|
Desde la época que se conoce hoy con el genérico
nombre de "La violencia", ha existido en Colombia una
extensa producción textual en torno al tema de la violencia.
En este artículo estudio dicha producción textual
desde una perspectiva cultural, analizando de qué manera
la violencia se transforma en fenómeno manejable por la sociedad
desde la palabra. Observo también cómo lo textos tienen
siempre una contracara, en la cual el discurso se muestra insuficiente
para abarcar su objeto, el cual se define como algo que está
siempre más allá de la palabra. Todo este análisis
gira en torno a un propósito implícito de descubrir
de qué manera los textos contribuyen a configurar un "estado
de violencia" como el que se describe actualmente en Colombia.
Me concentro aquí en textos producidos en los últimos
diez años, que por una u otra razón han tenido una
resonancia especial en el escenario nacional.
La violencia en Colombia ha venido acompañada de una extensa
reflexión sobre sus causas, funcionamiento y consecuencias.
La producción discursiva en torno al tema comienza hace unos
cincuenta años, época en las que muchos ubican el
origen reciente de la situación de guerra que vive actualmente
el país. Desde entonces hasta ahora, la literatura, las ciencias
sociales y el periodismo investigativo han buscado narrar y entender
el funcionamiento de los numerosos conflictos que se reúnen
bajo la categoría de "violencia". Quien se proponga
analizar los textos de la violencia en Colombia tienen pues a su
disposición una cantidad envidiable de materiales : novelas
y películas; estudios sobre el fenómeno desde las
ciencias sociales, la historia, la filosofía y l psicología;
recuentos de tipo periodístico; y finalmente testimonios
de víctimas, victimarios, testigos, legisladores y combatientes.
Esto sin contar los textos sobre la violencia que se elaboran cotidianamente
en los periódicos, los noticieros, los foros de Internet
y las conversaciones de café. Como una fuente inagotable,
los conflictos violentos del país y los textos que se han
tejido en torno de ellos ofrecen siempre nuevos motivos para continuar
la reflexión, revisar los argumentos anteriormente planteados,
modificar el rumbo de las discusiones y postular nuevas hipótesis.
De esta manera continúa la producción discursiva sobre
la violencia, aunque en ocasiones parezca entrar, al igual que el
país, en una especie de callejón sin salida con respecto
al deseo implícito de contribuir a una posible solución
al problema que constituye su objeto de estudio.
La narrativa reciente sobre la guerra en el campo se sitúa
principalmente en el género del testimonio. El escritor sirve
aquí de mediador entre el escenario de la guerra, la otredad
a la que pertenecen quienes cuentan sus historias y el lector letrado
que las recibe desde el terreno de la no-guerra.
¿Cómo entender la violencia en Colombia? Podría
ser la pregunta que sirve de base a estos discursos. ¿Cuál
es su origen? ¿De qué manera se manifiesta? ¿Cómo
buscarle una solución? Son interrogantes que la acompañan.
También este trabajo buscará enfrentarlos, pero lo
hará de manera indirecta, observando la violencia en el lente
de su expresión en textos, es decir en su construcción
discursiva. Me limitaré a observar algunos ejemplos de la
producción más reciente, aquella que aún no
ha sido clasificada en ciclos y cuya propuesta se encuentran por
así decirlo, aún en proceso de elaboración.
Esta delimitación de la época se deriva, entre otras
cosas, de un interés por observar cómo ha sido incorporado
en el discurso nacional sobre la violencia el fenómeno del
narcotráfico, dado que es un actor relativamente nuevo pero
con papel protagónico en el escenario socio cultural colombiano.
Excluyo con esto de mi análisis el extenso grupo de relatos
que se refieren a aquella sangrienta etapa de guerras civiles que
tuvo lugar alrededor de los años cincuenta y que es hoy conocida
con el genérico nombre de la Violencia. Será inevitable,
sin embargo, la referencia a ese momento de la historia colombiana,
en el cual se estaban ya creando las circunstancias que llevarían
a la situación actual del conflicto y se delineaban las características
del discurso sobre la violencia que sigue escribiéndose hoy
en día. Las líneas entonces trazadas se han extendido
y expandido para incluir la complejidad y los nuevos actores de
la violencia, configurando un imaginario que marca profundamente
la vida nacional, como lo hizo en su época la llamada Novela
de la Violencia.
El proceso de delimitación de mi objeto de estudio implica
otras exclusiones, además de la temporal. Me ocuparé
principalmente de textos que traten la violencia en tanto problemática
nacional, es decir en cuanto fenómeno del cual todos los
colombianos se sienten parte. Quedan con ello por fuera relatos
que incluyen la violencia como algo exterior al universo del lector,
tales como las novelas policíacas. Para decirlo en otras
palabras, entrarán en este análisis aquellos textos
que relaten formas de violencia consideradas como parte del "estado
de guerra" en el que se encuentra actualmente el país,
una situación que al ser denominada de esa manera puede ser,
entre otras cosas, asumida como temporal. La perspectiva de un futuro
en el cual esa violencia ya no estará presente (el fin de
la guerra) estaría de cierta manera implícita en las
obras que mencionaré en este trabajo. Esto me permitirá
pensar hasta qué punto dichos textos operan como fórmulas
para convocar una identidad nacional en tomo al deseo común
de esperar una solución al conflicto. La "máquina
de la guerra" que (utilizando la denominación de Deleuze
y Guattari en Mil mesetas) es la extrema exterioridad del Estado,
aquello que permite definirlo por oposición, aparecería
imaginada en estos textos para reforzar la existencia de un orden
externo, al que se espera regresar, un orden que es definido precisamente
por su oposición a esa exterioridad que no tiene normas ni
leyes
El libro Trochas y fusiles (1 994) recoge las historias de varios
combatientes de las FARC, haciendo énfasis en las razones
que llevaron a estas personas a unirse a la guerrilla, en los vínculos
comunitarios que se establecen en las filas de combate y en la manera
como el orden de la guerra redefine el tejido social.
Al delimitar así su objeto de estudio, participa también
este análisis en la tendencia general de los textos que se
ocupan de la violencia: seleccionan sus materiales, cuentan unas
historias y silencian otras, excluyen ciertos aspectos para favorecer
otros, construyen así un orden en el que la violencia es
finalmente apenas referencia que aparece para ser negada. A través
de los textos la violencia, percibido como el extremo desorden,
se ordena y se convierte en forjadora de límites, prioridades,
justificaciones y propósitos sociales. Lo que ocurre en el
campo de batalla (y éste puede ser urbano o rural, público
o privado) se transforma en definitorio de un determinado escenario
social cuando pasa a ser texto, a través de esta verbalización
se definen aliados y enemigos, objetivos y contraobjetivos, fronteras
y prioridades. Este trabajo de configuración que se realiza
en la escritura, desde la "narración" de la violencia,
es posible porque la realidad del campo de batalla es situada por
el propio texto en un "más allá" con respecto
a sí mismo, una exterioridad que es preciso reducir e incorporar
en el discurso. En la introducción del libro The Violence
of Representation (1989), que incluye diversos ensayos sobre la
violencia en la literatura, Nancy
Armstrong y Leonard Tennenhouse abren una línea de reflexión
sobre la violencia en la literatura cuando postulan que "la
escritura no es tanto acerca de la violencia, como ella misma una
forma de violencia" . Será éste uno de los caminos
por los que me acercaré a la representación de la
violencia en Colombia, procurando buscar en los textos la manera
como han sido utilizados para configurar ordenamientos sociales,
construir imaginarios culturales y trazar señas identitarias,
en torno a la exclusión y la definición de fronteras.
DEFINIR LA GUERRA
Uno de los términos que se ha vuelto común para hablar
sobre el conflicto actual en Colombia es el de "guerra irregular".
Tomada del teórico alemán Friedrich August von der
Heydte, pero con una significación modificada en su recontextualización
al caso colombiano, esta denominación es utilizada como base
del análisis en el libro Colombia: guerra del fin de siglo
(1998), del economista y politólogo colombiano Alfredo Rangel
Suárez, De acuerdo con Rangel, la guerra irregular es, "por
definición, una guerra en la que se busca desgastar al adversario
y fatigarle, minarle su voluntad para defenderse, doblegarlo psicológicamente;
es una guerra de gran duración y de baja intensidad militar."
(12) Más allá de las preguntas sobre el origen de
esta denominación, el término "guerra irregular"
hace pensar en la posición de la teoría al acercarse
al fenómeno de la guerra. ¿Hablar de "guerra
irregular" implica que existe una "guerra regular"?
Siguiendo la línea de Deleuze y Guattari, toda guerra sería
en sí misma irregular, si se considera al Estado como lo
"regular", es decir como el origen de la regulación.
¿Al hablar de "guerra irregular" se cae en una
redundancia o se emiten dos términos que se oponen mutuamente?
¿Estaría en el término "guerra irregular"
implícita la necesidad de regular la guerra? En este último
caso, el teórico estaría asumiendo la función
de sancionar la legitimidad del Estado como forma de organización
social. En esto Rangel compartiría un terreno común
con otros teóricos que han emprendido análisis sobre
el tema de la violencia en Colombia.
Una hipótesis que subyace con frecuencia en las reflexiones
en este campo es el de situar el origen de los conflictos en las
deficiencias del Estado colombiano, en su incapacidad para hacer
llegar su capacidad reguladora a todo el territorio y a todos los
sectores que conforman la Nación. Todo aquello que quedó
por fuera de su alcance se habría constituido en el germen
de una forma "otra" de organización que se ubica
en el orden del no-estado que es la guerra, la organización
social por la violencia. Al igual que tantos otros, el análisis
de la situación que realiza Alfredo Rangel apunta en esta
dirección. Así, al hablar de la forma como la guerrilla
ha ganado su poder en el campo colombiano. dice:
Aun cuando es necesario señalar que en muchas regiones la
guerrilla se ha ganado el apoyo voluntario de algunos sectores de
la población al presentarse como solución eficiente
de agudos problemas de seguridad, de justicia, de orden y, en general,
de falta de Estado, también es imprescindible anotar que
en Colombia la guerrilla se ha vuelto terrorista por su búsqueda
sistemática, permanente y deliberada de la dominación
mediante el terror que produce una forma de violencia cuyos efectos
psicológicos son desproporcionados con respecto a su estricto
resultado físico.
(6, mi énfasis.)
El origen del conflicto se ubica pues en la "falta de Estado",
situación que deriva primero en la imposición de un
orden alterno y luego en el terrorismo, que es, si se quiere, el
"extremo otro" de ese ,otro" que es la guerra. Si
el problema es situado por el autor en el "no-Estado",
es claro que la solución se postula en el "Estado".
Así, al enfrentar la violencia el texto se ubica en el terreno
de su otro: el Estado, la no-guerra.
LOS TEXTOS NARRATIVOS
La separación entre una violencia del campo y otra de la
ciudad parece dominar la representación del tema en los textos
producidos durante los últimos años . Anteriormente,
durante el ciclo de la Novela de la Violencia, tal como lo muestra
Laura Restrepo en su trabajo sobre el tema, la literatura se ocupó
principalmente de lo que ocurría en las zonas rurales, de
tal manera que aunque el conflicto tuvo su momento inicial en un
hecho urbano (el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán
en Bogotá el 9 de abril de 1948), la percepción actual
predominante al respecto es que La Violencia fue una guerra que
se llevó a cabo en el campo. A la ciudad le habría
cabido entonces el papel de regularizar aquello que se había
desatado fuera de sus fronteras: fue en Bogotá donde se firmó
el acuerdo del Frente Nacional que en 1957 acabó oficialmente
la guerra entre conservadores y liberales, postulando que los líderes
de cada partido se turnarían el poder cada cuatro años,
promoviendo la convivencia entre ambas facetas. De esa manera se
creó un pacto entre las clases dirigentes por el cual probablemente
se consiguió, entre otras cosas, neutralizar una tercera
fuerza política que empezaba a cobrar presencia por esa época
en Colombia, como en otros países de América Latina:
el socialismo. No es hoy un secreto que la guerra en el campo no
terminó con la firma de ese pacto y que allí quedó
la semilla de la cual surgieron más tarde las guerrillas
que, acogiéndose inicialmente a ese tercer terreno ideológico,
hoy coprotagonizan aquello que se ha llamado la "guerra irregular".
Los otros actores son el Estado y los paramilitares, pero cada uno
de ellos son en realidad colectividades divididas en grupos y subgrupos
-unos más violentos y delincuenciales que otros-, cuyas fuerzas
se entrecruzan y dispersan en la "irregularidad" de la
guerra.
La narrativa reciente sobre la guerra en el campo se sitúa
principalmente en el género del testimonio. Autores como
Arturo Alape y Alfredo Molano han recogido relatos de numerosos
combatientes campesinos, muchos de ellos sobrevivientes de la época
de la violencia que siguen luchando hoy en día. El escritor
sirve aquí de mediador entre el escenario de la guerra, la
otredad a la que pertenecen quienes cuentan sus historias, y el
lector letrado que las recibe desde el terreno de la no~guerra.
Su mediación funciona también en el conflicto entre
el campo, don recoge sus testimonios, y la ciudad, donde éstos
son leídos. Alfredo Molano es quizás quien ha recogido
en forma más fructífera este tipo de historias, en
más de diez libros que ofrecen un extenso mapa sobre la manera
como practican y viven la violencia los habitantes del campo colombiano
.
En el libro Trochas y fusiles (1994) recoge las historias de varios
combatientes de las FARC, haciendo énfasis en las razones
que llevaron a estas personas a unirse a la guerrilla, en los vínculos
comunitarios que se establecen en las filas de combate y en la manera
como el orden de la guerra redefine el tejido social. Sociólogo
de formación, su método de trabajo es el del científico
social que hace trabajo de campo, toma notas, recoge testimonios
y luego conforma un texto a partir de lo observado. Su estilo narrativo
es en cambio literario, muchos de sus personajes son ficciones creadas
a partir de la con¡ unción de varios individuos reales
cuyo testimonio recogió durante su trabajo de campo, su lenguaje
es poético y sus relatos están organizados en torno
a la estructura narrativa cerrada de principio, desarrollo y final.
En el último capítulo de Trochas y fusiles habla de
cómo llevó a cabo la recopilación de las historias.
Después de dar un breve recuento sobre el contexto histórico
y los hechos de guerra, relata su viaje a través de la ribera
de un río hasta llegar al campamento donde se encontraban
los comandantes de las FARC. El relato es el de un tránsito
de un orden a otro, de la ciudad al campo, de una temporalidad moderna
a otra que podría ser premoderna. El autor no oculta su simpatía
por la guerrilla, pero observa el orden en que viven como la otredad
de la civilización de la que él viene: en su análisis
esta "civilización" ha estado llena de grietas,
ha sido injusta en sus ordenamientos y por ello ha surgido ese "
otro orden" que se rige por "otras" leyes y que inevitablemente
ha tenido que entrar en guerra con el Estado, a cuyo orden el autor
mismo se adhiere, aunque en forma crítica. Su posición
frente a cuál sería la salida del conflicto se evidencia
en un fragmento del testimonio del jefe militar de las FARC, Manuel
Marulanda Velez, que Molano resalta en su último capítulo
de Trochas y fusiles.
Dice Marulanda en la transcripción del autor: Es que yo
estoy buscando la paz desde hace muchos años. Me tocó
inventarme esta guerra para que me oyeran a mí y a la gente
que por mi boca habla, pero al gobierno no le conviene la paz porque,
entonces, ¿qué hace con los militares? uno pide una
cosa y le responden que no, que no se puede porque la Constitución
no lo permite, Entonces uno propone el cambio de Constitución
y le responden que no, que eso es antiinconstitucional. No dejan
sino el camino de la guerra o el de la entrega. Y el de la entrega
va a ser muy difícil porque uno tan viejo ya no está
para esas. (223)
Según este testimonio, las FARC habrían emprendido
la guerra como única salida posible frente a las fallas del
Estado. Pero en el punto al que han llegado las cosas la solución
a la que apuntaría Molano no puede ser únicamente
una reforma del Estado, se necesitaría mucho más para
acabar con el orden de la guerra en Colombia. "¿Qué
hace el gobierno con los militares si llega la paz?... Uno tan viejo
ya no está para entregarse", dice Marulanda. La imagen
que ofrece Alfredo molano en sus libros es la de un país
en el que la guerra se ha instalado como forma de vida y convivencia
en gran parte del territorio. El reconocimiento de esta situación,
por parte de todos los colombianos que se ven convocados en sus
libros, sería la propuesta de salida que él está
delineando.
El narrador de Vallejo no se muestra interesado en plantear una
salida posible a la situación: en su perspectiva el orden
de la civilidad está ya irremediablemente perdido y la única
opción es acomodarse y aprender a manejar la nueva ley del
des-orden.
Una película recientemente realizada por un director colombiano,
en colaboración con productores españoles e italianos,
dirige la atención del público en esta misma dirección.
Se trata de Golpe de estadio (1999) de Sergio Cabrera. En ella un
comando del ejército encargado de vigilar una torre petrolera
decide hacer una tregua con una tropa guerrillera que se halla en
la zona (con el propósito de volar esa misma torre), para
poder mirar juntos por televisión el partido de fútbol
que definiría la clasificación del equipo de Colombia
al campeonato mundial de futbol de 1994. Los combates y las hostilidades
iniciales cesan cuando se destruven los televisores de los dos bandos
y un técnico de la guerrilla debe colaborar con otro del
ejército para reconstruir, a partir de los fragmentos sobrantes
de los dos aparatos, uno que pueda ser utilizado para el evento.
Se firma un acuerdo de tregua --en el que una de las condiciones
es que los soldados del ejército dejen de autodenominarse
"fuerzas del orden" el día del partido soldados
y guerrilleros se abrazan y celebran juntos cuando el equipo de
Colombia vence 5-0 al de Argentina. Después del partido vuelven
cada uno a sus posiciones y se reinicia la guerra, pero hacia el
final de la película el sargento que lidera el comando del
ejército alerta a los guerrilleros con respecto a la presencia
de helicópteros en la zona de combate, salvándolos
de un ataque que podría haberlos destruido. Interrogado por
uno de los soldados sobre las razones que le llevaron a hacer eso,
el sargento dice: "Si acabamos con el enemigo, ¿contra
quién vamos a pelear? Se nos acaba el trabajo. ¿Sí
o no?" La guerra aparece aquí como proveedora de trabajo,
es decir como una fuerza económica que tiene su propia lógica.
Los soldados y guerrilleros aparecen igualados en su papel de trabajadores
cuyos enemigos comunes son la oligarquía que envía
órdenes desde la ciudad y, principalmente, la multinacional
norteamericana que pretende realizar las excavaciones de petróleo.
La convocatoria de una unión nacional en torno a esa idea
parece ser la propuesta que presenta esta película, en la
línea de un nacionalismo que se define por su antiimperialismo.
En La noticia de un secuestro, de Gabriel Garcia Márquez,
el texto se autodefine como "noticia", es decir como relato
de hechos reales realizado con base en las estrategias del periodismo,
pero su técnica podría calificarse más bien
como una ficcionalización a partir de la realidad.
En Golpe de estadio el narcotráfico brilla por su ausencia,
un hecho que quizás contribuyó, entre otros, a la
poca credibilidad que tuvo la película entre el público.
En los testimonios de Alfredo Molano, en cambio, es una presencia
tácita constante que marca, entre otras cosas, el paso de
una guerra comunitaria, en la que prima una intención reivindicativa,
a otra en la que en ocasiones los combatientes se dejan llevar por
deseos de enriquecimiento personal. El énfasis de los relatos
en Trochas y fusiles, sin embargo, está en las motivaciones
de tipo socio histórico de los guerrilleros y en la continuidad
del conflicto actual con respecto a las guerras civiles anteriores.
Gran parte de los relatos reunidos en ese libro son de combatientes
que vivieron el paso de una a otra guerra, experimentando esa peculiar
forma de organización social que tiene por centro la violencia.
Puesto que sus testimonios fueron recogidos hacia 1990, no incluye
información sobre la más reciente expansión
de los terrenos utilizados por el narcotráfico. Otro libro
suyo, Rebusque mayor: relatos de mulas, traquetos y embarques (1999)
se ocupa del tema, pero no a partir de historias ocurridas en el
campo sino de testimonios de personas que facilitan el tránsito
transnacional de la droga, desde escenarios principalmente urbanos.
NOVELAS EN TORNO AL CICLO DE PABLO ESCOBAR
La violencia generada por el narcotráfico, en general, ha
aparecido más en narrativas de tipo urbano que en aquellas
que tienen como escenario el campo. El efecto del narcotráfico
en cada uno de estos dos espacios es diferente y no se puede decir
que en alguno de los dos casos sea más significativo que
en el otro, pero parecen haber sido mayores el potencial narrativo
de los aspectos urbanos, así como ha sido también
más fuerte su capacidad de convocatoria en el imaginario
nacional. Muchos de ellos son relatos sobre diversos hechos relacionados
con la campaña terrorista emprendida por Pablo Escobar alrededor
de 1990, en sus esfuerzos por prohibir la extradición. En
esta parte de mi análisis he incluido tres textos que se
sitúan en ese momento histórico. El primero es La
virgen de los sicarios (1994), novela de Fernando Vallejo en la
que un viejo gramático homosexual transita junto con su amante,
un sicario adolescente, por una ciudad en la que no existen el orden
social ni las leyes; en ese contexto la pareja se dedica a imponer
su propio orden por medio de las armas que empuña el muchacho,
matando a todo aquel que los molesta o se interpone en su camino.
El segundo es la Noticia de un secuestro (1996), crónica
de hechos reales en la que Gabriel García Márquez
refiere lo ocurrido durante esos años de terror mientras
relata la historia de los secuestros de tres periodistas, pertenecientes
a la clase alta, que fueron capturados por Pablo Escobar para presionar
al gobierno en su lucha contra la extradición. El tercer
libro es la novela Rosario Tijeras (1999), un relato de fácil
lectura que tuvo un buen índice de ventas en Colombia; está
construido en torno a una historia de amor cuyos protagonistas tienen
su vida marcada por el orden que Pablo Escobar y su grupo impusieron
durante aquellos años en Medellín. Los tres libros
tienen como escenario un lugar en el que el orden se encuentra alterado
o ha sido anulado por el desorden de la guerra, pero detrás
de ese panorama se adivina un orden perdido posible. Todos incluyen
personajes asesinados que aparecen como víctimas cuyo sacrificio
podría llevar al reestablecimiento de la armonía,
aunque la efectividad del ritual parece imposible (excepto quizás
en el caso de Rosario tijeras, como veremos) a causa del peso de
realidad que subyace a los relatos.
La virgen de los sicarios se inicia cuando el narrador habla de
sus recuerdos de infancia en un Medellín que ya no existe
y les dice a sus lectores que ha regresado a Colombia después
de muchos años, en los cuales se ha alejado lo suficiente
como para considerar que el país ya no es suyo. Establece
así una división entre un antes y un ahora, en el
cual el orden
se sitúa en el antes, en un pasado irrecuperable, en un
país vivido en la infancia que ha desaparecido, porque en
el de ahora reina el des-orden de un tejido social donde la vida
ha dejado de tener valor y se vive de acuerdo con la ley de la violencia
por la que se rigen los sicarios. "¿Pero por qué
me preocupa a mi Colombia si ya no es mía, es ajena?"
(19) dice el narrador en las primeras páginas de su relato
y parece claro que esa sensación de extrañamiento
no es sólo el resultado de su larga permanencia en el extranjero.
En sus posteriores recorridos por la ciudad y por los espacios de
su niñez, comprende que la ciudad ha cambiado de manos: ahora
pertenece a los sicarios, o más bien a los que saben servirse
de ellos para imponer su ley. Representante de la antigua clase
letrada que antes controlaba la ciudad, el narrador aprende a vivir
en el nuevo orden, utilizando también él a los sicarios
como escudos y como ángeles protectores. Los transforma en
sus amantes ofreciéndoles regalos (ropa, radios, televisores)
y después se sirve de ellos para imponer su orden en una
situación que al gobierno civil se le salió de las
manos. Todas las referencias a los representantes de ese gobierno,
que en la situación de orden serían los encargados
de vigilar el cumplimiento de las leyes de la civilidad en el Estado,
aparecen cargadas de una ironía dirigida a mostrar su ineptitud,
la cual es por su parte confirmada por el desorden que en su descripción
reina en el territorio donde ellos deberían ser los encargados
de conservar el orden. En esa situación el narrador impone
pues su propio orden de supervivencia, un orden que se rige por
la ley simple de asesinar (siempre por intermedio de un sicario)
a todo aquel que le moleste: vecinos ruidosos, policías,
hippies, niños, mujeres embarazadas. El narrador de Vallejo
no se muestra interesado en plantear una salida posible a esa situación:
en su perspectiva el orden de la civilidad está ya irremediablemente
perdido y la única opción es acomodarse y aprender
a manejar la nueva ley del des~orden. La novela sin embargo convoca
al lector a distanciarse con respecto al punto de vista del narrador,
quien de hecho sitúa a sus lectores en un espacio ajeno al
universo del relato, mediante interpelaciones directas en las que
le habla de su ignorancia sobre el contexto de los hechos narrados.
Ese espacio puede ser el reverso de lo presentado en la novela,
es decir el de un orden cívico existente en la realidad,
o al menos en el deseo.
En La noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez,
en cambio, el Estado y el gobierno son presentados como entidades
operantes, aunque temporalmente incapacitadas para garantizar el
funcionamiento de la civilidad en el país, como consecuencia
del poder alcanzado por los narcotraficantes. El texto se autodefine
como "noticia", es decir como relato de hechos reales
realizado con base en las estrategias del periodismo, pero su técnica
podría calificarse más bien como una ficcionalización
a partir de la realidad. Su autor hace un cuidadoso trabajo de selección
con respecto al material "real" que tiene a su disposición,
para contar una versión de lo ocurrido en aquellos años,
en la cual excluye unas historias para favorecer otras, deja que
algunos puntos de vista prevalezcan sobre otros y les presenta a
sus lectores un relato con comienzo, desarrollo y final, que ofrece
la sensación de referirse a un ciclo concluido. En el centro
del relato se sitúan algunos de los secuestrados, periodistas
como el propio autor, a quienes éste otorga un papel destacado
en los hechos narrados. Y es que más que un relato sobre
determinados acontecimientos de la vida nacional, este libro es
un retrato sobre los protagonistas de los mismos, quienes son construidos
y confirmados en esa posición por el propio texto. Al relatar
los procesos de secuestro, por ejemplo, hay
personajes que el autor hace desaparecer para que surjan los otros.
Así, la historia de los dos choferes asesinados por los secuestradores
de Maruja Pachón y Francisco Santos no es nunca desarrollada,
tampoco la de todo el equipo de periodistas que cayó junto
con Diana Turbay en la trampa que tejieron los narcotraficantes
para secuestrarla. García Márquez presenta uno a uno
los retratos de quienes estaban en el poder (legítimo o no)
durante aquellos años: el presidente César Gaviria,
el director del Departamento Administrativo de Seguridad, Miguel
Maza Márquez, el sacerdote Rafael García Herreros,
que sirvió de mediador en la entrega de Pablo Escobar, y
finalmente también éste último. En su versión
de los hechos, la batalla de Escobar para evitar su extradición
y la del gobierno para no entregarse totalmente a sus exigencias,
se libraron en los escritorios de los mandatarios, en los consejos
de ministros, en las cartas que escribía Pablo Escobar firmando
con el sello de Los Extraditables. Poco se habla de los policías,
jueces y ciudadanos muertos en la época del terror, prácticamente
no se menciona el desgaste psicológico al que las explosiones
continuas llevaron a los habitantes de las ciudades. Su única
referencia a los sicarios adolescentes aparece cuando dice que en
sus cartas Pablo Escobar siempre le pedía al gobierno que
cesarán las matanzas de muchachos que llevaba a cabo la policía
en los barrios marginales de Medellín; pero aun esta referencia
parece estar allí más para ofrecemos un rasgo de la
personalidad de Escobar que para darle importancia a esos muchachos.
En general, la pérdida de la ley civil y la incapacidad del
gobierno para defenderla, que en el libro de Vallejo constituían
la base del relato, aparecen ausentes en el texto de García
Márquez, que pese a señalarle algunas fallas al gobierno
mantiene su confianza en que desde allí se podrá algún
día recuperar el orden del Estado.
La pérdida de la ley civil y la incapacidad del gobierno
para defenderla, que en el libro de Vallejo constituían la
base del relato, aparecen ausentes en el texto de García
Márquez, que pese a señalarle algunas fallas al gobierno
mantiene su confianza en que desde allí se podrá algún
día recuperar el orden del Estado.
El proyecto de Rosario Tijeras es mucho más modesto. Dirigida
a un público colombiano, esta novela no se ve obligada a
incluir, como los otros dos libros, explicaciones extensas sobre
el contexto al que se refiere y la identidad de los personajes que
en él se desenvuelven. No menciona el nombre de Pablo Escobar
porque cuando éste aparece como personaje en el relato todos
los lectores deben saber quién es, ni siquiera menciona el
término sicarios cuando introduce a estos muchachos, porque
también en este caso asume que el lector sabe a qué
se está refiriendo. El relato se acoge, en fin, a un imaginario
nacional creado en torno a ese episodio de la historia nacional
y a partir de él elabora su universo narrativo. La historia
narrada gira en torno al sacrificio de un personaje femenino que
podría servir para convocar a la nación en torno a
su memoria, la cual se convertiría así en memoria
colectiva sobre un episodio emblemático de la vida nacional.
Esa memoria colectiva es lo que le da sentido a los hechos narrados
en la novela, que sin ella pierden todo contexto y significado.
La trama en sí es bastante simple y gira en torno a un triángulo
amoroso entre dos muchachos de la alta sociedad tradicional de Medellín
y una mujer que ha descendido de los barrios marginales de los cerros,
gracias al dinero que le entregan los jefes de los carteles de la
droga (entre quienes está el Pablo Escobar cuyo nombre no
se menciona), con la única condición de que se mantenga
disponible para cuando ellos quieran gozar de sus favores. Esta
mujer representa la ley de la violencia (el des-orden) reinante
en el submundo de los barrios marginales de Medellín: lleva
siempre un revólver consigo y lo utiliza con frecuencia para
imponer su ley y su justicia. Su irrupción en la vida de
los dos personajes de clase alta constituye un motivo de fascinación
y des-orden, les lleva a distanciarse de sus familias, a entregarse
a la droga dura, a entrar en contacto con personajes de los bajos
fondos, les incapacita para organizar sus vidas de acuerdo con los
parámetros heredados. La novela se inicia cuando la muchacha
es conducida a un quirófano, después de recibir varios
tiros de bala, y es relatada desde los recuerdos que uno de sus
enamorados evoca mientras espera que los médicos le den alguna
noticia acerca de ella. Al final muere y suponemos que con ello
la vida de los otros protagonistas vuelve a la normalidad: su entierro
puede constituir el cierre del ciclo de Pablo Escobar y su época
de terror, en la imaginación de los colombianos que no reconocen
en la guerra actual las situaciones y personajes que en el ciclo
anterior aprendieron a identificar.
El nuevo escenario del conflicto podría estar esperando
sus relatores, pero la situación actual parece dominada por
la exigencia de silencio que han impuesto tanto los paramilitares
como la guerrilla, con sus amenazas a quienes expresen cualquier
posición con respecto al conflicto. A esta imposición
de silencio se le suma una cierta inaccesibilidad que caracteriza
a los escenarios actuales de la guerra. Si hace diez años
Alfredo Molano podía descender por la ribera de un río
para atravesar la frontera que separaba su mundo letrado del mundo-otro
de la guerrilla y traernos noticias de lo que allí ocurría,
hoy en día al parecer aún las más intrincadas
vías de acceso parecen estar cerradas. Los combatientes no
quieren que se sepa lo que realmente ocurre en el territorio donde
se lleva a cabo la batalla. Las historias se siguen tejiendo, sin
embargo, en el terreno de las hipótesis, los interrogantes
y las propuestas. La violencia que las alimenta continúa
viva en las noticias, en los estragos que viene causadas en la ya
maltratada economía nacional, en las historias escuchadas
de cada vez más gente que se ha visto tocada por el secuestro,
la extorsión o cualquier otra de las extensiones de esta
guerra. El discurso oficial del gobierno viene promoviendo un consenso
nacional en torno a la búsqueda de la paz, lo cual es casi
lo mismo que decir que promueve ese consenso en torno de la guerra,
puesto que la una no puede existir sin la otra: no es posible hablar
de paz si no hay guerra. ¿Cuáles serán los
relatos que se referirán a este proceso en unos años?
¿Seguirán contribuyendo a alimentar un imaginario
nacional de la violencia? ¿Será este un imaginario
destinado a quedar en el pasado o a buscar siempre motivos para
seguir consolidándose? Esta es quizás la disyuntiva
principal que encuentra la escritura cuando se refiere a la violencia.
Al enfrentarla los textos participan en cierta forma de ella, pero
si no la enfrentan niegan la posibilidad de darle una presencia
y una justificación social a través del discurso,
quizás la única forma de hacerla participe en la construcción
de un orden social diferente.
|