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Tal y como lo afirma Eduardo
Caramillo en su artículo Dos décadas de novela colombiana:
los 70 y 80 sólo en los últimos años, cuando
la' novela (y por tanto también los escritores y los lectores
de novela) ha dejado de ocupar el lugar central de la cultura que
se le había asignado, ha podido también liberarse
de obligaciones moralistas o políticas y con una sana irresponsabilidad
ha logrado comprender su propio juego, desligado del poder manipulado
desde los grandes relatos. En este sentido, El camino del
caimán y Opio en las nubes, estarían comprendiendo
mejor sus nuevas posibilidades, en la medida en que, como lo propone
Luz Mery Giraldo (en un artículo suyo que invito a leer por
su gran capacidad de síntesis de la panorámica reciente
de la novela colombiana: De la utopías a las escrituras del
vacío en la narrativa colombiana: 1970-1996), el escritor
de hoy se aleja, asqueado, del deber ser, del monumentalismo, bajo
una conciencia de vacío que le impide dirigirse al paraíso
del asombro; sin que esto signifique descalificar Metatrón,
pues si algo identifica nuestra narrativa reciente es la diversidad
de sus tendencias:
Si El camino del caimán,
ejecuta una manera alternativa de narrar y de hacer historia a la
vez, ofreciendo la posibilidad de escuchar el otro y Opio... de-muestra
qué tan cerca estamos del mundo posmoderno, Metatrón
nos invita a pensar en el futuro que nos aguarda a la vuelta del
próximo milenio.
Al fin y al cabo, en ese
territorio de arenas movedizas por el que transita nuestra literatura,
el narrador... se separa de los cánones... y también
de los cauces de las utopías... en su constante trato con
las variantes de la vida actual... y del mundo contemporáneo,
con las diversas formas de conocimiento y de cultura y con la convicción
cada vez más profunda de las complejidades humanas y sociales...
(Giraldo, 1996-81)
Los Premios, son pues,
y no debe asombrarnos, apenas un termómetro de la aventura
literaria a la que nos reta el mundo contemporáneo, tan parecido
a veces a "un callejón sin salida".
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