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Se seleccionó para
este ejercicio, la novela del autor vallecaucano Gustavo Alvarez
Gardeazábal: Cóndores no entierran todos los días,
donde el protagonista es una traslación más o menos
directa del más famoso de los pájaros -conocido
por eso como "El Cóndor"-: León María
Lozano.
Procedimiento
novelístico
La novela está escrita en, lo que el propio autor llama,
una prosa no dialogada, y su estructura narrativa se acerca mucho
a la de una crónica periodística: recoge distintos
testimonios de los hechos, pero los entreteje bajo el signo de lo
que podríamos llamar el rumor. Introduce, además,
el mito y las creencias populares (evidentemente exacerbadas por
los hechos), no sólo como fuente sino como elemento en la
estructura misma de la historia. Esos dos elementos: el rumor y
el mito, garantizan que su estatus genérico esté del
lado de la ficción.
El
imaginario colectivo
La novela comienza con la siguiente expresión: "Tuluá
jamás ha podido darse cuenta de cuándo comenzó
todo". Tuluá es el nombre del pueblo donde ocurren los
hechos, pero es también un personaje más que representa
la conciencia colectiva. Es descrito como un lugar maldito, pero
también como un ser incapaz de tener conciencia de su historia
o, más bien, aturdido por una conciencia mítica tan
arraigada que le impide percibir los hechos desde una distancia
histórica y por eso tiende a re-mitificarlos de nuevo. Así
por ejemplo se afirma que ese nueve de abril en que todo comenzó
, "Tuluá no quiso grabarse ningún acto de depravación
ni las caras de quienes encabezaban la turba, pero si elogió
y convirtió en una leyenda la descabellada acción
de León María Lozano cuando se opuso con tres hombres...
un taco de dinamita y una noción de poder, que nunca más
volvió a perder, a que la turba... hiciera lo que en otras
ciudades y poblados hicieron ese día..." (Alvarez, 13).
Ese "ellos":
los habitantes de Tuluá, que representa la conciencia (o
inconsciencia) colectiva, le sirve al narrador para ejercer su función
de historiador, es decir, para mostrar (y de este modo contrastar)
una visión privilegiada desde una conciencia histórica
(ya no mítica) de los hechos. Por eso, al tono mítico
de la narración (que se va generando por el uso de fuentes
orales y por la inclusión de mitos y creencias populares)
se alterna un registro de fechas exactas; una precisión cronológica
que es apenas una de las estrategias de deslinde que desea realizar
el autor de la obra entre los dos tipos de conciencia puestos en
juego en la novela.
Existe así, un narrador
personaje privilegiado, un individuo, un héroe, que rescata
del olvido, o del embrollo mítico, los hechos, paralelo a
ese otro personaje que vive y crece por efecto de la inconsciencia
(o conciencia mítica) del pueblo.
A Tuluá, pues, como
colectivo (y como símbolo del pueblo colombiano) se le puede
reprochar su mala memoria, su percepción equivocada de los
hechos, sus sobresaltos inútiles, su miedo, y finalmente
su resignación; es decir, su enredo en el mito, que le impide
hacer su propia historia.
El
personaje abyecto
De mensajero a dueño del puesto de quesos de la plaza pública
de mercado y luego a líder de los asesinos de su región
durante la violencia guerrillera, León María Londoño,
apodado El cóndor, fue un hombre contradictorio. En la novela
se le presenta como un hombre piadoso y fanático del partido
conservador, machista y celoso pero buen padre, vanidoso pero reservado,
cumplidor de su deber y vengativo, calculador pero supersticioso,
desinteresado pero rencoroso. Atacado por un asma terrible, siempre
anduvo esperando el momento en que se cumpliera la predicción
del médico que diagnosticó su muerte por asfixia.
Bajo su responsabilidad
aparece un prontuario de miedo y de terror, y aunque
sólo una vez usó las armas, fue el autor intelectual
de masacres y múltiples asesinatos y hasta de la única
"sangría fina" que se llevó acabo en Tuluá
(y posiblemente en Colombia, según se afirma en la novela),
cuando dio la orden de asesinar a siete de los "señores"
del pueblo, que habían redactado una carta abierta repudiando
sus actividades.
Pero es en realidad la
doble narración (la del historiador que precisa detalles
y la de la fuente popular y la leyenda que los mitifica), la que
deja al final un sabor a ambigüedad con relación a su
personalidad. ¿Héroe o asesino? Aquí las dos
percepciones se cruzan: las del mito y la del historiador, el rumor
y la reflexión. Esa es la causa de la ambigüedad, esa
también la estrategia del desenmascaramiento que utiliza
Alvarez frente al personaje, porque ante el peligro de quedarse
con la percepción mítica y popular, contrapone la
visión distanciada del historiador: escondida bajo la convicción
política y religiosa está la hybris.
Aún sí la
convicción política y religiosa de León María
(que no es más que una manifestación del sincretismo
sui géneris con que se han comportado nuestros procesos de
modernización) explicara sus actos, no los justifica, en
la medida en que terminaron siendo actos vandálicos
que sólo alimentaban su poder y el engrandecimiento de su
imagen.
Incluso, un hecho tan extraño
como el de mandar asesinar a los "señores" a los
que servía (que se habían cansado de su imagen),
puede ser visto de nuevo desde las dos ópticas contradictorias:
como un acto de heroísmo -o de autonomía-, o como
un manifestación más de su hybris, de su deseo de
poder. En el primer caso, la perspectiva es mítica, en el
segundo, histórica. La ambigüedad es efecto de la estrategia
narrativa, pero también es la expresión de nuestro
sincretismo sui géneris.
Actitudes
ante la muerte
Concordante con la estrategia narrativa, se pueden rastrear en la
obra al menos dos tipos de actitud ante la muerte: la que sostiene
el pueblo y su visión mítica de los hechos y la que
denuncia el historiador: el modus operandi de los pájaros.
Llegaban antes del anochecer,
tocaban la puerta, preguntaban por el dueño de la casa, lo
hacían salir como se encontrara y sin permitirle siquiera
un beso para su mujer o para sus hijos, lo montaban en uno de los
carros azules que hacían las noches del Valle del Cauca.
Al día siguiente, la mujer y sus hijos tenían que
ir al anfiteatro a reclamar el cadáver que casi siempre encontraban
unos pescadores del río Cauca o los barrenderos del municipio
en la avenida del río Tuluá. No llevaban otra marca
distinta que la de los balazos en la nuca o la de las cabuyas con
que los amarraban de pies y manos para tirarlos al río (Alvarez,
99).
El sistema se fue perfeccionando
tanto en los mecanismos de selección de las víctimas
y en su anuncio como en la misma manera de asesinar. León
María Lozano llegó a tener bajos sus órdenes
varias bandas que se repartían el territorio para asesinar
liberales. "Viajaban en carros azules, sin placas, o en volquetas
de la secretaría de obras públicas. Para ellos no
regía el toque de queda..." (Alvarez, 95).
Y pronto empezaría
la sevicia y el descontrol: los muertos ya no sólo aparecían
agujereados, sino que los remataban y los desmembraban; los muertos
ya no sólo eran liberales: "los pájaros ya no
respetaban recinto. Los escondites no eran válidos ni para
liberales ni para conservadores. Si (alguien) no les caía
bien, pues lo mataban" (Alvarez, 127). La muerte ya no se hacía
solamente en la noche: "Las bandas de León María
empezaron a matar no solamente en sus rondas nocturna, sino
a pleno día" (Alvarez, 137). El asunto se salió
de cauce: "Los muertos siguieron creciendo y el sadismo empezó
a aparecer en las matanzas... los muertos ya no solamente fueron
hombres.." (Alvarez, 139).
Hasta que ese mismo descontrol
(que se manifestó con el surgimiento de jefes que ya no respetaban
la autoridad del Cóndor) llevó al cansancio,
al enfrentamiento y al miedo de los mismos pájaros: "Los
pájaros ya empezaban a tener miedo. La sangre de tantos
muertos, aunque les había hecho costra, ya les estaba pesando"
(Alvarez, 146).
En contraste con esta visón
"histórica" de la muerte, está la
visión mítica que se niega a creer que pueda ocurrir
a manos de los coterráneos o que mitifica los hechos contundentes,
atribuyéndolos a fuerzas sobrenaturales. Tuluá, portador
de la conciencia colectiva, siempre evadió los hechos patentes
o los reelaboró. En todo caso, aún frente a la evidencia,
los habitantes de Tuluá "no pusieron bolas, continuaron
con sus versiones fantásticas, comenzaron a ver el Jinete
del Apocalipsis y olvidaron la noche de los muertos" (Alvarez,
86).
Esta visión no sólo
contrasta con la de denuncia del narrador, sino con la actitud de
los orientadores políticos de la guerra que habían
armado la rebelión, dotando a las bandas de toda la infraestructura
paramilitar.
La otra actitud ante la
muerte reseñada es la del propio León María,
que oscila entre la superstición, la rutina y el cinismo.
León María está convencido de que su propia
muerte está predeterminada, de que sólo tiene una
manera de morir: la que le vaticina el curandero que le trataba
el asma. Pero ante la muerte masiva de la que es responsable se
comporta con cinismo.
Autor-personaje
Hemos aclarado ya que la estrategia narrativa de Cóndores,
consiste en contrastar la visión mítica con la visión
histórica y crítica de los hechos. La novela es relatada
por un narrador omnisciente capaz de balancear ambas visiones, un
narrador que constantemente enjuicia la visión mítica
y actúa como enunciador de la verdad de los hechos y de sus
complejas interrelaciones. De modo que la relación entre
autor y personaje, se daría en la medida en que aceptemos
que el narrador-historiador es, a la vez, portador de la visión
de mundo del autor, quien se propone denunciar no sólo los
hechos violentos, sino la inmutabilidad de las propias víctimas,
en un esfuerzo por crear una conciencia histórica del grave
fenómeno de la violencia. Pero recordemos que los dos personajes
principales de la novela son El cóndor, a la vez protagonista
real de los hechos y leyenda popular; y Tuluá, que se ha
antropomorfizado para representar la conciencia colectiva que, si
bien avanza, no evoluciona en últimas.
Quizás la mejor
metáfora para establecer esta doble relación, sea
la que propone el propio autor cuando, al final de su prologo, afirma
que el origen de la novela está en la visión
del niño que ahora ha crecido, es decir que ha tomado conciencia
de los hechos.
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