1 Cuando en 1985 Italo Calvino se preparaba para dictar en la Universidad de Harvard un ciclo de conferencias sobre los valores literarios del próximo milenio, afirmaba que el que está por terminar no sólo es el milenio del libro sino el que «vio nacer y expandirse las lenguas modernas de Occidente y las literaturas que han explorado las posibilidades expresivas, cognoscitivas e imaginativas de esas lenguas». Publicadas con el título de Seis propuestas para el próximo milenio (1) el autor se propuso abordar temas como la levedad, la rapidez, la visibilidad, la multiplicidad y la exactitud, para explicar los postulados y las orientaciones de la literatura próxima. Aligerar las emociones «como reacción al peso del vivir» y asumir sólo aquello que se es capaz de llevar, aceptar la rapidez con que se suceden los acontecimientos y captar «la sensación de lo ineluctable», buscar la exactitud del lenguaje preciso que contenga «los matices del pensamiento y de la imaginación», admitir que se es hijo de «la civilización de las imágenes» y que la novedad, la originalidad y la invención se resuelven «decididamente a favor de la imagen visual», son algunos de los planteamientos en los que la literatura testimonia una totalidad a la vez potencial, conjetural y múltiple. Milan Kundera afirmó que la literatura ya no puede ser profética y que el escritor no puede vivir en paz con el espíritu de nuestro tiempo. Refiriéndose a la novela aseveró que ésta es una larga interrogación y una exploración de la existencia, de lo que es la vida humana en la trampa en que hoy se ha convertido el mundo ()2 . Creadores, poetas, narradores, escritores, teóricos, pensadores y filósofos coinciden en que nos acecha la saturación, la excesiva llenura, la acumulación de saberes y poderes, el vértigo de la vida cotidiana. Coinciden en el privilegio de lo inmediato, la velocidad, la trivialidad y la fugacidad, de tal manera que es imposible estar atento, disponible a lo que pasa ya lo que cuestiona, a lo que sorprende ya lo que detiene. Las diferentes expresiones artísticas y culturales de este fin de siglo lo testimonian y la literatura colombiana es una de ellas. 2 Al hacer una tipología de nuestra narrativa de las tres últimas décadas, se identifican no sólo diversidad de tendencias sino la manera como ésta se articula a su tiempo. Ciudad, historia y escritura ()3 , entrecruzados en esta tipología en la que unos y otros autores se encuentran, demuestran el fluir de la modernidad, los cambios de perspectiva y las diferentes formas de relacionarse de los escritores. Concepciones ideológicas, modos de vida, formación intelectual o profesional, lugar de donde provienen y la generación a la que pertenecen, son algunas de las circunstancias que contribuyen a definir su narrativa y sus preocupaciones. En distintas oportunidades hemos afirmado que el dinamismo de esta narrativa, como en la de los otros países latinoamericanos, se empieza a evidenciar desde finales de los sesenta y comienzos de los setenta, cuando en forma paralela a la consolidación del boom, y en nuestro caso particular al reconocimiento de Gabriel García Márquez, una generación de escritores de distintas regiones del país proponía, especialmente desde el cuento, una narrativa de corte urbano. Ésta, en algunos casos con énfasis en lo sociológico más que en lo social, consideró sicologías y vivencias existenciales de personajes cuyos mundos pertenecientes a la ciudad exigían una nueva forma de escritura. La reinvención de la historia o el retorno a ella, la exploración en los modos del conocimiento moderno y el pensamiento filosófico iniciaban nuevos derroteros. Desde unas estructuras convencionales, con ellos se produce una verdadera transición al romper con lo ruralista, lo regionalista y criollista y la literatura sobre la violencia partidista. Durante los ochenta y prolongándose a los noventa, surgen nuevas propuestas y otros autores. La ruptura se plantea frente al macondismo y el garcíamarquismo, en la búsqueda de expresión de la crisis del mundo contemporáneo, del debilitamiento de las verdades sagradas, del mito y de las tradiciones, demostrando desde la novela que no sólo pertenecemos al exótico y subdesarrollado Tercer Mundo. Una novelística que aprovecha toda clase de recursos literarios y con marcado énfasis en lo irónico recuenta la historia nacional, latinoamericana y mundial, enjuicia el pasado y relativiza los poderes culturales e institucionales. Entre estos recursos deben considerarse las exploraciones en diversas formas narrativas que dan paso a la antinovela, en la que se abandona la fábula convencional sustituyéndola por la fragmentación de la historia mediante la experimentación estructural, los juegos de estilo, los manejos arbitrarios del tiempo, el espacio y las voces narrativas, demostrando así la crisis tanto del mundo como de las formas creativas. La necesidad de construir e inventar nuevos lenguajes y contar la realidad múltiple y contradictoria, rota y resquebrajada, evidencia su participación en los debates contemporáneos frente a las ciencias sociales y humanas. Su característica actitud crítica y de ruptura ha sido considerada contestataria, y más precisamente algunos de sus autores fueron definidos por el crítico uruguayo Ángel Rama como «los contestatarios del poder». Con ellos se impuso la ironía, la parodia y el humor, el erotismo, la agudeza crítica y el sarcasmo, y la actitud lúdica de un narrador que compromete al lector. Al proponer una nueva conciencia de la historia profanan y desacralizan, incursionan en lo autobiográfico, en historias de vida y, desde luego, en la sensibilidad urbana ()4 . Los caminos se encuentran y separan entre los autores que surgen en cada una de las tres últimas décadas. Evidentemente, no son iguales los intereses ni las preocupaciones de un autor que se inicia en las décadas del sesenta, del setenta o del ochenta y está al tanto del proceso de desarrollo histórico, político, ideológico, cultural, social, vital y literario de su país, de América Latina y del resto del mundo, a los de aquel que comienza su tarea de escritor cuando gran parte de los debates de esta segunda mitad del siglo se han dado. En algunas cosas pueden ser contemporáneos y en otras totalmente distantes. Aunque se encuentran en el tiempo, también el tiempo los separa. Mientras los primeros, en sus comienzos ingresaron a la literatura debatiendo con la tradición realista, proponiendo nuevas formas desde una narrativa comprometida con los procesos históricos, asumiendo y expresando los discursos de la cultura moderna y el desarrollo de la mentalidad urbana, sin asumir el carácter lúdico y burlesco se encontraron con los siguientes, quienes se han enfrentado a la herencia del boom del cual fueron testigos inmediatos y en algunos casos simpatizantes de sus ideologías. Los otros, los más jóvenes, leyeron a los narradores del boom ya Gabriel García Márquez como quien lee a los clásicos; son verdaderos hijos de la cultura de la imagen, de la rapidez de la informática y de los medios y el centro de su mundo está invariablemente en la ciudad. Su papel como autores no pertenece al paradigma de la profecía ni al contestatario que revela y se rebela para transformar el mundo, sino al de quien asume la creación como acto liberador y lúdico que retorna a la fábula, inventa o reinventa cuentos, deambula por calles anónimas, atiende el ritmo de la música de su tiempo y asiste a la vivencia del vértigo y de lo transitorio de este fin de siglo (5). 3 En el caso del cuento, los escritores colombianos, sobre todo en el último lustro, han demostrado afán renovador de las estructuras narrativas e interés por retornar a la forma tradicional del relato. Sin perder de vista la condición de «sabueso de su tiempo», como diría Elías Canetti, dan testimonio de éste traduciendo ese espíritu y la sensibilidad de la época en temas, problemas, modos de narrar y visiones de mundo que hablan tanto de lo simple como de lo complejo, de lo trascendente y lo trivial, de la fugacidad y la lentitud, de la quietud y el vértigo. Los cuentos demuestran, desde su condensación del mundo, que en ellos hay historias que nos conciernen y que interpretan tramas en las que estamos de diferentes maneras implicados. Reconociendo la vigencia del cuento, los estudiosos del género coinciden en afirmar que éste debe producir una impresión única que obligue al lector a concentrarse en una crisis. Coinciden también en que mientras se lee un cuento se asiste a la creación de una ilusión y sobre todo a la vivencia de una realidad lograda con un clima, una atmósfera que atrapa la atención. En el cuento más clásico, conducido por la fábula, el lector recorre aventuras, historias, penetra en los enigmas, en los vericuetos de la conciencia, en la angustia de la soledad, en la búsqueda o el encuentro con lo insólito, en el amor, el desamor yel erotismo; en los más modernos, se adentra en el vacío y la perplejidad, en diversas formas de violencia, en la revisión y mirada del entorno o de la historia, en fin, mientras reconoce lo oculto del corazón en la representación de la trama de la vida. En las últimas décadas se han escrito, no sólo en nuestro país sino en otros de Europa, América Latina y del Norte, cuentos contra la forma tradicional de contar en los que interesa más la composición o la combinatoria de los elementos que atrapen la atención del lector y lo conduzcan a la intensidad de ese «algo» que va a suceder, que la fábula. Restándole importancia a la anécdota para concentrarse en experimentaciones formales, peripecias del lenguaje y reflexiones sobre la escritura, en unos casos, y en otros omitiendo la fábula, el resultado, llamado «anticuento», responde más a una voluntad literaria ya un juego con la escritura que a una voluntad de narrar, de contar algo que vaya más allá del acto narrativo o del acontecimiento concluido. Evidentemente transgresores, se sitúan en la línea de la ruptura y sugieren, muchas veces {sobre todo en el caso de los que denominaríamos solipsistas -algunos los llamarían autistas), que en ellos se narra la tensión posterior al clímax correspondiente en un cuento de estructura tradicional. Esto lo consideramos válido dentro de las nuevas tendencias narrativas y en el caso de narradores colombianos de este final de siglo reconocemos a R.H. Moreno- Durán y Rodrigo Parra Sandoval, cuyas estructuras se orientan más al hecho creativo, y los últimos cuentos de Darío Ruiz Gómez y Consuelo Triviño, en los que el sentido del relato se ha detenido en la culminación de la crisis, sugiriendo una larga meditación que recapitula fragmentariamente todo lo que ha pasado. No es éste el caso de los que incluimos en esta selección. De corte convencional, la mayoría de ellos y según el temperamento y la visión de mundo de su autor, responden a temas y problemas propios de este final de siglo. Infelices o transitoriamente felices, los personajes y los mundos de estos cuentos viven atrapados en un presente indefinido en el que reinan la fugacidad o el vértigo, o retornan de un pasado que la memoria actualiza con humor o ironía. Se trata de cuentos que narran procesualmente el desarrollo de unos hechos y llevan de la mano al lector hacia el universo de los personajes, como proponía Horacio Quiroga. Ciudadanos del mundo y exiliados de sí mismos, algunos personajes ejercen la mirada anónima como transeúntes, vagabundos, nómadas de la ciudad o expulsados de ellas, y son también mirados a solas en la multitud, como leemos en el cuento de Julio Paredes. Realizando el tránsito por tiempos y lugares cercanos o lejanos, se visita la historia desde la mirada biográfica y la sentencia filosófica en el cuento de Enrique Serrano. Aprovechando una anécdota de la colonia, Daniel Samper narra un episodio de un aborigen en tierras españolas y con fino humor conduce al lector al desenlace imprevisto ya la caricatura de la fatalidad. Con sugestión policíaca y ambientando la vida azarosa de Bogotá de mediados del siglo XX, se busca descifrar un archivo maldito o un crimen de guerra en el cuento de Roberto Rubiano Vargas. Cuentos éstos de tema histórico, en los que la historia nacional y cultural son el motivo de la fábula y objeto de conocimiento o de burla, de solemnidad o trivialidad. El encierro, la anulación de la identidad, el vacío, el vértigo y la necesidad del otro, se reconocen en los cuentos de Germán Pinzón, Germán Espinosa, Evelio Rosero y Ramón Illán Bacca. La «esfericidad», como diría Cortázar, propuesta en una secuencia lineal y progresiva de un presente que con eficacia apunta a la soledad, y en el que el ritmo en que suceden los acontecimientos logra un efecto natural e involucra al lector hasta sus fibras más profundas, se evidencia en el de Oscar Collazos. El extrañamiento y la marginalidad acontecen de manera gradual en el incisivo cuento de Antonio Caballero, en el que mediante la fantasía se acude a la necesidad de borrar la violencia de la realidad. La lograda radiografía social penetra en los recovecos de la interioridad del personaje y da dimensión crítica a la historia. Escribir, re-escribir, borrar la memoria, el pasado que corroe, negar o silenciar la soledad y el vacío, autoafirmarse en la creación artística, renacer y disputarse la identidad y la seguridad de sí mismo son motivos sugestivos en los cuentos de Roberto Burgos Cantor y Julio César Londoño. La ironía, el erotismo y la parodia se entrelazan en otros oscilando entre la historia y la ficción, lo juguetón, lo perverso y lo burlesco, como en los de Andrés Hoyos y Philip Potdevin. Las situaciones límites recreadas en algunos de los cuentos confirman la necesidad de descender al fondo de algunas situaciones, de sí mismo, al abismo, como en la consolidada escritura puntual de Juan Carlos Botero. La narrativa colombiana de la segunda mitad de nuestro siglo ha demostrado un dinamismo que apunta hacia la definición de lo urbano como modo de vida, sensibilidad y forma de escritura. Si Gabriel García Márquez logró el afianzamiento de lo real-maravilloso en la consumación de la oralidad cimentada en el mito, la leyenda y la cultura popular ligados a temas que de lo local apuntan a lo universal, también su literatura ha trasegado por los juegos de escritura, por la historia y por la vivencia de la ciudad y el pensamiento del mundo en crisis, en narraciones que se dirigen al repliegue del lenguaje ya la conciencia de la desintegración de la identidad en el presente. Algunos de sus Doce cuentos peregrinos (1992) definen lo transitorio, la rapidez, el peso de la levedad, el fluir de la imagen que denota visibilidad, la experiencia de la multiplicidad y la necesidad de exactitud para expresar con la mayor precisión posible el aspecto sensible de las cosas. Ejemplos fundamentales son «El avión de la bella durmiente», verdadera reflexión poética del instante y del valor de la belleza efímera, «María dos Prazeres», canto a la vida, a la aceptación de la muerte ya la fugacidad del encuentro, y «Sólo vine a hablar por teléfono», magnífica pieza de horror, marginalidad, desamparo y abandono característicos del azaroso fluir del mundo contemporáneo. La literatura y las expresiones artísticas actuales pertenecen más al orden del máximo de las referencias, de la exactitud y de la verdad que al de la imaginación. Pareciera que todo debiera pasar por la evidencia absoluta de lo real. En «La profecía de Flaubert», Rodrigo Parra Sandoval se refiere al deber del escritor contemporáneo de ser partícipe de su tiempo e ilustra con dos autores que en el siglo pasado establecieron relaciones entre novela y ciencia: Julio Veme y Gustave Flaubert (6). El primero, abanderado de la ciencia y el segundo, crítico de ella, anunció que «la novela y la ciencia, que se separaron en un principio, se unirán nuevamente, en el momento más alto de su desarrollo» . Identificando dos tendencias polares en la narrativa colombiana, el sociólogo y novelista reconoce, en una de ellas, que ante la incertidumbre del presente, la pérdida de centro y de totalidad, la fragmentación de la vida, la aceleración del tiempo social y el caos del ser, los escritores buscan la manera de narrar con nuevas herramientas, arquitecturas y lenguajes, e intentan incorporar toda clase de conocimientos «como la mantis religiosa que devora al macho mientras éste la fecunda» (p. 66). A diferencia de la otra, que ante la desintegración de los valores, la invasión del lenguaje están dar de los medios y la avalancha de lo visual, responde con un repliegue de formas tradicionales y busca en los caminos de la narración original y «en la isla del tesoro literario del pasado» la manera de contar el presente (p. 51). José Asunción Silva, refiriéndose a los artistas del agitado fin de siglo pasado como «una especie de mandarines», afirmaba que sus obras no eran hechas para ser entendidas y apreciadas por la multitud, sino para un círculo cada día más restringido de inicia dos. Cien años después no es mucho lo que esta situación haya variado. Parra Sandoval reitera que las últimas décadas han presenciado una transformación radical en la manera de concebir y hacer ciencia, lo que ha significado «el comienzo de la muerte del denominado paradigma clásico de la ciencia y el nacimiento de la llamada ciencia del caos» (p. 54). De ahí su invitación al escritor colombiano a ser hijo consciente del atraso de su sociedad y asumir la profecía de Flaubert como «un banquete de nuevas opciones.» La iniciativa editorial de realizar una antología de cuentos que cuenten, antes que la divulgación de las nuevas tendencias narrativas en la literatura colombiana (7), se une al reconocimiento del carácter vigente del género, a la certidumbre de que las generaciones se entrecruzan, a la continuidad de unos autores que han demostrado que su escritura se vitaliza con el paso de los años ya la convicción de que surgen otros que han iniciado recientemente su travesía narrativa. Estos cuentos hablan, a su manera, de los temas y la sensibilidad de la época y de la forma como sus autores se vinculan con el mundo, con el final de nuestro siglo y con fin del milenio. 1 Italo Calvino, Seis propuestas para el pr6xima milenio. Madrid: Sirela, 1989, p.11 2 Milan Kundera, El arte de la novela, Barcelona, Tusquets, 1987. 3 En publicaciones anteriores he abordado las posibilidades narrativas del cuento y la novela en nuestro país, sobre todo desde fines de los setenta, reconociendo la importancia de la transición hacia la ciudad, reforzada en autores como Oscar Collazos, Darío Ruiz Gómez, Fanny Buitrago, Nicolás Suescún, Luis Fayad, Umberto Valverde y posteriormente Andrés Caicedo, así como la importancia de la narrativa de Germán Espinosa, orientada más hacia lo histórico y epistémico. Véanse mis compilaciones La novela colombiana ante la crítica, 1975-1990 (Cali, Univalle; Bogotá, Ceja, 1994), Fin de siglo. Narrativa colombiana (Cali, Univalle; Bogotá, Ceja, 1995) y mi antología Nuevo cuento colombiano. 1975-1995 (México, Fondo de Cultura Económica, 1997). 4 Es importante destacar autores como R. H. Moreno-Durán, Rodrigo Parra Sandoval y Fernando Vallejo, quienes con sus series novelísticas y otros libros de cuento, biografía y ensayo, según el caso, ilustran estas consideraciones. Es justo también re cordar a Fernando Cruz Kronfly, Roberto Burgos Cantor, Carlos Perozw, HelenaAraújo y Marvel Moreno, entre otros, quienes participan de otra manera en las preocupaciones de la crisis de la modernidad. 5 Autores como Sandro Romero, Rafael Chaparro Madiedo, Hugo Chaparro Valderrama, Mario Mendoza, Octavio Escobar, Santiago Gamboa, Pedro Badrán Padaui, Jorge Franco, entre otros, además de los incluidos en esta antología, son claramente representativos. El trabajo literario de Laura Restrepo también puede considerarse en las líneas de esta generación. 6 Rodrigo Parra Sandoval, «La profecía de Flauberb » , Crítica y ficci6n, Bogotá, Magisterio, 1998. Este ensayo fue ganador del premio de Ensayo Rafael Gutiérrez Girardot en México, 1996 7 A diferencia de esta antología, el propósito del libro Nuevo cuento colombiano. 19751995, consignado tanto en la selección de autores como en el prólogo, era determinar las tendencias del cuento, la tradición, el paso de la oralidad a la escritura, las peripecias y juegos narrativos, los cambios en las preocupaciones temáticas y la influencia de los procesos históricos y culturales en los mismos. |