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Hipertexto
como observatorio
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Algunos universos semánticos en conflictoYa no podemos dudar de las avasalladoras dimensiones de los cambios que están afectando nuestra época. Más que un ejercicio de futurología, las descripciones de estas mutaciones muestran la manera vertiginosa como se están conmoviendo los distintos órdenes culturales de nuestra sociedad. Ahí tenemos —sólo para citar algunos de los autores que leído más recientemente— a un Alvin Kernan lanzando su S.O.S. por la tradición literaria, afectada por graves síntomas de desestabilización de los valores constituidos. Ahí, al propio Chartier haciendo un llamado por preservar la inteligencia de la cultura del “códice” embestida por la “extravagante felicidad” que promete la pantalla . O a Fernando Mires hablando de una revolución insoñada, perceptible simultáneamente en distintos campos de la actividad social, pero aún imposible de subordinar a un único principio determinador. Tenemos también a un Calabrese atento a los efectos de lo que él llama las turbulencias y fluctuaciones del régimen cultural contemporáneo, reducible cada vez menos a una perspectiva unificadora, aunque susceptible de relaciones de “parentesco”. O, más optimista, a un Negroponte, exaltando las cualidades de la “era digital” y sus implicaciones . Pero, ubicados en ese espacio sugerido por Chartier como propio del campo de la historia intelectual: el de la historia social de la producción-consumo de textos, y más adentro aún, en la esfera donde circula la “noción” misma de la literatura, un fenómeno que debería resultar natural (incluso, si se quiere, elemental), dado el ambiente contemporáneo: el hipertexto, toma por sorpresa a la mayoría de sus actores. Una revisión ligera de las actitudes que ha generado lo que podríamos llamar la “aparición” del hipertexto en las discusiones de los críticos literarios, los profesores de literatura y los escritores puede arrojar resultados bien curiosos (el ejercicio puede llevarse a cabo en cualquier lado y en cualquier momento: basta introducirlo en una charla informal, donde esté presente al azar un grupo de actores como los que hemos mencionado, para obtener una muestra de las actitudes que menciono ahora y que voy a detallar después). Para algunos resulta tan imprevista y devastadora su presencia que optan por tomar el camino de la negación alucinatoria (eso no es conmigo, yo soy ludista), para otros, quizás más audaces, más abiertos (o tal vez más oportunistas), esta aparición se convierte en la oportunidad para reflexionar sobre las problemáticas mismas de la literatura o para renovar las demandas de ruptura con la tradición. En cualquier caso, el hipertexto suele ser visto como una irrupción inesperada. Estas y otras actitudes (desconcierto, cuestionamiento, previsiones optimistas y/o apocalípticas, reflexiones, revalorizaciones), permiten afirmar que la presencia del hipertexto en las actividades literarias constituye un auténtico acontecimiento: vehicula toda una ruptura de la “linealidad” institucional con un carácter verdaderamente fundador y hasta traumático. Si bien la institución puede defenderse y hasta sacar provecho de otros vehículos de la crisis, como, por ejemplo las demandas por una mejor y más apropiada enseñanza de la literatura o por su sostenimiento como programa académico y como disciplina del saber en el ámbito universitario (y esto pese a los embates de una crítica radical y a las pugnas entre quienes quieren eliminarla del “árbol del conocimiento” y quienes defienden su rol), la discusión sobre la pertinencia de lo tecnológico, en cambio, siempre causa alergias de distinta sintomatología. Pero no sólo se trata de que la tecnología haya profanado el recinto sagrado de las humanidades, sino, sobre todo, de que esa irrupción suele llegar acompañada por una insólita legión: computadores, jergas extrañas, vicisitudes administrativas y mecánicas; todo lo cual puede crear, muy rápido, un clima de enfrentamientos. Incluso en las relaciones cotidianas (pero todo esto se traslada pronto a discusiones más “serias” y luego a revistas y después a investigaciones como ésta), esa confrontación deja ver a las claras que lo que pone en juego el hipertexto es la supervivencia y lucha de ciertas ideas; ideas sobre la literatura, sobre la cultura, sobre la sociedad, etc. Visto desde una perspectiva “ingenua”, el hipertexto puede ser considerado apenas una herramienta más, un “facilitador” de la escritura, y hasta ahí no suele haber ningún problema; pero considerado en su potencialidad, como vehículo de serias e importantes reconfiguraciones, su apreciación se convierte en todo un revuelo que tiende a afectar profundamente la manera como se concibe la literatura (más adelante, cuando acudamos a Landow, intentaremos mostrar el alcance de tales reconfiguraciones). Así puede quedar formulado un primer universo semántico de lucha por el signo: el constituido por las dinámicas discursivas que se generan entre quienes rechazan las irrupciones de lo tecnológico en las actividades literarias y quienes pueden ver en ellas una apertura a sus posibilidades tanto estéticas como conceptuales. Pero en realidad, este universo semántico, enfocado desde una esfera más externa, puede ser ampliado a uno de mayor cobertura: la lucha, al interior de la institución literaria, entre quienes defienden una concepción más bien modernista y romántica de la literatura y quienes se empeñan por deconstruir tal ideología, ofreciendo a cambio una perspectiva distinta del quehacer literario, menos absolutista, o más democrática: llamaré a este universo semántico: la lucha entre los viejos y los nuevos literatos (quizás una nueva versión de la “querella” entre antiguos y modernos). Sin querer estructurar interdependencias o determinaciones, me interesa hablar de otras luchas ideológicas que se transparentan alrededor del debate sobre el hipertexto. Una muy interesante puede abarcar esa lucha de paradigmas que, desde hace años, circula con el nombre de: debate modernidad/posmodernidad, en el que también se ponen en juego controversias de orden filosófico y estético muy fuertes. Siguiendo a Calabrese, y haciéndole caso a su propuesta de no asignar el nombre de posmoderno al gusto de nuestra época, sino más bien, el de neobarroco, el debate podría derivarse hacia un nuevo universo semántico: la confrontación renovada de dos “espíritus”: el clásico y el barroco. En esta perspectiva resulta interesante examinar cómo habría una especie de “retorno de lo barroco” que, si bien todavía lucha por posicionarse en la academia y en las instituciones, ya sería una presencia viva, incrustada en las distintas manifestaciones culturales de nuestra época. Retornando a la idea original de este trabajo, me propongo examinar otro universo semántico: el que queda configurado al reconocer el enfrentamiento entre imaginarios colectivos de la resistencia (tradicionalismos o conservadurismos) e imaginarios de la renovación (de la esperanza, llamaba yo a este tipo de imaginarios colectivos, siguiendo, arriba, a Laplantine). Claro, este debate migrará rápidamente a otra dimensión: la dimensión de orden político, en la que intentaré rastrear el universo semántico constituido por la lucha entre Hierarco y Anarco, entre agelastas y rumberos, entre absolutistas y demócratas. Una mirada a un orden más general me permitirá, por último, regresar a esa controversia que puede agruparse bajo la dicotomía: palabra vs. imagen, en la que también se puede apreciar una lucha por la hegemonía del signo (que a su vez tiene que ver con la dicotomía: cultura de la imprenta vs. cultura de la electrónica). Allí será interesante observar cómo se debate un modo de ver y conocer el mundo (el originado desde una cultura de los libros, desde la lectura como valor) frente a una visión de mundo derivada de la imagen, de la presencia casi inevitable de la imagen (electrónica) en nuestra cultura contemporánea. Este es, a vuelo de pájaro, el panorama de los universos semánticos en conflicto que desarrollaremos enseguida. Una advertencia: el resultado de nuestro examen no tiene por qué concluir necesariamente en la configuración de perfiles ideológicos precisos. Seguramente, muy pocos de los actores del circulo literario estarán dispuestos a dejarse encasillar de un solo lado. Habrá quienes siendo abiertos a la tecnología sean agelastas y hasta absolutistas, o quienes siendo democráticos no puedan soportar a los críticos radicales. No abordaré explicaciones, pero sí asumiré que estas divergencias son uno más de los síntomas de la transición de un modo de ver las cosas a otro, que necesariamente genera contradicciones y ambigüedades. |