Novela realista
Con la novela realista, las letras colombianas alcanzan ya un buen
grado de madurez. Reaparecen en este momento lo temas comunes, las
escenas cotidianas, las necesidades primarias, de modo que lo exquisito
y sublime da paso a lo concreto y objetivo: la pintura de ambientes
y la caracterización de las figuras humanas.
En Colombia se puede hablar de dos grandes narradores realistas,
que representan a su vez dos estilos y dos ambientes culturales:
el ambiente del centro del país y el ambiente de la región
de Antioquia. Son ellos: José Manuel Marroquín y Tomás
Carrasquilla.
Marroquín
es conocido por cuatro novelas: Blas Gil (1896) que narra
la vida de un estudiante en el ambiente bogotano y denuncia a la
vez los defectos políticos del país; Entre primos
(1897), Amores y Leyes (1898) y El Moro; (1897) novela
esta última que es la más conocida de su producción.
Con una excelencia estilística inmejorable y a través
de un tono entre malicioso y festivo, las obras de Marroquín
se alzan para ofrecer esa visión del hombre contemporáneo
enfrentado a sus problemas concretos.
El Moro, es una novela en la que el personaje es un caballo
que relata su vida y aventuras en primera persona. Este artificio,
sin embargo, le sirve a Marroquín para poner de presente
sentimientos y honduras humanas gracias a una visión que
a su vez le sirve para mirar de lejos (con cierta bondad e inteligencia)
las tristezas humanas y para acercarse a sus más íntimas
verdades. La novela además provee de acertadas descripciones
del paisaje de la sabana de Bogotá y de sus costumbres, así
como de narración sobre las guerras civiles, todo bajo un
equilibrio que hace que la novela desborde los límites del
costumbrismo.
Del otro lado se encuentra la obra regionalista de Carrasquilla.
El autor antioqueño se destaca no sólo por su prolijidad
(su obra incluye cuentos, novelas y cuadros de costumbres), sino
por su gran capacidad para la creación de personajes de mucha
fuerza y solidez como esa inolvidable Bárbara Caballero de
su Marquesa de Yolombó y la Frutos de Simón
el mago. Así mismo, su obra está dotada (incluso
en las novelas de corte histórico) de un gran poder de observación,
así como de una alta eficiencia en la exposición objetiva
de la verdad, sentimientos y mentalidad de sus personajes. Esto
último no obsta para que se despliegue también una
buena dosis de ingenio y humor que hace de la lectura de Carrasquilla
una labor agradable.
Las
obras más importantes de Carrasquilla son Frutos de mi
tierra (1898) y La Marquesa de Yolombó (1928)
En la primera, Carrasquilla logra retratar la abyección y
desdicha de los campesinos antioqueños, sin llegar a caricaturizarlos.
Su mayor mérito aquí está en la capacidad de
descripción y en la caracterización de los personajes
que logran trasmitir el juego de sus pasiones y los rasgos fuertes
y sobrios de su personalidad.
La Marquesa es la obra maestra de Carrasquilla. Se trata
de una novela histórica cuya acción se ubica al final
del periodo colonial, y que refleja ese momento de transición
hacia la independencia del país. La protagonista, doña
Barbara Caballero, una mujer enérgica y voluntariosa, llega
a constituirse en el símbolo de lo que será en adelante
la Colombia independiente: progresista y laboriosa. Si bien Bárbara
representa también la fidelidad a la corona, y por ende la
tradición, se constituye en paradigma de la nacionalidad
colombiana. La novela es rica en descripciones de la mentalidad
del pueblo de Yolombó (que desde su localidad alcanza así
también universalidad), con su ambiente religioso sincrético
que incluye la fe cristiana, las supersticiones populares y algunas
ritos africanos e indios. Es, en fin, una novela de grandes alcances
y aportes a la tradición de las letras colombianas.
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