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Me referiré aquí
también a dos reseñas sobre Metatrón que me
parece que ofrecen una visión complementaria: la que expone
en forma amplia el profesor Cristo Figueroa en un artículo
que examina la obra de Philip Potdevin (La obra literaria de Philip
Potdevin o la vivencia imaginaria de la cultura) y la que presenta
Julio Paredes: La coartada erudita.
Según el profesor
Figueroa, la obra de Potdevin (quien, por lo demás, es un
escritor plurigenérico, pues ha publicado también
libros de poesía y de cuento) está marcada por una
visión de mundo que entiende la cultura como un texto vivo.
Esta visión de mundo se manifiesta en una escritura neomanierista,
abundante en referencias culturales, carente de ironía y
muy marcada por el pensamiento, la inteligencia y sobre todo la
erudición.
El tema central de la novela
(la androginia) no sólo es tratado desde distintas ópticas
y mediante complejos procedimientos, sino que constituye una propuesta
moralista muy clara, cuya exposición, de alguna manera -pese
a la forma misma de la obra (llena de vericuetos, de autoconciencia
y de juegos intertextuales y metatextuales)- la aleja de lo que
se esperaría de una novela posmoderna (aún cuando
Paredes considere que su neobarroquismo la coloca en medio de los
lenguajes posmodernistas).
Extrapolando a Pineda en
su artículo sobre la novela posmoderna en Colombia, referido
en el aparte anterior, Metatrón, en su aspecto temático,
tendería a lo que el crítico considera como propio
más de la novela moderna: caracterización psicológica
sostenida de los personajes, visión ordenada del mundo, existencia
de verdades objetivas y de principios trascendentes.
Es cierto que tales verdades
y principios no hacen parte de lo que llamaríamos la cultura
oficial y que se alimentan más bien de las corrientes esotéricas
y underground, pero la novela lo hace para contraponerlas a la cultura
oficial, con la esperanza (andrógina en ese sentido) de
recuperar una unidad perdida, movida precisamente por la fe en que
la oposición de los contrarios permita dicha unidad.
Toda la exposición del Angel Necesario, por ejemplo,
muestra un claro planteamiento de enseñanza moral práctica:
revivir el cadáver angélico y de esta manera enfrentar
el nuevo milenio. "Se trata, dice Figueroa, de una nueva anunciación
desde una perspectiva ecuménico capaz de conciliar muchas
tradiciones y credos hasta conformar otra noción de Angel,
entendida como arquetipo de la propia identidad, cada vez más
elevada".
No cabe duda de que Metatrón
es una obra ambiciosa y que esa ambición, como afirma Paredes,
es su mejor acierto. Implica, del lado del autor, una gran amplitud
de conocimientos, saberes y visiones y una actitud (en este caso
en particular) muy comprometida con su propuesta de Verdad.
Ahora, del lado del lector, sin embargo, es posible que muchas de
las páginas de la novela no lleguen precisamente bajo el
código de lo literario. Siguiendo a Paredes en su reseña,
el relato del Maestro, sería el que mejor cumpliría
con una condición literaria, es la pieza de ficción
más pura, menos contaminada por el intertexto filosófico
o histórico:
Se trata de otra historia
de amor pero sin didactismos, sin preceptivas, sin divagaciones
0 retahílas eruditas para disfrazar la certeza o el fracaso
de un amor (Paredes, 22).
Esto no quiere decir que
sea ilegítimo el uso del intertexto en la novela. La
novela es un género que lo permite todo. Lo que estaría
en duda en Metatrón es lo que de alguna manera sugiere Paredes
cuando afirma que la historia de Trevis y el Maestro es la más
sólida y la más breve y que allí la erudición
es más funcional y estimulante que en el resto de los planos
de la novela, porque, en otros, la utilización de los datos
eruditos puede incluso romper en forma abrupta el clima narrativo
mismo. Un ejemplo: el primer encuentro en la novela de Franz
y Sabina, tan lleno de ansiedad y tensión erótica
se ve cortado para dar paso a una explicación erudita del
valor simbólico y ritual de las piedras de sus dijes, o cuando
Sabina de pronto le da una lección de su conocimiento de
los pinos de la sabana a Franz, en un viaje que debería tener
más bien una atmósfera romátinca. Tal
vez, como lo asegura Paredes, la erudición de la novela se
convierte a veces en una coartada para disfrazar la falta de profundidad
de la obra.
Con todo, Metatrón,
constituye un ejemplo de la calidad de la literatura joven en Colombia
y una esperanza de muy buenos augurios para la narrativa de nuestro
país.
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