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De alguna manera, las dos
reseñas que conozco sobre Opio...(y que invito a leer para
no tener que repetirlas aquí y evitar así un ejercicio
de glosa que me parece ya suficiente con esas dos referencias )
terminan valorando positivamente la novela.
Silva en su artículo
Opio en las nubes y otras novelas ácidas, justifica esa valoración
desde dos observaciones generales: una, que podríamos llamar,
la "espontaneidad" de la novela y otra que llamaré su franca
ruptura del canon.
Según Silva, la
obra de Chaparro es esencialmente expresiva, en el sentido de dar
cuenta de un mundo contemporáneo "descuadernado y múltiple"
sin tener que acudir a ningún juicio moral o una posición
ideológica explícita. De un modo que es básicamente
lúdico en la forma y contracultural en el contenido -y sobre
todo sin pretensiones académicas o intelectuales-, la novela
termina constituyendo, por superposición de estos procedimientos,
el vehículo más adecuado de esa expresión de
lo contemporáneo que se propone: "Chaparro, afirma Silva,
es simplemente un productor de sensaciones". A cambio de las contorsiones
vanguardistas (posmodernistas, dice Silva, aunque, como veremos,
esa acepción no es tan exacta) que se habrían esperado,
hay un ritmo vertiginoso del lenguaje, una fragmentación
perfectamente concomitante con el mundo que expresa, la creación
de una atmósfera existencial impactante y eficaz y una renovación
de lo real (es decir una desautomatización de la percepción
del mundo contemporáneo), que a su vez está fundamentada
en la mayor virtud de un productor de ficciones: su fuerza expresiva.
Es, según Silva, la madurez del autor de no mostrar las ganas
de ser reconocido como escritor en su primera novela y la sincera
necesidad de expresar el mundo que le tocó vivir, lo que
determina que la obra de Chaparro sea una buena novela, pese a ciertas
dificultades técnicas "propias de la época": sus limitaciones
de lenguaje y sus imperfecciones en la construcción.
Aunque Silva sólo
anuncia las dificultades técnicas de la novela y no las desarrolla,
seguramente se está refiriendo a esa doble sensación
que afecta al lector de Opio ... : de un lado, el ritmo vertiginoso
de la obra tiende a arrastrar su lectura hasta el final, pero, de
otro, el monologismo de la novela termina haciendo empalagoso esa
lectura. Ese es, precisamente, el mayor inconveniente de la
obra que detecta Pineda Botero en su artículo Novela colombiana:
la propuesta de los noventa, cuando se refiere a Opio en las nubes
como una novela posmoderna. Según Pineda, el intento
por hacer que la novela alcance un alto nivel de dialogismo se ve
frustrado cuando el lector reconoce que los distintos narradores
seleccionados utilizan "el mismo sistema de metáforas, los
mismos juegos lingüísticos y similares temas y procedimientos".
Es decir, no hay varios narradores, sino un mismo narrador monofónico,
de modo que el mayor logro de la novela: su lenguaje, se ve opacado
por esta incapacidad de diferenciación de las voces que pueblan
el texto.
El otro aspecto valorado
positivamente es la capacidad de romper el canon mismo de
la novela Opio... no se comporta de manera canónica:
no construye una anécdota coherente y sólida
(tiene más bien, un "airecito surealista", nos dice Silva),
la escritura está llena de faltas (procede de una manera
heterodoxa, mediante descripciones, listas con frases de ingenio,
falta de puntuación, repetición, cacofonía,
onomatopeya y sus metáforas no producen el efecto retórico
clásico esperado. Está entonces, "pésimamente
escrita") y, como si fuera poco, acude al traqueteado recurso de
los mensajes musicales. ¿Cómo es posible, entonces
-se pregunta irónicamente Silva- que los jurados del Premio
Nacional se hayan "despistado" de esa manera?
Todos estos aspectos -que
podrían, en efecto, generar una recepcion negativa en quienes
esperarían de un Premio Nacional un comportamiento más
ortodoxo- están ligados profundamente al modo mismo de ser
de esta novela. De un lado, lo de la "pésima escritura",
obedece, como ya se ha dicho, a la necesidad de expresar, en plena
concomitancia, un mundo fracturado y frenético. Una
historia tejida en forma cronológica no habría alcanzado
el efecto (esa sensación de fractura y frenesí) que
se había requerido. Se necesita del ritmo vertiginoso
y de una historia que también se fractura en lo virtual.
Ese ritmo parece ser el de la música rock. Por lo demás,
lo de la música es apenas uno de los elementos (quizás
el de mayor peso) de la manifestación contracultural propuesta
en la novela. El recurso frecuente a la música rock
como discurso que juega en el texto, más que un clisé,
es el impulso que nace de la necesidad -de quien ha descubierto
la mentira del discurso oficial- de encontrar un espacio de comunicación
franca. El proceso sería más o menos el siguiente:
a la pérdida de confianza en el orden establecido, se contrapone
la vida, esa vida se expresa en el ritmo -en la posibilidad de sostener
infinitamente ese ritmo- y ese ritmo alcanza su espacio natural
en la música. La música es el discurso que no
miente, que ofrece la vida en su estado puro: sentimientos, goce,
comunicación. El rock comunica sin tener que acudir
al logos oficial, es universal porque expresa y significa para aquellos
que ya no tienen cabida en el mundo de la cultura hegemónico.
Ahora, es cierto (como
lo advierte el propio Silva) que esa experiencia ya estaba propuesta
en la obra de Andrés Caicedo: ¡Que viva la música!
Pero, ¿se puede acusar a Opio... por eso de plagiarismo o
de epigonismo? Yo creo, más bien, que habría
que apreciar lo propio y lo regalado de la obra de Chaparro.
Es ahí, en la posibilidad de diferenciar lo que a primera
vista es una confluencia, donde encuentro de gran utilidad el artículo
de Pineda Botero.
En efecto, a diferencia
de la obra de Caicedo, donde la historia es sólida y cerrada,
donde los personajes se han construido según el canon, la
propuesta ideológica es clara y está más o
menos explícita, existe un único sujeto de la narración
y el comportamiento formal sigue una senda tradicional, en Opio...
lo anecdótico es débil y contradictorio, los personajes
no alcanzan una identidad clara, no se hace culto a ninguna institución
y sobre todo no hay propuesta ideológica, ni mensaje, ni
enseñanza. Pineda también destaca el hecho de
que la masificación, el despilfarro y la contaminación
(para mencionar sólo algunas de las “plagas" de la hipermodernidad
presentes en la obra de Chaparro) "se asumen no con propósito
de denuncia sino con naturalidad, como si nadie quisiera protestar
o cambiar el mundo". No hay pues, dramatización ni
tampoco una intención utópica y el efecto es una visión
caótica del mundo. Caos al cual tenemos que sumarle
un narrador disperso y confuso, un espacio desarticulado y sobre
todo un tiempo carente de continuidad en el que los hechos suceden
sin relaciones de causa efecto (Pineda, 363).
En contraste, ¡Que
viva la música! es una obra que hace oposición explícita
al orden establecido y presenta una propuesta de resistencia muy
clara: convertirse en la enfermedad de los valores burgueses.
Según una afirmación del profesor Gastón Alzate,
Caicedo proclamaba el final de los tiempos en el que la música
y la droga terminarían por suplir los grandes valores del
pasado. En Opio... , al parecer de Pineda Botero, todo ese
proyecto se ha consumado:
En Opio en las nubes ya
todo está desacralizado y ni siquiera se mencionan los antiguos
dioses para tener un objeto de risa. Tampoco existe la oposición
modernidad-posmodernidad: el universo se ha convertido en una inmensa
ciudad contaminada, desacralizada y yerma. El proceso de posmodernización
del mundo ha concluido (Pineda, 363).
De una a otra novela va
lo que distancia la modernidad de la posmodernidad. Eso es
lo propio de la novela de Chaparro.
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