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Escenarios contemporáneos
de la batalla por el signo
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Ya no podemos dudar de las avasalladoras dimensiones de los cambios que están afectando nuestra época. Más que un ejercicio de futurología, las descripciones de estas mutaciones muestran la manera vertiginosa como se están conmoviendo los distintos órdenes culturales de nuestra sociedad. Ahí tenemos —sólo para citar algunos autores— a un Alvin Kernan lanzando su S.O.S. por la tradición literaria, afectada por graves síntomas de desestabilización de los valores constituidos. Ahí, a Roger Chartier haciendo un llamado por preservar la inteligencia de la cultura del “códice” embestida por la “extravagante felicidad” que promete la pantalla. O a Fernando Mires hablando de una revolución insoñada, perceptible simultáneamente en distintos campos de la actividad social, pero aún imposible de subordinar a un único principio determinador. Tenemos también a un Calabrese atento a los efectos de lo que él llama las turbulencias y fluctuaciones del régimen cultural contemporáneo, susceptible de interesantes relaciones de “parentesco”. O, más optimista, a un Negroponti, exaltando las cualidades de la “era digital” y sus implicaciones . Pero, ubicados en ese espacio sugerido por Chartier como propio del campo de la historia intelectual: el de la historia social de la producción-consumo de textos, y más adentro aún, en la esfera donde circula la “noción” misma de la literatura, un fenómeno que debería resultar natural (incluso, si se quiere, elemental), dado el ambiente contemporáneo: el hipermedia, toma por sorpresa a la mayoría de sus actores. Si bien la institución literaria puede defenderse y hasta sacar provecho de otros vehículos de la crisis, como, por ejemplo las demandas por una mejor y más apropiada enseñanza de la literatura o por su sostenimiento como programa académico y como disciplina del saber en el ámbito universitario (y esto pese a los embates de una crítica radical y a las pugnas entre quienes quieren eliminarla del “árbol del conocimiento” y quienes defienden su rol), la discusión sobre la pertinencia de lo tecnológico, en cambio, siempre causa alergias de distinta sintomatología. Pero no sólo se trata de que la tecnología haya profanado el recinto sagrado de las humanidades, sino, sobre todo, de que esa irrupción suele llegar acompañada por una insólita legión: computadores, jergas extrañas, vicisitudes administrativas y mecánicas; todo lo cual puede crear, muy rápido, un clima de enfrentamientos. Incluso en las relaciones cotidianas, esa confrontación deja ver a las claras que lo que pone en juego la irrupción de la tecnología digital es la necesidad de supervivencia y la lucha de ciertas ideas; ideas sobre la literatura, sobre la cultura, sobre la sociedad, etc. Visto desde una perspectiva “ingenua”, el hipermedia puede ser considerado apenas una herramienta más, un “facilitador” de la escritura, y hasta ahí no suele haber ningún problema; pero considerado en su potencialidad, como vehículo de serias e importantes reconfiguraciones, su apreciación se convierte en todo un revuelo que tiende a afectar profundamente la manera como se concibe la literatura Así puede quedar formulado un primer universo semántico de lucha por el signo: el constituido por las dinámicas discursivas que se generan entre quienes rechazan las irrupciones de lo tecnológico en las actividades literarias y quienes pueden ver en ellas una apertura a sus posibilidades tanto estéticas como conceptuales. Pero en realidad, este universo semántico, enfocado desde una esfera más externa, puede ser ampliado a uno de mayor cobertura: la lucha, al interior de la institución literaria, entre quienes defienden una concepción más bien modernista y romántica de la literatura y quienes se empeñan por deconstruir tal ideología, ofreciendo a cambio una perspectiva distinta del quehacer literario, menos absolutista, o más democrática: llamo a este universo semántico: la lucha entre los viejos y los nuevos literatos (quizás una nueva versión de la “querella” entre antiguos y modernos). Sin querer estructurar interdependencias o determinaciones, interesa hablar de otras luchas ideológicas que se transparentan alrededor del debate sobre el hipertexto. Una muy interesante puede abarcar esa lucha de paradigmas que, desde hace años, circula con el nombre de: debate modernidad/posmodernidad, en el que también se ponen en juego controversias de orden filosófico y estético muy fuertes. Siguiendo a Calabrese, y haciéndole caso a su propuesta de no asignar el nombre de posmoderno al gusto de nuestra época, sino más bien, el de neobarroco, el debate podría derivarse hacia un nuevo universo semántico: la confrontación renovada de dos “espíritus”: el clásico y el barroco. En esta perspectiva resulta interesante examinar cómo habría una especie de “retorno de lo barroco” que, si bien todavía lucha por posicionarse en la academia y en las instituciones, ya sería una presencia viva, incrustada en las distintas manifestaciones culturales de nuestra época. También resulta importante otro universo semántico: el que queda configurado al reconocer el enfrentamiento entre imaginarios colectivos de la resistencia (tradicionalismos o conservadurismos) e imaginarios de la renovación (o de la esperanza, siguiendo, a Laplantine). Pero este debate migra rápidamente a otra dimensión: la dimensión de orden político, en la que es posible rastrear el universo semántico constituido por la lucha entre Hierarco y Anarco, entre agelastas y rumberos, entre absolutistas y demócratas. Una mirada a un orden más general me permite, por último, regresar a esa controversia que puede agruparse bajo la dicotomía: palabra vs. imagen, en la que también se puede apreciar una lucha por la hegemonía del signo (que a su vez tiene que ver con la dicotomía: cultura de la imprenta vs. cultura de la electrónica). Allí es interesante observar cómo se debate un modo de ver y conocer el mundo (el originado desde una cultura de los libros, desde la lectura como valor) frente a una visión de mundo derivada de la imagen, de la presencia casi inevitable de la imagen (electrónica) en nuestra cultura contemporánea. 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