Nos corresponde ver a continuación el tercer período
y la resolución del teorema literario que habíamos
propuesto basándonos en la obra de García Márquez.
Por tanto debemos comenzar a hablar de Cien años de soledad.
En unas aclaraciones que hiciera García Márquez en
una conversación con Mario Vargas Llosa, señaló
que su primer intento literario, su primer proyecto fue la novela
La casa, proyecto que no llegó a realizarse y que en definitiva
produjo Cien años de soledad. Comenzó a escribir La
casa por el año 1948 en Cartagena y de ella habría
de desprenderse La hojarasca. Una vez concluida La hojarasca, alrededor
de los años cincuenta y cincuenta y uno, retomó su
proyecto anterior pero evidentemente lo abandonó otra vez
cuando se trasladó a Bogotá, Es decir, esta obra acompaña
al escritor durante todo el primer período de su literatura.
De ella conservamos solamente algunos fragmentos que el autor publicó
en sus años de Barranquilla. Son suficientes para demostrarnos
la distancia que hay entre este proyecto inicial y la obra definitiva
que aparece en el año sesenta y siete bajo el nombre de Cien
años de soledad.
No bien concluida La hojarasca, se pone a trabajar alegremente
en esa novela tal como lo confiesa en la nota autobiográfica
que en el año 1952 acompaña al cuento La mujer que
llegaba a las seis, y según lo registra también en
una carta personal que escribiera a un amigo en ese mismo año.
De esa carta muy divertida, muy disparatada y muy absurda, mencionaremos
algún fragmento que nos permitirá situar este proyecto
inicial y avizorar la distancia en la cual se ubica la redacción
final. Está escrita en ese tono burlón, liviano, gozoso,
que caracteriza la comunicación privada de García
Márquez desde años adolescentes.
Y podemos regresar a nuestros predios del hijo de la noche. Aurelio
Buendía te manda saludos, igualmente su hija Remedios, medio
puta que salió al fin con el vendedor de máquinas
Singer. El otro hijo Tobías también se metió
a la policía y lo mataron. Así que solo queda la niña
que no tiene nombre ni lo tendrá sino a quien todos llamarán
simplemente la niña, todo el día sentada en su mecedor
oyendo el gramófono que como todas las cosas de este mundo
se dañó. Y ahora se creó el problema en la
casa, porque el único que sabe de herrería en el pueblo
es un zapatero italiano que nunca en su vida ha visto un gramófono.
Zapatero va a la casa y trata de martillar, componer, remendar cuerda
inútilmente y mientras tanto muchachito del agua, yendo,
entrando, echando agua, silbando piezas gramófono en cada
casa ha ido diciendo: gramófono coronel Aureliano se dañó
esa misma tarde gente ha corrido vestir cerrar puerta poner zapato
peinarse para ir a casa del coronel. Este por su parte no esperaba
visita, pues gente del pueblo no había ido a su casa en quince
años, desde cuando se negaron enterrar cadáver Gregorio
por miedo a la policía y coronel insultó cura, pueblo,
copartidarios, retiróse consejo y enterróse en su
casa de tal suerte que sólo quince años después
cuando se daña, revienta la cuerda del gramófono la
gente vuelve a la casa y coge al coronel y a su esposa, doña
Soledad, completamente desprevenidos para que niño no llore
tiene que cantarle toda la gente del pueblo las canciones del gramófono
y doña Soledad se sorprende que todo mundo sepa las piezas
del gramófono sin haber ido a la casa y se descubre que era
muchachito del agua quien había casa en casa, silbando, cantando
piezas para que todo mundo las aprendiera.
Y sigue contando diversos episodios de este proyecto narrativo
en el que se encuentra totalmente inmerso. De este proyecto, dijimos,
se publicaron algunos fragmentos. Se publicó La casa donde
justamente el coronel Aureliano Buendía es el centro objetivo
que reúne aparentemente todo el material y los diversos personajes
que componían la historia. Es decir, el coronel, el hijo
Tobías, la hija, no la niña de que habla en esta página
sino Remedios, la hija del coronel, en fin, diversas escenas sueltas.
La composición en cierto modo podría emparentarse
con una manera inconexa de elaborar los materiales semejantes a
los de la obra que Alvaro Cepeda Samudio escribe por ese tiempo
titulada La casa grande. Este proyecto abandonado, fue severamente
contrastado, severamente negado por el segundo período realista,
objetivista y social al que nos referimos oportunamente. Este período,
decíamos, trataba de emparentar la literatura con cierto
servicio social similar al que la cinematografía neorrealista
realizó en este tiempo.
García Márquez, en un pequeño comentario que
realiza en esta época a propósito de Ladrón
de bicicletas, dice que es la película más humana
que jamás se haya realizado. Esta preocupación por
captar seres absolutamente habituales, cotidianas, grises, rige
la producción de su segundo período y establece un
contraste muy visible con el proyecto inicial.
El segundo período se opone claramente al primero no solamente
en la imaginación y en el material más desbordado,
inventivo y gozoso, sino también en cierta concepción
de los temas. Si se piensa un momento en las obras fundamentales
del primero y el segundo períodos, se advierte lo siguiente:
La hojarasca desarrolla una historia que, decíamos, va desde
comienzos de siglo hasta el año 1928 en que se sitúa
la acción. En cambio, en el segundo período se descubre
un tipo de literatura que cuenta directamente la realidad del momento,
que se enfrenta de un modo categórico a la contemporaneaidad,
y que trata de manifestar y expresar los problemas de la vida actual.
Todo ello va componiendo una preocupación nacional muy clara
que habíamos señalado como el rasgo definidor de la
opción fundamental e inicial del escritor. Pero es visible
esta especie de ambivalencia que se produce en la elección
del material relacionada con el período que ha de tocar el
escritor. Por un lado, el uso inclusive de algo como el año
veintiocho, que es el año aproximado de su nacimiento, parece
marcar la tendencia a reconstruir una saga, una historia anterior
que habría sido transmitida oralmente. Así convendría
recordar y evocar aquellas historias, aquellos cuentos que su pariente,
justamente el coronel, le habría narrado de niño;
por otro la instauración directa en la experiencia de vida
que le corresponde, por cuanto el escritor es, en sus años
de juventud, estrictamente contemporáneo de los procesos
de la violencia en su país.
El esfuerzo que hará en la tercera etapa será el
de incluir todo el conjunto, el de abarcar esa totalidad temporal
y remontarse hasta sus fuentes. El período axial se transfundirá,
en la literatura de Cien años de soledad, en un período
también presente. El período que abarca La hojarasca
se fundirá con este presente pero sobre todo recogerá
los materiales y los datos que correspondían a una época
pretérita. Así puede recordar en La hojarasca aquel
momento en el cual, en una ataque de fiebre, evoca el coronel un
episodio de las guerras civiles que ocurría justamente a
las órdenes del coronel Aureliano Buendía, y es la
mágica, legendaria aparición del duque de Marlborough
disfrazado de tigre en el campamento militar del coronel Aureliano
Buendía y todas las referencias a ese mundo anterior a la
historia contada. Este mundo por lo tanto se sitúa más
allá de una fecha límite infranqueable que parece
ser el 1900. Todo este mundo es el que ha de irrumpir violentamente
en Cien años de soledad. Es decir, que el primer intento
es una operación de recoger y coordinar diversas proposiciones,
diversos tiempos, para someterlos a uno mucho más amplio,
vasto y sistemático.
En este sentido creo que toda consideración de una obra
como Cien años de soledad debe comenzar por atender justamente
a esta denominación: Cien años de soledad. Una denominación
donde una referencia estrictamente cronológica, estrictamente
temporal, cien años, está acompañada de una
adjetivación discordante que la hace presentarse como una
verdadera metáfora. La medida de cien años es una
medida habitual, si se quiere, en las denominaciones de lo que llamaríamos
un número perfecto según la tradición. Pero
además es una medida que tiene un aire mítico, no
solamente por señalar un siglo, sino por ser la que mide
la extensión más vasta que puede imaginar el hombre.
Es decir, éstos son los cien años en que un personaje
legendario duerme, éste es justamente el período de
apariciones y desapariciones dentro de la leyenda, pero, además,
es una medida muy exacta y atinada del tiempo.
Recordemos que en La hojarasca la medición del tiempo era
exacta y estricta, del mismo modo que en El coronel se puede saber
exactamente cuándo se produjo el decreto del gobierno de
Alfonso López instituyendo las pensiones para los militares
que actuaron en las guerras, y sobre todo que llegaron a la guerra
de los tres años, de los mil días. Porque, efectivamente,
hay una medición, una determinación del tiempo calendario
perfectamente establecida y muy rigurosamente seguida. Del mismo
modo creo que, subrepticiamente detrás de la novela, sin
llegar de ningún modo al rigor y a la exigencia estricta,
hay también un intento de dimensionar un período que
aproximadamente corresponda a los cien años, aunque este
período se desfibra en los dos extremos: en su comienzo,
en una pérdida de la media del tiempo, en su final, en una
recuperación subjetiva del tiempo.
La novela no está presentada como un continuo, sino que
está dividida en capítulos sin números y sin
títulos que tienen aproximadamente la misma duración.
De hecho son veinte capítulos los que permiten una primera
y mecánica división del material. No se presenta como
un continuo en tanto que por lo menos reconoce la presencia del
capítulo, régimen de organización del material
narrativo muy antiguo y que corresponde casi a los inicios del género.
Es el caso prototípico de El Quijote que a su vez está
vinculado con las formas de la cuentística de las cuales
se desarrolla la forma novela. Pero si bien mantiene esta división,
estas leves pausas, el conjunto en sí trata de homologarse
sobre un ritmo, un modo y una serie de procedimientos similares.
Quizá el primer dato que se debe tener en cuenta es la homogeneidad
del conjunto, lo parejo de la organización de los materiales
y la tendencia muy visible a redondear sin cesar pequeñas
escenas, brevísimas situaciones, casi formas epigramáticas.
Se ha señalado en García Márquez una tendencia
irrefrenable a transformar todo suceder, todo proceso, todo decurso
en anécdota, en una sucesión de anécdotas.
Podría decirse, si se atiende a sus sistemas de declaraciones
y a su modo de comunicación, que hay una tendencia a reducir
la anécdota a frase, a fórmula, a veces a un chiste.
Lo que se destaca en esta literatura es el carácter de pequeñas
acuñaciones brillantes y sucesivas que se encadenan una tras
otra creando la sensación de un salto continuo. Un salto
continuo, en cuanto que estos materiales están simplemente
yuxtapuestos, uno junto al otro como breves acuñaciones,
pequeños golpes de efecto que potencian un brillo, una intensidad
vigente, una magnificencia muy llamativa de la composición.
Creo que esa imagen es la primera que llama la atención
al lector de la novela, esa pirotecnia incesante que caracteriza
el decurso narrativo. Más allá de que la novela esté
dividida en capítulos de duración parecida, y por
lo tanto en organizaciones temporales con cierto ritmo, y por lo
tanto en organizaciones temporales con cierto ritmo, está
la sucesión ininterrumpida que proviene del sistema de la
escritura, del modo de articular el material narrativo y que hace
de la novela la sucesión constante de pequeñas aventuras
narrativas.
La novela se presenta así como un larguísimo collar
de fragmentos. Claro está, estos fragmentos se suceden unos
a los otros y mueven a los mismos personajes. Pero la preocupación
visible del escritor, que me parece más dominante en él
y casi más fuerte que su voluntad, es la de un narrar incesante,
sin interrupción, pero no necesariamente organizado y, sobre
todo, no necesariamente unido por ciertas leyes causales. En cierto
modo sería lo contrario de lo que caracteriza a una obra
como La mala hora o como El coronel, donde el rigor, la exigencia,
la racionalidad y el encadenamiento de los materiales están
perfectamente establecidos. Creo que hay una primera petición
de principios que corresponde al cauce donde se coloca la narrativa.
La narrativa, que es siempre una forma de descendimiento y de vulgarización
de la poesía, de lo poético en sus primeras manifestaciones
históricas, y pensándola particularmente en las formas
que adopta a lo largo de la Edad Media europea y en todos los momentos
en que está situada en el horizonte de la invención
popular o folclórica, tiende a perder la posibilidad de concentración
y a ser incapaz de realizar un plan vasto que abarque la totalidad
del proyecto. Normalmente en sus comienzos o en sus manifestaciones
populares, la narrativa es acumulativa, carece de una línea
central que la organice y deambula en un sentido u otro.
En una novela medieval como El principe de Tyro, ocurre que comienza
con un momento muy terrible y dramático. Repentinamente el
personaje hace un viaje y de inmediato se pasa a los sucesos del
mismo y prácticamente se olvida el planteo inicial. La novela
sigue deambulando por camino laterales sin organizarse como una
proposición inicial que se va realizando a lo largo de un
desarrollo.
Visiblemente en una obra tan magistral como El Quijote, el sistema
acumulativo en la primera parte es notorio. Sistema acumulativo
que desde luego permite incluir tanto un cuento marginal: "Los amores
de la pastora Marcela y Crisóstomo", como una novela. "El
curioso impertinente", que alguien encuentra dentro de un cajón.
Cualquier cosa puede entrar en un sistema narrativo que simplemente
acumula episodios y sucesos y que apenas en la segunda parte contará
con una planificación más orgánica y más
coherente.
En los hechos, este sistema es el que sigue la narrativa por mucho
tiempo hasta avanzado el siglo XVIII. La organización, la
planificación, la supeditación de los materiales a
un proyecto corresponden a un período tardío de maduración
de la narrativa que, por otra parte, es el de la asunción
de las formas burguesas al concluir el XVIII y, sobre todo, durante
el gran siglo XIX. La novela se puede organizar ya sea, por ejemplo,
para contar estrictamente la vida de una persona y desarrollar como
línea central el decurso que va desde un determinado momento
de la vida hasta el final o hasta el momento clave de la misma,
o contar una serie de vidas imbricadas dentro de un cierto proyecto
armónico.
Estamos pues ante la capacidad de planificación y de organización
del material literario que corresponde al mismo proceso y al mismo
esfuerzo que despliega la burguesía cuando es capaz de crear
las bases de la revolución maquinista industrial, cuando
es capaz también de desarrollar un plan de elaboración
de la realidad y de supeditación de la realidad a su uso
perfectamente organizado. Estos son caracteres que corresponden
a una clase y a un dominio del material. Y efectivamente hasta nuestros
días toda vez que un material se ubica en una zona oculta,
toda vez que responde a una tendencia alfabeta clara, es un material
coherente, orgánico, armónico.
En el caso de García Márquez, quiero hacer notar
una dicotomía que se establece entre la sucesión del
material, los episodios sueltos y la aparente independencia y autonomía
que fácilmente cobra cualquiera de estos materiales y que
permite en todo momento hablar de tal o cual episodio y evocar tal
o cual réplica en forma muy independiente de la obra, y el
esfuerzo, creo mucho más secreto, mucho más disimulado,
de estructuración y planificación del material.
En la lectura espontánea, la novela aparece como una mera
sucesión de episodios; por lo tanto, más que destacar
este rasgo, importa subrayar el otro, o sea el rasgo que tiene que
ver con su organicidad. Para eso vamos a partir del hecho del reconocimiento
de estos veinte capítulos de dimensiones similares en los
cuales está dividida la obra. Y vamos a intentar algo que
yo sepa no se ha intentado: tomar este conjunto de materiales y
descubrir cuál es el plan general al cual se ajustan y por
el cual se desarrollan. Para eso voy a partir del registro de la
comprobación de que la novela trabaja sobre tres dimensiones
distintas de lo temporal, sobre tres conceptos del tiempo.
No tomo en cuenta, ya que es un tema que no nos sirve al efecto
de la explicación aunque vale la pena señalarlo, todas
las ideas sobre la recurrencia del tiempo, sobre las formas cíclicas,
etc., que sobre todo se marcan muy claramente a través de
unos parlamentos de Ursula Iguarán, sino que me refiero al
tratamiento general de la novela y a su ubicación dentro
de concepciones temporales. En este sentido hay tres que son muy
claras y muy diferentes. Para empezar por la última convendría
tener muy presente el capítulo diecisiete. La novela realiza
una suerte de giro, de reconversión. Esa reconversión
tiene que ver con la historia del último Aureliano, Aureliano
Babilonia.
Este personaje se dedica al conocimiento y al estudio encerrado
en el gabinete, antiguo gabinete e Melquíades, y trabaja
exclusivamente para el saber y la develación de los manuscritos
en sánscrito organizados de acuerdo con una clave. Este personaje
ha de salir de la casa y al hacerlo, ha de establecer contacto con
el mundo. Estos contactos son con una librería donde consigue
los libros que necesita para sus estudios y, posteriormente, con
algunos personajes con los cuales integra una peña, un cenáculo.
Aquel fatalismo enciclopédico fue el principio de una gran
amistad, Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes
con los cuatro discutidores que se llamaban Alvaro, Germán,
Alfonso y Gabriel, los primeros y últimos amigos que tuvo
en la vida. Para un hombre como él, encastillado en la realidad
escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería
a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer,
fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar
hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que e había
inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Alvaro
una noche de parranda.
Desde que Aureliano aparece como un intelectual, el primer intelectual
en la familia de los Buendía, comienza a asumir ciertos rasgos
que lo vinculan a una historia, a un tiempo que yo llamaría
tiempo biográfico del autor. Y efectivamente, los cuatro
últimos capítulos de la obra, del diecisiete al veinte,
son capítulos en los cuales recuperamos un cierto aire de
autobiografía subrepticia o de "memorias de mi vida juvenil"
que maneja el autor. Es fácil establecer ciertas asociaciones
con personajes conocidos: señalamos ya la del sabio catalán
don Ramón Vinyes, el intelectual y renovador de la vida barranquillera.
Podría citarse y sugerirse una que no ha sido observada,
pero que me parece bastante persuasiva, entre Aureliano Babilonia
y José Félix Fuenmayor, el narrador, el cuentista
del que hablé. Y, desde luego, todos los episodios en que
aparecen estos cuatro amigos que son los integrantes del grupo barranquillero.
Las diversas instancias posteriores son una verdadera reconstrucción
en la cual obviamente ya no está Macondo sino Barranquilla.
Aquí está la historia de la vida del autor que reconvierte
la novela a la autobiografía y a las memorias. Y la reconvierte,
por tanto, a una biografía y a las memorias. Y la reconvierte,
por tanto, a una concepción del tiempo personal y casi subjetiva
donde la cantidad de alusiones, de guiños cómplices,
sitúa el material en una dimensión específica
y especial del tiempo que sólo halla su verdadera clave en
la medida en que seamos capaces de interrogar la vida particular,
es decir, la biografía de García Márquez.
Si es éste es el tono del tiempo para estos cuatro últimos
capítulos no lo es evidentemente para los tres iniciales.
Ellos, al revés exactamente, se sitúan fuera el tiempo.
Es muy visible en el tiempo inicial de la novela, incluso por la
elección de ciertos nombres y apellidos, como Arcadio o Buendía,
que se quiere reconstruir un tiempo no histórico sino legendario,
un tiempo ajeno a la realidad, enteramente abierto, por lo tanto
casi una especie de presente eterno e invariable.
Una cantidad de hechos contados en este comienzo de la novela claramente
marcan el afán del escritor por crear una Arcadia, un mundo
pretérito anterior a la historia, anterior a la muerte, vinculado
obviamente con todas las concepciones que las diversas leyendas
y cosmogonías han hecho de los orígenes del mundo,
el nacimiento de los hombres y su establecimiento primero. Son un
repertorio de asuntos que se pueden encontrar en casi todos los
poemas primitivos, desde el Gilgamesh babilónico hasta el
Génesis hebraico. Cualquiera de ellos contiene referencias
similares a la primera pareja, el viaje, el tabú que se viola,
la búsqueda de la realidad, la creación de la familia,
el primer acoplamiento sexual, el nacimiento de los seres humano,
etc. etc.
Todo el material aludido de Cien años está misma
tesitura y visiblemente intenta colocarse fuera del tiempo, crear
la sensación efectiva del paraíso, donde todo se inicia,
donde por primera vez, como decía el poeta romántico,
Adán despierta y comienza a ponerle nombre a las cosas porque
no lo tenían hasta ese instante.
Pero entre este comienzo que se cierra justamente en el capítulo
cuarto, en el cual el pueblo se organiza porque aparece una autoridad
que se llama Moscote enviada por un gobierno existente, y el último
tiempo de tipo biográfico y personal, se sitúa claramente
lo que llamaríamos la historia. Es decir, del capítulo
cuarto al diecisiete estamos en un decurso que se ubica sobre el
campo de la historia, sobre un proceso histórico,. Este tiempo
tiene un modelo visible, el conjunto de materiales que allí
se organizan corresponde a una serie de hechos, de episodios que
se pueden conocer muy bien a través de la historia colombiana.
Cuando digo un tiempo histórico quiero decir un tiempo compartido
por una sociedad, que no pertenece al mito ni a la vida personal,
sino a la colectividad, al conjunto de los hombres y que, por lo
tanto, queda acuñado en episodios, personajes que representan
claramente para toda una colectividad una dimensión del tiempo.
Este tiempo corresponde a los cien años, al decurso histórico.
Es visible el manejo por otra parte del autor de la historia de
su propio país y fácilmente, como en un libro de historia
colombiana, se pueden articular los materiales que aquí se
suceden.
Cuando la novela, o , simplemente, cuando la épica abandona
el tiempo del mito, debe situarse fatalmente en el tiempo de la
historia. El proceso de las formas literarias claramente se ve al
hacer el cotejo de las dos grandes epopeyas: la griega y la latina.
La epopeya griega está fuera del tiempo histórico,
pues aunque reconstruya un aparente hecho histórico -la presunta
Guerra de Troya- lo sitúa dentro de una intemporalidad que
ofrece la posibilidad de que cualquier suceso pueda ser modificado
sin que por ello sea afectada la organización de los materiales.
En cambio, una epopeya como La Eneida de Virgilio se sitúa
en el tiempo histórico ya que debe narrar ateniéndose
a un esquema previo que no puede vulnerar ni modificar. El intento
de Virgilio -híbrido en el campo de lo épico- es asimismo
un intento de cohonestar la invención y la imaginación
libre de la época de los deberes de la organización
y de la causalidad que impone la historia. Fatalmente Eneas debe
llegar a Roma, fatalmente Eneas debe fundar Roma. En cambio Aquiles
podrá no matar a Héctor; es un problema de la absoluta
libertad de la imaginación homérica. Virgilio está
preso de la petición de principio que ha establecido, del
sistema en el cual se ha metido. Además, el difícil
problema que tiene Virgilio consiste, dado que su historia es anterior
a Roma, dado que es legendaria, en hacer que dentro de la leyenda
ingrese la historia. Y para que ingrese debe hacerlo a través
de las especies de lo simbólico. De este modo el episodio
de los amores entre Dido y Eneas será símbolo, causa
y prefiguración de las guerras púnicas.
Cien años comienza posteriormente a descansar sobre la historia,
a partir de las construcciones que a continuación voy a destacar.
Sabemos de antemano, muy claramente, y no solamente por la aparición
de la novela histórica, sino por la novela realista misma,
que la novela descansa en una urdimbre histórica. Yo creo
que no es excepción la situación de los Cien años
en este período de la novela al que hacemos referencia. Pero,
entonces, la única manera de estructurar y organizar los
materiales, es tratar de ver de qué modo aluden a una línea
paralela donde se sitúa la realidad de la vida de una sociedad
que es la sociedad colombiana. Si se toma simplemente el material
que va desde el capítulo cuarto al dieciséis, se descubre
que este material admite una muy clara organización que destaca
los hechos fundamentales y, entre ellos, un elemento de enlace.
Por un lado es la gesta de las guerras civiles en cuyo centro está
un personaje que es Aureliano Buendía; por otro, la gesta
de la bananera en cuyo centro quizá no tan visible hay otro
personaje: José Arcadio Segundo.
Estos son los momentos aglutinantes más importantes del
material histórico. Estos son los más llamativos ,
los que ocupan más espacio. Efectivamente, todo el proceso
de la gesta de Aureliano Buendía ocupa cuatro de los capítulos
de la novela, y cinco de los capítulos de la misma son todos
los materiales que están tocados de alguna manera por el
tema de la bananera. Entre ellos se sitúan los capítulos
centrales del libro, los capítulos diez y once que son materiales
de relación. Si se enfrenta esta primera y gruesa organización
del material a la línea de la historia colombiana, claramente
se descubre cuál es la tesis que el autor ha de desarrollar
o busca desarrollar. Esta tesis tiene que ver con un problema que
no es en definitiva diferente al que se le podría haber planteado
a Virgilio cuando escribía La Eneida. ¿Cuáles son
los hechos fundamentales son dos: las guerras con el exterior que
terminaron siendo de exterminio, y las guerras con el exterior que
terminaron siendo de exterminio, y las guerras internas con los
pueblos instalados en la península que terminaron siendo
guerras de concordia y de reunificación.
Si se tomara la historia del país del autor como la de cualquier
otro país hispanoamericano se encontraría que uno
de los grandes temas es el de las guerras civiles del siglo XIX,
la larga pugna de las facciones políticas en Hispanoamérica
por lograr una integración. El segundo es otro tipo de guerra,
otro tipo de lucha con elementos extranjeros que se asientan en
el siglo XX y que realizan, entonces, un intento de explotación
de determinadas condiciones económicas. Estos son los dos
grandes momentos.
Quiero hacer notar que el primero es muy obvio y que para cualquier
hispanoamericano su siglo XIX se resuelve en un proceso militar
y en un enfrentamiento sobre todo de las dos grandes líneas
-conservadores y liberales-que rebaten la reestructuración
de los países hispanoamericanos a partir de la Independencia
en la búsqueda de un nuevo modelo social. En cambio, no es
tan claro y tan notorio el tema cuando se plantea respecto al siglo
XX. Y aquí me parece que el autor ha cedido a la importancia
de un hecho que debió conocer desde su juventud y que debió
de haberlo tocado intensamente: el episodio de la huelga bananera
de 1928, probablemente la primera gran huelga de carácter
agrícola que se realizó en Sudamérica contra
una compañía extranjera, la United Fruit.
Este episodio, tal como el autor cuenta, fue olvidado posteriormente.
Sin embargo en su momento tuvo una inmensa importancia. Es en el
año veintiocho cuando hace sus primeras armas como diputado
opositor Jorge Eliécer Gaitán, quien baja a la zona
e inicia la famosa requisitoria en el parlamento colombiano contra
las autoridades que han dispuesto la masacre de la bananera. Aparece
entonces su libro sobre Socialismo en Colombia .
Es de este mismo episodio que surge la preocupación, tan
dominante en el grupo barranquillero, de recuperarlo históricamente
alrededor de los años cincuenta, porque ven en él
la prefiguración de la violencia que están viviendo.
Cuando Alvaro Cepeda Samudio escribe La casa grande, "casa" que
rota toda en torno a la huelga de la bananera del año 1828,
lo que está haciendo es situar en el pasado como un hecho
histórico, real, la vivencia del proceso de violencia que
están ellos en este momento viendo como se cumple y se realiza
en la zona. Hay aquí una relación bastante estrecha
y cercana entre las experiencias particulares y personales de los
escritores contemporáneos y un tema que fue, sin embargo,
"insignificante" y evidentemente olvidado. Se conserva un largo
informe del sacerdote de Aracataca, que en el año veintiocho
pide y reclama contra las atrocidades cometidas por la toma del
gobierno.
En el grupo de Barranquilla es Cepeda Samudio el primero que descubre
el texto original del decreto leído en la plaza antes de
proceder al ametrallamiento. En todo caso, este episodio particular
de una zona, que tuvo enorme resonancia en su momento y que luego
fue olvidado, sirvió a los jóvenes en su período
formativo como la determinación de un tema crucial que les
explicaba su contemporaneidad y los problemas que estaban viviendo
en la Colombia de los años cincuenta. Y la Colombia de los
años cincuenta no hizo sino exagerar y agrandar uno de los
problemas que tuvieron todos los hombres hispanoamericanos en esa
época.
Estos dos grandes asuntos estructuran, sitúan los capítulos
de nexo, de correlación, que son los capítulos diez
y once. Ellos corresponden al mundo lleno de vitalidad, de goce
y de entusiasmo que caracteriza la vida, más o menos burguesa,
en que se sitúa la familia. Estrictamente la novela vuelve
a recomenzar, a utilizar los mismos recursos al nivel del capítulo
diez.
Debe recordarse aquí el comienzo ya paradigmático
de la novela:
Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de
recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a
conocer el hielo.
El rasgo característico del contar que aparece en este capítulo
es aquél que adelanta la acción y, a partir de una
acción adelantada que crea una determinada expectativa, vuelve
atrás y reconstruye todo el proceso de esa historia adelantada.
El sistema es característico de García Márquez
y, por otra parte, muy conocido en la prosapia del contar popular
y folletinesco.
Años después, en su lecho de agonía, Aureliano
Segundo había de recordar la lluviosa tarde de junio en que
entró en el dormitorio a conocer a su primer hijo.
Exactamente estamos ante el mismo recurso literario, ante una misma
forma de contar. Esta forma adquiere su expresión más
decidida en el comienzo del capítulo sexto que es la presentación
del coronel Aureliano Buendía. Aquí el sistema alcanza
su perfección por cuanto no solamente remite a un momento
del futuro para luego retrogradar y contar los pasos que conducen
a ese momento, a ese fusilamiento, a ese lecho de agonía,
sino que sintetiza toda la historia que relata:
El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos
levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete
hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados
uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera
treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados,
a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento.
Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que
habría bastado para matar a un caballo. Rechazó la
Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la
república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas
revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera
a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca
permitió le tomaran una fotografía. Declinó
la pensión vitalicia que le ofrecieron después de
la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro
que fabricaba en su taller de Macondo.
Este resumen conduce a la recomposición de la historia.
El sistema consiste aparentemente en frustrar la expectativa y,
en cambio, realmente la crea. Es éste uno de los recursos,
de los andadores de la narración más primarios y elementales
que se usan frecuentemente para avivar el interés narrativo.
Los personajes de cada uno de estos grandes sectores de la historia
son, como ya dijimos, en un caso, el coronel Aureliano Buendía
y, en el otro, José Arcadio Segundo . Como se recordará,
en la novela existe una teoría que desarrolla Ursula Iguarán
que caracteriza los rasgos familiares, y al hacerlo determina que
el comportamiento de los Aurelianos es de un modo y el de los Arcadios
es de otro.
En los hechos, podemos decir que los episodios en los cuales participa
el coronel Aureliano Buendía son del mismo tipo de los episodios
en los cuales participa José Arcadio Segundo. Y para cumplir
más estrictamente con esta interpretación de los personajes,
que hace otro personaje. Ursula Iguarán, la verdad es que
son el mismo personaje. El coronel Aureliano Buendía es,
dado que los mellizos se han cambiado, un José Arcadio en
el episodio de la bananera. En ambos episodios nosotros encontramos
el mismo personaje y las mismas formas de enfrentarse con la realidad,
de reaccionar ante el mundo. Ahora bien, ¿cómo se traza la
incorporación de Aureliano Buendía a la contienda?
Aureliano Buendía, que es un hombre tan absolutamente tranquilo
y sosegado como para ser llamado Aurelito por su suegro Apolinar
Moscote, presencia, ve directamente, el ejercicio de la injusticia.
Su proximidad con Apolinar Moscote le permite comprobar que el fraude
y la injusticia se han aposentado, y que ni siquiera lo dirige su
suegro sino una fuerza externa, extranjera para ellos, venida desde
la ciudad:
Aureliano, pálido, hermético, siguió jugando
dominó con su suegro. Comprendió que a pesar de su
título actual de jefe civil y militar de la plaza, Don Apolinar
Moscote era otra vez una autoridad decorativa. Las decisiones las
tomaba un capitán del ejército que todas las mañanas
recaudaba una manlieva extraordinaria para la defensa del orden
público. Cuatro soldados al mando suyo arrebataron a su familia
una mujer que había sido mordida por un perro rabioso y la
mataron a culatazos en plena calle. Un domingo, dos semanas después
de la ocupación, Aureliano entró en casa de Gerineldo
Márquez y con su parsimonia actual pidió un tazón
de café sin azúcar.
Es este episodio el que funciona y actúa sobre la conciencia
moral de Aureliano Buendía y lo decide a su transmutación,
su transformación.
-Esto es un disparate, Aurelito- exclamó-.
-Ningún disparate -dijo Aureliano-. Es la guerra. Y no me
vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.
Esta actitud de transmutación ante una experiencia de injusticia
es curiosamente la misma, exactamente la misma y el autor la repite
a propósito, que determina la conducta en el segundo gran
episodio, el que corresponde al siglo veinte:
Por esos días, un hermano del olvidado coronel Magnífico
Visbal llevó su nieto de siete años a tomar un refresco
en los carritos de la plaza, y porque el niño tropezó
por accidente con un cabo de la policía y le derramó
el refresco en el uniforme el bárbaro lo hizo picadillo a
machetazos y decapitó de un tajo al abuelo que trató
de impedirlo. Todo el pueblo vio pasar al decapitado cuando un grupo
de hombres lo llevaban a su casa, y la cabeza arrastrada que una
mujer llevaba cogida por el pelo, y el talego ensangrentado donde
habían metido los pedazos del niño.
Para el coronel Aureliano Buendía fue el límite de
la expiación. Se encontró de pronto padeciendo la
misma indignación que sintió en la juventud, frente
al cadáver de la mujer que fue muerta a palos porque la mordió
un perro con mal de rabia.
Si ya no puede ser él por su edad, será José
Arcadio Segundo el que herede este rasgo y el que se transforme
en el continuador de la obra de Aureliano Buendía. Del mismo
modo-para terminar con la historia de esta continuidad secreta a
través de los personajes que la novela sigue -será
Aureliano Babilonia el que recoja la historia, el único que
crea en la historia de José Arcadio Segundo y el que la transmita
al que podría creer en ella, Gabriel, el descendiente del
coronel Gerineldo Márquez.
En este esquema de organización la novela aspira, en el
tiempo histórico, en el tiempo que corresponde a los cien
años, conformar una imagen, el retrato de una historia, interpretándola
y dando de ella una serie de significados. Es por un lado el conjunto
de materiales que corresponden a las guerras de reconciliación
del diecinueve, y por otro, a las guerras de exterminio, como son
las guerras o enfrentamientos que provoca la bananera.
La matanza y el diluvio con que se cierran estos episodios, no
hacen sino subrayar su carácter absolutamente drástico
y definitivo en oposición a la paz, la paz vergonzosa, pero
paz al fin, a la cual llega el coronel Aureliano Buendía.
Si ésta es una primera organización de la novela,
ella no podría haber existido sin el principio mismo que
la anima. Si nos preguntamos qué es Cien años de soledad,
hay que decir que es simplemente una saga familiar, la historia
de una familia a través de cien años. En este sentido
la novela se incluye dentro de una tendencia, de un proyecto narrativo
que no es obviamente inventado por García Márquez,
y que tiene ya muy rica ascendencia. Me importa señalarla
a los efectos de que se comprenda que una saga familiar es algo
más que la mera sucesión de episodios que corresponden
a una familia.
No se conoce en la literatura ningún intento de saga familiar
hasta muy entrado el siglo XIX; incluso los novelistas que intentan
una construcción muy vasta y muy general de materia narrativa
en pleno siglo XIII no llegan a concebir la posibilidad de la saga
familiar; y no es obviamente porque no exista la familia, ya que
ella existe desde la más remota antigüedad, sino simplemente
porque una novela es un producto cultural, y solamente se puede
producir una novela sobre la saga familiar una vez que se llegue
a ciertas concepciones sobre la familia. No puede inventarse y elaborarse
un producto literario si éste no se ajusta a un descubrimiento
previo, a un sistema que la cultura adelanta.
El primer y más importante intento de novela familiar es
el que aporta Zola con Los Rougon-Macquart porque antes que él,
simplemente no había ninguna posibilidad de establecer la
vinculación de los seres que integran una familia dentro
de un esquema de conocimiento y de interpretación de la realidad.
Zola es hijo de la ciencia experimental, de la medicina experimental
de Claude Bernard y del descubrimiento de las leyes de la herencia.
Sin este bagaje científico, por impreciso, por inseguro que
lo podamos considerar desde la perspectiva de nuestra época,
no podría habérsele ocurrido jamás establecer
una relación que empieza a unir a los diversos seres que
integran una familia, porque ya no son meramente sucesivas camadas
generacionales, sino que son hijos de padre marcados por la presencia
del padre. La misma idea que lleva a Ibsen a escribir Espectros,
donde si existen espectros es porque existe herencia y la herencia
determina, es la que moviliza a Zola para escribir la saga familiar.
A partir de los Rougon-Macquart tendremos toda una serie de sagas
familiares en la literatura que llegan hasta las historias más
recientes, como por ejemplo la de Los Buddenbrook de Thomas Mann.
Todas ellas son recorridos familiares en los cuales lo importante
es establecer las conexiones entre los diversos integrantes de la
familia, crear una visión y, en cierto modo, la estructura
de una familia.
Si el material previo le permite a García Márquez
encarar una saga familiar en torno a una serie de personajes, también
se lo permite otro material que es el que le proporciona directamente
la realidad.
Una de las investigadoras más acuciosas de la familia colombiana,
la señora Virginia Pineda, ha realizado un examen de los
modelos de familia en los diversos complejos culturales colombianos.
Si simplemente seguimos esta suerte de diseño del modelo
familiar, encontraremos que Cien años de soledad se ajusta
estrictamente al complejo cultural costeño y fluviominense.
En él se forma con toda nitidez esta estructura familiar
que desborda las líneas particulares organizándose
por una serie de elementos sueltos en torno a lo que se llama tronco
matrilineal. Así, la organización de la familia de
los Buendía no la determina Aureliano ni ninguno de los hombres,
sino una mujer que atraviesa de un extremo a otro la novela: ursula
Iguarán.
Ursula Iguarán organiza una familia y sobrevive cien años
porque efectivamente sin ella no existe familia, como no existe
en la zona costeña familia que no esté vinculada en
torno a la madre. La constante libertad de la relación amorosa
y sexual produce que el único elemento de permanencia absoluta
dentro de la novela esté dado por la madre. Pero, además,
es una familia promiscua porque sólo una familia promiscua
puede existir en ese sistema en el cual en torno a la madre se agrega
un grupo que va componiendo la familia, como los seres recogidos
o los hijos de los varones que son incorporados al tronco familiar,
formando la contextura familiar a lo largo del siglo.
Toda la organización de los Buendía gira en torno
a la disposición de la casa que Ursula Iguarán establece
y que podría llamarse el retrato de la familia. Es muy difícil
evitar equivocarse y caer en la repetición de nombres en
el árbol genealógico de los Buendía. Se funda
un cierto árbol genealógico que, sin embargo, no satisface
el diseño de la familia porque ésta tiene que componerse
con todos los elementos que se le agregan y que realmente se integran.
En definitiva, la familia Buendía no es otra cosas que la
casa e Ursula Iguarán, es decir, ese recinto y su movimiento,
a lo largo de cien años, ampliándose, desmoronándose,
reduciéndose: todo eso determina el funcionamiento de la
familia y de da su forma. Cuando se produce el infinito diluvio,
Ursula Iguarán, que realmente quería morir, descubre
que no puede porque debe reconstruir la casa, todavía debe
mantenerla para asegurar permanencia familiar. Solamente ella consolida
esa permanencia.
Ahora bien, esta familia que es la que permite hacer una saga y
continuarla, a su vez está sometida a un proceso de constante
simplificación sobre determinados modelos. Habrá así
un comportamiento que corresponderá a hombres, otros a mujeres,
una tipología femenina y otra masculina, lo que permitirá
la existencia de diversas líneas; y estas líneas se
tendrán que repetir a lo largo de la novela. De ahí
que el principio de variedad que señalábamos al comienzo
como característico de la novela, el principio de acuñación
del fragmentarismo incesante, tiene que ir acompañado obligadamente
por el sistema de repetición. Si no hay repetición
no puede haber una estructura que vincule los materiales; ellos
solamente se vinculan en la medida en que se reiteran, en la medida
en que a lo largo de la obra vuelven a darse situaciones similares.
Y esto que el autor en un momento dado interpreta, a través
de Ursula Iguarán, como la teoría del tiempo recurrente,
del girar sobre el mismo eje que se va desgastando y que por lo
tanto en algún momento se detendrá, no es una teoría
del tiempo, sino que es la consecuencia de organizar los materiales
y de conferirles una cierta estructura homogénea; no dejar
desperdigado el conjunto sino centrarlo y racionalizarlo.
En los hechos, todo esfuerzo de la creación de la novela
oscila entre dos polos: uno centrípeto y otro centrífugo.
Es decir, un polo que lleva al aniquilamiento por fragmentación
y a la dispersión del material representado por los comportamientos
de ciertos personajes que siempre están saliéndose,
partiendo y desapareciendo del núcleo central; y otro polo
que es un esfuerzo de racionalización de la novela, de sistematización
de los materiales, de planificación, representado por el
esfuerzo de centrar la vida en torno a la casa y de mantener el
funcionamiento de un núcleo alrededor del cual las cosas
puedan sobrevivir, y que se advierte muy claramente a través
del comportamiento de Ursula Iguarán.
Lo anterior fue observado prontamente por Ernesto Volkening en
alguno de sus estudios, y García Márquez lo ratificó
al decir que, efectivamente, el crítico había acertado
al señalar que él manejaba una tipología de
mujeres y hombres: un hombre aventurero que sale al mundo, que realiza
el desorden, y una mujer que reconstruye la vida, que restablece
el orden y la continuidad de la especie.
Estos elementos tan fundamentales en la novela son, por lo tanto,
base de su programación y, además, ejemplos realistas
que el autor ha tomado de su experiencia vital a través de
lo que es, y del modo de funcionar y de comportarse de una familia
tipo de la zona cultural en la cual él se formó y
desarrolló. Claro está que este material es sometido
a un proceso de idealización de tipo moral, claramente moral,
es un poco el que determina lo que podríamos llamar las familias
de personajes.
Insisto en que para que una saga familiar funcione debe haber una
estructura de familia con ciertas tendencias que insistentemente
se repitan en cada uno de los integrantes. Cité una, que
es el comportamiento del hombre hacia fuera y el de la mujer hacia
dentro. Quería citar otra muy característica y específica
de la familia promiscua y que no da sino en el encierro de la familia
promiscua: la relación incestuosa, a saber, el deseo de la
madre por parte del hijo. Es, por lo tanto, una tendencia claramente
endógama que hace que, en este tipo de familia, la estructura
escasamente ética y escasamente comprimida y encuadrada por
los tabúes, permita que la relación interna se haga
extraordinariamente dominante y que la tendencia se produzca siempre
hacia adentro.
Quiero señalar un tipo de comportamiento de personajes para
poner de manifiesto en qué medida ha de servir como línea
dominante y como línea del sistema estructural de la novela.
La relación erótica en la novela tiende a fijarse
sobre un esquema que luego no tiene variación. En este esquema
el joven desea a la madre. La tendencia está muy marcada
en las oportunidades en que se cita la iniciación sexual
. En todas ellas otra vez el joven tiende a reconstruir el lazo
con su madre. El modelo, el gran modelo, lo ofrece José Arcadio;
su iniciación sexual está marcada por la presencia
de un curioso personaje que se llama Pilar Ternera.
Quiero señalar aquí cómo se maneja el tabú
moral al nivel de la construcción de la obra, de tal manera
que se roza el incesto y se lo elude en simultánea. La tendencia
-y el autor lo señala claramente -es la reconstrucción
de la relación hijo-madre, pero al mismo tiempo el tabú
moral en su determinado momento rompe esta posibilidad, y el autor
genera entonces los dobles de las madres, es decir, unas madres
segundas o secundarias que son las que permiten la relación
de la apetencia incestuosa., rodean de ilusión a la contricción
de tipo moral y favorecen la plenitud de la relación amorosa.
Pilar Ternera es exactamente un doble de Ursula Iguarán
y la acompaña toda la novela. La acompaña como la
sombra de Ursula en la cual puede realizarse libremente lo que quiere
hacerse con Ursula y no se puede.
Por aquel tiempo iba a la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa,
que ayudaba en los oficios domésticos y sabía leer
el porvenir en la baraja. Ursula le habló de su hijo. Pensaba
que su desproporción era algo tan desnaturalizado como la
cola de cerdo del primo. La mujer soltó una risa expansiva,
que repercutió en toda la casa como un reguero de vidrio.
"Al contrario, dijo. Será feliz".
Y es entonces cuando toca al joven y lo inicia.
La mujer no le hizo ninguna incitación. Pero José
Arcadio la siguió buscando toda la noche en el olor de humo
que ella tenía en las axilas y que se le quedó metido
debajo del pellejo. Quería estar con ella en todo momento,
quería que ella fuera su madre, que nunca salieran del granero
y que le dijera qué bárbaro y que lo volviera a tocar
y a decirle qué bárbaro.
Y es cuando se produce este reconocimiento:
Donde ya no olía a mujer, sino a amoniaco, y donde trataba
de acordarse del rostro de ella y se encontraba con el rostro de
Ursula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que
desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero
que nunca se había imaginado que en realidad se pudiera hacer.
Claramente está establecido este doble juego del incesto
y la ilusión del incesto por el uso del personaje paralelo.
Pero en este sentido Pilar Ternera, que es estrictamente igual a
Ursula porque "había perdido en la espera la fuerza de los
muslos, la dureza de los senos, el hábito de la ternura,
pero conservaba intacta la locura del corazón", es decir,
es una mujer de la misma edad, ya gastada, que para los jóvenes
aparenta ser la madre, ha de servir a lo largo de toda la novela
como la iniciadora sexual, como la procreadora sexual. Y esto se
repite en otros casos con una variante que me importa señalar.
Esta variante que llega a su caso extremo, es la que tiene que
ver con Arcadio y Pilar Ternera, porque en el caso de Arcadio, Pilar
Ternera es su madre.
Pilar Ternera, su madre, que le había hecho hervir la sangre
en el cuarto de la daguerrotipia fue para él una obsesión
tan irresistible como lo fue primero para José Arcadio y
luego para Aureliano. A pesar de que había perdido sus encantos
y el color de su risa, él la buscaba y la encontraba en el
rastro de color de humo.
Aquí el personaje está claramente buscando a su madre
y es ella la que hace la ilusión.
Se produce un proceso muy curioso que es también un modelo
de comportamiento. Este modelo en su primera etapa produce esa atracción
incestuosa que se desvía, pero en una segunda hace una ilusión
exactamente pendular que lleva al extremo opuesto. José Arcadio,
en cuanto se entera de su paternidad, en cuanto el terror de la
paternidad se apoderá de él, establece el juego pendular
y de la imagen materna pasa a la imagen de la hija. Pasa de un extremo
a otro y tiende ya no a la relación con la madre sino a la
relación con la hija que establece a través de la
gitanilla.
Después de deambular por suerte de máquinas de artificio,
sin interesarse por ninguna, se fijó en algo que no estaba
en juego: una gitana muy joven, casi una niña, agobiada de
abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había
visto en su vida.
Esto es exactamente lo mismo que le pasó a Arcadio con su
propia madre, Pilar Ternera: Pilar Ternera forja la ilusión
erótica y lo engaña proporcionándole una mujer.
Entonces comprendió que no era ésta la mujer que
esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas,
y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre,
y el sexo pétreo y redondo como una nuez, y la ternura caótica
de la inexperiencia exaltada. Era virgen y tenía el nombre
inverosímil de Santa Sofía de la Piedad. Pilar Ternera
le había pagado cincuenta pesos.
El juego se ha producido otra vez, pero este juego, por otra parte,
es el que más visiblemente lleva a Aurelio a su amor y a
su casamiento con Remedios. Aquí es donde con más
intensidad se fija este juego pendular que lleva a los extremos:
La imagen de Remedios, la hija menor del corregidor, que por su
edad hubiera podido ser hija suya, le quedó doliendo en alguna
parte del cuerpo. Era una sensación física que casi
le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato.
Este es un sistema de comportamiento, de funcionamiento que se
sigue a lo largo de toda la novela y que, prácticamente,
es el que utiliza el autor para organizar la relación dentro
de la familia. Se da en forma muy clara en las relaciones, también
del mimo tiempo, del mismo tipo, con Amaranta. La tendencia de Aureliano
José con respecto a Amaranta y el rechazo de ésta
son exactamente iguales:
Así padeció el exilio, buscando la manera de matarla
con su propia muerte, hasta que le oyó contar a alguien el
viejo cuento del hombre que se casó con una tía que
además era su prima y cuyo hijo terminó siendo abuelo
de sí mismo.
¿Es que uno no se puede casar con una tía? -preguntó
él asombrado.
-No sólo se puede-le contestó un soldado-sino que
estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se pueda
casar con su propia madre.
El texto no tiene ningún interés, insisto, desde
determinado punto de vista, en cuanto a lo que pueda decir sobre
el erotismo, porque no dice más de lo que sabemos a partir
de cualquier texto sicoanalítico. No dice nada que no haya
dicho Freud en su esquema tradicional y nada que, incluso antes
de Freud, no hayan dicho otros tratadistas del tema. Lo que importa
aquí, no es por lo tanto lo que pueda informar o decir acerca
de cómo funciona la relación erótica, sino
lo que informa acerca de la técnica de composición
de una familia y de la utilización de ciertos motivos repetitivos
que proporcionan la contextura de un comportamiento familiar, de
un modo de funcionar específico de la familia y que permiten
obtener no solamente el retrato de las tendencias y de las fuerzas
que operan dentro de la familia, sino también de la mecánica
que vincula sus diversos elementos y que, en consecuencia, integran
un diseño que no es simplemente una serie de figuras sueltas.
Solamente las repeticiones, solamente los comportamientos similares
hacen la organización de todos estos materiales.
Antes de seguir adelante, completamente alguna información
que ya anticipamos a propósito de la naturaleza literaria
que el libro de García Márquez va desarrollando progresivamente.
La obra, al mismo tiempo que se va cumpliendo y desarrollando como
conjunto de sucesos y peripecias hasta su revelación final,
va también desarrollando la idea de un relato paralelo, un
conjunto de textos proféticos, que son los textos de Melquíades.
Melquíades es de alguna manera el historiador de la novela,
el que la escribe, pero no quien narra una historia "a posteriori"
de los hechos, es decir, no un historiador, sino un profeta, un
anunciador de la historia. De tal modo que su función es
la del escritor. Melquíades es el escritor de la obra, es
el autor de ella. Si es ésta la función que a él
le corresponde porque la escribe y la preanuncia, y simplemente
la novela finge ser la realidad que se cumple con la aplicación
de un texto literario, Aureliano Babilonia, esta suerte de Aureliano
Triste que entra a la habitación de Melquíades y allí
encuentra a su fantasma que vuelve y le pregunta por su texto, Aureliano
no es sino el descifrador, el crítico del novelista que es
Melquíades.
La novela se sitúa entre dos opuestos, donde aparece como
una realidad planteada y discutida, pero una realidad estrictamente
literaria por cuanto es el objeto de un debate. El debate que va
de un creador que la novela presenta como especialmente enigmático,
que construye una creación que se desarrolla en un tiempo
futuro, y un crítico que la descifra progresivamente. Como
simultáneamente ambos son parte del proceso, ambos integran
esa realidad y se sumergen en ella, es esa línea general
la que sirve para subrayar en la obra ese carácter de texto
literario que el autor va progresivamente impostando y apoyando
con una serie de referencias e indicaciones, justamente para despojarlo
de su calidad de reinvención y de presunta realidad contada.}Pero
hay otros elementos a los cuales recurre para establecer esta segunda
realidad. Como se recordará, varias veces el escritor incluye
referencias dentro de la obra. Referencias insólitas, inesperadas,
con nombres que no tiene participación dentro de la acción
narrativa y que simplemente aparecen como golpes repentinos. Por
ejemplo:
Aureliano podía imaginarlo entonces con un suéter
de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de
Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo
de día y escribiendo de noche para confundir el hambre, en
el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas donde había
de morir Rocamadour.
Rocamadour, éste que ha de morir, y este cuarto y esta ciudad
que repentinamente se incorporan, y éste que está
escribiendo en esta ciudad, no es otro que Julio Cortázar,
no es otra que la novela Rayuela, no es otro que el hijo de la Maga,
Rocamadour. O:
Entre ellos se llevaron a José Arcadio Segundo y a Lorenzo
Gavilán, un coronel de la revolución mexicana exiliado
en macondo que decía haber sido testigo del heroísmo
de su compadre Artemio Cruz.
Alusión transparente y visible que sitúa la novela
de Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, dentro de esta obra
literaria. Otras menciones se refieren a Alejo Carpentier, y otras
más secretas y embozadas, como los textos de Juan Rulfo,
son un sistema para hacer vivir dentro de la obra, no personajes
reales, sino personajes literarios; no aspectos, circunstancias,
situaciones de la vida, sino fragmentos y paneles de la literatura
que se sumergen dentro de su obra y sirven de apoyo a ella. Además,
la obra está constantemente llena de referencias internas.
Hablé de ellas cuando me referí a los tiempos de algunas
menciones de tipo personal, vividas por el autor y sus compañeros.
Pero también hay otro tipo de referencias que sólo
son comprensibles para lectores de García Márquez.
Sin inmutarse, el coronel Aureliano Buendía firmó
la primera copia. No había acabado de firmar la última
cuando apareció en la puerta de la carpa un coronel rebelde
llevando del cabestro una mula cargada con dos baúles. A
pesar de su extremada juventud, tenía un aspecto árido
y una expresión paciente. Era el tesoro de la revolución
en la circunscripción de Macondo. Había hecho un penoso
viaje de seis días, arrastrando la mula muerta de hambre,
para llegar a tiempo al armisticio. Con una parsimonia exasperante
descargó los baúles, los abrió y fue poniendo
en la mesa, uno por uno, setenta y dos ladrillos de oro. Nadie recordaba
la existencia de aquella fortuna. En el desorden del último
año, cuando el mando central saltó en pedazos y la
revolución degeneró en una sangrienta rivalidad de
caudillos, era imposible determinar ninguna responsabilidad. El
oro de la rebelión, fundido en bloques que luego fueron recubiertos
de barro cocido, quedó fuera de todo control. El coronel
Aureliano Buendía hizo incluir los setenta y dos ladrillos
de oro en el inventario de la rendición, y clausuró
el acto sin permitir discursos. El escuálido adolescente
permaneció frente a él, mirándolo a los ojos,
con sus serenos ojos color de almíbar.
¿Algo más? - le preguntó el coronel Aureliano Buendía.
El joven coronel apretó los dientes.
-El recibo -dijo
Es el coronel que no tiene quien le escriba. Todo el origen de
la historia del coronel que no tiene quien le escriba; y toda la
personalidad de este coronel, el carácter y el temperamento,
el aspecto árido y la expresión paciente están
sintetizados aquí. Pero este material y este elemento no
aparecen antes sino después de El coronel. Existe como un
texto epilogal a El coronel no tiene quien le escriba. Y si bien
explica el comienzo, los orígenes, la paciencia, lo adusto,
lo ascético de este joven, al mismo tiempo sólo cobra
su valor y su importancia puesto detrás de un texto en que
el coronel tiene setenta y cinco años y se muere de hambre.
Sólo puede existir como epílogo, no como comienzo.
En general todos los textos en que la literatura del propio García
Márquez es recogida dentro de Cien años, están
consignados como epílogos, clausura, o como explicaciones,
así sean evocaciones de períodos anteriores a la acción
de sus novelas. En un momento dado, Amaranta se decide a preguntar
qué era un pesario:
Y sólo entonces supo que el médico francés
se había colgado de una viga tres meses antes. Y había
sido enterrado contra la voluntad del pueblo por un antiguo compañero
de armas del coronel Aureliano Buendía.
Este texto simplemente recobra La hojarasca, su tema básico,
pero lo recobra insertándolo en un contexto literario. Es
decir, subraya la homogeneidad del material de La hojarasca con
el material de los Cien años de soledad.
Más clara, más importante entre las muchas referencias
a la obra anterior, incluso a cuentos no recogidos como "La noche
de los alcavanes", del cual se nos dice en la página 333
que es una invención de Alfonso Fuenmayor, es la continuidad
narrativa que se instaura entre "Un día después del
sábado" y Cien años de soledad.
"Un día después del sábado" ingresa a la novela
en un momento absolutamente crucial y se produce un hecho, en cierto
modo muy sorprendente, que es una relectura explicativa de un texto.
Había mencionado el problema de este cuento, anotando que
su explicación quedaba en un segundo plano mágico
donde toda su materia se transfundía en cierto misterio que
permitía las diversas opciones interpretativas. En Cien años
de soledad el material es sometido a una revisión.
La enterraron (habla de Ursula) en una cajita que era apenas más
grande que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca
gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos
quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía
hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban
como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas
de las ventanas para morirse en los dormitorios.
Toda la historia contenida en "un día después del
sábado" vuelve a ser retomada en un segundo plano con una
corrección literaria, con una segunda versión donde
vuelve a aparecer el judío errante en la famosa evocación
del sacerdote Antonio Isabel. Vuelve a aparecer la referencia a
la bestia infernal, la de la pezuña. Y se disuelve el tema:
Nunca se estableció si en realidad fue por él que
se murieron los pájaros, pero las recién casadas no
concibieron los engendros anunciados ni disminuyó la intensidad
del calor.
Otro modo de situar en un plano más estrictamente literario
la operación lo anotamos a través de las referencias
que hicimos al descubrimiento del saber, del conocimiento intelectual,
y al descubrimiento concomitante y posterior de la literatura entre
los Buendía. Los Buendía y Macondo son absolutamente
ajenos a la reflexión que establece el libro y el sistema
de la palabra escrita, Simplemente existen en la naturaleza. Y éste
es uno de los elementos que hacen, como veremos, buena parte de
la atracción, de la prodigiosa seducción del texto.
Pero a una cierta altura, estos Buendía que son enteramente
ajenos al principio mismo por el cual se transmite y se traduce
en otro campo, el del conocimiento, la vida misma, asisten a la
transformación de su estirpe. Es primero por intermedio de
José Arcadio segundo y, posteriormente, por quien sigue y
continúa su línea, el último Aureliano, Aureliano
Babilonia, que se entra a la preocupación del saber, a la
lectura de los textos, y, en un paso más, al descubrimiento
de la literatura.
Por último, para subrayar esta tendencia, el develamiento
del texto de Melquíades coloca claramente la historia en
el campo de una literatura examinada críticamente:
Era la historia de la familia escrita por Melquíades hasta
en sus detalles más triviales con cien años de anticipación.
La había redactado en sánscrito que era su lengua
materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada
del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.
Es ésta tarea como la de Pierre Menard en Borges, y el texto
tiene una alusión visible a los modos de la escritura borgiana
en algunos de sus aparentes ensayos críticos.
Del mismo modo se está ante un proceso de develación,
desciframiento y deconstrucción de un texto para poder darle
validez; pero una validez que obviamente está directamente
en la literatura con un curioso agregado, un agregado que por otra
parte es como una tendencia irreprimible de la literatura por la
cual ésta termina considerando que la vida, la realidad,
no son otra cosa que un pretexto para la literatura. Es decir, que
no tienen validez independiente, validez propia, sino que sólo
pueden existir en la medida en que sirven para integrarse a la literatura
o para establecer la historia. Toda justificación de una
historia por la historia en sí es una justificación
fatal de la literatura.
Luego, entonces, descubrió que Amaranta Ursula no era su
hermana sino su tía. Y que Francis Drake había asaltado
a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos
más intrincados de la sangre hasta engendrar el animal mitológico
que había de poner término a la estirpe.
Todo tiende a determinado fin, todo se hace para que concluya siendo
en este momento final. Pero este momento final no es otra cosa que
la construcción de un texto literario.
En un pasaje famoso de La Ilíada, Helena dice que su historia
está justificada porque lo que ella hizo fue simplemente
dar tema al poeta. Su amor, su pasión, su olvido de Menelao,
su traición, todo, no entra en el plano de la moral sino
en el de la estética. En el mismo sentido podría decir
Proust que toda la vida de sus personajes y su propia vida se justifican
en la invención literaria. El mismo en su propia muerte retocaba
las últimas páginas de La agonía de Bergot.
Rilke llegaba a interpretar que la construcción del encaje
en el cual había perdido los ojos era perfectamente justificable
por cuanto esto es la creación del arte. Es decir, el arte
autojustificándose y valiéndose como única
realidad posible.
Cien años de soledad moviliza una serie de elementos que
han sido los de su construcción y elaboración, y que
realmente pertenecen también al campo de las letras, de la
literatura. Buena parte de la seducción del texto está
en el régimen de alusiones incesantes y en el de recuperaciones
de valores literarios, artísticos, que se colocan por primera
vez no en el campo de una estructura culta como ocurre en Borges,
donde el placer del lector es el de un lector culto capaz de reconocer
sin cesar alusiones, referencias indirectas, ocultas indicaciones.
Aquí la estructura corresponde a un sector más amplio,
mucho más rico de lectores a los cuales se les ofrece también
la misma posibilidad de sentirse sin cesar aludidos, y de realizar
una tarea de recreación mediante la ubicación de los
materiales.
La literatura de la segunda mitad del siglo XX parece haber recogido,
como uno de sus rasgos dominantes, la aparente incapacidad de la
total autonomía y haberse sumergido en el cauce de una construcción
que presupone la existencia de una literatura anterior que sobre
ella descansa y sin cesar a ella alude.
Se podría decir que una obra como la de García Márquez
está exceptuada de esta orientación en la medida en
que ella parece mucho más abierta, mucho m´s recorrida por
vientos de realidad, por referencias al mundo. Pero todas estas
referencias que son ciertas, esta presencia de la vida corriente
es, sin embargo, la presencia de un material que ya está
literaturizado, que ya pertenece a estructuras de la literatura,
si bien no siempre de una literatura, si bien no siempre de una
literatura escrita o de una literatura culta.
El fenómeno de apertura que establece el autor, que explica
desde luego la resonancia que su libro tiene y también el
aire y el clima que respira la obra, no tiene que ver con el hecho
de haber vulnerado este principio o esta tendencia del arte actual
de inscribirse dentro de otro arte, sino que simplemente se inscribe
dentro de las posibilidades que le prestan más campos que
los exclusivos de la letra escrita.
En una oportunidad se nos habla de un personaje que pasa por la
obra un momento y que es Francisco el Hombre. Francisco el Hombre
es simplemente el juglar popular, el contador de historias, el inventor
de sucesos que pasa por los pueblos contando e informando del mundo.
Está colocado en la novela para hacer perceptible la presencia
de un conjunto de materiales muy amplio y muy rico, rigurosamente
literarios así pertenezcan a la tradición oral. La
tradición oral construye obras literarias con el mismo rigor
y con el mismo cuidado con que puede construirlas la tradición
escrita. Pero este Francisco el Hombre puede presentarse, puede
aparecer como una mera evocación legendaria o casi arqueológica.
Podría ser lo que es para el sur, Santos Vega, es decir,
un payador, pero un payador que ya pertenece a un mundo legendario,
perdido y remoto, nada más que una alusión de tiempo
pasado e irrecuperable.
Sin embargo, en otro fragmento vuelve a hacerse una referencia
a este Francisco el Hombre, y aquí es perceptible otro cambio:
En el último salón abierto del desmantelado barrio
de tolerancia, un conjunto de acordeones tocaba los cantos de Rafael
Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco
el Hombre.
Rafael Escalona es ya el mundo contemporáneo , No hay ninguna
otra posibilidad, es él, a quien llamaríamos el Agustín
Lara de Colombia, el creador de este relato lírico que acompañado
de música hace el fondo de la cumbia, él es realmente
el inventor de lo que solamente García Márquez se
atrevió a llamar alguna vez literatura.
Pero previamente a este manejo, hay que proceder a una dignificación
de un conjunto de materiales que normalmente existen a nuestro lado,
entre los cuales vivimos inmersos y remamos como en galeras, pero
que no percibimos y prácticamente ignoramos. Es el problema
de siempre con la realidad es lo que somos capaces de ver en ella.
Y la importancia literaria de la poesía (usemos la palabra)
de Rafael Escalona es consecuencia de un proceso valorativo. Del
mismo modo que nadie, absolutamente nadie creyó nunca que
pudieran ser literatura los cuentos de hadas hasta que los hermanos
Grimm decidieron darles esta jerarquía y asumirlos como literatura,
y para nosotros son hoy cuentos infantiles, del mismo modo en García
Márquez opera el esfuerzo de determinar que este material
es un material literario, para lo cual comienza por decirnos que
efectivamente éste es el heredero de Francisco el Hombre.
De Francisco el Hombre hasta Rafael Escalona lo que ese acumula
es la historia del contar popular, del contar folclórico,
del contar incesante que hacen los hombres para construir literatura
dentro de la cual vivir. Porque es exactamente como decir que alguien
es capaz de vivir fuera del aire. No hay posibilidad. Se vive dentro
de la literatura. Y esta literatura no tiene por qué ser
fatalmente la de los textos, pero es muy frecuentemente la que acompaña
nuestra existencia y la que determina nuestros valores.
En uno de los textos de su período barranquillero juvenil
García Márquez intenta polemizar, aunque polemiza
él solo porque no tiene respuesta del otro lado, con Hernando
Téllez se decide a escribir sobre las formas de la canción
popular, descubriendo que ésta tiene ciertos temas y aún
ciertas maneras interesantes. En un crítico del nivel culto
y, sobre todo, de la orientación absolutamente artística
de Téllez, ello significa una novedad interesantísima
que desde luego García Márquez toma, y toma casi en
broma, para decir que ha descubierto la literatura entrando a su
casa por la cocina. Efectivamente, el problema es descubrir si la
literatura está también en la cocina. Y García
Márquez descubre incesantemente que la literatura comienza
a estar también en la cocina. Si hablamos de Francisco el
Hombre, y aun de Rafael Escalona, yo diría que estamos todavía
en un campo algo dignificado. El folclore, que ya es una ciencia,
se ha encargado de dignificar este conjunto de materiales. Y con
alguna dificultad, Rafael Escalona ya se puede situar dentro de
la tradición del folclore. Pero es más insólito
cuando comenzamos a invadir otros campos, cuando, por ejemplo, referencias
a la realidad plástica no se hacen a través de referencias
estrictamente cultas a cuadros, a obras de arte, sino, por ejemplo,
a través de la explicación de las figuritas que aparecen
en la estampilla puesta sobre el Quaker Oats. Todos los que han
tomado Quaker se acuerdan de que hay un señor que tiene en
la mano una lata de Quaker y que dentro de la lata de Quaker hay
otro señor que tiene otra lata de Quaker. Esto que a todos
en nuestra infancia nos produjo la mayor de las sorpresas, y que
es la primera experiencia que tuvimos del infinito, es también
lo que recoge García Márquez ya que percibe que aquí
hay un valor, una sensibilidad y una construcción de arte,
y desde luego también en un campo mucho más amplio
y mucho más rico que son las tiras cómicas, que son
Benitín y Eneas, o Pipón y doña Cata y la larga
lista que desde el siglo pasado hasta hoy abastece el imaginario
y la concepción de las formas en la mayoría de los
seres humanos.
Cito estos elementos, podría citar muchos más, para
tratar de abrir el campo donde se sitúa la obra literaria
y observar que ella opera con un material más rico e inesperado
y al mismo tiempo más original y menos trabajado, por cuanto
está más lleno de resonancia que el que correspondería
exclusivamente a las influencias llamadas literarias. Me parece
vano, inútil, preocuparse y discutir si García Márquez
leyó o no la novela de caballería, porque mucho más
importante es saber si la concepción del imaginario que está
detrás de la novela de caballería y las formas de
la composición, de la elaboración que son propias
y peculiares de ella, no se dan también en otras formas culturales
y en otros períodos históricos, y si no es esto lo
que establece la conexión posible. También me parece
poco importante saber si leyó cuidadosamente todos los capítulos
del Génesis, lo que importa, sino la presencia de éste
material en la imaginación popular. No es el libro mismo
el que me interesa sino la versión en la memoria de quien
de niño oyó hablar de él. Es decir, cuáles
son los materiales que ya están reelaborados y que existen
al nivel de una especie no de inconsciente colectivo, sino al revés,
de conciencia fabuladora colectiva.
Es la conciencia fabuladora colectiva la que sin cesar permite
abastecer y estructurar el material literario. Claro está
que a veces esta conciencia fabuladora se alimenta no de los materiales
que son propios de un contorno cultural amplio que hace a todos
partícipes, sino que responde muy estrictamente a influencias
concretas. Si hablo de Escalona, efectivamente estoy hablando de
una influencia concreta que funciona en el caso colombiano. Lo mismo
puede decirse del siguiente episodio:
Poco después, cuando su médico terminó de
extirparle los golondrinos, él le preguntó, sin demostrarles
un interés particular, cuál era el sitio exacto del
corazón. El médico lo auscultó y le pintó
luego un círculo en el pecho con un algodón sucio
de yodo.
Esta no es una invención de García Márquez
sino que es también parte de la conciencia fabuladora que
trabaja con materiales locales. El episodio es exactamente el de
la muerte de José Asunción Silva que le preguntó
a su médico dónde estaba el corazón. El médico
le pintó con yodo el lugar y él se pegó un
tiro. Es decir, para cualquier lector colombiano, para cualquier
lector que pertenece a la trayectoria de este mundo cultural, es
como trabajar sobre materiales existentes, sobre un régimen
de alusiones que lo sitúan en un campo que es literario,
artístico, cultural, pero que fundamentalmente pertenece
a un conjunto de invenciones que van siendo de propiedad de una
colectividad.
Dentro de los materiales organizados por la novela conviene subrayar
el funcionamiento de tres elementos de los más curiosos y,
probablemente, los que más han tocado a cualquier lector.
En este sentido yo hablaría del erotismo, de la fantasía
y de la comicidad. Probablemente si muchos de los lectores se preguntan
en su lectura le medida en que alguno de sus elementos puede ser
preponderante, puede ser la viga que sostiene el edificio, podrían
discrepar entre sí. Yo, por ejemplo, confieso que no fui
muy sensible durante mucho tiempo a la importancia central del erostismo
hasta que me di cuenta, dictando un curso sobre Cien años,
lo poderosamente que llamaba la atención el tema; fue fácil
comprobar entonces la base concreta de tal atracción a través
de un recuento de menciones eróticas: resultaron innumerables,
presentes casi en todas las páginas. Un material tan abundante
como lo es, en la experiencia del lector, también el que
corresponde a lo llamamos la imaginación y la fantasía.
También éste es uno de esos materiales cruciales,
que resuelven. Todos conocemos a alguien que dice: "no puede ser,
Remedios no puede subir al cielo porque ninguna mujer subió
nunca al cielo". Entonces dada esa idea tan arraigada de imposibilidad,
esos lectores no pueden leer la obra, no pueden aceptar su valor
simplemente porque la novela no corresponde a la realidad. Efectivamente,
es éste otro de los elementos que funcionan como verdaderos
golpes para la lectura corriente.
Sin duda uno de los resortes centrales de la obra es la comicidad.
Quiero señalar, ante todo, que no son elementos separados
que puedan desglosarse, sino que integran una tríada y que
funcionan en el acercamiento entre sí de tal modo que, como
veremos, cualquiera de ellos es resorte que sostiene el desarrollo
de los demás temas. Así, por ejemplo, podemos tomar
lo fantástico para tratar de observar de qué modo
se organiza el material. Hay un episodio en la obra que corresponde
a la intención de Fernanda de disimular la verguenza del
nacimiento del hijo de Meme. Es así que va al convento, su
viejo convento.
El antiguo director espiritual de Fernanda le explica en una carta
que había nacido dos meses antes, y que se habían
permitido bautizarlo con el nombre de Aureliano como su abuelo,
porque la madre no despegó los labios para expresar su voluntad.
Fernanda se sublevó íntimamente contra aquella burla
del destino, pero tuvo fuerzas para disimularlo delante de la monja.
-Diremos que lo encontramos flotando en la canastilla-sonrió.
-No se lo creerá nadie- dijo la monja.
-Si se lo creyeron a las Sagradas Escrituras -replicó Fernanda-,
no veo por qué no han de creérmelo a mí.
Aquí aparece patente el problema de lo verosímil,
de la credulidad y de la incredulidad sobre los materiales. Efectivamente,
a las Sagradas Escrituras les creyeron que Moisés vino en
el canastillo. Pero la monja, que tiene motivo para creer, se apresura
a decir que ya no se lo creerá nadie. Es decir, que ha habido
un cambio, una variación de circunstancias, una variación
cultural que establece que ya no haya modo de creer en la historia
del canastillo y del niño abandonado. La observación
anterior plantea el problema de la dificultad para manejar lo maravilloso
que es propio de la leyenda. El uso, el reingreso, digamos, de lo
maravilloso en la literatura, después del largo período
de ostracismo a que lo condena la narrativa burguesa, se produce
en el siglo XX sobre todo por obra del movimiento poético
surrealista.
En los hechos, todo eso que Carpentier ha pretendido teorizar con
la fórmula de lo real maravilloso, tanto en su libro El reino
de este mundo como en sus ensayos de Tientos y diferencias, no es
otra cosa que una mera traducción del francés al español.
Es decir,una traducción del texto de André Breton
sobre el tema aplicándolo a la realidad americana. Y lo que
Carpentier llegó a afirmar es simplemente que la existencia
de lo maravilloso no tiene posibilidad de desarrollo en la cultura
europea, pero sí en América.
Aparte de estar totalmente indemostrado, cualquier lector del surrealismo
francés sabe que lo maravilloso realmente recorre espléndidamente
esta literatura y que, por lo tanto, cualquier literatura puede
volver a incorporar este elemento. También se puede decir
que en el contar folclórico, o en el contar legendario de
cualquier cultura, existe siempre vivo lo maravilloso. Claro está
que en la medida en que América es un continente más
arcaico, con mucha más extensa sociedad analfabeta que vive
de una tradición oral y fuera de la racionalización
de la educación y de la cultura, los elementos maravillosos
son más potentes y se transmiten con mayor rigor entre las
clases incultas. Pero no es lo maravilloso un elemento propio de
ciertas zonas sociales. Quien con alguna atención trata de
ver de qué manera maneja lo maravilloso carpentier, termina
descubriendo que, efectivamente, sólo lo maneja en la medida
en que lo coloca dentro de un conjunto de personajes totalmente
ignorantes y separados de la estructura educativa. Es decir, en
la medida en que trabaja con los negros haitianos del mundo de Henri
Cristophe. Ese elemento maravilloso que por lo tanto es enormemente
rico y eficaz en este campo popular, no funciona sin embargo al
nivel de la creación culta, o no funcionaba hasta que comenzaron
a tratar de hacerlo los surrealistas.
Yo diría que Cien años de soledad, en este campo,
no es sino el fin de un procesamiento literario que se inicia con
la obra de Miguel Angel Asturias. Por lo tanto significa algo así
como cuarenta años de búsqueda y de elaboración
de lo maravilloso en la literatura a imagen de lo maravilloso popular,
hasta encontrar la fórmula categórica y decidida.
No podemos hacer ahora este recorrido, ni mostrar los diversos tramos
que va siguiendo en los distintos escritores el uso de lo maravilloso,
porque no es lo mismo la forma todavía inexperta, continuamente
apoyada sobre lo sicológico a que recurre Miguel Angel Asturias,
que aquella que con mayor libertad, con mayor posibilidad creativa,
van a usar en una generación posterior escritores, por ejemplo,
como Julio Cortázar, o, la que, a fondo y con una libertad
extraordinaria, maneja Lezama Lima que pertenece a ese mismo período
creador. En todo caso, García Márquez es el fin de
su desarrollo. Y es el final por cuanto abandona todas las posibilidades
de situar lo maravilloso en una zona ambigua de la narrativa, es
decir, en la creación de distintas líneas de significados
que se alternan, con lo cual lo maravilloso es simplemente una equivocación
de la literatura. El autor abandona este campo, y también
aquel otro que es el de situar simplemente la irrupción de
lo maravilloso en la vida común y corriente de tal modo que
no puede redondearse nunca la experiencia en su totalidad. Es decir,
hay un cabo de la experiencia que la literatura deja suelto para
permitir, por lo tanto, un elemento compensatorio de la razón.
Tampoco apela, aunque a veces maneja este tipo de materiales, a
la sumersión de lo maravilloso dentro de la escritura poética,
de tal modo que es por la especificidad de lo poético y su
capacidad para situarse en el campo de la invención lineal
por lo cual la intervención logra la posibilidad de desarrollarlo.
Este es el caso, por ejemplo, de Lezama.
García Márquez entra directamente a la afirmación
de un mundo maravilloso como afirmación categórica.
No hay duda alguna de que Remedios, la bella, asciende al cielo
en cuerpo. No hay duda alguna de que las mariposas siguen siempre
rodeando los amores pasionales de Meme y Mauricio Babilonia. Estos
son hechos que ocurren en la afirmación de un contar que
maneja la tercera persona y que, por lo tanto, están sin
cesar afirmando la realidad de los diversos episodios. Claro está
que el autor en algún momento pudo pensar que era posible
presentar, y lo hace, la realidad instalada dentro de la literatura
como suficientemente insólita, para que al acercarse a lo
original, lo novedoso, lo extravagante, pudiera rozar lo fantástico.
Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad
de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente
vaivén entre el alboroto y el desencanto, la duda y la revelación,
hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta
dónde estaban lo límites de la realidad.
Esta oscilación entre la duda y la revelación es
una oscilación buscada y es también, yo diría,
un sistema antiguo para diseñar ese campo. El sistema está
tipificado en la descripción del correo de la muerte que
acompaña la muerte de Amaranta. Amaranta anuncia que va a
morir, prepara su sudario. Y además para reparar una vida
de mezquindad con un último favor al mundo, piensa que ninguno
es mejor que llevarle cartas a los muertos. Se expande la noticia
de su propósito, y Amaranta recibe las cartas que llevará
a los muertos. Aquí el episodio está narrado por García
Márquez con una escritura paródica y claramente humorística.
Esa escritura humorística, por otra parte, es subrayada por
la aportación de datos de otros personajes que tienden a
proporcionarnos la idea de la farsa, la idea de la interverción.
La noticia de que Amaranta Buendía zarpaba al crepúsculo
llevando el correo de la muerte, se divulgó en Macondo antes
de mediodía.
A partir del uso del verbo que determina que Amaranta zarpa al
crepúsculo como un barco, todo el fragmento queda situado
en un clima de burla y de distanciamiento que permite que cada uno
de los episodios sean colocados sobre este fondo explicativo, y
que se puedan incorporar comentarios como el de Fernanda, que creyó
que estaba burlando a todos, o como el que hace el propio autor
"Parecía una farsa".
Muy distinto es, en cambio, el episodio en el cual Remedios, la
bella, asciende al cielo:
Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de
la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños
sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas
sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos,
hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín
sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres
de la casa. Apenas habían empezado cuando Amaranta advirtió
que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
-¿Te sientes mal?-le preguntó
Remedios, la bella que tenía agarrada la sábana por
el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.-Al contrario-dijo-,nunca
me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado
viento de luz le arrancó las sábanas de las manos
y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió
un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató
de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en
que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Ursula, ya casi ciega,
fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza
de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a
merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía
adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas
que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de
los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través
del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron
con ella para siempre en los altos aires donde no podían
alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
Los forasteros, por supuesto, pensaron que Remedios, la bella,
había sucumbido por fin a su irrevocable destino de abeja
reina, y que su familia trataba de salvar la honra con la patraña
de la levitación. Fernanda, mordida por la envidia, terminó
por aceptar el prodigio, y durante mucho tiempo siguió rogando
a Dios que le devolviera las sábanas.
El episodio está situado, como todo episodio narrativo de
la obra, dentro de un conjunto de materiales que lo acompañan.
El episodio existe y funciona narrativamente en la medida en que
estos elementos internos del relato, o alusiones que le reconstruyen
un contexto al relato, funcionan.
Podría traerse a colación un episodio de El señor
presidente: aquél donde, durante la pesadilla, se ve la pequeña
imagen de la Virgen que sale de su tabernáculo y se incorpora
al decorado. Para hacer posible esto, Asturias tiene que apelar
a un elemento de homogeneización que le proporcionan la pesadilla,
y la distorsión de la fiebre que sufre el protagonista, o
sea que la imagen funciona en el aura onírica, como funcionan
en el aura onírica la mayor parte de las invenciones maravillosas
que ha creado el surrealismo. Si hay algo que es característico
de la aportación maravillosa del surrealismo, consiste justamente
en haber creado un marco onírico donde situar y dar, por
lo tanto, existencia a una serie de imágenes a una serie
de situaciones. Más claro todavía que apelar a un
texto literario es recordar los cuadros de Max Ernst o de Dalí,
o de cualquiera de los grandes surrealistas, en los cuales lo fundamental
es haber logrado eso que, en el caso de De Chirico, se llamó
Paisajes metafísicos, o sea un vacío y una irregularidad
en la relación de los elementos que servían para que
todo fuera posible dentro de ese marco. Esta es, en cierto modo,
la explicación que daba Pierre Delvaux para mostrar cómo,
a partir de una cierta perspectiva italiana, perspectiva de construcción
plástica que instaura una fuga de líneas, se podía
colocar cualquier cosa: un tranvía, una mujer desnuda, un
hombre observando la luna, porque este elemento contextual determinaba
la posibilidad de la existencia artística de los elementos
por más contratados y variados que fueran.
En alguna ocasión García Márquez, refiriéndose
al episodio en que el sacerdote de Cien años de soledad se
dedica a probar la existencia de Dios tomando chocolate y levitando
a veinte centímetros del suelo hasta que un soldado que no
cree lo baja simplemente de un golpe, declaró que sin chocolate
no habría habido levitación. Es decir, el elemento
jícara de chocolate, sin una relación causal, porque
obviamente no la tiene, determina por u aproximación la posibilidad
de funcionamiento de estos datos.
En el caso de Remdios la bella -creo que alguna vez también
el autor lo ha dicho -si no hubiera sábanas no habría
ascención. El elemento sábanas es el elemento que
establece la composición del fragmento. Todo el fragmento
se construye alrededor del proceso de las sábanas: la extensión,
la ascensión, las sábanas que rodean al personaje,
la pérdida de las mismas que por último despierta
la lamentación de Fernanda. Como elemento inserto dentro
del relato, le presta su virtualidad y, además, establece
la conexión entre el fragmento literario y el contexto donde
ubicarlo.
Es obvio que la ascención de Remedios es una evocación
de la ascención de la Inmaculada, imagen que le sirve de
fondo y sobre la cual se inscribe de modo paródico, claro
está. La ascención de Remedios es la imagen de la
ascención de Remedios es la imagen de la ascención
de la Inmaculada, imagen perteneciente a lo que llamamos la fabulación
colectiva imaginaria, porque ella efectivamente corresponde a la
estatuaria religiosa en el mundo actual. Por uno de los famosos
y graves problemas de la congelación de la imaginación
religiosa, la estatuaria que sigue funcionando en el siglo XX es
la que corresponde al mundo renacentista. Corresponde desde el punto
de vista de la vestimenta, desde el punto de vista de todos los
rasgos de las figuras, al mundo renacentista. Esto configura un
anacronismo. El mundo renacentista era un mundo contemporáneamente
capaz de vestir a la divinidad de acuerdo con su ropaje, es decir,
a su imagen y semejanza. Y lo hace a imagen y semejanza del Renacimiento,
más estrictamente que del Renacimiento, del Barroco. El último
gran momento de la creación religiosa es la Contrarreforma
y por lo mismo ella nos ha dado las imágenes tipo dentro
de las cuales seguimos viviendo. La ascención de la Inmaculada
en el movimiento ardiente de su vestidura es el arte de Bernini,
del Greco, que corresponde a las ideas plásticas desarrolladas
por los barrocos en el período de la nueva y última
vitalidad religiosa que conoce el mundo occidental. Aquí
ese material cumple una función de conexión. Pero
junto a él hay otro que deseo mencionar: el manejo de ciertos
materiales de lo que se llama,a partir de una línea interpretativa
que han hecho los alemanes, el kitsch.
Probablemente dentro de la obra de García Márquez
haya más materiales filiables en el kitsch de lo que se está
dispuesto a reconocer. Es decir, un cierto manejo de loa convencionalidad
artística preocupada por lograr los efectos en un plano donde
lo importante no es la creación artística más
elevada, sino la consecución de un efecto que toque la sensibilidad
adecuada a este arte de pacotilla, un cierto arte a nivel del cromo,
de la convención, es manejado y utilizado por el autor en
más de una ocasión con cierta sagacidad, porque si
bien la obra no se consiente al kitsch, en cambio, lo maneja. Hay
ciertos elementos de una pseudo-poesía que acompañan
el episodio:
...viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós
con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas
que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de
los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través
del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron
con ella para siempre en los altos aires en donde no podían
alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
Esta poesía falsa, almibarada, que se emplea en el fragmento,
acudiendo a la repetición como en las fórmulas ya
más triviales de la poesía -"subían con ella",
"abandonaban con ella", "pasaban con ella", "se perdieron con ella"
-, constituye una forma absolutamente convencional del manejo poético.
Pero mucho más todavía la trivialidad de las imágenes:
"el aire de los escarabajos y las dalias" o "los más altos
pájaros de la memoria" adquieren una connotación más
cercana ya no al kitsch sino al patiche cuando se nos habla del
aire "donde terminaban las cuatro de la tarde". Ya estaríamos
aquí en el uso de lo que podríamos llamar un lorquismo
superficial, o materiales de una poesía adocenada en la tradición
española.
Creo que estos materiales son como los que corresponden a la presentación
de las figuras de escayola, es decir, las Inmaculadas Concepciones
que todos conocen y que están hechas de yeso pintado.
Esa calidad de lo vulgar y del uso de lo vulgar y, al mismo tiempo,
esa calidad de lo almibarado poéticamente, sitúa todo
el fragmento en una perspectiva de leve ironía y de manejo
distanciado. El autor cobra distancia, ya no por la utilización
de la desconfianza -ya no es Amaranta zarpando al crepúsculo-sino
en un plano más sutil de la elaboración, por el manejo
de un cierto aire desdeñoso sobre el material literario mismo.
Es, pues, esta forma de articular el fragmento lo que permite su
funcionalidad, lo que permite que exista. Pero si aún fuera
necesaria una apoyatura mayor, para eso está el humor.
En los hechos, en todo episodio en el cual se produce una afirmación
excesiva de ciertas situaciones inverosímiles por parte de
los personajes o del autor, éstas adquieren su contexto cuando
se descarga un elemento de comicidad. Hay un episodio que se ha
hecho más famoso de lo que dentro del libro es, porque sirvió
de conexión para escribir un nuevo texto: el episodio referido
de la pobre Eréndira. Ella nos es descrita así:
Tenía la espalda en carne viva. Tenía el pellejo
pegado a las costillas y la respiración alterada por un agotamiento
insondable. Dos años antes, muy lejos de allí, se
había quedado dormida sin apagar la vela y había despertado
cercada por el fuego. La casa donde vivía con la abuela que
la había criado quedó reducida a cenizas. Desde entonces
la abuela la llevaba de pueblo en pueblo, acostándola por
veinte centavos, para pagarse el valor de la casa incendiada. Según
los cálculos de la muchacha, todavía le faltaban unos
diez años de setenta hombres por noche, porque tenía
que pagar además los gastos de viaje y alimentación
de ambas y el sueldo de los indios que cargaban el mecedor.
El sistema consiste en partir de una situación que pertenece
a una literatura que podríamos llamar de descripción
realista y que progresivamente, en la medida en que es enrarecida
a través de la hipérbole y llevada por deformación
y extensión a una situación que linda con los bordes
de la comicidad, se descarga toda posibilidad de connotación
moral.
En los hechos, esto no hace sino rubricar la exactitud de algunas
observaciones que hace Freud en El chiste y su relación con
el inconsciente y que muy claramente se puede ver en el manejo del
erostimo dentro de Cien años de soledad.
Cada vez que se entra en aguas riesgosas, cada vez que se entra
en momentos que pueden tocar los principios morales, y obviamente
ésta es la zona donde más en carne viva están
los principios morales, lo que viene a permitir el funcionamiento
es la descarga humorística. Ella realiza una operación
literaria de legitimación del placer que se encuentra en
la evocación erótica y en el exceso erótico.
Es el mismo sistema y la misma función que tiene el chiste.
El chiste verde o rojo, ese chiste procaz, obsceno, sirve como clara
y evidente descarga en el campo de la visión que tiene todo
hombre de su libido. De otra manera, esta descarga no podría
funcionar ni ser aceptada por ninguno de nosotros dado el encuadre
de los tabúes morales dentro de los cuales nos movemos.
Toda sociedad es una sociedad que está establecida bajo
el sistema de la represión. Este gran principio freudiano
es el que analiza y desarrolla Marcuse. Toda sociedad por estar
reprimida establece una negativa a este impulso de develación
del mundo erótico en sus formas más desaforadas. Solamente
el manejo de la comicidad permite que estos elementos puedan ser
mencionados y utilizados por nosotros.
De tal modo que el pie que justifica el uso, tanto de la fantasía
como del erostismo dentro de la obra, es la concurrencia que sin
cesar le hace la comicidad, la concurrencia que le hace, sobre todo,
el pie humorístico que es muy propio de la anécdota
o del chiste. La estructura de la anécdota o del chiste que
es una estructura muy cerrada y de la cual se podría ver
cómo está compuesta, cómo se va organizando
con una suma de materiales sobre los cuales se consigue un cierto
crecimiento, alcanza su descarga a través del manejo final.
Del mismo modo que en la literatura de horror hay un final que es
el golpe brutal, del mismo modo en este caso la comicidad sirve
como válvula de escape. Y la otra gran válvula de
escape, como ya lo supieron y lo manejaron a fondo los surrealistas,
es el uso del absurdo.
El absurdo es un elemento que al romper las conexiones de los elementos
de un discurso, al establecer entre ellos relaciones absolutamente
inesperadas y además que destruyen toda posible causalidad
o relación de causalidad, permite también esta liberación
de contenido. En muchos de los episodios eróticos de la obra,
o en la mayor parte de los episodios fantásticos, lo visible
es el absurdo. El elemento de apoyo está dado por este juego
de irrealidad y desconexión de las partes que hace saltar
sin cesar de un discurso lírico, fantástico, más
o menos paródico, a un discurso directamente humorístico,
reconocidamente humorístico. Es este uso, este manejo de
los materiales, el que puede servir para anotar un rasgo que, me
parece, explica en cierto modo el éxito de la obra, pero
explica también nuestra relación con el texto.
Tanto la comicidad de este tipo de descargas humorísticas,
como la exageración hiperbólica que acompaña
en la obra a todas las acciones, como, dentro de la misma línea,
la expansión erótica, como la entrega a una especie
de estructura fantástica injustificada que se decreta caprichosamente,
todo esto concurre a crear la línea central de ese arte que
tiene que ver con un esfuerzo de liberación. Probablemente
pocas obras literarias hayan sido propuestas con más nítida
intención de manejar la libertad a la cual sin pausa aspira
el ser humano.
En la medida en que todos nosotros somos seres naturales, pero
seres naturales insertos en un régimen social y en un régimen
de prestaciones, en la medida en que cuánto más desarrollada
y compleja es la sociedad, más intensa, más dura,
más exigente, es la prestación, más se llega
a establecer una situación de verdadero ahogo. El mundo natural
es el mundo no solamente de la nostalgia, entonces; no solamente
es de algún modo el paraíso recurrente y la imagen
obsesiva de la libertad, sino que es también la apelación
necesaria para poder rearticular el sistema vital de manera que
éste pueda seguir funcionando en el campo de la cultura.
Lo que durante casi toda la obra la distingue es el desafuero son
la ferocidad y el exceso, es la hipérbole incesante que hace
que todo parezca posible, y efectivamente, todo es posible. No solamente
la aventura, la búsqueda incesante del absurdo, la potencia
genesíaca, el amor, la guerra, sino también el mundo
físico mismo parece suspender su capacidad para exigirnos
un régimen de prestaciones. Hasta Remedios puede ascender
al cielo con la mayor tranquilidad , y decir delicadamente adiós
como desde la pasarela de un avión. Esto es lo que genera
el marco de libertad que pidió Bretón en el primer
manifiesto. Oponiéndose a todo el arte realista y sicológico
y diciendo que efectivamente todo Dostoiesvski es un arte pedestre,
nada menos que Dostoievski, Breton aspiraba a un arte que fuera
la expresión incesante del estado de libertad, a un arte
en el cual se lograra dar, se lograra vivenciar la situación
de la libertad humana.
Y, desde luego, esta libertad no podría ser de otra manera
que a través justamente de la creación de los posibles,
es decir, hacer posible el mundo y vivir como posibles todos los
imposibles.
Cien años propone sin cesar esta funcionalidad de la literatura
que hace posibles los imposibles. Yo diría que aunque un
texto es una construcción que está dentro de una cierta
organización y estructura que le presta un hombre que vive
en un mundo racional donde ya la experiencia de la letra se ha racionalizado,
la verdad es que desde los textos más primitivos toda literatura
ya está racionalizada. Al vivir en la literatura, el texto
vive en una racionalidad; por lo tanto, lo más que puede
hacer es tratar de crear ilusiones que sin cesar engañen
y al mismo tiempo mientan la racionalidad de la estructura y de
la creación. Por eso decíamos al comienzo que la obra
aparece como un chisporroteo, como una cohetería, como un
juego de artificio y que hay que hacer cierto esfuerzo para ver
en qué medida todo esto está organizado. Para terminar,
agrego que hay un elemento, creo por encima de este chisporroteo,
que establece el valor más reconfortante de la lectura: es
esta experiencia, experiencia que ya el ser humano parece no ser
capaz de alcanzar de ningún modo si no con la literatura.