|
Un capítulo aparte: Gabo
Heredero de alguna manera de esta tradición de la violencia
(en la medida en que su producción se ve estimulada por esa
cruel realidad y se refleja en su obra), pero a la vez consciente
del poder de la literatura (es decir, del estatus de la ficción),
García Márquez representa de algún modo la
síntesis de la dos tendencias más fuertes de la novela
colombiana: la estético-modernista y la realista. Su proyecto
puede leerse como un intento por potenciar al máximo las
tumultuosas relaciones entre historia y literatura, entre realidad
y ficción.
Desde
este punto de vista, la obra de García Márquez, también
puede apreciarse como una especie de eje que, de un lado, mediante
una conciencia de modernidad muy aguda, sabe recoger estas tradiciones
y las renueva y, de otro, establece los parámetros de los
que beberá la novela posmoderna.
La obra novelística del Nobel colombiano puede englobarse
con la consideración de tres grandes ciclos. El primero de
ellos incluye sus primeras novelas y llega hasta su obra de mayor
resonancia: Cien años de soledad (1967). Un primer
impulso narrativo está guiado por la descripción subjetiva
de la realidad, tal como ocurre en su primera novela La hojarasca
(1955), en la que tres narradores dan cuenta de la historia de un
cuarto personaje en forma de monólogo. Esta primera novela
incluye ya elementos que luego serán potenciados en la obra
cumbre. En un segundo momento (en El coronel no tiene quien le
escriba, 1958) se valdrá del realismo y del objetivismo
para narrar desde afuera los efectos de una violencia, ya no desde
la explicación evidente, sino desde la exposición
de unos signos que el lector tendrá que interpretar como
los de las resonancias intimas de la barbarie. El ciclo concluye
dialécticamente con una síntesis de las dos técnicas
y con la magnificación de muchos de los elementos tratados
en sus dos novelas previas. Con la escritura de Cien años
de soledad, García Márquez alcanza la tan deseada
reunión de historia y literatura que en adelante será
su distintivo más visible. Así en sus dos obras siguientes,
El otoño del patriarca (1975) y Crónica
de una muerte anunciada (1981) la historia se hará también
presente, sobre todo como destino fatal en sus personajes. Pero
a partir de El amor en los tiempos del cólera (1985),
la visión fatalista de la historia dará paso a una
visión de la esperanza. También a una nueva indagación
de lo nacional histórico que comenzará con El general
en su laberinto (1989), obra en la que García Márquez,
intentará desmitificar lo que la historia oficial ha intentado
fijar como imagen del Libertador Simón Bolívar. Finalmente,
la tensión entre historia y ficción tendrá
su máxima exposición en Del amor y otros demonio
(1994), novela en que tiene lugar una suerte de batalla entre versiones
narrativas (la que ofrece el texto oficial y la que brinda el ficticio),
acerca de un hecho histórico de la colonia: el juicio y condena
de una hechicera por parte de la Inquisición española.
La novela propone cambiar el imaginario del lector, acostumbrado
por la versión oficial a creer en el estereotipo de una colonia
apacible y coherente, pero en realidad contradictoria e injusta.
La obra de García Márquez, no sólo por los
temas o por sus descubrimientos técnicos y estéticos,
sino también porque interpreta una sensibilidad y un gusto
contemporáneos, ha merecido el favor del público internacional,
siempre dispuesto a leer cada una de sus obras.
|