Hipertexto y literatura  

Introducción

He planteado atrás que las posturas frente a la tecnología, y específicamente frente a la “irrupción” del hipertexto en el horizonte literario (y que he examinado en el anterior aparte), conforman un observatorio privilegiado de lo que, siguiendo la visión de una crítica dialógica, podría definirse como la lucha de universos antagónicos de significación. Pero, ¿cuáles son estos exactamente? ¿Cuál universo se ve afectado tan drásticamente por la “presencia” de lo tecnológico, como para reaccionar con el rechazo radical? ¿Cuál, en cambio, ve en este acontecimiento una oportunidad de poner en juego sus creencias y sueños? Ha llegado el momento de proponer y desarrollar una hipótesis de trabajo, para lo cual seguiremos muy de cerca en este aparte los planteamientos de Alvin Kernan en su libro: La muerte de la literatura.

Una advertencia inicial, antes de adentramos en el asunto: las reacciones frente al hipertexto que hemos revisado antes serán consideradas aquí, según lo previsto, como manifestaciones de un malestar más profundo: el que se genera por el enfrentamiento de varios sistemas axiológicos que, inesperadamente, entran en conflicto, dadas ciertas condiciones. De otro lado, mantendremos la perspectiva según la cual, este conflicto a su vez forma parte de una mutación cultural más general, uno de cuyos síntomas se percibe como la transformación de una cultura de la imprenta en una cultura electrónica.

Y también una observación básica. Veremos cómo, según Kernan, la literatura romántica y modernista, definida ideológicamente como un movimiento antagónico al industrialismo y a la tecnología (al mundo de los valores burgueses), en realidad olvida sus orígenes tecnológicos, pues ella es, ni más ni menos, el desarrollo cultural de una máquina, la imprenta.

Este “olvido” (histórico) es el que podría ayudarnos a comprender varios asuntos que nos interesan en la tarea que hemos emprendido de dilucidar los universos axiológicos que se ponen en juego alrededor de la discusión sobre la pertinencia del hipertexto en la literatura. Uno de esos asuntos es que, dado ese olvido, se comprende mejor la radicalidad de ciertas posiciones ludistas.  Pero también el olvido del origen tecnológico de la literatura moderna explica el grado casi dramático de pérdida de credibilidad de lo literario (romántico-modernista) en la sociedad contemporánea.

¿Acaso podría la literatura romántica aceptar la idea de que un arte tecnológico (como podría ser el de las hiperficciones) pudiera ingresar a ese recinto sagrado de lo “serio”, donde sólo se cultiva la forma, el estilo, la estructura, el carácter acabado y singular, en contra de lo masivo, lo utilitarista y lo ordinario del industrialismo? ¡Ni de riesgos!:

La literatura no quiere tener nada que ver con los hechos rutinarios y emocionalmente vacíos de la ciencia, sino con las versiones modernas de los ritos y cuentos recogidos por Sir James Fraser en La rama dorada... De esta manera la literatura se configura como conocimiento superior que rivaliza con la ciencia y se da además un aura de misterio muy útil a la hora de sobrevivir en una sociedad pragmática (Kernan, 30).

Lo curioso es que esa posición ideológica habría sido rebasada, según Kernan, por las circunstancias de transformación de los distintos órdenes en este final del siglo XX: en primer lugar, existe una especie de desfase  casi patético, si consideramos que la sociedad capitalista contra la cual luchaban los literatos románticos está cambiando de un modo dramático (sin que la institución literaria se haya percatado del todo) y con ella los valores; de modo que el papel de critica social atribuido a la literatura romántica (con sus ideales: la imaginación creadora del artista, la obra de arte única y perfecta, la magia, el estilo y el misterio del mito) se está quedando sin piso, causando, en cambio, un retraso cultural que hace ver la feroz y amarga critica del poeta como un mal chiste: el arte romántico modernista se habría convertido en esa provincia de los loquitos de izquierda que ya no tiene una importancia real para los asuntos serios del mundo.

En segundo lugar, para esta literatura (basada en la institucionalización e idealización del potencial de la imprenta para crear autores, fijar textos y estabilizarlos, catalogar libros, etc.), ha venido perdiendo autoridad, y en consecuencia, realidad, en la medida en que decrece la habilidad para leer, en la medida en que las imágenes de la televisión y el cine reemplazan al libro impreso como fuente más eficiente y preferida de entrenamiento y conocimiento:

La obsolescencia cultural... se ha apoderado de la vieja literatura en un mundo donde la televisión está transformando todo lo que toca... donde la creación de la imagen ha capturado el lenguaje (Kernan, 16).

El problema de la literatura romántica que se empeña en sobrevivir, consiste en seguir creyendo que el sine qua non del arte es esa hostilidad amarga que organiza y pone en juego sus actos y creencias en función de una critica del orden social, de los políticos y los hombres de negocios. Así es como la vieja literatura deja de ser plausible o útil por las nuevas circunstancias del siglo XX.  Por eso, Kernan hace un doble llamado. Primero: no olvidar que el arte es sólo lo que la sociedad que lo engendra dice que es (llamado al que hay que complementar con la pregunta: ¿qué tipo de “literatura” es la que esta “nueva sociedad” posindustrial está diciendo que es o que debe ser?). Segundo: el arte puede ser un mal chiste, pero también debe ser un concepto y una actividad que sirva a las necesidades humanas y gane respeto de la sociedad en la que tiene que existir.

© Jaime Alejandro Rodríguez
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