Me he propuesto en este ensayo realizar una obra de investigación y de crítica. Para mayor unidad he preferido seguir paso a paso el proceso de la novela en Colombia dentro de las corrientes universales antes que hacer el boceto de obras y autores. Creo haber salvado, en parte, la dificultad y las lagunas que toda clasificación entraña, guardando en cuanto ha sido posible un estricto orden cronológico dentro de la exposición. He tomado la novela desde sus primeras formas coloniales hasta La Vorágine (7924), de J. E. Rivera. La serenidad histórica requerida para esta clase de investigaciones ha impedido extender mi ensayo hasta las obras de autores vivos, cuya labor literaria no está completa aún. Con todo, y por vía de información, hago referencia a algunas novelas de data posterior a la indicada, cada vez que lo he creído útil. Al final presento una bibliografía del género hasta nuestros días * . Si alguna pasión he tenido ha sido sólo un inevitable entusiasmo patriótico. Muy poco ha sido lo escrito sobre la novela de Colombia en general. Necesariamente me he servido de las valiosas e imprescindibles historias literarias de A. Gómez Restrepo y J. J. Ortega Torres, especialmente esta última; y menciono con el mayor encomio la parte referente a la novela en la Literatura colombiana, de Javier Arango Ferrer, por la originalidad de los juicios y la amplitud de criterio. Los trabajos citados a continuación son los únicos que existen: De las novelas colombianas (en Revista Literaria, 1893), de Isidoro Laverde Amaya; La Novela en Colombia (1908), de Roberto Cortázar; Perspectivas de la Novela Colombiana Actual (en Atenea, 1946), de R. Latcham, y An Introduction to the Colombian Novel (en Hispania, 1947)1, de Gerald E. Wade, el más acabado de todos. Como conclusión de este ensayo me permito avanzar que la evolución histórica y la idiosincrasia social de Colombia han estado fielmente reflejadas en esta forma literaria. Por otra parte, no creo osado fundar y expresar una creencia optimista en la calidad de nuestra novela; calidad equiparable acaso a la de nuestra poesía. Exigir valores universales por la talla de un Tolstoi o de un Stendhal (por citar dos nombres) es tan inepto y tan acrítico como hacer referencias de parangón a un Goethe, a un Hugo o a un Sainte--Beuve, para otros géneros. Así toda negación de la novela colombiana que parta de tales presunciones debe hacerse extensiva a cada una de nuestras formas literarias, y equivale, en fin de cuentas, a la propia negación en el mundo cultural. * El autor modificó este propósito, a instancias de amigos suyos, en los últimos meses de trabajo. Así es como aparecen estudiadas en el capítulo final obras posteriores a La Vorágine. Cronológicamente la última que trató con detenimiento fue El Cristo de Espaldas, de Eduardo Caballero Calderón, publicada en 1952. |