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Para esta parte se seleccionó
la novela La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo (Bogotá:
Alfaguara, 1994). Ya de lo abrupto, poético, patético
y hermoso de la realidad de la lucha que había en la obra
de Alape, no queda aquí sino lo abrupto y patético
de una realidad que no se sabe muy bien si es de lucha, de supervivencia
o de hybris llevada a su máxima expresión.
Ya sin ningún tipo
de máscara, el héroe abyecto se retrata en su magnificencia:
el sicario. Aquí, también está el colombiano
"capaz de todo" del que nos habla García Márquez:
ambiguo, para el que vivir es igual que morir, para el que la ternura
es tan valiosa como la más cruda venganza, para quien matar
es un acto cotidiano. Y ya no hay bandera política o moral,
sino una especie de codificación vaporosa y compleja, que,
desde un inconsciente colectivo, dicta leyes y comportamientos.
En la novela se narra la
historia de dos de estos sicarios: Alexis y Wilmar. Su prontuario
es casi inconcebible, tanto que el narrador "pierde la cuenta" de
sus asesinatos. Ambos son jóvenes, habitantes de los barrios
marginales de Medellín, homosexuales (de ahí su cercanía
al narrador: un viejo pederasta) y bellos. No importa ya si han
sido extraídos de la vida real o son pura invención
del autor, lo cierto es que las fronteras también se han
borrado: ¿qué es más inverosímil: esta
novela o la horrenda realidad de la violencia sicarial de
Medellín en sus momentos más álgidos?
Procedimiento
narrativo
La novela está presentada como una crónica escrita
por un hombre culto ("el último de los gramáticos
colombianos" se llama a sí mismo el narrador): Don Fernando,
quien registra la historia de su relación con dos de sus
amantes: Alexis y Wilmar, jóvenes sicarios homosexuales,
que viven con él (uno primero: Alexis, después el
otro), durante un tiempo: el tiempo que les dura la vida, porque
están inmersos en medio de la muerte cotidiana que ellos
mismos promueven a diario.
La escritura y la oralidad
se entrecruzan en esta crónica, de manera que por un lado
leemos la historia y, paralelamente, escuchamos la jerga y el lenguaje
del sicario, hasta el punto de que incluso vamos reconociendo su
sentido, su etimología, su sintaxis (no es gratuito que don
Fernando sea un gramático asombrado por la capacidad de expresión
de este lenguaje urbano de los sicarios, por este sociolecto macabro).
Como consecuencia, podemos percibir dos visones de mundo: la del
culto (escéptico, nihilista, critico a ultranza) y la del
sicario (también escéptico, también nihilista,
pero inculto) que esta vez no chocan sino que, de alguna manera
extraña, conviven.
La escritura se presta
para la ironía del narrador, tanto como para el asombro y
el escepticismo simultáneos; y a pesar de mostrar constantemente
sus competencias como gramático y literato, desconfía
de la academia, sobre todo cuando ésta intenta acercase al
mundo real de los sicarios. Bajo su mirada escéptica no queda
títere con cabeza. Todo es criticado hasta su destrucción;
sólo el amor (y uno en particular: el homosexual, un amor
sin salida, sin futuro) es reivindicado. Todos los valores se han
extraviado y él, aunque se siente un poco incómodo,
termina instalándose en medio del caos, consciente de que
ya no hay tiempo para nostalgias o golpes de pecho.
La tradicional estrategia
del narrador que se asombra a su regreso de la manera como han cambiado
las cosas que ha dejado, es apenas aquí un pretexto, un punto
de partida que no cumple con lo que comúnmente se espera
de una dinámica de evocación nostálgica. Más
bien el tono va cambiando a medida que avanza su recuento y de la
incipiente nostalgia del comienzo no queda al final ni rastro, pues
le narración da paso a la desazón y el escepticismo.
El
inconciente colectivo. El nosotros
La estrategia de un nosotros que revela el inconsciente colectivo
se ofrece en esta novela a través de dos mecanismos: 1: la
explicación que se da de la jerga del sicario (descripción
del sociolecto de los sicarios), y que abordaremos al final
de este análisis; y, 2: la mención constante de una
entidad abstracta: Colombia o, mejor aún, la raza colombiana.
Como antes en Cóndores
-donde esta estrategia se utilizaba para un lugar específico
de Colombia: Tuluá- aquí la mención de Colombia.
le sirve al narrador para dar cuenta de un comportamiento extendido
que pueda mostrar lo más general de nuestro inconsciente
colectivo. Sólo que con dos diferencias: de un lado, ya no
se menciona sólo un lugar, sino a todo el país. Las
diferencias regionales se han superado para encontrar que el comportamiento
violento, corrupto y mezquino, se ha generalizado a tal punto que
ya no valen los bandos o las autonomías regionales. De otro,
la actitud general, aunque sigue siendo de inconsciencia, ya no
se le puede achacar al mito, a la lógica de un mito, primero
porque la proporción ciudad/campo que antes servía
para comprender al país, ahora se ha invertido y la mayoría
de loa población vive en las ciudades, en medio de la modernización
(es decir, que lo tradicional ya no sirve para separar a premodernos
de modernos), segundo porque se vive bajo la ley de la hybris, del
"primero yo, segundo yo y tercero yo", es decir, bajo la ley de
lo individualista como valor primordial (de modo que la identidad
cultural que da el mito se ha perdido por completo). Colombia es,
así, más que un espacio, una entidad que abarca lo
negativo de nuestra cultura: corrupción, anarquismo, ingobernabilidad,
mezquindad.
El
personaje abyecto
La hybris aquí ya no solamente se ha tomado al personaje
(al doble personaje si se quiere: al sicario y a Colombia), sino
que también está presente en el narrador. Si en Cóndores,
el narrador se diferenciaba de sus personajes porque poseía
una visión privilegiada (y podía por eso abocarse
el derecho a la denuncia) y en Las Muertes de Tirofijo, apenas se
inmiscuía en el relato, dejando que el personaje hablara
por sí mismo, aquí hace parte de la misma realidad,
está nivelado por la misma hybris, que apenas se manifiesta
en forma diversa: es tan abyecto el hombre culto, como el sicario;
está tan apartado de los valores tanto como el sicario. Por
eso es que no puede haber sino patetismo en la narración:
ya no hay lugar para la ambigüedad y mucho menos para la poesía
y la belleza (al menos como se entiende en un modo clásico).
La voz del narrador está llena de amargura y resentimiento,
de deseos de destruir lo que ya no tiene sentido "ordenar".
Podríamos afirmar
que esa hybris generalizada encuentra en la estrategia de la novela
su complementariedad perfecta. Mientras el narrador -la visión
privilegiada que es capaz de comprender el fenómeno, pero
también la sinsalida- habla; el otro, el sicario -el efecto
de la circunstancia, también contagiado de la hybris, del
sinsentido- actúa. La abyección se cierra de
un modo diabólico: no hay escapatoria.
Por eso el tono de la narración
llega a ser el del regodeo y el patetismo, por eso también
la sensación de estar, no en un círculo vicioso, sino
en medio de una espiral diabólica. El prontuario que don
Fernando nos narra con todo su detalle, incluye quince asesinatos
(algunos colectivos), y sólo termina cuando el propio Alexis
es asesinado por un problema entre bandas. Lo interesante es que
casi todos esos asesinatos son consecuencia de la expresión
de esas quejas y de esos deseos, en principio "inocentes", que expresa
Fernando y que son realizados con una complacencia inaudita por
parte de Alexis. Basta que Fernando se queje ahora del ruido que
hace la radio de un taxista para que éste muera de un balazo
que le pega Alexis. Basta que Fernando se queje de la mezquindad
de una camarera, para que Alexis la asesine. La hybris se conjuga
y se complementa de tal modo que hablar y actuar se vuelven una
misma cosa. Alexis no habla, no se queja, actúa. Fernando
no actúa pero se queja. De este modo Alexis se convierte
en un "Ángel exterminador" que acerca el deseo a la realidad
con la complacencia cada vez más evidente de Fernando. Basta
que abra la boca y su deseo se cumple.
En realidad Alexis, y después
Wilmar -quien también va a ser otro Ángel Exterminador
(y seguramente el que siga a Wilmar)-, hacen parte de lo que podríamos
llamar, siguiendo a Alfonso Salazar , el delincuente juvenil, cuya
proliferación obedece a causas muy complejas, pero que puede
ser descrito en términos de una identidad común: la
banda. Según Salazar, el joven de la "gallada" obedece a
ciertos rasgos comunes: el sentido de percepción de grupo,
el sentido de territorialidad, el lenguaje y los códigos,
la desaparición de la fronteras entre el bien y el mal; todo
lo cual constituye y refuerza una mentalidad, cuyos "códigos"
fundamentales son: el estatus de la valentía y el poder de
consumo, la ambigua definición de lo bueno y lo malo, la
lealtad, la no distinción ni promoción de ideales
y una ruptura con la tradicional sacralización de la muerte
(Salazar, 136-139).
Actitudes
ante la muerte
Precisamente, esta ruptura frente a la tradicional sacralización
ante la muerte, marca la principal actitud retratada en la obra..
Esta desacralización se da tanto en el narrador como en los
dos protagonistas: Alexis y Wilmar. La muerte como algo cotidiano
para lo sicarios, la muerte como el alivio de una vida dolorosa
que nunca debió brotar. Claro que también se retrata
el regodeo de la gente común con la muerte, la actitud generalizada
que espera siempre la muerte del otro para gozarla. El corrillo
se vuelve una metáfora de ese regodeo colectivo: el espacio
para ocultarse en la masa y gozar con la desgracia del otro.
El
lenguaje
Aprovechando uno de los elementos de la estrategia narrativa de
la novela: la caracterización del narrador como gramático,
nos enteramos de la jerga del sicario. Sin tener que recurrir a
un glosario, Fernando nos va explicando cada término que
emplean sus amantes:
[El sicario] No habla español, habla en argot o jerga. Es
la jerga de las comunas o argot comunero que está formado
en esencia de un viejo fondo de idioma local de Antioquia..., más
una que otra supervivencia del malevo antiguo del barrio Guayaquil,
ya demolido, que hablaron sus cuchilleros, ya muertos: y, en fin,
de una serie de vocablos y giros nuevos, feos, para designar ciertos
conceptos viejos: matar, morir, el muerto, el revólver, la
policía... Un ejemplo: "¿Entonces qué, parce,
vientos o maletas?’ ¿Qué dijo? Dijo: "Hola hijo de
puta". Es un saludo de rufianes (Vallejo, 26).
En general, el uso y descripción
de la jerga es aquí una estrategia que informa muy eficazmente
sobre la mentalidad del sicario, su visión de mundo y sus
sentimientos. Sirve también para reconocer algunas de la
dinámicas que paradójicamente dan identidad cultural
(como subcultura) a los jóvenes sicarios.
El argot "expresa
una nueva conceptualización de la vida y de la muerte -afirma
Alfonso Salazar -, de la religiosidad y las relaciones interpersonales,
y plantea preguntas a fondo a nuestra cultura: ¿qué
pasa en una sociedad cuando a quien muere se le llama muñeco?".
Según Salazar, este habla refleja la actitud de intolerancia
y desenfreno que predomina en la sociedad y la transformación
de las relaciones sociales y de los valores: "Las palabras
no son gratuitas, son portadoras de un axiología donde la
agresión y la desvalorización del otro predominan
como forma de relación".
Ahora, ¿bajo esta
máscara del sarcasmo, de la impunidad, del escepticismo y
de la hybris del narrador de la novela, no hay también una
pregunta similar, un llamado a la esperanza?
Autor-personaje
Hemos podido hablar de tres personajes: el sicario (llámese
Alexis, La Plaga o Wilmar, parecen al fin los mismos, o peor aún,
el mismo), Colombia, como país, como raza, como colectivo
y el propio narrador. Esta figura del narrador se acerca mucho al
autor, en la medida en que no sólo es un cronista (como en
Cóndores), sino que es abiertamente alguien que participa
de la historia, la juzga y la promueve. Al elegir esa cercanía
y al evadir la poesía para darle paso a lo patético,
el autor está proponiendo una destrucción de las fronteras
entre realidad y ficción: si la poesía y la belleza
clásica no han cumplido con la función de transmitir
la verdad, quizás sea necesario entonces ofrecerla en su
más crudo realismo. Si eso es así, el autor no puede
ponerle máscaras a nada, ni siquiera a su escritura: debe
explicitarse, sacar, del fondo de su alma, su más íntima
posición. A Fernando Vallejo no le importa la belleza, sino
el asombro: promoverlo, incluso exagerarlo, para abrir la conciencia
en un país que no quiere verse a sí mismo como es.
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