Por una práctica equiparable

Kernan, en su libro La muerte de la literatura, afirma que uno de los factores que más seriamente podría estar afectando la credibilidad y las posibilidades mismas de existencia de la literatura es el avance de la llamada revolución microelectrónica, en detrimento de una cultura de la imprenta.

Según Kernan, la literatura fue una criatura de la imprenta hasta en sus más mínimos detalles. De un lado está el hecho de que lo impreso, al carecer del contexto y de las dinámicas interactivas que brinda la oralidad, requiere, para el esclarecimiento de su verdad (siempre ambivalente y compleja) de la lectura minuciosa e intensa de un texto estable y altamente estilizado. Esta estabilidad y esta estilización han sido por mucho tiempo los ideales de la obra literaria. De otro lado, la literatura pone en juego, artísticamente, eso que hay detrás de la situación epistemológica implícita en la página impresa: la afirmación de que el conocimiento es complejo, ambivalente, abstracto, de interpretación incierta:
 

"La imprenta ha sido tan determinante para la literatura que no resulta exagerado decir que la literatura históricamente es el sistema literario de la imprenta: en el nivel de lo obvio, la literatura ha sido más que nada una colección de obras canónicas impresas. En un nivel más profundo, el tema de la literatura moderna ha sido el de la dificultad de entender cómo un lector que vuelve las páginas de un libro puede adquirir sentido. Nuestros héroes literarios viven la experiencia de la vida de la misma manera que los lectores viven la experiencia de la realidad en la página impresa: incompleta, misteriosa, resistente a cualquier interpretación fácil o totalizadora y como algo que escapa a su juicio" ( 133).


Ahora, en nuestros tiempos, la cultura de la imprenta ha entrado en un proceso de franca decadencia y el sueño humanista de aprender, de llegar a una verdad última, a fuerza de leer y escribir, se está deshaciendo.  Una sana postura ante lo irremediable de esta situación consiste en aprender las lecciones de la historia, esto es, visualizar y afrontar los interrogantes que pone en juego una nueva situación epistemológica, menos ligada al deseo de totalidad como al de conectividad:

  • ¿Será la literatura capaz de adaptarse a los nuevos tiempos?
  • ¿Será posible recuperar una dimensión más amplia de literatura, que restablezca lo que la cultura de la imprenta redujo de su potencial poético, o habrá, más bien, que abandonar el concepto mismo de literatura para abismarnos en una práctica completamente distinta?
  • ¿Será la “hiperficción” la práctica (equivalente a la obra literaria en la cultura de lo impreso) llamada a poner en juego la manifestación artística de esa nueva situación epistemológica, generada por una imposición del modo de ver inherente a la imagen electrónica?
  • ¿Acaso estamos abocados a una hibridación de los modos de aprehender el mundo, para dar cuenta de la realidad contemporánea?

Si para el relato literario moderno el núcleo expresivo derivaba de la dificultad del héroe para vivir una situación epistemológica propia de lo escrito (una realidad vivida más bien como incompleta, misteriosa, resistente a cualquier interpretación fácil o totalizadora y como algo que escapa a su juicio), para la hiperficción el núcleo expresivo debería, pues, derivar de la dificultad de vivir la nueva situación epistemológica: una realidad vivida como anarquía, desorden, aletoriedad.

Por ahora, lo que se vislumbra es una arena “paradigmática”, entre una “vieja” idea de la literatura que lucha por sobrevivir frente a los efectos culturales de las nuevas tecnologías, y una “nueva” idea de “escritura” que intenta tomar cuerpo y realidad, acudiendo incluso a la recuperación de nociones más antiguas de literatura, pero  también a visones más o menos futuristas.

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