El Hipertexto y la matriz de la posesión

Afirma Laplantine que hay mucha similitud entre posesión y mesianismo: ambos fenómenos  se originan en una misma matriz de lo imaginario: la que remite a la memoria colectiva, a las divinidades ancestrales y a los espíritus olvidados. “De un modo general, las culturas de la posesión anteceden a las culturas mesiánicas y les proporcionan el modelo... pero por otro lado, no es raro observar lo contrario: las predicaciones mesiánicas se exacerban y uno se cansa de esperar” (Laplantine, 125).

Sin embargo, también hay divergencias claras: mientras el tiempo mesiánico se organiza en torno a la espera y el trabajo, el poseído es un hombre impaciente; sustituye el tiempo del advenimiento por el del acontecimiento y el éxtasis, realiza instantáneamente aquello hacia lo cual se dirige el profeta.

De otro lado, no hay posesión que se cumpla en la calma: es orgiástica y violenta, se expresa en la efervescencia de la festividad y conduce a los individuos que participan en ésta a hacer un abandono literal de su personalidad anterior. No culmina en un ritual religioso sino en uno mágico. La posesión surge como reacción contracultural ante la frustración que produce la destrucción arriba/abajo de las antiguas solidaridades sociales. Aunque pueden considerarse como movimientos de resistencia y subversión, carecen de una mira revolucionaria y se acercan más bien a una función terapéutica y profiláctica.

Las manifestaciones de la posesión poseen una semántica y una lógica: la del trance y del cuerpo. La preparación se da por fases: tempestad, diagnóstico, iniciación, culto. Lejos de considerársele una maldición, se la desea sistemáticamente. Aunque se la puede ver como algo mórbido (y entonces aparece la necesidad del exorcismo), también se la puede apreciar como signo de una revelación, y entonces puede utilizarse como soporte que permita transformar los síntomas de desorden en estructuras de comunicación.

Pero quizás lo más importante en la propuesta de Laplantine, es la vinculación de la posesión con el teatro y la fiesta. Para Laplantine, los cultos de posesión son apenas un caso específico de un campo sociocultural más amplio:

En efecto, a través de la posesión, aunque bien es cierto que también a través del teatro, el anarquismo y el “situacionismo” y por último, todas las actitudes de fantasía social, se despliega una misma inspiración, una misma sed de absoluto, un mismo y total deseo de liberación de la impulsividad humana que se origina en una de las matrices de la esperanza colectiva: la matriz carismática, la matriz de la fiesta, que es antes que un futuro de alternativa un presente de alternancia (143).

También en lo imaginario y lo fantástico, afirma Laplantine, se realiza la sociedad.

Necesitamos, afirmar con entusiasmo los tiempos cabales de la fiesta, dar rienda suelta a los comportamientos de fantasía, gratuidad y juego. Oponernos al exagerado énfasis en el trabajo y en la seriedad que promueve el modo capitalista... A la espera de que sea la existencia colectiva misma quien adquiera forma de teatro, ¿no podríamos de aquí en adelante introducir en el claroscuro de la cotidianidad momentos privilegiados de  efervescencia social? (146)

Finalmente, Laplantine declara lo siguiente:

Desde los aullidos de los bailarines en trance hasta mayo del 68, una misma cosa se dice: que el culto del futuro posee limites, que la historia alimenta en nosotros una represión y una creciente culpabilidad, que el sacrificio del placer es malsano, que siempre nos tomamos demasiado en serio... La fantasía social, la danza, la música: todos estos comportamientos del éxtasis, que se emparientan con la posesión, no se oponen en modo alguno a la actividad revolucionaria, que es fabricación de una historia por fin humana, constituyen algo así como su motor, su energía, su inspiración y son más esenciales para nuestra existencia que todo el resto (145)

La promoción del hipertexto tiene que ver con esa visión festiva, en la medida en que proclama el advenimiento de un instrumento que iguala los roles antes jerarquizados del escritor y el lector. Advenimiento de lo esperado, de lo anunciado: el fin del libro, el más allá de la escritura. Anunciación que, por lo demás, surge de una crisis de valores, del desenmascaramiento de un modo de pensar-vivir el mundo que exige cambios radicales; surge, pues, por reacción contracultural ante la frustración, tal como sucede con la posesión.

De otro lado, el discurso promocional del hipertexto, si bien anuncia nuevos tiempos (los tiempos de la reconfiguración), no tiene una mira revolucionaria, es decir, no ofrece una función de alternativa, sino una de alternancia, y en eso se parece también a los cultos de la posesión.

Por lo demás, la práctica hipertextual puede verse como algo perverso, que requiere el exorcismo, pero también como una práctica que reivindica tiempos mejores del antes. En esto, la  visión que ofrece el neobarroco  resulta provechosamente complementaria: la percepción del la práctica hipertextual como algo pervertido o mórbido corresponde a la percepción clásica de homologación de valores; mientras que la re-valoración positiva de la practica corresponde a esa operación neobarroca de la inversión. Sólo la inversión puede abrir a una valoración positiva de algo que, desde un sistema estable, se concibe como negativo.

El hipertexto, tal como lo exhibe el discurso promocional, también puede asimilarse a lo que Laplantine llama el despliegue del deseo de liberación de la impulsividad humana, que se origina en una de las matrices de la esperanza colectiva: la matriz de la fiesta.

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