Novela histórico-romántica
El
romanticismo en sus distintas vertientes: desde la evocación
escapista, hasta la proclama revolucionaria, pasando por la efusión
lírica y sentimental, tuvo su cultivo en Colombia, aunque
no siempre con afortunada calidad. Las primeras obras de este
periodo estuvieron guiadas, bien por un afán de recuperar
un supuesto espíritu caballeresco de la conquista, bien
por una sublimación poética y filosófica
del aborigen de América. En orden cronológico, las
primeras novelas colombianas del periodo corresponden a las escritas
por el cartagenero Juan José Nieto: Ingermina, publicada
en 1844 y Los moriscos de 1845, ambas novelas históricas.
La primera es un relato que tiene como trasfondo las sublevaciones
de los indios Calamares, antiguos pobladores de Cartagena en los
primeros tiempos de la conquista, y tiene la particularidad de
desarrollar una trama amorosa de corte caballeresco entre Alfonso
de Ojeda, hermano de Pedro, el conquistador, y la princesa indígena
Ingermina, en un intento por rehabilitar la conquista y poetizar,
simultáneamente, al indio. Los moriscos relata los
sufrimientos de una familia mora a causa de su expulsión
de España, tras el decreto de 1609.
Es una obra llena todavía de influencias claras de autores
como Byron, Lamartine o Chateaubriand, que sigue los procedimientos
melodramáticos de Walter Scott, pero que tiene el mérito
de haber inventado los personajes de la trama central, con lo que
lo histórico pasa a desempeñar la función de
ambientación del relato.
Otro autor de novelas históricas es Felipe Pérez,
conocido por tratar de manera rigurosa el tema del imperio incaico.
En su novela Los gigantes (1875), sin embargo, Pérez
hace protagonista de sus relatos a los chibchas (indios que
habitaban la región que hoy es Colombia), a quienes coloca
como actores principales de la independencia de la Nueva Granada.
En esta obra, como en las de tema incaico, se promueve la idea del
buen salvaje, y así se ve a los indios enfrentados a los
males de la conquista y desterrados de su arcadia por la exagerada
codicia española, patrocinadora de batallas sanguinarias
y crueles. Además de estas obras de corte histórico,
Pérez produjo otras de fondo social y de aventuras, como
El caballero de Rauzán (1887) que refleja más
claramente el ambiente romántico en que el escritor se había
formado.
Pero también en este periodo inicial de la producción
novelesca se da una vertiente que intenta presentar los usos y maneras
de una vida colonial apacible que los autores echan de menos. Obras
como El oidor (1845) de José Antonio de Plaza, Don
Alvaro (1871) y Juana la bruja (1894) de José
Caicedo Rojas o y El alférez real. Crónica de Cali
en el siglo XVIII (1886), son buenos ejemplos de esta tendencia.
Esta última novela es tal vez la de mayor calidad por su
logrado equilibrio entre los elementos didácticos y narrativos,
y por la menor sobrevaloración del ambiente, así como
por la perfección de su estilo y la autoridad documental
que despliega.
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