|
Tres elementos, provenientes
de mi propia experiencia como lector de El camino del caimán,
podrían servir como eje para construir una breve reseña
de la novela. Tres elementos que revelan, además, las
dificultades a las que se enfrenta quien mantiene arraigado un esquema
de lectura determinado por el tradicional horizonte de expectativas
del género: la dificultad de "escuchar" un habla regional
(acostumbrados, como estamos los lectores ortodoxos, a una escritura
académica), la dificultad de rastrear un hilo narrativo (que
en la novela de Echeverri es de por sí precario) y
la dificultad de distinguir entre la ilustración (o la denuncia)
de una realidad y su ficcionalización.
En estricto sentido no
se puede hablar, en El camino del caimán, de una construcción
de personajes ni tampoco de la hilvanación de
una historia, sino más bien de la alternancia de voces que
-por un efecto de acumulación- nos van dando a conocer
las circunstancias de vida (y de muerte, ya lo veremos) en la región
del Chocó colombiano, concretamente en Caimandó (cuya
existencia real o ficticia, para efectos del análisis, no
importa dilucidar).
Esta es, en general, la
estrategia: el autor implícito de la obra (disperso a su
vez en distintos narradores), quien también ha adoptado el
lenguaje de la región para comunicarse, hace una breve introducción
a los distintos fragmentos del texto y enseguida deja que las voces
de los personajes -a través de diálogos- asuman el
control de la narración. Estos diálogos podrían
pasar por transcripciones de testimonios reales, en cuanto se respeta
no sólo la sintaxis y la estructura lingüística
del habla regional, sino su visión de mundo; lo cual, teniendo
en cuenta la procedencia del autor, constituye positivamente lo
que Eduardo Caramillo llamaría un ejercicio de ventriloquia
y de alteridad (propio, por lo demás, de lo que Lyotard caracteriza
como la pragmática del saber narrativo: el saber oir-decirl)
.
Así es como van
sucediéndose los testimonios de Galinda, Juan Caimán,
Rosira, la bruja Aluma Gamboa, seño Camila, Juana, el Rafo
Urrutia y hasta un Ñojosejai muerto, entre muchas de las
voces que se alzan gracias a esa función del autor implícito
de hacérnolas cercanas y audibles. Voces a través
de las cuales se va dibujando el mapa etnográfico de la región,
con sus mitos y temores, con sus quejas y denuncias y con el horror
a la extinción cultural que repica en cada uno de los testimonios.
Si bien, de este modo,
cada pasaje va cumpliendo una función claramente informativa,
ésta no se realiza de una forma arbitraria, sino que más
bien se solidariza con la visión de mundo expresada de fondo.
En efecto, la composición del libro: veintinueve fragmentos
(cada uno con un título, lo que realza la sensación
de su autonomía), cuya summa no necesariamente constituye
un todo narrativo -en el sentido que ofrecería la expresión
canónica de la novela-, refleja la manera como el mundo de
Caimandó soporta lo que Eliade llama "el terror a la historia"
de una cultura enclavada en la realidad del mito. Una especie
de "ataque por todas partes" del mundo modernizador: el terror que
significa ver los ríos infestados de muertos, el terror que
significa para una comunidad tratar de entender una violencia que
tiene tantos matices como intereses ajenos -y que por lo tanto se
hace imposible de rastrear y el terror que sigue causando la explotación
de la mano de obra rural. Un terror que tiende a ser explicado
como la irrupción del mal en la armonía del mundo
mítico y que, por lo tanto, se asimila según códigos
ofrecidos por la leyenda y por los ritos, pero que termina, de todas
maneras, resquebrajando el mundo tradicional. De ahí
que se narren las vivencias de ritos como el carnaval sampachero
o versiones de leyendas, como la del ángel sólo o
la de Don Balboa. Todo esto en un tono de queja (más
que de denuncia) que expresa el dolor por lo perdido, como quizás
se puede apreciar en este diálogo:
-El oro se va con los retros
y uno apenas manotea pesos pa salarse el hambre. ¡siento
rabia es por la ladrona pobreza en que vivimos! ¡ Tanta marrana
miseria hombre, encima de eso se nos mete la guerra y la vida guele
a pólvora de balazo! (Pág.29).
-¡Verdá es, comae, se ahogan el pez y el anzuelo!
Y todo güele a caño de mina y la gente duerme entre
las costaleras de maíz y las pocas mingas y la indiera entre
las trojas, no sé cómo aguanta uno que todos los días
corre pa esos lambedereos de mina a toda boca (Pág.29).
Queja que en ocasiones
raya en la resignación:
Yo ai voy viviendo los
días en mi manojo de güesos, siento la vida grande y
el corazón un pájaro vivo que me salta en el pecho
(Pág.29).
Pero, al lado de un "somos
así", aparece constantemente un "así vemos lo otro".
Es el caso de las diferencias raciales:
Indio no despega boca,
habla palabra mocha y sus ojos cavan en silencio... Los cholos son
gente dura de cabeza, gente que por un no, va al hoyo y da corrinche...
El chocuano es hablero y monta corrinche tan contentamente como
el que saca dos pescaos di un tirón di anzuelo (Pág.35).
También es el caso
de la irrupción del colono:
-Aquí las putas
y las minas son el progreso, el resto es basura de paso... No me
gusta esa gente nueva de mina con retros y carrones de vidrio humao
y gafas de pilotos qui asoman cuando la mañana apenas gatea...
(Pág.39).
-Los baquianos son gente
que empuja los entables y trae otra gente peligrosa di afuera que
bebe a boca de caballo y monta cantinas con cachaloas y viejas pianosas.
Hasta mijo mayor me lo tiene cogido una desguañañada
de Pereira con cara di hocico nuevo y él la sigue como perro
alzao que le coge calentura a la perra... (Pág.40).
Es lo que sucede igualmente
con la percepción -extravagante, por lo demás- que
se tiene del narcotraficante:
Son gente de ese arrendero
ensombrerao y añón que dicen que su caballo toma ron,
fuma tabaco importao y que le pican caña con melaza en un
ataúd. Dizque un tipo modernamente rico, dicen y no
saluda ni a Dios (Pág.42).
Desde una perspectiva más
tradicional, lo otro es percibido en general como el mundo del "blanco",
como es el caso del conflicto entre la medicina occidental y los
yerbateros:
-Pues nada mi ha valido
de jarmacia de blancos. Me tuvo tratando la misma dotora Mariela
Cruz, vos sabés esa negra pelodioro que estudia de todo en
el Sampío de Quibdó y luego hace una carrera que llaman
Primero Auxilio... Bueno, ella medicando de todo, pero no alivia
un sano, jesusa. Y un día que toy culebra la encaro
y le digo:"¿Pa qué estudiastes Mariela Cruz? ¡Hasta
aquí llega chicha y baile conmigo, bruja pelodioro!...
-¡Mana Galinda, vaya
donde uno que tenga mano bendita y que recete por medicina todera!,
búsquese un benjuno. Yo toy tomando de un yerbista
de Caimanfrío pócima de helecho macho... A mi marío
lo trata un brujo cimarrón... (Pág. 111).
Así mismo, la explotación
es percibida como una maldición y la guerra, con sus temibles
puntas (narcotráfico, paramilitares y guerrilla), como el
"agua sucia" que no merecen y que por momentos refuerza la condición
de esclavitud en la que siempre han vivido los negros chocoanos.
Lo único que cambia es el amo, pues éste ya no solamente
es el compratierras, sino el baquiano rico o el mafioso o el paramilitar.
Poco a poco, el mundo caimandiano
con su sincretismo, sus conflictos y sus códigos va abriéndose
a través de la historia recuperada desde la oralidad, hasta
configurar una imagen compleja, pero completa, de este mundo fronterizo
y marginal, convocando, en quienes estamos del lado de acá
(del de la historia oficial), una conciencia asombrosa de la presencia
de este mundo.
Mención aparte merece
"La leyenda del bongo fantasma" (Págs. 169 a 189) o de "los
muertos viajeros" que convocan un retorno al Africa y que expresa
el mito de la identidad del negro americano. En este fragmento,
aparece la figura de un escribano que bien podría constituir
un acto de autorreferencia de la novela, en cuanto, esta figura,
encargada de escribir el "Diario de los Muertos", ejerce el mismo
oficio que el del autor implícito de la novela que leemos:
dar y registrar el testimonio del viaje. La leyenda culmina
con el regreso a América ("la tierra nueva"), un llamado:
"No escondamos más el presente en el pasado ni en el futuro",
la expresión de un deseo: "Ya no somos un rebaño
de sombras, ni el funeral de nadie" y una conciencia: "¡Qué
prisa la de nuestros huesos! Y rarezas del azar: "la muerte,
esa risa de todas las cosas" (Pág.189).
En fin, podríamos
recurrir a las mismas voces de la novela para sintetizar la forma
y el contenido de la obra. De un lado, aparece esta frase
en la página 151: "Que les cuente ella por boca propia",
que bien podría servir de modelo de la manera como se comporta
en general la novela: como el vehículo para permitir la expresión
del otro, del nunca escuchado, del subalterno que ha desarrollado
su propia historia más allá (y más acá)
de la historia oficial. Así mismo, en la página
115 se escucha: "te meten la guerra a la casa", una frase que expresa
la condición general que denuncia la novela. De este
modo, El camino del caimán constituye una estrategia de resistencia
cultural cuya mayor fuerza está en la implícita necesidad
expresada de unir mito e historia, oralidad y escritura.
Con respecto al segundo
rasgo de la novela: un hilo narrativo precario, es importante hacer
caer en cuenta que esta característica de la obra de Echeverri
es la que la aleja del costumbrismo tradicional, pues su modelo
narrativo no se presta al canon, sino, como se ha dicho, a la expresión
de la visión de mundo de una cultura que requiere y exige
su propia territorialidad, aún en el mismo plano expresivo.
Lo único que puede uno rastrear como hilo narrativo es la
historia dispersa y contradictoria de Juan Caimán, cuya reconstrucción
será necesaria tras la lectura: Juan Caimán, el negro
que se cansa de la miseria de su pueblo y abandona el hogar y se
une a la guerrilla y desde allí intenta romper el cerco.
Juan Caimán el héroe para muchos, pero también
el obstáculo insalvable de intereses particulares, Juan Caimán
el hombre que muere por su pueblo sin que eso signifique la reinstalación
de la armonía. Juan Caimán: la encarnación
de la Historia (es decir, de la abyección). En realidad,
lo que se percibe de Juan Caimán son los retazos de su historia,
fragmentos que pasan a través de la red del mito, más
que a través de la visión ordenada de la historia
(o de la novela). Es desde ahí, desde la confrontación
(y complementación) mito-historia, desde donde debe comprenderse
esa "precariedad" del hilo narrativo.
Finalmente: resulta
curioso que la dedicatoria de esta novela se destine por igual a
unos científicos (sociólogos y antropólogos)
y a un poeta, y destaque tanto la "hipótesis" antropológica
de la novela como su "poética" del adjetivo. Propongo
que esta dedicatoria es también un clave de lectura que está
vinculada con la pregunta implícita por la que han rodado
todas estas observaciones: ¿en qué se diferencia la
propuesta narrativa de Echeverri de la tradición iniciada
por Arnoldo Palacios en Colombia o, a nivel latinoamericano,
por Arguedas y Guimaraes Rosa? Tal y como se ha venido mostrando,
una respuesta posible consistiría en afirmar que El camino
del caimán se aleja del regionalismo tradicional, porque
asume lo que podríamos llamar una visión posmoderna
del problema; acotando, claro, este término a lo que Ingrid
Galster plantea como uno de sus sentidos posibles: una forma
de apropiación de la cultura de los sectores subalternos,
cuyo mejor modelo es la novela testimonio:
La novela testimonio es
el género literario por excelencia de estos posmodernos de
"izquierda". Su estatus híbrido entre documento y ficción
se desprende ya de la clasificación de los géneros...
La elaboración literaria le corresponde a un etnólogo
o a un escritor que domina las técnicas culturales requeridas...
Puesto que resulta del trabajo conjunto de miembros de culturas
diferentes, el género ofrece la posibilidad para un diálogo
de la heterogeneidad cultural (Galster, 30).
Es decir, que a la ruptura
de lo canónico del nivel micro (esto es, esa construcción
de un lenguaje apropiado que requería el regionalismo tradicional
para expresar la visión del mundo de la etnia) que ya había
realizado Arnoldo Palacios en Colombia y había continuado
con maestría Manuel Zapata Olivella, se suma ahora una ruptura
de lo canónico a nivel macro estructural en tres aspectos:
primero, la composición misma del libro, que como se ha dicho
se da en forma de fragmentos, planteando así una "verdad
por acumulación", más allá de la pretensión
sistematizante de la homogeneidad narrativa tradicional; segundo,
el debilitamiento de la anécdota en favor de lo "etnográfico"
y tercero, la clara y consciente puesta en escena de la alteridad
del autor, quien ahora se esconde, desprecia su autoridad narrativa
y permite que aparezca el otro.
Y a quienes se pudieran
preguntar si no se ha hablado ya suficiente de los negros en Colombia,
yo utilizaría una respuesta análoga a la que se da
en la novela de José Emilio Pacheco: Morirás lejos,
cuando alguien se hace la misma pregunta frente a la historia judía:
no; en primer lugar, porque la situación de explotación
y marginalidad no debe olvidarse y la millonésima insistencia
no estará de sobra jamás; en segundo lugar porque
nada puede siquiera aproximarse a la espantosa realidad: son necesarias
pues, muchas versiones, no hay una definitiva.
|