Novela
modernista
Hacia finales de siglo, en concordancia con lo nuevos vientos
hispanoamericanos, se produce una reacción en la novela colombiana
contra el regionalismo y el naturalismo. Se pueden apreciar así
dos tendencias: una de tipo escapista que, de alguna manera, significa
un retorno hacia ese romanticismo lírico y ensoñador
de antaño, aunque perfumado ahora de palacios versallescos
y cisnes darianos, con el que se intentaba poner en la escena narrativa
los ideales modernistas de la autoafirmación artística.
La mayor parte de esta producción literaria es desdeñable
a excepción de la novela de José Asunción Silva:
De Sobremesa (1925) que se tratará más adelante.
Otra línea modernista es la que siguen autores como José
María Rivas Groot y Clímaco Soto Borda, en la que,
si bien no hay desprendimiento de las maneras y aires modernistas,
hay en cambio una especie de retorno a los espacios y gentes corrientes
y a los temas locales. Esta línea concreta otro ideal modernista:
la critica social, sólo que con un arma más sofisticada
que el escapismo inicial: la ironía y la sátira. Son
los casos de las novelas Pax (1907) de Rivas Groot y Lorenzo
Marroquín y Diana cazadora (1915) de Clímaco
Soto Borda. Pax es una novela en clave que denuncia de manera
satírica los defectos y desastres de un país recientemente
destrozado por la llamada guerra de los mil días,
que es como el culmen de la demencia política y social que
vivió el país a lo largo del siglo XIX. Produjo resquemores
y críticas encontradas, pero tiene el mérito de haber
calado en la conciencia nacional a través de la caricaturización
de personalidades públicas y del sostenido interés
dramático que despiertan sus personajes.
En ese mismo ambiente bogotano de comienzos del siglo XX, se escribe
la obra de Soto Borda, de similares intenciones, pero escrita con
mayor gusto y donde el humor alcanza una capacidad de crítica
nunca antes vista en las letras nacionales (y que se hará
más efectiva aún en el libro de cuentos del mismo
autor: Polvo y cenizas) y en donde la descripción
de la vida bohemia y de los bajos fondos sirve para ofrecer una
visión urbana ya decantada, anticipadora de experiencias
estéticas posteriores.
Un
autor que podría calificarse de romántico tardío,
se hace visible también durante este periodo. Se trata de
José María Vargas Vila, cuya extensa obra de ficción
lo llevará a traspasar las fronteras nacionales. Su romanticismo
se evidenciará en el tratamiento de un tema recurrente: la
mujer perseguida y violada por un artista o un religioso víctima
de la desesperación. El fanatismo estético, la heroicidad
del artista, los instintos primarios y otros motivos le servirán
a Vargas Vila para promover una especie de ofensa a los valores
burgueses en obras tan conocidas como Aura o las violetas
(1889), Ibis (1917) o Emma (1898). Provocadora e incendiaria,
la obra de Vargas Vila alcanzó gran popularidad, pero apenas
sobrevive hoy como referencia de una singularidad sobredimensionada.
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