando empieza a emerger el estado burgués escoge una posición opuesta al nuevo mundo del dinero, las ciudades, las fábricas y las máquinas: surge lo que Burgos  llama las dos modernidades, según lo cual, el arte se apropia un poder crítico de la modernidad burguesa. Se dan los rasgos que Gutiérrez Girardot  recuerda con precisión: el poeta se convierte en héroe, y su vocación poética se convierte en tema. Hay una especie de retorno romántico, según el cual, el poeta prefiere la “evasión”, la naturaleza, lo primitivo, la conciencia profunda, lo irracional, el arte. Ese retiro voluntario de la sociedad y el rechazo de los valores materialistas, que se acerca mucho a un programa típicamente romántico, genera en la situación del poeta modernista una especie de “retraso cultural” (Kernan, 24)  que lo hace aparecer como personaje truculento, atormentado y/o perverso.

Hay, sin embargo, según Kernan, una contradicción de fondo en esta posición: de un lado, la literatura moderna sin ese ambiente capitalista que critica no habría podido existir. Incluso, muchos de los ideales humanistas derivados desde la literatura (imaginación creadora, singularidad de la obra, creatividad individual), son los que, de alguna u otra manera, promociona y requiere también la innovación tecnológica e industrial. De otro, sin que la institución fuera muy consciente de ello, estos mismos ideales y su fomento, habrían estado ayudando a la consolidación del status quo. Primero porque, desde un punto de vista freudiano, la real función de la literatura habría sido la de permitir una evasiva y un escape a las situaciones de presión que un medio mercantil y competitivo genera; de modo que el efecto final, en el balance, de una promoción de la literatura en la sociedad capitalista es garantizar la armonía y la salud mental de sus individuos. De otro, dada la manera como fueron establecidos los cánones y exigencias de la literatura, ésta habría estado favoreciendo un logos particular y un modo de ver el mundo unidimensional: la visión falocéntrica del patriarcado, dejando por fuera la expresión de otros actores sociales: las mujeres, los marginados, etc.

Desde este punto de vista, la literatura no solo habría constituido un tipo inocuo de critica, sino que, en su ingenuidad, habría estado coadyuvando a mantener el modo de producción que la vio nacer en sus formas modernas, y contra el cual supuso que había estado luchando: el capitalista

Según Kernan, la literatura romántica y modernista, definida ideológicamente como un movimiento antagónico al industrialismo y a la tecnología (al mundo de los valores burgueses), en realidad olvida sus orígenes tecnológicos, pues ella es, ni más ni menos, el desarrollo cultural de una máquina, la imprenta.  Este “olvido” (histórico) es el que permite comprender varios asuntos que interesan a la hora de dilucidar los universos axiológicos que se ponen en juego alrededor de la discusión sobre la pertinencia del hipertexto en la literatura. Uno de esos asuntos es que, dado ese olvido, se comprende mejor la radicalidad de ciertas posiciones ludistas.  Pero también el olvido del origen tecnológico de la literatura moderna explica el grado casi dramático de pérdida de credibilidad de lo literario (romántico-modernista) en la sociedad contemporánea.

¿Acaso podría la literatura romántica aceptar la idea de que un arte tecnológico (como podría ser el de las hiperficciones) pudiera ingresar a ese recinto sagrado de lo “serio”, donde sólo se cultiva la forma, el estilo, la estructura, el carácter acabado y singular, en contra de lo masivo, lo utilitarista y lo ordinario del industrialismo? ¡Ni de riesgos!:

La literatura no quiere tener nada que ver con los hechos rutinarios y emocionalmente vacíos de la ciencia, sino con las versiones modernas de los ritos y cuentos recogidos por Sir James Fraser en La rama dorada... De esta manera la literatura se configura como conocimiento superior que rivaliza con la ciencia y se da además un aura de misterio muy útil a la hora de sobrevivir en una sociedad pragmática (Kernan, 30).

Lo curioso es que esa posición ideológica habría sido rebasada, según Kernan, por las circunstancias de transformación de los distintos órdenes en este final del siglo XX: en primer lugar, existe una especie de desfase  casi patético, si consideramos que la sociedad capitalista contra la cual luchaban los literatos románticos está cambiando de un modo dramático (sin que la institución literaria se haya percatado del todo) y con ella los valores; de modo que el papel de critica social atribuido a la literatura romántica (con sus ideales: la imaginación creadora del artista, la obra de arte única y perfecta, la magia, el estilo y el misterio del mito) se está quedando sin piso, causando, en cambio, un retraso cultural que hace ver la feroz y amarga critica del poeta como un mal chiste: el arte romántico modernista se habría convertido en esa provincia de los loquitos de izquierda que ya no tiene una importancia real para los asuntos serios del mundo.

En segundo lugar, para esta literatura (basada en la institucionalización e idealización del potencial de la imprenta para crear autores, fijar textos y estabilizarlos, catalogar libros, etc.), ha venido perdiendo autoridad, y en consecuencia, realidad, en la medida en que decrece la habilidad para leer, en la medida en que las imágenes de la televisión y el cine reemplazan al libro impreso como fuente más eficiente y preferida de entrenamiento y conocimiento:

La obsolescencia cultural... se ha apoderado de la vieja literatura en un mundo donde la televisión está transformando todo lo que toca... donde la creación de la imagen ha capturado el lenguaje (Kernan, 16).

El problema de la literatura romántica que se empeña en sobrevivir, consiste en seguir creyendo que el sine qua non del arte es esa hostilidad amarga que organiza y pone en juego sus actos y creencias en función de una critica del orden social, de los políticos y los hombres de negocios. Así es como la vieja literatura deja de ser plausible o útil por las nuevas circunstancias del siglo XX.  Por eso, Kernan hace un doble llamado. Primero: no olvidar que el arte es sólo lo que la sociedad que lo engendra dice que es (llamado al que hay que complementar con la pregunta: ¿qué tipo de “literatura” es la que esta “nueva sociedad” posindustrial está diciendo que es o que debe ser?). Segundo: el arte puede ser un mal chiste, pero también debe ser un concepto y una actividad que sirva a las necesidades humanas y gane respeto de la sociedad en la que tiene que existir.

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