Preámbulo
¿Existen una sola literatura hispanoamericana o varias
literaturas nacionales? Esta pregunta se entreteje en las consideraciones
histórico y teórico-literarias desde hace unos decenios,
y prácticamente con más fuerza a partir del comienzo
del boom literario latinoamericano. Se habló sobre
el panamericanismo, sobre el suprarregionalismo, sobre la tradición
del conjunto de la cultura y, desde luego, de la literatura latinoamericana.
Hay voces que admiten la existencia de historias de las literaturas
latinoamericanas, y se conocen las obras escritas, pero aún
se mantiene la falsa opinión de que no existen las literaturas
nacionales. Este cliché convive con otro lugar común,
igualmente dañino, que admite únicamente la autonomía
de la literatura brasileña y habla de los atisbos de las
literaturas argentina y mexicana1.
Nosotros nos oponemos a estos planteamientos. Consideramos
que la conciencia de Nación y de Estado de estos pueblos
jóvenes ya es altamente desarrollada. Recordemos que no duraron
mucho tiempo las confederaciones ideadas por los políticos
como la Gran Colombia, el Pacto Andino, la Unión Centroamericana,
y se autofirmaron Estados nacionales como resultado de la administración
virreinal. Por supuesto que se elaboraron igualmente manifestaciones
culturales y sociales independientes y nacionales. En el caso de
la literatura, que nos interesa aquí, podemos observar que
cada nación se definió con una evolución de
los géneros literarios propios, con sus propias temáticas,
con sus auténticas sucesiones estilísticas e ideológicas.
Cada país latinoamericano tiene su individual
proceso histórico, lo que podemos constatar, y sus acontecimientos
de diversa índole permiten distinguir sin equivocación
que es éste y no otro. Cada país de América
tiene otras raíces étnicas. La verdad que una vez
pronunció Simón Bolivar: "No somos europeos, ni africanos,
ni asiáticos, ni indios. Nosotros somos un nuevo género",
se refiere a su contexto nacional. Las muy variadas posibilidades
sobre el rasgo antropológico de cada una de estas poblaciones.
Naturalmente, en consecuencia, también muy diferenciables
son sus sincréticas características culturales materiales
y etnológicas y sus elementos económicos, sociológicos
e ideológicos. Todos esos fenómenos se reflejan en
la literatura y la cargan de un matiz nacional sumamente recio y
potente. Así la literatura se vuelve una vigorosa manifestación
de la conciencia social y, a la vez, uno de los factores activos
en su formación.
América Latina conquistó una independencia
estética en la época del modernismo. Es un fenómeno
espiritual muy particular. El Nuevo Mundo siempre mantuvo una gran
receptividad a las novedades de Europa, pero solamente a finales
del siglo pasado supo desarrollar autónomamente en sus letras
una gran capacidad de estilización y absoluta dominación
de la forma. El individualismo fue a veces tan exagerado, que se
volvía egocentrismo. Los modernistas atacaban a la generación
anterior, a los costumbristas, por su apego a lo americano, lo regional.
Elogiaban lo universal y el cosmopolitismo, y precisamente por esto
nosotros consideramos que aunque los modernistas dieron un visible
empuje a la literatura hispanoamericana, no influyeron decididamente
en la formación del concepto de la literatura nacional. Si
es obvio que le garantizaron el vigor literario propio, pero únicamente
en los aspectos formales. La gran tarea, realmente lograda, la efectuó
la generación posterior de los escritores de tendencia criollista.
La literatura nacional colombiana empezó a
cristalizarse de modo irrevocable en los anos veinte de nuestro
siglo, al igual que otras literaturas nacionales de Hispanoamérica,
como la chilena, la peruana, la argentina, etc. Un decenio antes
empezó a cuajarse la literatura mejicana con su novela de
la Revolución. En todos estos países, la realidad
nacional fue sometida a una palpable y manifiesta evolución.
A finales del siglo pasado, en todo el continente americano se hizo
cada ano más notoria la dominación de los Estados
Unidos y sus intervenciones militares o económicas en los
países latinos. Su participación en la guerra de Cuba
o en la separación de Panamá causaron reacciones entre
las naciones de América que se sentían amenazadas
en su soberana. Consecuentemente, como es natural, en los pueblos
y sus dirigentes se reanimó un fuerte sentido patriótico.
Por otra parte, en los anos veinte observamos una
mayor industrialización (resultado, entre otros, del enriquecimiento
de estos países merced a las exportaciones durante la primera
guerra mundial) que permite la formación de una clase media
elástica y preparada para desempeñar su papel dentro
de su sociedad. Se advierte un creciente urbanismo. Se efectúa
una ampliación educativa. Todos estos factores de la transformación
social permiten una más visible comunicación entre
el escritor y su público, o también entre los países
y cambios de ideas. A los intelectuales los atrae el objetivo de
la autodefinición social y nacional. Se sienten responsables
ante sus compatriotas. Algunos buscan medios para remediar penurias
y vejámenes sociales en nombre de viejos postulados filosóficos
de la ilustración de la gran Revolución francesa,
pero otros, unos años después, siguen al peruano José
Carlos Mariátegui y asumen posiciones marxistas. La literatura
se preocupa más por los social, y los autores se identifican
más con los medios a los cuales pertenecen o quieren representar.
Nosotros nos proponemos demostrar, sirviéndonos
como ejemplo de la literatura colombiana, que ya llegó el
tiempo para usar la expresión literaturas nacionales hispanoamericanas.
El concepto de una sola literatura hispanoamericana no tiene
validez, lo mismo que otro viejo lugar común de "Latinoamérica,
novela sin novelistas". La locución literatura hispanoamericana
puede servir solamente para agrupar varias literaturas nacionales.
La tradición literaria colombiana es muy meritoria
en el ámbito latinoamericano. Las obras consideradas como
maestras dentro de la literatura hispanoamericana, fueron creadas
desde el comienzo de la conquista de las tierras que constituyen
el territorio de la Colombia contemporánea. Precisamente
el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santa
Fe de Bogotá y mariscal del Nuevo Reino de Granada, nos dejó
sus valiosas crónicas de la conquista de la Nueva Granada.
Otro hombre renacentista, Juan de Castellanos, es autor del más
largo poema épico escrito en español: Elegías
de varones ilustres de Indias. El primer libro en prosa, según
las consideraciones mas actuales, logrado artísticamente
-El Carnero-, lo escribió Juan Rodríguez Freile.
En Nueva Granada también creó sus poesías
Hernando Domínguez Camargo, el más apreciado representante
del gongorismo en el Nuevo Mundo. Su Poema heroico a San Ignacio
de Loyola es la mejor prueba de esto. Durante el barroco tardío
actuó la granadina Madre Francisca Josefa del Castillo y
Guevara, cuya herencia literaria consta de sus íntimos diarios
Vida y Sentimientos espirituales. Estas obras le garantizan
un puesto al lado de la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz.
También en los tiempos más recientes
hallamos valiosas muestras artísticas. María, de
Jorge Isaacs, es indudablemente la mejor novela romántica
en América. Uno de los más altos maestros de la poesía
lírica en ese período fue Rafael Pombo. Después
crearon sus obras los gigantes literarios como José Asunción
Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López,
Rafael Maya, Germán Pardo García, y otros.
De una acogida universal gozó en los anos veinte
de este siglo, la novela de José Eustasio Rivera La vorágine.
Más o menos en esa época fueron publicadas las
conocidas novelas La marquesa de Y010172bó, de Tomás
Carrasquilla, Toá. Narraciones de caucherías, de
César Uribe Piedrahita, y 4 años a bordo de mi
mismo, de Eduardo Zalamea Borda. Después, en los años
cincuenta se hizo conocer un nuevo género novelesco muy colombiano,
la novela de la Violencia, de donde proviene el caudal literario
del último latinoamericano Premio Nobel de Literatura, Gabriel
Garcia Márquez. No pretendemos esbozar aquí el rico
desarrollo de la literatura latinoamericana. Mencionamos únicamente
algunos nombres, con el propósito de comprobar que ya existió
desde hace varios siglos un tronco poderoso del árbol floreciente
de la literatura nacional de Colombia.
La narrativa es más directa y rigurosa que
otros géneros literarios en transmitir las etapas de la autonomía
nacional. Por eso optamos por ella y hemos escogido como material
de estudio tres géneros de la novela contemporánea
colombiana que, según nuestro concepto, son sumamente representativos
por su desarrollo: la novela costumbrista-criollista, la novela
de tema indígena y, finalmente, la novela de la Violencia.
Metodológicamente analizaremos estas muestras de distintos
modos. El primer género lo comentaremos con base en una sola
novela en una interpretación hermenéutica relacionada
con el conjunto cultural de la época. Del segundo género
hemos escogido dos novelas, de las que presentaremos sus similitudes
y diferencias formales y de contenido. Del género de la novela
de la Violencia seleccionamos un conjunto numeroso de libros que
trataremos como un conjunto homogéneo. A lo largo de todo
el trabajo intentaremos demostrar la evolución de la literatura
colombiana y su reflexibilidad de los más pertinentes asuntos
nacionales.
El género de la novela criollista
estará representado por La marquesa de Yolombó,
obra cumbre de este tipo de creación en Colombia2.
Tomás Carrasquilla terminó de escribirla en 1926,
pero la novela fue publicada, por primera vez, en 1928. La acción
trata sobre las últimas décadas de la Colonia y los
primeros anos de la Independencia. Sin embargo, la narración
que es producto de este siglo refleja igualmente cierto contexto
cultural y social en el que vivió y creó el maestro
antioqueno. Entonces, La marquesa de Yolombó nos permitirá
desarrollar dos aspectos. Primero, demostrar y concretizar las raíces
del sincretismo étnico y cultural de Colombia, con todas
las influencias detalladas y diferenciadas en su evolución.
Segundo, comentar los principios de base ideológicos que
infiltró Tomás Carrasquilla de sus tiempos y que reflejan
la teoría de Miguel A. Caro, el mas destacado pensador colombiano
de la época, quien, sin negar la soberanía estatal,
sostenía la necesidad de la tradición de Espana en
Colombia. Tales fueron, nos parece, los objetivos en la elaboración
de este texto.
La cuestión racial sobresale, obviamente, en
las novelas de tema indígena. De entre ellas hemos elegido
dos que consideramos como las mejores de este género en Colombia,
y que, además de reflejarnos el complejo problema de la existencia
de los aborígenes, nos revelan dos distintas posiciones artísticas,
creadoras e ideológicas. La primera: Toá. Narraciones
de caucherías, de César Uribe Piedrahita, nos
entera de la explotación de los indígenas por los
caucheros y de su holocausto en la guerra de Colombia contra el
Perú, en los primeros anos de este siglo. A su vez,
4 años a bordo de mi mismo, de Eduardo Zalamea Borda,
relata la vida de un blanco entre guajiros, formando ostentosos
contrastes entre dos mundos muy diferentes: el occidental y el indígena.
Ambas novelas fueron escritas casi simultáneamente. La primera
fue publicada en 1933 y la segunda fue terminada en 1932 y editada
en 1934. La coincidencia facilita la evaluación de los dos
mundos artísticos.
La narrativa de la Violencia está representada
por numerosas creaciones de diversos autores. Consideramos que será
bastante fructífero abarcar la gran parte de las novelas
de este género, puesto que cada libro refleja otro punto
de vista sobre distintos acontecimientos o fenómenos sociales,
pero en su conjunto nos permitirán constituir una imagen
completa de esta época y observar sus consecuencias, los
cambios en la reacción de la sociedad colombiana. Hemos incluido
en nuestro estudio creaciones más sobresalientes, según
nuestro criterio, desde la primera novela de este género,
publicada en 1951, hasta la obra más reciente, editada en
1981 . De entre los libros creados en los primeros tres años
nos referimos a El 9 de abril, de Pedro Gómez Correa;
El gran Burundún Burundá ha muerto, de Jorge
Zalamea; El Cristo de espalda, de Eduardo Caballero
Calderón; El día del odio, de J. A. Osorio
Lizarazo; Viento seco, de Daniel Caicedo; Viernes 9, de
Ignacio Gómez Dávila. Del ano 1954, cuando aparecieron
con más abundancia los títulos de este género,
comentaremos: Siervo sin tierra, de Eduardo Caballero Calderón;
Horizontes cerrados, de Fernán Munoz Jiménez;
Progrom, de Galo Velásquez Valencia; Tierra sin
Dios, de Julio Ortiz Márquez; Lo que el Cielo no perdona,
de Ernesto León Herrera; Raza de Caín, de
Rubio Zacuén; Las guerrillas del Llano, de Eduardo
Franco Isaza; Sin tierra para morir, de Eduardo Santa; Los
cuervos ti enen hambre, de Carlos Esguerra Flórez;
Tierra asolada, de Fernando Ponce de León; El exiliado,
de Aristides Ojeda Z. Todavia durante la época de la
Violencia fueron publicadas las novelas seleccionadas: El monstruo,
de Alberto Castano; El monstruo, de Carlos H. Pareja;
El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel Garcia Márquez.
De entre las novelas editadas después del ano 1958 hasta
los tiempos actuales, hemos elegido: Cadenas de violencia, de
Francisco Gómez Valderrama; Un campesino sin regreso,
de Euclides Jaramillo A.; Quién dijo miedo, de
Jaime Sanin Echeverri; Marca de ratas, de Arturo Echeverry
Mejia; Carretera al mar, de Tulio Bayer; La mala hora,
de Gabriel Garcia Márquez; Detrás del rostro,
de Manuel Zapata Olivella; El día señalado,
de Manuel Mejia Vallejo; Manuel Pacho, de E. Caballero
Calderón; Guerrilleros, buenos días, de Jorge
Vásquez Santos; La rebelión de las ratas,
de Fernando Soto Aparicio; Diálogos en la Reina del
Mar, de J. J. Garcia; Cien años de soledad, de
G. Garcia Márquez; El campo y el fuego, de Clemente
Airó; Cóndores no entierran todos los días,
de Gustavo Álvarez Gardeazábal; El otoño
del patriarca, de G. Garcia Márquez; Años de
fuga, de Plinio Apulevo Mendoza; y Crónica de una
muerte anunciada, de G. Garcia Márquez. Todos estos textos
son diferentes en sus estructuras y estilos, pero los une un fuerte
lazo temático: la Violencia en todos sus matices. Además
de ser creaciones artísticas son expresiones de la conciencia
social y la memoria colectiva. La pluralidad constituye una unidad
homogénea.
En la selección de los tres géneros
novelísticos nos guiamos, sobre todo, por su gran representatividad
en la literatura colombiana: no solamente por su maestría
formal, sino también por su problemática. Precisamente,
los temas de estas novelas nos permiten elaborar una visión
del proceso de la formación nacional colombiano. Los tres
géneros fueron escritos en un espacio temporal relativamente
corto, es decir, en unos cincuenta años, pero en si mismos
abarcan un periodo mucho más largo: desde la Colonia hasta
la actualidad. Esto nos autorizará a crear una relación
compleja de la realidad de este país y sus reflejos en la
literatura. En nuestras consideraciones conservaremos la cronología
de la aparición de los géneros, lo que no es un mero
resultado mecánico de la selección; ella nos contribuirá
en la elaboración del proceso de la autodeterminación
de la sociedad y de la literatura nacional colombianas.
Observaremos su evolución según
los siguientes criterios básicos: conceptos del tiempo v
del espacio, manifestaciones culturales en el sentido amplio, el
Lenguaje.
Las relaciones entre la realidad y el mundo de la
obra literaria se dejan descubrir siempre3,
pero es importante analizar cómo se estructuran y cómo
constituyen un valor artístico. Para percibir y comprobarlas,
la noción del tiempo v del espacio juegan un papel primordial.
Sus estructuras pueden ser múltiples y referirse a distintos
niveles de la realidad creada, por lo cual las escogimos como elementos
ontológicos, fundamentales para el análisis de este
tipo.
Los motivos y los fenómenos culturológicos
pueden ser legibles desde el primer momento, de una manera directa,
pero pueden ser latentes. Ellos cargan la lectura de factores cognoscitivos,
informativos y emotivos. Su relación interna dentro de la
obra, y su manifestación directa, establecen en un alto grado
la relación entre el autor y el público, y elaboran
luego ciertos paradigmas que funcionan dentro de la sociedad. Su
conocimiento nos facilita la eliminación de lugares comunes
e impresiones falsas y la construcción de los auténticos
y reales sistemas conceptuales de valoración. Lo exótico
y lo irreal se defiende cuando no se conoce la causa de su aparición
o de su existencia. La realidad es mucho más poderosa que
la inventiva individual.
El problema de si existen o existirán un solo
idioma espanol en Hispanoamérica o varios idiomas españoles
nacionales, tiene su larga tradición. Fue más agudo
durante el costumbrismo cuando los escritores usaban con más
frecuencia variedades dialectales o regionales. En esos tiempos
surgieron voces en cuanto a que el castellano seria fuente de diferentes
lenguas, como lo fue en su momento el latin. Ahora nadie comparte
esta opinión. Actualmente las circunstancias histórico-culturales
son bastante distintas a las de siglos atrás. Sin embargo,
no se pueden negar ciertos rasgos característicos nacionales.
Estos últimos tienen su razón de ser a veces en la
historia de la población y sus orígenes, a veces en
siempre vivas hablas populares con su inventiva, a veces en influencias
lingüísticas extranjeras e indígenas, etc. Realmente
no es difícil distinguir el habla de un colombiano, un argentino,
un peruano, un mejicano, un chileno, un paraguayo..., pero no hay
duda de que en todos estos casos nos hallamos ante la lengua española.
El problema del idioma es muy pertinente para cada escritor hispanoamericano,
pero mucho más aún para la literatura nacional. Por
supuesto que es otro nivel, pero el tipo de la relación es
semejante. La lengua puede unir, acercar, y también alejar.
En los textos deja continuas y muy nítidas huellas de su
presencia.
Alguien podría preguntar con qué juicio
hablamos de los géneros literarios colombianos. Consideramos
que ya los solos criterios básicos según los cuales
vamos a analizar los textos escogidos, nos autorizan a utilizar
este instrumento o término de la interpretación literaria.
Además trataremos de referirnos con frecuencia a otros criterios
genéricos, tales como la relación entre la realidad
representada en la obra y la realidad histórica, la relación
del objeto literario con la realidad representada, la composición
del mundo creado, el sistema de motivación, funciones y objetivos
de los textos, etc. En todos estos aspectos puede ser importante
el contexto nacional.
La lectura histórica, antropológico-cultural
y social que proponemos exige tomar en consideración el problema
de la ficción y sus lazos con la realidad. Desde el principio
debemos aclarar que observamos varios niveles de la realidad y no
forzosamente inventada. Podremos entonces distinguir la verdad histórica,
pero a la vez apreciaremos también verdades probables. La
probabilidad no es para nosotros nada más que cierto concepto
social concerniente a las que rigen el funcionamiento y la estructura
de la sociedad. En el desciframiento de la ficción por el
lector, juega el dominador intuitivo que oscila entre sus conocimientos
y el mundo creado. La documentación de texto no siempre se
limita a las verdades absolutas. Las verdades, llamémoslas
parciales, muchas veces se oponen a lo ordinario o cotidiano y buscan
algo sorprendente. En este caso, el ejemplo impone su imagen de
otro modo. Y el lector debe valorar su veracidad. No ocultemos que
el factor emotivo puede tener una participación notoria en
esas apreciaciones. Todos los motivos incluidos en la obra literaria
llevan vínculos con el contexto cultural histórico
y simultáneamente, a la medida de la lectura, se dirigen
al sistema cultural vioente de la persona que lee y entra al mundo
creado. El texto se puede interpretar o dirigir en varios rumbos.
Es interesante observar sus evoluciones dentro del marco individual
de la obra, pero también dentro de los límites genéricas
o de toda la literatura nacional.
La obra literaria es un valor, o mejor
dicho, un conjunto de valores que forman una unidad indivisible.
Por otro lado, es un hecho que no solamente comunica o informa,
sino que, además, es un factor activo en el proceso
histórico.4 La creación
artística es "expresión de la situación histórico-cultural",
como lo dijo Wilhelm Dilthey, o "producto de la conciencia social",
como lo sostuvo Benedetto Croce; pero precisamente no olvidemos
que la obra como sistema de valores es el fenómeno que agrupa
o separa a los individuos y que, en consecuencia, funciona entre
ellos inculcando ciertas ideas. En el caso de la literatura nacional,
las obras conciernen primordialmente a los miembros de una sola
sociedad y en segundo plano se ubica su funcionamiento universal.
El compromiso con el medio del cual trata y a que se dirige, es
más relevante.
1. Este planteamiento lo comparten numerosos
críticos y teóricos; por ejemplo: Luis Alberto Sánchez en América,
novela sin novelistas y Angel Rama en Problemas para el novelista
latinoamericano
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2. En nuestro estudio nos servimos de la edición
crítica de La marquesa de Yolombó, preparada por Kurt L. Levy y
publicada por el Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1974.
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3. No hay duda de que Tomás Carrasquilla fue
el mejor novelista de su generación y La marquesa de Yolombó está
considerada como su obra maestra. Esta opinión fue expresada por
eminentes críticos como: RAFAEL MAYA, Los tres mundos de don Quijote
y otros ensayos, pág. 63; KURT L. LEVY, La vida y las obras de Tomás
Carrasquilla, págs. 741 125; JAVIER ARANGO FERRFR, Horas de literatura
colombiana, pág. 113; FEDERICO DE ONÍS, Prólogo de las Obras completas
de Tomás Carrasquilla, t. II, pág XVII; Emilianoo Díez-Echarri y
JOSE MARÍA ROCA FRANQUESA, Historia de la literatura española
e hispanoamericana, pág. 1139. Interesantes vinculaciones del arte
con la realidad comenta Maria Golaszewska en Estetyka rzeczwistosci
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4. M. Glowiski, en su artículo Lektura dziela
a wiedza historyccana., publicado en Dzielo literackie iako zródto
historyczne, escribe: "Quisiera indicar otro tipo de lectura histórica
de la obra literaria; se puede leerla no como texto, a base del
cual podemos enterarnos de algo, sino como denominador del proceso
histórico, como un hecho histórico que jugó un papel, que fue causante
de algo (o que pudo ocurrir en ciertos casos)" (pág. 111). La traducción
es nuestra
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