Tal vez la escritura sea sólo eso: un ejercicio solitario que se ensaya SIn mayores esperanzas, sobre algo que tuvo lugar en alguna parte, si es que en verdad tuvo lugar y que de no haber sucedido, quizá empiece a suceder apenas la primera frase aparezca en la primera página. Juan José Saer ¿Qué han contado las mujeres a lo largo de nuestra historia literaria y cómo ha sido su escritura? ¿Qué papel han cumplido con este ejercicio? Hasta avanzado el presente siglo, su participación en las letras no solamente ha sido discreta sino de poca aceptación, pues prima la idea de que sus propuestas literarias van a la zaga de otras, a pesar de que se han dado casos en los que tanto la temática como los recursos estilístos de sus escritos corresponden o se adelantan a los de su tiempo. Como un avance de las investigaciones contemporáneas, algunos estudiosos han invitado a revalorar la significación del papel de la mujer en la vida doméstica, social y cultural, y llamando la atención sobre el escaso reconocimiento de su función en la historia y las expresiones artísticas, afirman que ello obedece principalmente a la sustentación de un orden patriarcal. Ese orden tiene diversas implicaciones: puede relacionarse con el sistema de valores tradicionales impuesto por la cultura fundadora, en este caso la española, que determinó unos lineamientos morales, religiosos, sociales, políticos, ideológicos, económicos, etc., seguidos en el proceso de desarrollo de nuestra historia por la adopción de modelos de otras culturas europeas, como los de la Francia napoleónica o la Inglaterra victoriana. Como resultado, sin lugar a dudas, el sistema imperan te demuestra que las mujeres han ejercido y orientado su reinado en el seno del ambiente doméstico, y que los hombres han hecho historia fuera de éste. No es gratuita la famosa y reiterada sentencia: «las mujeres hacen de su casa el universo y los hombres del universo su casa», ratificada en determinados ambientes al afirmar que «los hombres son de la calle y las mujeres de la casa». Sin embargo, la cuestión no es tan fácil. El cambio en el sistema de valores en toda la cultura se hace de manera lenta y penosa. Siguiendo los postulados del sociólogo Norbert Elias, referentes «al cambiante equilibrio de poder entre los sexos», asentimos con él que estos cambios «nunca se pueden realizar o entender sin considerar el desarrollo global de la sociedad» (1) Es por eso que en el caso colombiano, el carácter sumiso o silencioso del género femenino frente al determinante masculino en el engranaje histórico y cultural no debe verse de manera aislada. Desde la Conquista las concepciones culturales europeas moldearon no sólo los principios y creencias sino las formas de expresión, la sensibilidad, la manera de participar en la vida social o cultural, los espacios propios de cada sexo, los oficios, en fin, imponiendo a la mujer el rol fundamental de ser guardiana del hogar y de los principios morales, religiosos y sociales. Esto condujo a un largo repliegue que se prolongó hasta avanzado el siglo XX, en el que al margen de su cotidianidad la mujer cultivó y alimentó «su espiritualidad» de diversas maneras: en la Colonia, por ejemplo, algunas de aquellas que optaban por la vida monacal o eran llevadas a ella, tenían acceso a la lectura, a la reflexión y hasta a la creación. Durante el siglo XIX y avanzado el presente, se consideraba «adorno» de su personalidad la lectura de poesía o de autores clásicos que, acompañados por la ejecución de un instrumento musical o la elaboración de los llamados «trabajos manuales» correspondientes a objetos del hogar (manteles, lencería, carpetas, ajuares de novia o de bebés, etc.), con la delicadeza de su interpretación o el primor de sus bordados, según el caso, así como con el ejercicio creativo, constituían un estimulante complemento de la belleza interior. Sólo al iniciarse la segunda mitad del siglo XX la escritura como creación literaria se convierte en motivo de inquietud para algunas autoras, aunque en la mayoría de los casos éste se realice al margen de las actividades familiares, sociales o profesionales. Es entre las décadas del sesenta y setenta, y al calor de la conciencia de cambio en los niveles políticos, ideológicos y culturales, que la mujer asume la creación como una forma de expresión de su época, de su condición y de su ser en el mundo y en la sociedad; algunas reconocen la literatura no como expresión autobiográfica sino como arma contra lo establecido, y en la última década, unas pocas, al gozar de prestigio entre lectores y editoriales, lo aprovechan como grato ejercicio profesional y creativo. Una lectura juiciosa de la producción artística y cultural de nuestro país nos lleva a concluir que Colombia no ha demostrado un carácter de transgresor, ni está preparada para ello: solemne y convencional, acepta y se apega a los modelos tradicionales y, rechaza o desconoce aquello que ponga en crisis lo establecido. Pese al silencio de la crítica o de los lectores, aisladas escritoras abrieron caminos o marcharon parejo con los autores ya finales de nuestro siglo, sin grandes osadías estilísticas, formales y estructurales, algunas pulsan el terreno de lo contestatario al explorar temas a los que las mujeres no habían accedido de manera deliberada o abierta. 2 Al hacer un recorrido por la historia de la literatura colombiana desde la Colonia hasta nuestros días, se puede apreciar el desarrollo de unos estilos, la concepción de mundo y literatura, la mentalidad de la época y la presencia de unos autores o de unas obras que han llegado a considerarse representativos. Sí el recorrido se hace desde una de las tantas parcelas que proponen los estudios contemporáneos, por ejemplo desde la escritura de autoras de diferentes épocas, no sólo se reconoce lo anterior sino que a través de su sensibilidad puede comprenderse y conocerse la misma historia de la literatura y las mentalidades o el aporte de sus imaginarios a la cultura, el tratamiento de los temas de su tiempo, la forma de vincularse con el mundo y la conquista de unas escrituras, en este caso, el cuento. El lector puede constatar la relación entre una vocación literaria que se expresa ocasional o subrepticiamente, la que demuestra profesión y voluntad de estilo, o aquella que propone el afán de reconocer una identidad. Hay que puntualizar que «el género no garantiza nada» pues, como lúcidamente afirma Angélica Gorodischer, «pasa como con el manejo del auto: hay mujeres que manejan maravillosamente bien y hay mujeres con las que una no subiría en el auto ni aunque le pagaran. Hay varones que manejan estupendamente y hay varones de los que más vale huir en cuanto una los ve aparecer con el auto en lontananza. Con el manejo de las palabras sucede lo mismo»(2). Cuando hablamos de las imágenes de la cultura expresadas en la ficción literaria debemos tener en cuenta su contexto y aceptar que en todo texto, además de palabras y formas de la escritura, hay género e ideología. Esto conduce a una pregunta constante: ¿Qué decimos cuando escribimos? ¿Qué dice la literatura? Hemos sugerido que desde el seguimiento de las escrituras y expresiones artísticas de un país puede reconstruirse su historia cultural, sus tendencias y sus estilos, la evolución de los mismos, la sensibilidad, los modos de vida e incluso la historia de las ideas y de las mentalidades de una época. A partir del contar de una serie de escritoras colombianas puede testimoniarse tanto el cambio de sensibilidad como la forma de pensamiento y los recursos expresivos comunes utilizados y aprovechados entre un momento y otro o entre distintos autores de las diversas épocas, así como el afianzamiento de la prosa que en la escritura femenina ha sido mucho más lento y alcanza un mayor desarrollo en el presente siglo. La selección Samper Ortega de Literatura Colombiana publicó en 1935 una antología llamada Cuentistas colombianas; sesenta y dos años después retomamos a algunas de sus autoras y asumimos el desafío de ir un poco más atrás y de avanzar hasta el fin de nuestro siglo. Es importante aceptar la afirmación de la escritora y estudiosa Monserrat Ordóñez cuando revisa el ejercicio literario de las autoras Soledad Acosta de Samper, Elisa Mújica y Marvel Moreno y, dada su ausencia en el canon y el consiguiente silencio de la crítica, reconoce ante ellas «cien años de escritura oculta» (3), comparando este silencio con el reconocimiento de las escritoras en México, Argentina, Chile y Brasil, sin incluir los casos de Canadá, Estados Unidos, Francia, Holanda y Alemania. Para Ordóñez se trata de desprecio o paternalismo de la crítica que sub valora sus temas y sus manifestaciones. Como hemos afirmado, es necesario recordar que dados sus fundamentos españoles Colombia está apegada a las tradiciones, fomentando el anacronismo e impidiendo un desarrollo cultural semejante al de los países mencionados. Habría que agregar a esto la actitud sexista de quienes consideran únicamente tradicional y valioso todo trabajo de origen masculino, un honor formar parte de éste o una profunda ofensa su exclusión. Entre 1694, año en que aparentemente empieza a escribir Francisca Josefa de Castillo, y 1998, en que se lleva a cabo esta selección, en Colombia son varias las autoras reconocidas al lado de otras menos conocidas, ignoradas y olvidadas desde las cuales puede demostrarse que la literatura es voz y registro de la época en que están inscritas. Nuestra historia literaria reconoce como autores partícipes de «la ciudad letrada» y representativos de la Colonia a Juan Rodríguez Freile y Hemando Domínguez Camargo. En sus crónicas de El Carnero, Freile da cuenta de la mentalidad colonial de los primeros tiempos, de las estructuras socio-culturales, de las costumbres y modos de vida, de la tensión entre los Valores morales, políticos, religiosos y de las formas literarias hispánicas. La sensibilidad de Domínguez Camargo expresa muy sugestivamente la vida monacal en Tunja a fines del siglo XVI y las nuevas propuestas de escritura registrada en juegos de lenguaje, exquisitez de imágenes y estilo depurado que exhibe una palabra culta, regida por una concepción poética que entrelaza conocimientos del estilo y la estética gongorista, de la cultura clásica y de la vida de Ignacio de Loyola asociada a la tradición cristiana. Avanzado el siglo XVII y en la primera mitad del XVIII, el caso de Francisca Josefa de Castillo también debe reconocerse como un testimonio de la sociedad colonial y neogranadina. Las angustiosas pesadillas de monja de clausura y su necesidad de purgación y purificación no sólo hablan de su identidad, de su autobiografía espiritual y de su condición humana en constante crisis interior sino de la urgencia de consignarlo todo a través de la escritura, por exigencia de sus confesores, que posiblemente ven en ella fantasía y vocación literaria. El resultado denota, antes que voluntad de estilo, una profunda necesidad confesional surgida del horror y el amor, del sueño y la pesadilla, de la tribulación y las visiones que desde su sensibilidad conventual la llevan a escribir esos «sentimientos que han pasado por mi alma en el discurso de mi vida», «papeles» que estuvo a punto de quemar, algunos de los cuales pueden leerse como relatos. La herencia barroca entrevera su 'historia secreta' con textos que provienen del legado bíblico al incluir fragmentos del Antiguo y el Nuevo Testamento, de Sagradas Escrituras, salmos, oraciones, latinismos, así como el seguimiento de Santa Teresa de Jesús, y de sor Juana Inés de la Cruz, sin descontar lo que Darío Achury Valenzuela denomina «los dictados de una sintaxis emociona » . El paso de un siglo a otro demuestra cambios en la vida, en la sociedad y en las artes. En las postrimerías de la Colonia, una de las primeras inquietudes se orienta hacia los temas y las descripciones de la naturaleza campesina, del hombre y del país, interés debido a las incitaciones de la Expedición Botánica y más adelante, en el siglo XIX, a la influencia de los ideales de Rousseau que invitaron a retornar a la tranquilidad de la naturaleza ya vivir la emoción del paisaje, sin olvidar que el culto y la lectura de los clásicos amplió los registros literarios y alimentó otro tipo de sensibilidad. Por ejemplo, José Fernández Madrid cantó al paisaje familiar, a la intensidad hogareña ya los escenarios festivos, mientras Luís Vargas Tejada buscó viejos motivos del pasado indígena y recabó los caracteres americanos. Procesualmente la necesidad nacionalista se asume con ejemplar insistencia y el romanticismo se impone en América, despertándose una conciencia continental que mira tanto los perfiles físicos de su ser como, en el caso colombiano, , «la reivindicación del paisaje propio, al que llenó de esencias subjetivas, en exaltado gesto de individualismo autóctono». (4) Aunque se impusieron algunos poetas como Julio Arboleda, José Joaquín Ortiz, José Eusebio Caro, José María Samper, Gregorio Gutiérrez González, Agripina Montes del Valle, Silveria Espinosa de Rendón y Rafael Pombo; entre los cronistas sobresalió José María Cordovez Moure, y entre los narradores, José María Vergara y Vergara, Jorge Isaacs, Josefa Acevedo de Gómez y f , Soledad Acosta de Samper. Sin duda alguna la Comisión i Corográfica y el periódico El Mosaico marcaron direcciones significativas en sus respectivos momentos. Josefa Acevedo de Gómez cultivó la poesía, escribió prosas ensayísticas, cuadros de costumbres y crónicas que ubicados en su contexto ponen a prueba las concepciones ideológicas, políticas, sociales, culturales y literarias, y la concepción de la mujer y la familia en la sociedad. Además de luchar contra la opresión de las mujeres neogranadinas defendió el derecho a independizar la vida de los modelos españoles y proponer, con mordacidad e ironía, como observa Carlos José Reyes, (5) la búsqueda de la identidad nacional, y al señalar la persistencia en la nostalgia por los valores del pasado monacal de los tiempos coloniales afirma que el seguimiento de éstos demostraba no sólo la omnipresencia de una cultura envejecida sino que nada era verdaderamente nacional para los colombianos. Sus «Cuadros nacionales» se inscriben en la literatura costumbrista y son un fresco de la sensibilidad de entonces, en la que se destacan las fiestas y las costumbres locales así como el paisaje y la vida cotidiana en su plenitud. Jorge Isaacs publica en 1867 su reconocida novela María, y se reconocen rasgos de ese costumbrismo expresado anteriormente por Josefa Acevedo de Gómez y el romanticismo matizado por el tratamiento del paisaje y la naturaleza, la tierna efusión del sentimiento amoroso, las ensoñaciones y el sino trágico, ligados a las costumbres de una sociedad con visos feudales y patriarcales. Parte de la vida y la obra de Soledad Acosta de Samper pertenecen a la misma época de Jorge Isaacs y de su célebre novela. Ubicada en el tránsito del siglo XIX al siglo XX, esta viajera y conocedora de varios idiomas, con una prolífica y larga actividad literaria, publica como folletín, en 1867, su novela Dolores. Cuadros de la vida de una mujer; que en 1886 será incluida en sus Novelas y cuadros de vida suramericana, conocida en 1869, en cuyos textos de diversa factura retorna los imaginarios de la época (paisajismo, costumbres, relaciones sentimentales, sociales y políticas, situación social y moral de la mujer, etc.), recreados con notable autonomía. Por ejemplo, en el caso de «El crimen», demuestra no sólo conocimiento de situaciones ambiguas en tomo a la violencia sino un sugestivo manejo de la sicología y sociología de las situaciones y de los personajes, dando un verdadero clima realista que remite al cuestionamiento de su tiempo y anticipa elementos de una narrativa posterior, como podría verse en la relación entre este cuento y «Diles que no me maten», del mexicano Juan Rulfo, publicado a comienzos de la década del cincuenta de este siglo. Precisamente, en varias ocasiones Monserrat Ordóñez ha llamado la atención sobre los temas, formas y estructuras de Acosta de Samper y los cuentos del mexicano. Por contraste, en «Luz y sombra» (Crónicas de una coqueta), dividido en dos partes implícitas en el título, recrea con fines didácticos y moralizantes la fugacidad de la y ida y de la juventud y ambienta el hecho narrado entre un pueblo de Santander regocijado «con su adquirida patria» y una Bogotá visitada transitoriamente. Las costumbres del ambiente provinciano contrastan con las de la ciudad: en aquél se confunde el sentimiento religioso con los acontecimientos políticos y en ésta se alimenta la frivolidad. Esta tensión sirve de base para la moraleja, pues el relato muestra la felicidad de una mujer que ha construido su vida en un hogar convencional y la amargura de aquélla que en la plenitud de la belleza no supo conquistar al hombre que diera sentido a su cotidianía. Contradictoria frente a la misión de la mujer y consecuente con su tiempo, Acosta de Samper se debate entre la sumisión y la rebeldía: por una parte, promueve la educación femenina pero afirma que ésta no debe ocuparse de cosas destinadas a los hombres como la política, las leyes, el progreso y el orden, sino aprovechar su condición femenina para crear, en el caso de las escritoras en Hispanoamérica, «una nueva literatura», asumiéndola como un oficio bello. Por otra parte, cuestiona el rol de la mujer que ha seguido los principios normativos de la sociedad y la invita a ocuparse de funciones sociales y culturales edificantes. Su época es la de Rufino José Cuervo, Julio Flórez, José Asunción Silva, Baldomero Sanín Cano, Tomás Rueda Vargas, Guillermo Valencia, Tomás Carrasquilla, Porfirio Barba Jacob y María Cano (1887-1967). Esta última se inicia como escritora bajo la influencia de las poetisas del cono sur para dedicarse hasta el final de sus días a la la militancia política ya la defensa de los derechos humanos. El paso al siglo XX impone poco a poco una actitud que va de una prosa lírica a otra más realista, existencialista, social o individualista, según el caso. En los primeros años la influencia del modernismo y del piedracielismo se hace notar, sin perder de vista el realismo que surge del examen y el compromiso con el mundo exterior y el afinamiento de un lenguaje más directo. Si de los años veinte a los cuarenta se reconocen en narrativa a José Eustasio Rivera y Tomás Carrasquilla, en poesía surgen Luís Carlos López, Luís Vidales, los nuevos, los poetas de cántico y los piedracielistas, a quienes se unen lenta y aisladamente las voces de Amira de la Rosa. A medida que se recorre el siglo, la complejidad de la vida y su experiencia ante ella se problematiza en los temas y la escritura. Con la autora anteriormente nombrada el proceso creativo conquista un lenguaje que, en el caso de Amira, quien cultivó la narrativa y el teatro, la sugestión lírica y plástica se liga a la identidad personal, a lo social, lo telúrico, lo regional, la mujer y los problemas contemporáneos. Su literatura ha demostrado una reconocida influencia de Azorín y García Lorca, así como vínculos con el paisaje colombiano y sus ámbitos urbanos con la tradición hispánica (6) y la conciencia sobre la mujer, la sexualidad y el erotismo, especialmente tratados en «Marsolaire» y «Las viudas de Socarrás». La trayectoria de Elisa Mújica, dados sus registros creativos (novela, cuento, cuentos para niños, crónicas, biografía, ensayo e investigación, experta además en la obra de la Madre Castillo) y el proceso de evolución de su propia narrativa, demuestra su voluntad de escritora desde sus comienzos en 1947. En la diversidad de su prosa logra dar un recorrido por más de cincuenta años de la vida del siglo y deja ver una amplia visión de identidad nacional, social y cultural, de visita constante al pasado histórico que es examinado con la conciencia del presente, de los vínculos con la realidad urbana y del conocimiento de los roles cumplidos por la mujer en la sociedad. Destacada en el Premio Esso de 1962, por Catalina, su segunda novela, es una de las narradoras con oficio que demuestra dominio del idioma y de las estructuras narrativas llevadas al máximo al narrar cualquier historia. Personajes históricos, situaciones de la crónica urbana, de la vida doméstica o de la identidad nacional, figuras heroicas, costumbres y relaciones culturales, sociales o raciales, son recreados con verdadera puntualidad haciendo guiños a autores y obras clásicas y contemporáneas como Virginia Woolf, Emily Dickinson, Rans Christian Andersen, Don Quijote, María, La Vorágine. El paisaje como pintura impresionista por el que fluye el paso del color y el ritmo del tiempo y de las cosas que pasan, se expresa en los breves relatos de Magdalena Fety (quien también cultivó la poesía) haciendo, además, presente la visión social y rural, la conciencia de la fragilidad y de la búsqueda continua, propios de una sensibilidad moderna. Se reconocen, desde sus primeras prosas publicadas entre los cuarenta y comienzos de los cincuenta, hasta las últimas, de finales de los ochenta, la fluidez de una escritura que plasma el instante etéreo, la intimidad de la evocación, la efusión lírica y la madurez de un estilo que demuestra vocación creativa. En el prólogo a Prosas y Cuentos, Remando Téllez reconoció un estilo que «va sofrenando el ímpetu de las palabras, va apartando muchas facilidades demasiado inmediatas, va desdeñando muchas apariencias, para dejar subsistir lo esencial de la música verbal y lo esencial del pensamiento», y subrayó que sin tener «una decisiva experiencia de escritora» nada parece excesivo ni reiterativo, pues su discurso sorprende, además, por el «sentido del matiz, de la sobriedad, del ritmo interior de la frase, de la dosificación formal»()7 . En ella se conjuga lo evocado con lo social y espacialmente vivido: el recuerdo del tren (es memorable su prosa «El ruido del tren» ), la visita a determinados lugares, un campesino en su escenario, un rostro que se busca, el doble, un hijo perdido, un ser que se aleja, una calle, una persona o un país ( es notable su libro Apuntes de viaje), consolidados en la escritura puntual, como si ésta fuera la etapa máxima de la memoria. Desde la década de los sesenta la narrativa adquiere mayor dinamismo y versatilidad. Si entre los cincuenta y los primeros sesenta con la revista Mito se propone cierto carácter de apertura y libertad interdisciplinar y cultural que evidencia afán de verdadera modernidad, y con los nadaístas se asume un tono irreverente y contestatario, con el boom narrativo se reflejan las inquietudes proyectadas hacia una nueva sociedad y realidad. El compromiso del intelectual y del escritor orientan la sensibilidad traducida en perspectivas que incluyen la conciencia urbana, la de la historia, la de la escritura y la del ser latinoamericano, en gran parte expresado desde lo real maravilloso. Eduardo Caballero Calderón, también desde los cincuenta, al construir un discurso que integra lo nacional y lo latinoamericano, había anticipado algunas de estas inquietudes que se unieron a las de Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez. En simultánea con estos autores, en los sesenta otros más jóvenes anunciaron travesías diferentes: por ejemplo, Fanny Buitrago se dio a conocer en 1963 con la novela El hostigan te verano de los dioses, siendo entonces vinculada a los nadaístas, para proseguir como una escritora que hasta la fecha asume su compromiso con la literatura como profesión. Una literatura crítica, contestataria y burlesca que ha recorrido el cuento, la novela, el teatro y la narrativa para niños, y sin proponerse «la cuestión feminista» destaca personajes femeninos que sirven de motivo para cuestionar sociedad y cultura. Una amplia crítica la ha considerado, con Alba Lucía Ángel, escritora irreverente y atrevida que desde su lenguaje creativo ha logrado violar el canon tradicional. Literariamente hablando son contemporáneos suyos Germán Espinosa, Darío Ruiz Gómez, áscar Collazos, Nicolás Suescún, Marta Traba, Helena Araújo, Luis Fayad, Arturo Alape y Plinio Apuleyo Mendoza, y posteriormente Roberto Burgos Cantor, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Fernando Cruz Kronfly, R. H. Moreno-Durán, Rodrigo Parra Sandoval, Ricardo Cano Gaviria, Carlos Perozzo, Francisco Sánchez Jiménez y más recientemente Fernando Vallejo, entre otros, con quienes" se hace notoria la diversidad de tendencias en la narrativa y la evolución de sus respectivos compromisos ideológicos y literarios. Sobre todo en el caso de Espinosa, Ruiz Gómez, Collazos y Buitrago, la relación coyuntural de una escritura de estirpe urbana o de carácter universalizante -según el caso- que rompe con la narrativa de la violencia partidista y de lo regional. Este robustecimiento de las búsquedas va de lo tradicional a lo contestatario y se amplía hacia la década del setenta reforzando la prosa y evidenciándose en autores que proponen una ruptura deliberada de los modelos establecidos, como puede verse en R. H. Moreno- Durán, Rodrigo Parra Sandoval y desde la década del ochenta en Fernando Vallejo. En el caso de las autoras la ruptura es distinta y menos agresiva: así se constata en la narrativa de Marta Traba, Helena Araújo, Alba Lucía Ángel, Marvel Moreno, Rocío Vélez de Piedrahíta y Flor Romero, entre quienes existen varias afinidades. En Traba y Araújo se asumen compromisos políticos y sociales que incluyen la visión de género y de izquierda, a la vez que el cultivo de la reflexión crítica; la primera en torno a las artes y la segunda a la literatura. En Ángel se evidencia el carácter irreverente de una escritura que desde confrontaciones e interrogantes de mujeres de hoy sitúa con ironía lo doméstico y lo público, pone en crisis los mitos y las tradiciones de una sociedad patriarcal, (8) cuestiona la política y los valores y propone estrategias narrativas que producen acertijos y efectos contestatarios. En su novela, y sobre todo en sus cuentos, Marvel Moreno, quien fue reina del Carnaval de Barranquilla, revela una escritura aguda y penetradora que retoma la visión del universo caribe en la burguesía barranquillera y el paso a la contemporaneidad en ambientes europeos, fomentado esto último seguramente por su larga permanencia en Europa. Sin grandes experimentaciones formales, pero con lograda captación de la interioridad y mediante narraciones que pasan alternamente por la conciencia de los personajes, desenmascara la sociedad y sus valores, los comportamientos y sus farsas, cuestiona la vida cotidiana y expresa desagrado por los modelos y la cultura que desacraliza. Sus ficciones representan modos de ser de hombres y mujeres situados en la sociedad que cuestiona, narrados como por una cámara cinematográfica que recorre los escenarios para enfatizar una atmósfera. Helena Araújo ha afirmado en varias ocasiones que Marvel Moreno, como otras narradoras latinoamericanas contemporáneas, aprovecha efectivas fórmulas garciamarquianas que la definen ante una tradición literaria. Rocío Vélez de Piedrahíta y Flor Romero son conocidas en la narrativa colombiana desde los sesenta. Con evidente conciencia de su tiempo, aunque se inician en el apogeo del boom narrativo latinoamericano, sus obras no pertenecen a los derroteros de éste. Cada una de ellas tiene su registro propio para explorar temáticas que oscilan entre lo social y lo nacional, pasando por la denuncia y el testimonio, los cuadros de vida cotidiana, las historias de personajes, escenarios urbanos, además de las exploraciones en lo infantil, en ácidas crónicas de su medio y en lo familiar cotidiano, en Vélez de Piedrahíta y en las raíces míticas e históricas colombianas y latinoamericanas en Romero. Sigue siendo válida la afirmación de Alberto Aguirre cuando al referirse al libro El hombre, la mujer y la vaca, destacó la técnica simple y eficaz de la prosa de Rocío Vélez de Piedrahíta en el manejo del relato ordenado, lógico y sin sombras que no propone acertijos al lector sino lo conduce a la revelación de situaciones (9). A juicio del colombianista Jonathan Tittler, con Fanny Buitrago y Alba Lucía Ángel, Flor Romero es la escritora de prosa más importante del país]o. Según el crítico, uno de los «fuertes» de Romero ha sido «escoger temas candentes de mucha actualidad», dedicándose «a la sistemática reivindicación de figuras y prácticas subalternas o reprimidas para criticar figuras autoritarias, revitalizando en el proceso nuestro actual discurso cultura (10)» . Según la creación, la actitud de las autoras, su poética o su política, es posible afirmar que desde los setenta se reconoce que cada vez es menos vergonzante o decorativo el oficio de escribir. Avanzado el presente siglo, la biografía personal de ellas demuestra que la mayoría tiene una carrera universitaria, un desempeño profesional, una vida independiente, algunas pertenecen a la Academia de la Lengua u otras instituciones reconocidas y unas pocas asumen la literatura como profesión. Aunque en el ambiente burgués para unas y otros el oficio de escritor sigue siendo marginal, los más convencidos de su papel reafirman la soledad de su escritura. Helena Araújo reconoce que «los textos de mujeres demuestran que el proceso es lento y penoso» (11), pues en «la República del Sagrado Corazón» es evidente que han estado en desventaja por limitaciones propias de la educación y de la formación. Entre la poética y la política, el activo papel de las escritoras «militantes» del feminismo o de aquellas ajenas a éste, demuestra que «el cuarto propio» de la vida, y especialmente el de la literatura, está siendo paulatinamente conquistado desde la prosa. Entre los primeros y los últimos escritos reconocemos amplias diferencias: según los estilos y las temáticas unas están a tono con su tiempo, otras van a la zaga, mientras otras exploran con osadía temas que fueron vedados. El caleidoscopio se diversifica mucho más en las dos últimas décadas. Las inquietudes experimentales y la necesidad de mostrar el compromiso y la función del intelectual y el escritor en períodos anteriores se sustituyen por la plasmación de nuevos motivos arraigados en ambientes y sensibilidades netamente urbanas. Lo lírico y la denuncia testimonial se trastocan en osadas temáticas de carácter erótico, policial y/o existencial, como es posible identificar en los relatos de Carmen Cecilia Suárez que muestran la intención de reafirmar el cuerpo, los deseos y los instintos femeninos, transgrediendo la moral del sistema establecido. El amplio número de ediciones de Un vestido rojo para bailar boleros demuestra la necesidad de asumir esta ruptura desde un lenguaje directo y agresivo. La dualidad erótico-policial o erótico-existencial expresada constantemente en los relatos de Consuelo Triviño explora, en un lenguaje que penetra la interioridad de las situaciones, los instintos y las crisis internas de las mujeres de hoy. La lucha generacional surge en la cuidadosa factura de los cuentos de Piedad Bonnett en los que transmite situaciones sicológicas o sociales, según el caso. La autorreflexión y la toma de conciencia se reflejan en la narrativa existencialista y vitalista de Colombia Truque. La narrativa mítica, sicológica o exploradora de la existencia y de la interioridad se lee en los cuentos de Gloria Chávez- Vásquez y el dominio de la voz rural se liga de manera peculiar a los temas policiales, existenciales y sociales en los cuentos de Susana Henao. En Ana María Jaramillo la perspectiva narrativa apunta a lo testimonial y social, retomando lo erótico y lo trágico en un estilo de «eficacia abrumadora», como afirmó Álvaro Mutis en la contraportada de la edición de Las horas secretas, en 1990. La imaginación desplegada en la cultura del vacío retoma el absurdo, las realidades góticas, fantásticas y policiales de la vida urbana en autores como Sonia Truque y Evelio Rosero, Hugo Chaparro Valderrama, Mario Mendoza y Santiago Gamboa. Vivencias cotidianas animan la fantasía de Julio Paredes y Laura Restrepo (una de las escritoras que aprovecha lo real maravilloso y lo vincula con lo urbano). La escritura que se piensa como construcción, cálculo o peripecia literaria se muestra en Philip Potdevin, Jaime Alejandro Rodríguez y Juan Carlos Botero, mientras la influencia de los medios de comunicación y el desarrollo de la técnica resuena en las aproximaciones a la ciencia ficción de Freda Mosquera, contrastando con la insistencia en la identidad popular expresada desde mitologías y oralidades. Unas y otras tendencias testimonian la diversidad de la imaginación y la fantasía en el mundo contemporáneo y la necesidad de búsqueda de un lenguaje nuevo. Relatos y cuentos de diversa factura componen esta selección. Algunos consideran la escritura y la construcción de unos o de otros entrenamiento para llegar a obras de más largo aliento, como la novela. Es necesario reconocer que un cuento o un relato basta para demostrar no sólo la expresión de un autor sino la sensibilidad, el estilo y la temática de su interioridad o de su época. Cualquiera de estos textos es autosuficiente si alcanza unidad, intensidad y condensación. Desde la concepción clásica un cuento está construido por breves relatos que unitariamente exploran la temática o la fábula propuesta, evitando dispersarse en episodios, en creación de personajes, en complejidad de situaciones, en proliferación de tiempos o espacios, en diversificación de historias o en experimentaciones formales que distraigan al lector; y un relato, como puede deducirse, es la unidad mínima de un cuento. La intensidad de un cuento no depende de su extensión, sino de la construcción condensada y sugestiva del mundo que presenta(12). Filósofos y literatos han afirmado que las mujeres son grandes transgresoras. Tal vez en el caso de nuestra literatura la afirmación no alcanza a ser tan categórica. Al conocer a nuestras autoras el lector sabrá cuáles de ellas han llegado a la conquista de una escritura artística o si sus temas y sus formas son verdaderamente revolucionarios. Puede estar seguro de que su actuación pasiva o activa en las letras corresponde a la mentalidad y la sensibilidad de su tiempo, de su sociedad y de la propia soledad o automarginalidad de su escritura. Al revisar las historias de la literatura colombiana, las antologías, los análisis y los estudios sobre autores salta a la vista la mínima cantidad de escritoras tomadas en consideración y la dificultad para valorarlas. El interminable debate sobre si la literatura femenina existe o no es insustancial y vano. Reconocemos que en nuestra historia literaria la escritura de muchas de las mujeres fue un ejercicio subterráneo y sin mayores esperanzas que cuenta «algo que tuvo lugar en alguna parte» y participa de la mentalidad interiorizada de su tiempo (13). 1 Norbert Elias. «El cambiante equilibrio de poder entre los sexos. Un estudio procesual: el ejemplo del antiguo Estado romano». La civilización de los padres y otros ensayos. Santafé de Bogotá, Editorial Norma-Editorial Universidad Nacional, 1998, p. 247. 2 Angélica Gorodischer. Esas malditas mujeres. Buenos Aires, Ameghino Editora S.A., julio de 1998, p. 9 3 Montserrat Ordóñez. «Cien años de escritura oculta: Soledad Acosta de Samper. Elisa Mújica y Marvel Moreno». Luz Mary Giraldo (comp.) Fin de siglo: narrativa colombiana. Cali, Edit. Facultad de Humanidades. Bogotá: CEJA, 1995, pp. 323-338. 4 Carlos Arturo Caparroso, Dos ciclos de lirismo colombiano, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo. 1961. p, 23, 5 Carlos José Reyes. «El Costumbrismo en Colombia». Manual de Literatura Colombiana, T. I. Bogotá, Procultura-Planeta, 1988, pp.175-245. 6 Luisa Ballesteros Rosas en su libro La femme écrivain dans la société latino-américaine (Préface de Jean-Paul Duviols). París, Editions L' Harmattan, 1994, hace un recorrido por los procesos de escritura de las autoras latinoamericanas. Ella reconoce, con Jacques Gilard, el caso de «ser escritora en Colombia» como parte de una tradición con condiciones marginales. A propósito de Amira de la Rosa, Gilard demuestra sus interesantes aportes y al referirse al cuento «Marsolaire» reconoce las influencias tardías de la autoras del «país de La Plata» que tratan con cierta libertad y con mucha audacia los temas del sexo y el amor. pp.225-228. 7 Magdalena Fety. Prosas y Cuentos. Bogotá, Editorial A.B.C., 1947, pp. 7-12 8 Norbert Elias denomina los conceptos «patriarcal" y «matriarcal" con los términos «andrárquico" y «ginárquico", respectivamente. según se tenga en cuenta el dominio de los hombres o de las mujeres en la sociedad. Op. cito p. 204 9 Alberto Aguirre. «Rocío Vélez». El Colombiano, Medellín, septiembre 7, 1962. 10 Titt1er, Jonathan. «La voz en Flor: Autoridad discursiva en la ficción de Flor Romero». En Fin de siglo: narrativa colombiana, pp. 61- 70. 11 Helena Araújo. «Siete novelistas colombianas». Manual de Literatura Colombiana, T. II, Bogotá: Procultura-Planeta, 1988, pp. 409-462 12 Para una ampliación del tema véase mis reflexiones sobre el cuento en general y el cuento colombiano en particular en mi prólogo a Nuevo cuento colombiano. 1975-1995. México, Fondo de Cultura Económica, 1997. 13 María Mercedes Jaramillo. Ángela Inés Robledo y Flor María Rodríguez-Arenas.¿ y las mujeres ? Ensayos sobre literatura colombiana. Medellín. Universidad de Antioquia. 1991. Este libro, además de los ensayos sobre las literaturas anteriores a la Independencia, el siglo XIX y el siglo XX, incluye una amplia y detallada bibliografía de y sobre las escritoras de los diferentes períodos. |