La tendencia post-romántica de exaltación de lo
regional y típico y cierta necesidad de diferenciación
nacional, desemboca en la literatura costumbrista. Si bien la
novela no es aquí tampoco el género más favorecido
para encausar estos propósitos (a decir verdad, el cuento
es el género más propicio y por eso muchas de las
novelas costumbristas de la época no son más que
cuentos ensanchados mediante la inclusión de un extenso
material descriptivo), se puede afirmar a cambio que se constituye
en un puente a lo que poseerá mayor envergadura en el país:
la novela realista.
De un lado, la novela costumbrista hereda del romanticismo la figura
idealizada del campesino, de otro, pese a su fin didáctico
y moralizante, pone en la mira con entusiasmo patriótico
las notas distintivas de la nacionalidad. Se destacan autores como
José María Vergara y Vergara con su obra Olivos
y aceitunos todos son unos (1868) y José María
Samper con novelas como Martín Flórez (1866)
y El poeta soldado (1880). Pero quizás las novelas
que mejor muestran el modo particular como el género asumió
la línea costumbrista en Colombia son las de Eugenio Díaz
y Luis Segundo de Silvestre: Manuela (1866) y Tránsito
(1886) respectivamente. La primera todavía impregnada de
un romanticismo emotivo; la segunda mucho mejor estructurada, con
un tratamiento mucho más artístico de los cuadros
de costumbres, con un trama clara y un hondo sentido humano en sus
personajes, aparte de su valor documental.

José María Samper
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