Novela reciente
A fines de la década de los setenta, tal vez como una reacción
a la devastadora influencia de la obra de García Márquez,
se comienzan a presentar en la novela colombiana diversas propuestas
que buscan, desde la exploración del lenguaje, la potenciación
de la fábula y la indagación de realidades inéditas,
un nuevo posicionamiento, ya sea acudiendo al deslinde con la tradición
o a una recuperación de exploraciones marginales o no completamente
desarrolladas. Se impone la necesidad de romper los límites
de la escritura, testimoniar el espacio
urbano tan descuidado en la narrativa nacional, bucear en la historia
y reformular los lenguajes. Es como una explosión que no
para aún y que hace del panorama de la novela reciente un
inmenso paisaje de objetos heterogéneos y no siempre asociables.
Cancelar el macondismo y reafirmar nuevos lenguajes, parece la consigna
general. Se investiga el pasado nacional o se trabaja la ciudad
o bien se realza la parodia o se ensayan los parámetros posmodernistas,
en busca de esa expresión más autentica que los jóvenes
narradores se ven obligados a encontrar.
Al lado de los escritores más reconocidos como Héctor
Rojas Herazo, Manuel Zapata Olivella, Manuel Mejía Vallejo,
Pedro Gómez Valderrama y Alvaro Mutis, surgen nuevas figuras:
R-H Moreno Durán, Marco Tulio Aguilera Garramuño,
Ricardo Cano Gaviria, Luis Fayad, Germán Espinosa, Rodrigo
Parra Sandoval, Roberto Burgos Cantor, Oscar Collazos, entre los
más destacados.
Se
ejercita la nueva novela histórica, en obras como La tejedora
de Coronas (1982), de Germán Espinosa, La risa del
cuervo (1992) de Alvaro Miranda o La ceniza del libertador
(1987) de Fernando Cruz Kronfly; se explora la ciudad en obras como
¡Que viva la música! (1977) de Andrés
Caycedo, Las puertas del infierno (1985) de José Luis
Díaz Granados, y Los parientes de Ester (1979) de
Luis Fayad; o se aventuran las técnicas posmodernas como
en las obras de Moreno Durán, o en Trapos al sol (1991)
de Julio Olaciregui, Cárcel por amor (1995) de Alvaro
Pineda Botero, y Opio en las nubes (1992) de Rafael Chaparro;
se renueva la palabra regionalista como en la obra de Fernando Vallejo
o en la de Javier Echeverry o se ensaya la retórica manierista,
como en Metatrón (1994) de Philip Potdevin; se reivindica
al otro en la literatura testimonial de Arturo Alape y Alfredo
Molano, o se vuelve a los ojos de la escritura feminista de una
Alba Lucía Ángel, una Marvel Moreno, una Fany Buitrago
o una Laura Restrepo.
El caldo de la novela reciente en Colombia es rico y diverso. También
la crítica empieza a ofrecer sus perspectivas y a dar cuenta
de los nuevos fenómenos; las editoriales comienzan a tener
confianza en los autores nacionales y se estimula la creación
con premios y becas y con la apertura de los programas académicos.
En Colombia, si bien ya se ha matado al padre, y no se vislumbra
una figura de la talla de García Márquez, se ha perdido
la timidez y se han abierto las compuertas para que reviente toda
una represa de nuevos escritores. Esta tendencia tiene su mejor
expresión en la llamada novela posmoderna.
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